Vox poetica, de Carlos Herrera de la Fuente

 

 

 

Vox poetica

 

Carlos Herrera de la Fuente

 

 

A Salvador Gallardo Cabrera 

 

 

 

Vox poetica

Aux uns la prison et la mort. Aux autres la transhumance du Verbe.

René Char

 

Every poem is a poem within a poem: the poem of the idea within the poem of the words

Wallace Stevens

 

 

 

Preliminar el campo de las voces,

tentativo el discurso del deseo

y las premisas del habla que niega,

la imposición tardía del mutismo

y los ecos sin memoria ni origen

que la distancia desenvuelve y cierra

en una paradoja terminante

del silencio y la astucia del sonido.

Preliminar la palabra y su efecto,

la sombra diferida del ahora,

la voz y su repetición fortuita,

lo azaroso del paisaje y la muerte

entrecruzados al punto de fuga.

Preliminar la memoria y los actos

y la angustia de lo nunca expresado

y la insistencia voraz de la imagen

y la reiteración de las ideas

y las metáforas que se devoran:

labios que susurran labios que inventan

palabras que figuran pensamientos

vacilantes que elaboran recuerdos

sin nombre, callejones olvidados

donde cruzaron sueños y preguntas

delegadas al naufragio del tiempo.

Nada que la mente no bosquejara

antes, en la hipótesis del espacio,

como obstinada rememoración,

como recuperación inmediata

de imágenes sin sustancia ni tiempo,

igual que esa búsqueda sin sentido

en la que el lenguaje se desvanece

y hay nada, y la nada vuelve a la nada.

Sólo la certidumbre de la muerte

merodeando en el valle del idioma,

paseando su velo invisible y extenso

entre las multitudes de vocablos,

entre signos de vida contrapuesta:

rescoldos que son sílabas de hielo,

fuegos que son memorias congeladas.

Algo crece en el jardín de los ecos,

toma forma al auspicio de los árboles,

como si la violenta lejanía

del castaño renaciera de nuevo

y a su caricia le siguieran trampas

que el crepúsculo y el céfiro desmienten

al ritmo de las voces y las plumas.

Horizonte indeciso, nebulosa

arquitectura de rostros y nombres,

¿hacia dónde la mentira del cuarzo,

urdida silenciosamente al alba,

mientras afuera la penumbra abría

un paisaje de sonrisas etéreas?

¿Hacia dónde la mirada y los días

divagando en su nostalgia brumosa

como lámparas de trigo y neblina

a la deriva de un mar enfoscado?

Manantial de imágenes engañosas,

confusos trozos de memorias huecas,

túneles de fatigosos presagios

que anidan en su cuerpo melodías

que la noche borra y el viento diluye.

Eso es la música: farsa nocturna,

ilusión de sonidos deletéreos,

ensoñación artificiosa y estéril,

donde los opuestos desaparecen

y hay una armonía simulada y vana.

 

 

Del sonido a la forma y de la forma

al silencio, en un retorno que inventa

la nostalgia, pálido amanecer

de las siluetas que se desvanecen,

muda contemplación de la mirada

que nos mira, clausurada en sí misma,

escisión de la figura y su nombre

al mudo despertar de la palabra,

que dice, sin decirlo, lo imposible:

el deseo y sus objetos inciertos,

esa lejanía entre el labio y el beso,

entre la mano y la sombra impalpable,

entre la vista y el cuerpo imperceptible.

Pensamientos que cruzan en sigilo

hasta encontrar un nombre, una palabra,

una designación inconfundible,

un trazo arbitrario impuesto al instante

en que los amelos dudan y giran

en una simulación casi exacta

del atardecer y sus transiciones,

orlas de fuego y nardos puntiagudos,

resumidos en voces sosegadas,

en vocablos de sintaxis perfecta.

Ordenados laberintos de setos,

interminables pasillos de mármol

resguardados por jazmines y espejos

que repiten, a cada paso, rostros

y miradas titubeantes, idénticas

simulaciones de ese ir y venir

absurdo, de ese desfile de máscaras,

de ese juego decadente y cansado

en que consiste el mundo y sus afanes.

