Tomás Sánchez Hidalgo (Madrid, España)

 

 

 

 

Tomás Sánchez Hidalgo (Madrid, España)

 

 

 

Dispuestos

 

Dispuestos a tomar juntos un café en el campus

(los abuelos de Cindy; aquellos felices años 20).

Dispuestos a un viaje indecoroso por el desierto de Nevada.

Dispuestos al intelecto, al foxtrot y a los vendedores de calambres.

Dispuestos a los alunizajes del Imperio. Sangre. Una corona de espinas: tantos años después: de vuelta a España, es un rodaje, ya en

tiempos del otoño del Patriarca.

Dispuestos, también, a cruzar océanos: atletas estadounidenses en las ruinas del templo.

Dispuestos a las fiestas de disfraces.

Dispuestos al bricolaje, al catolicismo, a las bombas de azúcar.

Dispuestos a las boleras, a los naipes, a los patucos.

Dispuestos a cambiarse de sombrero y al Monte Rushmore. Estos momentos deben de ser para regalárselos a los extremistas: para

regalárselos a los reaccionarios. Dispuestos a hallar el color más antiguo del mundo.

Dispuestos a saltar en cama elástica, a cambiar pañales, al sueño americano. Dispuestos a ir al psicólogo en un No compro.

Dispuestos a piñatas, al mayor espectáculo del mundo, a Truco o Trato. Una plaza de toros. Dos sonrisas de Cheshire, frente a la cámara, blandiendo aceros sobre las cabezas de unas republicanas, luego las republicanas sin pendientes sin cabeza: Badajoz: el abuelo de Cindy fue corresponsal en el 36. Las paredes del salón están llenas de fotos, de parpadeos en el tiempo de la gente: en conjunto, acaso, no expliquen ni formen nada: apenas, quizá, un mosaico inconexo.

 

 

 

 

Espanha

 

un verde, el de la referida tierra de conejos, de ¿cincuenta, doscientos? millones de años, el enfrentamiento austero entre un corzo y nuestra idea de España, la estructura molecular de un cristal opaco, un mapa, el genético, que es sin receta, el demasiado poco soñar, esta incómoda falta de alas, este pedestal rodeado de cámaras, próximo al colapso (el árbol es tan importante como el cuervo, o la Junta de Andalucía: lo sostiene), todo esto es algo así como una inundación, ¿no? (y tener, con todo, un alma que resguardar, que conservar), el otoño queda suspendido sobre la masa, sobre los alambrados invisibles, sobre los kimonos, sobre las entrañas, el perdón debidamente prorrateado, la omertá debidamente prorrateada, un rey se casa con una plebeya: la población aplaude, hoy haría falta un Muro aún por caerse, el accionista minoritario, en su conjunto (¿está drogado, o enfermo?), unos hombres perdiendo una guerra, acaso, todos ellos, mansedumbre en estado puro: Dios está del lado de los ganadores: sus ángeles planean en el cielo con los buitres

 

 

 

 

la niña lo mira, mira, la niña lo está mirando

(sabrá Vd. perdonar, don Federico):

 

