Poesía

Walt Whitman (Estados Unidos): Hojas de hierba. Traducción de Eduardo Moga

 

 

 

 

 

La presente selección de poemas forma parte de la versión Hojas de hierba (2017), editado por Galaxia Gutenberg, editorial que nos ha autorizado la presente publicación como parte de nuestro cuarto aniversario. El libro pueden adquirirlo en el siguiente enlace http://www.galaxiagutenberg.com/libros/hojas-de-hierba-2/

 

 

 

 

Walt Whitman (Nueva York, 1819-Nueva Jersey, 1892)

 

Traducción de Eduardo Moga

 

 

 

Canto el yo

 

Canto el yo, una simple persona, un individuo;

sin embargo, pronuncio la palabra Democrática, la palabra En Masse.

Canto la fisiología, de la cabeza a los pies;

ni la fisiognomía por sí sola, ni el cerebro por sí solo, son dignos de la Musa: yo sostengo que la Forma completa es mucho más digna,

y canto por igual a la Hembra y al Varón.

Con una inmensa pasión por la Vida, con nervio y energía,

jubiloso y –concebido bajo las leyes divinas– libérrimo,

al Hombre Moderno canto.

 

 

 

 

Cuando meditaba en silencio

 

Cuando meditaba en silencio,

sin prisa, sobre mis poemas, y les daba vueltas, y los rumiaba,

se me apareció un Fantasma, que no infundía confianza,

pero investido de una terrible belleza, edad y poder:

era el genio de los poetas de las naciones de la antigüedad.

Me fulminó con las antorchas de sus ojos

y, a la vez que apuntaba con el dedo a muchos cantos inmortales,

¿qué cantas?, me preguntó, con voz amenazadora.

¿Acaso ignoras que no hay sino un tema digno de los bardos perdurables,

y que ese tema es la Guerra, el desenlace de las batallas,

la formación de soldados perfectos?

Sea, respondí.

También yo, Sombra altiva, canto la guerra, y la mayor y más larga de todas:

la que se libra en mi libro con suerte dispar, con huidas, avances y retiradas,

y una victoria diferida e incierta

(segura, no obstante, o casi segura al fin, según creo), en el campo de batalla del mundo,

a vida o muerte, por el Cuerpo y el Alma eterna.

Así que ya ves: yo también he llegado, entonando el himno de las batallas,

para favorecer, sobre todo, a los soldados valerosos.

 

 

 

 

Una mujer me espera

 

Una mujer me espera: todo lo contiene, nada falta,

pero todo faltaría si faltase el sexo, o la mojadura del hombre adecuado.

 

El sexo lo contiene todo: cuerpos, almas,

significados, pruebas, purezas, delicadezas, resultados, promulgaciones,

cantos, órdenes, salud, orgullo, el misterio de la maternidad, la leche seminal,

todas las esperanzas, favores y dones, todas las pasiones, amores, bellezas y placeres de la tierra,

todos los gobiernos, jueces, dioses y caudillos de la Tierra:

el sexo los contiene a todos, como partes suyas y justificaciones suyas.

 

El hombre que me gusta conoce y acepta, sin avergonzarse, las delicias de su sexo;

la mujer que me gusta conoce y acepta, sin avergonzarse, las del suyo.

 

Ahora me apartaré de las mujeres impasibles

y me reuniré con la que me espere, y con aquellas, ardientes, que me satisfagan:

veo que me comprenden y no me niegan;

veo que son dignas de mí: seré el robusto marido de todas ellas.

 

No valen ni una pizca menos que yo;

la luz del sol y la fuerza del viento han curtido sus rostros;

su carne posee la agilidad y la fuerza de los antiguos dioses;

saben nadar, remar, montar, pelear, disparar, correr, golpear, retroceder, avanzar, resistir, defenderse;

son, por sí solas, definitivas: serenas, claras, seguras de sí mismas.

 

Os estrecho contra mí, mujeres,

no puedo dejaros ir; os haré bien:

soy para vosotras, y vosotras sois para mí, y no solo en beneficio nuestro, sino también en beneficio de los demás;

vosotras sois la envoltura en cuyo interior duermen grandes héroes y bardos

que se niegan a despertar si no soy yo quien los toca.

 

Soy yo, mujeres: me abro camino.

Soy firme, acre, grande e imposible de disuadir, pero os amo

y no os hago más daño del estrictamente necesario.

Derramo la sustancia que es el principio de hijos e hijas idóneos

para estos Estados, y empujo despacio, con músculo rudo,

me acoplo con eficacia, no atiendo a súplicas

y no me atrevo a retirarme hasta haber depositado lo que durante tanto tiempo se ha acumulado en mí.