Simulacros necesarios del tiempo

que construyen el espacio y su forma,

que definen las rutas de los astros

y marcan, cadenciosos, los trayectos

del mar embravecido y turbulento

bajo el ajeno compás de la quilla,

avenidas de inconfundibles surcos

que remarcan la hosca fragilidad

de la materia y sus burdos misterios,

cuerpos dehiscentes, sustancias maleables

subyugadas por una voluntad

de vectores y artefactos precisos.

Imposible imaginar las corrientes

de caudales sin rumbo, la espesura

de bosques atragantados en savia,

los ríos de magma y rocas sedientas

expulsadas entre monumentales

gestos de cenizas y nimbos rojos,

vómitos fosforescentes, endebles

monumentos de pavesas calcáreas

sobre las que flotan alcaravanes

taciturnos de miradas inciertas.

Toda una vida cayendo en picada,

batiéndose desmesuradamente

en la extensión de peñascos sin fondo,

desbordando su furia milenaria

en brebajes de légamo y mercurio,

de detritos y carne y sangre espesa.

Las palabras penetran el camino,

abren tajadas de materia informe,

establecen rutas de geometrías

exactas que desdibujan los astros,

memorizan los senderos quebrados

por los que cruza el discreto guepardo

y su manada de puntos y comas,

afinan el trazo del firmamento

bajo cuyo brillo florecen diques

y presas como venas distendidas,

dilatadas cicatrices de calcio,

gruesas arterias de acero bruñido

hacia las cuales desciende la lluvia

en un gesto parecido al silencio,

lenta desaparición de la tierra

en sacrificio de un mundo inseguro,

de un hábitat de premisas dudosas.

Arrogantes arquitecturas diurnas,

féretros de las posibilidades

infinitas del ser y la materia,

ostentosos sepulcros del lenguaje

en los que la palabra se refuta

al erigir su propio calabozo.

 

 

No hay retorno; no hay regreso al origen.

No hay comienzo ni tiempo primigenio

al que pudiera volver la memoria.

No hay memoria primera ni resquicio

del pasado al que pudiera aferrarse

la mente en su incesante e inútil fuga

hacia un frágil porvenir de metáforas.

No hay porvenir alguno ni presente:

el tiempo es una ilusión de mudanza,

un espejismo anclado a la certeza

de sentido en el que siempre caemos

pues no podemos contemplar la muerte

ni tolerar su mirada vacía.

No hay tiempo ni devenir ni esperanza.

Vagamos libres, sin ningún amparo,

ante la fría mirada de objetos

indolentes a los que nada importa.

Somos la más triste constatación

del fallo de la materia consciente,

su derrota más sublime y fastuosa.

Sólo la sombra del mito diluye

la decepción atroz de la palabra

al referirla a un pasado ficticio:

la dendrita sin fruto de la fábula,

la quimera del rostro derivado

en átomos de torrentes profusos,

la lejanía del eco que erige

el sistema del hilo y de la trampa

como una astucia más allá del tiempo

y la historia, más allá de los años

humanos y del hambre terrenal.

El verso nace de esa sed proscrita,

de esa angustia de fuego encadenado,

de esa necesidad irresistible

de parábolas y ritmos difusos.

Oye la reverberación del habla

confiada a la cadencia del cristal,

el discurso del cierzo desplegando

sus ojivas transparentes, fugaces,

en los páramos de la desmemoria,

la caricia de la luz esparcida

en menudas volutas de silencio,

la farsa del crepúsculo flotando

en un horizonte de escombros rojos.

El poema invita a la fe del olvido,

convoca a una engañosa paz de símbolos

en la que la conciencia se disuelve

tras la caricia sensual del morapio,

celada de mecanismos sutiles

que guía la vaciedad del espíritu

hacia el sereno océano de la nada;

obsesiva embriaguez de los instintos

que inventan la apariencia de unidad

a la mitad de un destino caótico.

No el sueño ni la elocuencia del fin,

sino ilusión de las contradicciones

suprimidas en un golpe de amnesia,

lenta disolución de los sentidos

apenas si impedida por el ansia

reiterada de una pulsión voraz:

el mandato de ser antes que nada,

la ilimitada urgencia de existir,

la frenética exigencia de vida

destinada al fracaso más rotundo.

Manadas de ideas que se desbocan

como los peldaños de un edificio

invisible, cuerpos entretejidos

que gritan como corceles castrados.