los García, o llámalos si quieres X, familia de provincias promedio… el pene, el coño… el bebé, y, años después, la parejita: deciden recorrer mundo, deciden recorrer norte, durante un tiempo, hemos cerrado, como todos, el grifo y el reloj: tras quedar atrás, o eso parece, los compartimentos estancos (el caballo de Guernica del revés), vienen a Madrid, Villa y Corte, y visitan, en Black Friday, un parque temático, a las afueras de la capital: vino del Renacimiento, música del Renacimiento, comida del Renacimiento, donde el atrezzo está muy bien logrado, escrito está, y una de las actrices viste un abrigo de piel de vaca, entonces fotos, entonces facebook, a esto le sigue una tarde en el Barrio de Salamanca, en el Retiro, también en Las Ventas (¿quién prevarica y arde, en este valle de lágrimas y toreros?), un rincón, entre periférico y céntrico, de este mundo en ruinas, en el que el himno se balancea (y dejar, en la vida, habitación), donde un toro, allá por primavera, está mal planchado: asoman clarines y timbales… un toro está mal planchado, mientras rugen los cristianos: eternos herederos del circo romano, en un viernes calvo como una raqueta, un toro está mal planchado, está mal planchado, a las 5 de la tarde, y otro, y otro, y otro, y otro, y el último de los toros: también está mal planchado, por eso no entra al trapo: pez de plomo zambulliéndose en un cielo color albero, al declinar sus ruedas, tras dictar sentencia un pene de hojalata: enésimo más bien sexto cadáver a pilas de la tarde; una vez en el centro, una cierta cantidad de curiosidad, los García, visitan una ópera llena de moscovitas, y de toda una suerte de sospechosos potentados locales, quienes viven brillantemente uncidos al concepto del vicio (y van en carroza a saltarse la tapa de los sesos), de nuevo un abrigo de piel de vaca, ya de camino a la entrada, esta vez pertenece a una de las moscovitas, más fotos, más facebook, una ambulancia en el tráfico, la niña, o el niño, entonces dice, frente a cámara, frente a facebook, y posteriormente aparecer, este mismo video, en la red social, entre diversos titulares de desastres naturales, o lamentables casos de agresión y acoso, o, en una vernissage, gente descalza, bebiendo vino en pijama, y la niña lo dice en un tono espeluznante, Ojalá estuviéramos ya en el Burger King (¿o es que no se puede ya soñar, fuera, o antes de los mármoles?): el Black Friday (y nuestros pecados) son un amo ingobernable: tiempos de narcisismo y tulipanes (negros) gobernando nuestra Vía Láctea; en paralelo, escenarios de No hay nada de comer: 0 euros; abocados, quizá, a la parálisis del Salvaje Oeste: hoy no se renuevan las bombas (¿en alquiler los laboratorios?); sí se renuevan, por contra, los rugidos de la masa (a modo de cuento de hadas)... sistema: siempre se puede pensar que todo lo visto forma parte de un retablo de locuras: en la antítesis, por tanto, acaso, de todo esto, pero siendo parte, o expresión directa, pase lo que pase, del mismo conjunto, del mismo sistema, mis vecinos del séptimo piso, del mismo portal, de otra escalera, fuera de sincronía, fuera de economía, no pudieron pagar la hipoteca… al mando de la costra y de la usura… la presión innegable de la angustia, los retos imposibles, tirando de los nervios que ensamblan el cerebro con lo insoportable… una ventana, sus múltiples reflejos… ¿se ponen de parte del negocio?, sus múltiples, fragmentados, reflejos, digo, saben adónde aquellos fueron: mis vecinos duermen hoy, sin mayor evaluación territorial, ni reencuentro, como un océano sin fondo… ¿quién se suicida, justo después de haber hecho la colada?: una empresa aterradora: correr hacia el accidente, una cerradura nueva, en esa ventana todavía no hay vidrio, este se estrelló contra el césped (llámalo un jardín, y, cuando llega el frío, el sol apenas está puesto: toda una trama, todo un prado, sobre el que cruzar todas las fronteras, cruzar el implacable tiempo), ni siquiera hubo un grito horrible, y entonces pétalos más pálidos, más pequeños, más diversificados en tono, como de gente rara, una floración infectada, que se dice que está “rota”, y esa pantalla rota, ese miedo escénico, es una esperanza, holograma y oro, por unos instantes, un stop, en la última decisión, por unos instantes, que deviene, finalmente, en caballos en llamas, una película encrespada, electrificado el aire (un escenario a juego, teñido de rojo y ogro: y programar, ante ello, finalmente, la cirugía, los cielos bajos y nublados), y en un dolor más arriba que el miedo… ese miedo escénico es una extraña, potente, trágica noticia, a cargo desde entonces de una niña: a ojos de una niña, a partir de hoy en su memoria, ¿un inicial confeti a modo de vidrio? (son imágenes de hoy mismo): durante un brevísimo espacio de tiempo, a modo de cierre, todo pareció acaso slapstick: anoche, y tras el tránsito, hacia la luz, de estas personas, la radio puso polcas lentas

 

 

 

 

Tokio, ida y vuelta

 

En Navidad hace frío y tiempo:

en un oscuro callejón, cerca de Shinjuku,

apostando mis últimos yenes entre intérpretes de la ruleta rusa,

desafiantes ante el teatro del infinito,

interrogantes todos por una milésima de segundo:

desafío también ante toda lógica,

ante toda probabilidad,

versus toda matemática,

a la que por esta vez se derrota

(excluyente moneda, ruleta de suicidios:

cinco caras para una sola cruz,

en singular poesía aleatoria).