 

En vosotras vierto los ríos represados de mi ser,

con vosotras envuelvo mil años futuros,

en vosotras implanto lo más preciado de mí y de América,

de las gotas que destilo en vosotras nacerán jóvenes atléticas y feroces, artistas, músicos y

cantantes nuevos,

los niños que engendro en vosotras, engendrarán, a su vez, niños.

Exigiré de mi derroche de amor hombres y mujeres perfectos,

esperaré que se penetren unos a otros, igual que tú y yo nos penetramos ahora,

contaré con los frutos de sus derramamientos, igual que cuento con los de mis derramamientos de ahora,

y perseguiré las amorosas cosechas del nacimiento, la vida, la muerte y la inmortalidad que siembro, con tanto amor, en este instante.

 

 

 

 

A ti

 

Quienquiera que seas, me da miedo que camines por los parajes de los sueños,

y que estas supuestas realidades se te deshagan en las manos y bajo los pies.

Ahora mismo tus rasgos, tus alegrías, tu habla, tu casa, tu oficio, tus modales, tus problemas, tus locuras, tu indumentaria, tus delitos, se están disipando, y se alejan de ti.

Se me aparecen tu alma y tu cuerpo verdaderos:

se apartan de los negocios, del comercio, las tiendas, el trabajo,

las granjas, la ropa, la casa, comprar, vender, comer, beber, sufrir, morir.

 

Quienquiera que seas, ahora pongo mi mano en ti, para que seas mi poema,

y te susurro al oído:

he amado a muchas mujeres y hombres, pero a nadie amo tanto como a ti.

 

Oh, he sido lento y mudo,

hace mucho que debería haberme encaminado a ti,

nada debería haber divulgado sino a ti, nada debería haber cantado sino a ti.

 

Lo dejaré todo, y vendré, y compondré himnos en tu honor.

Nadie te ha entendido, pero yo te entiendo.

Nadie te ha hecho justicia; tampoco tú te has hecho justicia.

No hay nadie que no te haya encontrado imperfecto: yo soy el único que no encuentra imperfecciones en ti.

No hay nadie que no haya querido sojuzgarte: yo soy el único que nunca consentirá en sojuzgarte.

 

Yo soy el único que no te somete a ningún amo o propietario, a nadie mejor, a Dios,

más allá de quienes están intrínsecamente en ti.

 

Los pintores han pintado a sus multitudes, con una figura central,

cuya cabeza nimbaba una luz áurea.

Pero yo pinto miríadas de cabezas, todas nimbadas de una luz áurea

que surge de mi mano, del cerebro de todos los hombres y mujeres, y resplandece eternamente.

 

¡Oh, podría cantar tantas glorias y grandezas de ti!

No te has conocido: llevas dormido toda la vida.

Es como si tus párpados hubieran estado cerrados casi todo el tiempo,

y lo que has hecho vuelve ahora para escarnecerte.

(Si tu austeridad, tus conocimientos, tus oraciones, no vuelven para escarnecerte, ¿para qué vuelven?)

 

Ese escarnio no eres tú.

Debajo y dentro de él te advierto al acecho.

Te sigo hasta donde nadie más te ha seguido.

Si el silencio, la mesa de trabajo, la expresión frívola, la noche,

la rutina habitual, te ocultan a los ojos de los demás o a tus propios ojos, no te ocultan a los míos;

si el rostro afeitado, el mirar inquieto, el aspecto impuro, evitan

a los demás, no me evitan a mí;

yo aparto el atavío coqueto, la actitud pervertida, la embriaguez, la avaricia, la muerte prematura.

 

No hay don alguno en el hombre o en la mujer que no te corresponda también a ti;

no hay virtud, no hay belleza alguna en el hombre o en la mujer que no se hallen por igual en ti;

no hay coraje ni resistencia en los demás que tú no tengas también;

ningún placer espera a los otros que no te espere asimismo a ti.

 

En cuanto a mí, nada doy a nadie sin darte algo parecido, con todo cuidado, a ti.

Nunca canto las glorias de nadie, ni siquiera de Dios, si antes no he cantado las tuyas.

 

¡Quienquiera que seas! ¡Reclama lo tuyo, cueste lo que cueste!

Estos espectáculos del Este y del Oeste son insignificantes, comparados contigo.

Estos prados inmensos, estos ríos interminables: tú eres inmenso e interminable como ellos.