Así sucumbe la vida a su propia

necedad: fundando el reino ficticio

del recuerdo en el seno del olvido.

 

 

Revelaciones vespertinas:

gime

la memoria de un fresno en las aceras.

Las hordas de silicio se confunden

con una trama de grueso concreto

a cuyo esplendor concurren zorzales

suspendidos en vestigios de plástico.

Numerosas placas de acero rondan

la tarde, sumergida en el hastío

de humaredas nauseabundas y grises.

Ese día: ¿a quién le pertenece?

La avenida erige un denso argumento

de cristales y cables multiformes

entre los cuales se escabulle el viento,

con su miríada de letras y de hojas,

como un obsceno fantasma amoroso

que quisiera revelar su secreto.

Hay fundamentos de una anatomía

delirante que se explaya en fragmentos

de cenizas y persianas, abiertas,

repentinamente, al cruce de límenes

y fronteras indecisas del habla:

brazos que farfullan signos absurdos,

fanales que pronuncian oraciones

obsesivas en busca de unos belfos,

huecos sonidos de cloacas hambrientas

escabulléndose hacia paradigmas

de nitrógeno y elementos alquímicos.

El mundo es un incansable monólogo,

una insidiosa prédica de sombras,

un tránsito de objetos repetidos

que no podemos ver de tanto verlos,

parábola de pasos sin sentido

que conducen siempre a ninguna parte.

Cierto: no hay nada nuevo bajo el sol.

Las mismas cosas brillan, desidiosas,

ante los mismos ojos obturados.

No hay farsa ni tragedia ni epopeya:

la vida es justo esa continuidad

de mediocres costumbres desligadas,

de frases repetidas hasta el tedio,

como un alud de lugares comunes

atusados por pantallas etéreas.

Todo conduce hacia ese mecanismo

intangible, hacia ese dispositivo

de sonrisas postergadas y abúlicas:

cifras, luces, números combinados

en un atroz torbellino de imágenes

virtuales, de figuras inasibles

que elaboran su sustancia magnética

con el mismo gesto con que consumen

logaritmos y construyen sistemas

custodiados por enormes pupilas

binarias; superficies de electrodos,

terrenos de mareas helicoidales,

obscenos engranajes traslaticios

que descuartizan el tiempo y el espacio

como descomunales hoyos negros.

Extraño nombrar sin esperar nada,

decir sin perseguir ningún propósito,

dejar fluir las palabras, lentamente,

con la única promesa de su efecto

diferido, de su caricia acústica.

Las letras duermen en otras orillas,

sueñan con una voz tardía, inviable.

Lo que vemos son manchas luminosas,

impresiones de un incendio extinguido,

adarmes de un anhelo cancelado,

que un día, altivos, llamamos poesía.

 

 

Silencio, sólo silencio en la noche.

Ninguna voz se asoma en la penumbra.

La silueta de un sauce duerme afuera.

A lo lejos se escuchan unos pasos.

Una lluvia ligera, llovizna, habla,

susurra reflexiones de otro idioma.

No medita: dialoga con el viento,

conversa en el lenguaje de las hojas,

formula pensamientos incisivos.

La hora es una emboscada del destino:

mientras más se escucha menos se entiende.

Escuchar es perderse en el abismo

de los días ajenos que ya no hablan,

de los años pasados que se han ido;

entregarse a la voz de la memoria

que sólo manifiesta lo imposible:

la imagen de un abeto verdecido

a la vera de un bosque inexistente.

¡Cuántas palabras puebla esa espesura

de recuerdos y voces derrotadas!

¡Cuántas canciones viven encerradas

en la paz de una flor desconocida!

El tiempo es siempre el juez más implacable:

nos condena a una vida imaginaria.

Lo que creemos vivir es sólo espejo

de una otredad vacía, evanescente.

Todo saber reduce lo posible,

lo fuerza a una existencia esclavizada,

a una unidad de voces sin trastorno.

No podemos nombrar sin acusarnos:

somos la falsa distancia del habla,

la voz que se enaltece con un mirlo,

pero preside el trono del desprecio,

el tolerante gesto de censura,

el rictus de un sayón condescendiente.