Salgo indemne y tras la suerte queda sellado mi beneficio,

que rápidamente habré de finiquitar

en forma de sucesivos desacatos:

a la diosa Fortuna

(seguiremos tentándola),

al metabolismo propio

(¿por qué está el bar del hotel repleto de Godzillas?),

y a las buenas costumbres,

cadalso, perdición y deseo en barrios de prepago,

pasando de pasar de sol a secundario

(deseo de ser Tim Duncan).

Por Ginza, Roppongi Hills y Omotesando

rompo a llover en mil pedazos,

y por calles de dolor en Metrópolis gastada,

circulan estos mis ojos vendados,

de no poder verla,

de más nunca posarse en ellos reflejo de sus ojos,

sus labios, su alma:

lágrimas hechas trizas.

De vuelta a casa,

me exhala Madrid con su hálito imperecedero,

intrusivo, afín,

el recuerdo de un pasado, ella y yo, ambos, en común,

la vida como sumatorio acotado de experiencias en presente continuo:

entre otras un verano follando en Harvard,

felices como bestias, felices como fiestas,

tante auguri a te,

también hubo momentos hard discount

(esto es, admiramos el cine de Fassbinder

–Rainer Wender–

en paralelo y en continuo;

compartiendo sudor y caracolas

vivimos champán y calambres,

y otras veces dejamos fluir el tiempo,

como quien admira a Fassbinder).

Todo se rompe…

…excepción hecha, claro está, de la eternidad:

nuestro último cuarto de hora juntos,

una escasa porción de ser humano:

un hospital en pretérito pluscuamperfecto

(o sea, un koljós en Venecia).

Después pregunté a un cónclave gremial de filósofos

acerca del sentido de la vida

y ellos me remitieron a Wall Street visiblemente consternados,

casi muertos de risa.

 

 

 

 

La niña santa

 

Porque entonces su vida se parecía a otra cosa,

y hoy es más fuerte y más ahora

(o no).

Era en Damasco, y parecía otra cosa.

Su vida se parecía a otra cosa.

¡Belle de Jour!

Su vida se parecía a otra cosa.

Belle de Jour, sí…

Y telas, miles, de Damasco.

Todas ellas tan diferentes… ¡oh!...

a esas brutalmente sinceras casas, ahora, de chapa y pintura.

Parecía otra cosa.

Su vida se parecía a otra cosa.

Tiempo, hoy, ella, en esa Atenas post-Pericles,

dedicado a la nada:

o a creer en Cristo (?) y en Longfellow*,

ambos muertos.

Caminemos, con los suyos, por el desierto:

podría ser una solución.

Pero aún no se ha contemplado tal posibilidad

(o la logística es aún escasa).

<<Vinisteis a dejar una botella de champán.

¡Como regalo de bienvenida!

¿Tomáis, acaso,

toda suerte de pastillas en secreto?>>, ella.

<<Venimos del mundo de la competencia extrema>>, nosotros, voluntarios de todo orbe.

<<… >>.

<< Pero sé que debemos hablar de esa puerta>>, sentencia uno,

y creo que soy yo el que entonces dice o piensa <<Claroclaroclaro… >>.

<<Entenderéis ahora por qué necesito volver a vestirme de siniestra>>, de nuevo ella.

Faltan muchos detalles en este guión.

Hoy todo el frío del mundo está a su alcance.

El pensamiento gira entonces sobre su propio vórtice,

y el tiempo se disuelve.

En realidad a este pensamiento lo acompaña otro.

(y otro, y otro, y otro, y otro, y otro, y)

Hay un hilo invisible que aún nos une:

habrá, por siempre,

entre todos nosotros ellos ella,

conexión, correspondencias:

creemos, sí, en lo invisible,

y el tiempo se disuelve,

mientras enhebro, 3.000 kms. al noroeste,

en este coffe shop

(¡terreno ganado al mar!),

simetrías a contraluz.

Parecía otra cosa.

Su vida se parecía a otra cosa.

 

 

 

 

 

Tomás Sánchez Hidalgo. Economista y MBA por el Instituto de Empresa. Obra publicada: Construction time again (Huerga y Fierro, 2021). También ha publicado en +200 revistas de treinta y ocho países, en los cinco continentes (destacaríamos las pertenecientes a universidades como Harvard y UCLA).