Estas furias, estos elementos, estas tormentas, estas convulsiones de la Naturaleza, estos trances de aparente disolución: tú eres su señor o su señora;

señor o señora, por derecho propio, de la Naturaleza, de los elementos, del dolor, de las pasiones, de la disolución.

 

Los grilletes ya no te aprisionan los tobillos, hallas en ti recursos inagotables,

viejo o joven, hombre o mujer, basto, bajo, rechazado por todos: lo que seas es proclamado.

Al nacer, en la vida y en la muerte, en tu entierro, se te otorgan los medios, no se escatima nada;

en tus enfurecimientos, en tus pérdidas, en tu ambición, ignorancia y aburrimiento, lo que eres encuentra su camino.

 

 

 

 

Ciudad de barcos

 

¡Ciudad de barcos!

(¡Oh, barcos negros! ¡Oh, barcos terribles!

¡Oh, hermosos vapores y veleros de proas afiladas!)

¡Ciudad del mundo! (porque aquí están todas las razas:

todos los países de la Tierra contribuyen a ella).

¡Ciudad del mar! ¡Ciudad de mareas rápidas y resplandecientes!

¡Ciudad cuyas alegres mareas continuamente suben o bajan, formando remolinos y estelas de espuma!

¡Ciudad de muelles y almacenes! ¡Ciudad de altas fachadas de mármol y hierro!

¡Ciudad orgullosa y apasionada! ¡Ciudad fogosa, enloquecida, extravagante!

¡Levántate, oh, ciudad! No solo por la paz, sino por lo que eres realmente: belicosa.

No tengas miedo: no te sometas a ningún modelo, salvo al tuyo, ¡oh, ciudad!

Mírame: ¡encárname como yo te he encarnado!

Nunca he rechazado nada de lo que me has ofrecido; a quien tú has adoptado, yo lo he adoptado.

Buena o mala, nunca te cuestiono: todo me gusta; nada condeno;

canto y celebro todo cuanto te pertenece, pero basta de paz.

En la paz, cantaba a la paz, pero ahora es mío el tambor de guerra,

y a la guerra, a la sangría de la guerra, canto por tus calles, ¡oh, ciudad!

 

 

 

 

 

Eduardo Moga. Nació en Barcelona, 1962. Es licenciado en Derecho y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Ha publicado los poemarios Ángel mortal (Serbal, 1994), La luz oída («Premio Adonáis» 1995, Rialp, 1996), El barro en la mirada (DVD, 1998), Unánime fuego (Tema, 1999, en edición bilingüe castellano-portugués; 2ª edición en Luis Burgos-Arte del Siglo XX, 2007); El corazón, la nada (Bartleby, 1999), La montaña hendida (Bassarai, 2002), Las horas y los labios (DVD, 2003), Soliloquio para dos (El Gato Gris, 2006; 2ª edición en La Garúa, 2007), Los haikús del tren (El Gaviero, 2007), Cuerpo sin mí (Bartleby, 2007), Seis sextinas soeces (El Gato Gris, 2008), Bajo la piel, los días (Calambur, 2010) y El desierto verde (El Gato Gris, 2011).

Ha traducido Poemas a la hora de comer, de Frank O’Hara (DVD, 1997); Poemas japoneses a la muerte, de Yoel Hoffmann (DVD, 2000); La guerra de los dioses (Robinbook, 2002) Canciones malgaches (Cuadernos Hispanoamericanos, 2004), de Évariste Parny; Poemas de Chicago, de Carl Sandburg (DVD, 2002); Poemas de la última noche de la Tierra, de Charles Bukowski (DVD, 2004); Un sueño en el Parque de Luxemburgo, de Richard Aldington (Bartleby, 2004); Libro de amigo y amado, de Ramon Llull (DVD, 2006); El puente que cruza la Luna, de Tess Gallagher (Bartleby, 2006); Obra poética completa, de Arthur Rimbaud (DVD, 2007); Navegando a solas por la habitación, de Billy Collins (DVD, 2007); y Poesía reunida, de William Faulkner (Bartleby, 2008). Está en curso su traducción de Hojas de hierba, de Walt Whitman.

Practica habitualmente la crítica literaria en «Letras Libres» y «Turia», entre otros medios. Es responsable de las antologías Los versos satíricos (Robinbook, 2001), Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (Libros del Innombrable, 2004) y El poeta esteta. Florilegio de poesía pectoral (y un apéndice para la felación) (Fundación Inquietudes, 2010). Ha publicado los compendios de ensayos De asuntos literarios (Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2004) y Lecturas nómadas (Candaya, 2007). Codirige la colección de poesía de DVD ediciones desde 2004.