¡Qué distante la lengua de los cedros,

adormecida al fondo de una gruta,

el sigiloso verso de la seda

que la ninfa cultiva en su letargo!

Metamorfosis de otras realidades

que no requieren de una voz ajena,

inercias de una tierra ensimismada,

que siendo nuestra no nos pertenece.

Sin siquiera notarlo o comprenderlo,

lo hemos perdido todo:

la distancia

del castaño en que comenzaba el mundo,

el endeble contorno de la higuera

que omitía la flor en su desglose,

la danza sin premura de aquel chopo,

que era ala y surtidor al mismo tiempo.

Símbolos de un pasado perimido,

espectros de un naufragio desterrado.

¿Qué palabra resumirá el fracaso

de una vida que flota a la deriva?

¿Qué vocablo traducirá la angustia

de sentirse perdido en pleno vuelo?

Ajena la nostalgia del comienzo

o la expresión que busca la sustancia,

la voz que se demora en la apatía

de un paisaje privado de recelos.

Sólo el silencio augusto de una noche

con la que hemos chocado al extraviarnos,

en la que hemos caído al perseguirnos.

Lábil fulgor de un brillo consumido

en el ansia tardía del desvelo.

 

 

Nombrar, hablar, escribir, renombrar:

sobran palabras para decir algo.

Demasiado tarde o tal vez muy pronto,

siempre a destiempo, siempre inoportunos.

Lo que decimos gira en torno a un punto

que no acabamos nunca de fijar.

Las palabras son intentos fallidos

de explicar lo imposible, lo insondable.

Erigimos monumentos risibles

que el tiempo deconstruye con desgana,

como si ese cúmulo de conceptos,

más que ideas, pensamientos o formas,

encerrara su propia destrucción;

como si ensayáramos arquetipos

de la derrota que luego olvidamos,

igual que gruesos y obsoletos fardos

que tenemos que cargar, día a día,

para mantener una dirección,

pero que luego, al llegar al destino,

arrojamos muy lejos de nosotros

y nos sentimos ligeros y libres.

Esa sensación, esa libertad,

es un engaño, una ilusión dañina.

El eco de la voz es más sincero:

imita la caída de la rosa

en el claro de un bosque solitario,

la rara evanescencia del rocío

que duda del silencio y nunca oscila,

escindido del filo del cristal

y la sustancia líquida del alba.

Nuestra vida es, sin duda, paradójica:

estamos condenados a la errancia,

pero necesitamos la certeza;

somos un vago fulgor del camino,

pero idolatramos lo permanente.

Por eso lo esencial se nos escapa:

la débil resonancia de la nieve

al desprender su cuerpo de la nube,

la interminable prédica del viento

que revuelve los nombres del otoño:

hojas, labios y recuerdos marchitos,

estructuras de sombras obstinadas,

reflexiones perdidas al ocaso.

¡Qué absurda la voluntad de la mímesis

y su inalcanzable afán de sistemas,

o ese escape a la ilusión del lenguaje

que construye su propio laberinto

porque es incapaz de escuchar la vida

que en un mismo gesto funda y retiene!

Fugas, peregrinaciones inútiles,

incansables diluvios de palabras,

torrentes de pensamientos equívocos.

Cada hora es un pasaje a otras instancias

de silencios y voces despobladas,

cada hora instaura su propia derrota

al levantar un túmulo de imágenes.

Las palabras fluyen entre montones

de obstáculos que limitan su paso

en el sendero de las antinomias.

Nada importa que les abran camino

o las restrinjan con sobrias razones.

Lo fundamental está en otro lado:

en la ciega mirada del ocelo

que asimila la noche al firmamento,

en la cansada patria del anturio

que es memoria y distancia de corinto.

El poema aguarda en el margen del habla.

No espera: inventa un idioma de sombras.

Es presencia que vive en la penumbra

y que sueña en el lenguaje de todos.

Las mismas palabras, los mismos sueños,

pero dos universos escindidos.

La derrota es total: nadie lo escucha.

El tiempo se ha acabado, y lo que queda

son palabras escritas sin destino.

Fuegos fatuos, pasatiempos anónimos.

El arte de nombrar ha dado paso

a un vórtice de vocablos sin dueño.

Nadie atenderá el llamado del habla.

Estamos condenados al silencio…

Pero escribir también es un engaño:

el que sabe nombrar, dijo Lao-Tsé,

que no olvide que existe lo innombrable.

 

 

Preliminar el tiempo del lenguaje,

tentativo el recurso del idioma

y las palabras que inventa y recrea

en el juego ilimitado del habla,

la voces de los ecos sin origen,

que habitan los linderos de la lengua,

y las figuras que ocultan su nombre

en el fictivo espacio de los sueños.

Preliminar la distancia del verbo

y la proximidad de los objetos

que emula en una síntesis de imágenes,

la trampa de los recursos dialécticos

que la sintaxis construye en sigilo

al proponer recuerdos sin fisuras.

Preliminar el estilo y la forma

y la insidiosa cadencia del metro

y la composición de los espacios

y el absurdo arte de lo nunca dicho

y la postergación de lo enunciado:

tropos que simulan frases y versos,

alegorías que inventan el tiempo

o construyen el sentido del drama:

el simulacro onírico de Apolo,

la apacible narcosis de Dioniso,

el lento desmontaje del sujeto

que es unidad y farsa en movimiento.

Ese ágil disolverse sin retorno

en el impuro océano del lenguaje;

ese caer sin tregua en la memoria

de las cosas que deben olvidarse.

Una frágil desolación invade

el laberinto de los pensamientos:

se dice sólo lo que no se dice,

lo que no puede nunca revelarse.

La mano sigue el rumbo de las voces

que moran el país de las incógnitas:

patria indiscernible de las pulsiones,

república de los sueños inhóspitos.

Me hundo en el abismo de los susurros,

aparezco de pronto frente a mí,

como un espejo que niega su origen,

como un espectro que habita la página

en la inconsciencia tenaz de los verbos;

soy, tal vez, un mecanismo del habla,

un autómata que redacta sílabas

en la pantalla de su propia vida.

No hay nadie alrededor ni nadie enfrente:

giro en torno a símbolos que me evaden,

a jeroglíficos que me rechazan.

Ellos construyen su propio monólogo,

usan ideas que no son las mías.

Cada letra que aparece construye

un idioma de imágenes dispersas

en las que no puedo reconocerme.

El poema es el espacio en el que abdica

la voluntad y su reino de sombras.

Pero no hay poesía sin libertad.

Lo inexorable es un relato muerto.

El poema es una guerra sin cuartel,

un campo de batalla en el que luchan

la voluntad y su anhelo silvestre.

Las palabras son armas de esa liza,

pero no pueden lograr demasiado.

Lo que observamos es una tragedia

que ha sido definida a espaldas nuestras.

“Llegamos demasiado tarde”, dijo,

hace ya demasiado tiempo, el poeta.

Pero ningún dios pudo rescatarnos.

El poema habla un dialecto desterrado

que repetimos casi por inercia.

No hay mucho más que decir ni pensar.

Seguimos el fantasma de una forma

tan sólo para negar lo evidente:

el poema habla el idioma de los muertos.

 

 

Ciudad de México, 2018

 

 

 

 

 

Carlos Herrera de la Fuente, nació en la Ciudad de México el 25 de julio de 1978. Es licenciado en economía y maestro en filosofía por la UNAM. En 2012 obtuvo el grado de Dr. en Filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Ha publicado dos poemarios: Vislumbres de un sueño (2011, Poesía no eres tú) y Presencia en Fuga (2013, Ediciones del Ermitaño). Es autor de los ensayos Ser y donación. Recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015, Fides) y El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (2017, Neolog). Asimismo, participó en la redacción del libro colectivo Extrarradio donde se explora la obra del maestro Alberto Castro Leñero. Es también traductor de obras literarias escritas en alemán: Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, El canto de amor y muerte del alférez Cristoph Rilke, de Rainer Maria Rilke, Demian, de Hermann Hesse y El anticristo, de Friedrich Nietzsche (estas tres últimas de próxima publicación) para Editores Mexicanos Unidos. Ha sido columnista de la sección cultural del periódico El Financiero, colaborador del periódico cultural De largo aliento, La digna metáfora, Transgresiones, del portal Aristegui Noticias y editor del periódico queretano El Presente. Actualmente es subdirector de opinión la revista cultural digital Salida de Emergencia (SdE).

 

 

 

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