Poesía joven hispanoamericana: María Emilia Macaya Martén (San José, Costa Rica, 1991)

 

 

 

 

 

 

 

María Emilia Macaya Martén (San José, Costa Rica, 1991)

 

 

 

La muerte de mi padre

 

                                                                                 La vida es un cuento, la muerte, el punto final de una oración.

 

Escribir estas líneas es el pecado más grande que he cometido en la vida.

Por favor perdóname si es que puedes,

si no, ya es muy tarde.

 

Mi papá murió en una cama de hospital, como muchos otros.

Su cabeza de pájaro yacía bañada de un sudor divino.

Su respiración le estremecía el cuerpo

como el viento levanta súbitamente las hojas secas del cielo.

 

¡Cuántos otoños enardecidos pasamos en Vermont!

Cortando el aire frío con un Ferrari rojo, a través de pueblitos de cuento a medio día.

“Mais quelle belle vie, en esperant qu’elle dure toujours !”.

Exclamaba él sacando el brazo por la ventana y extendiendo los dedos.

¿Fue acaso esto un sueño?

 

Era de noche.

Las ventanas cerradas de la habitación guardaban una luz melosa, el ruido del aire

acondicionado, los números rojos y verdes del equipo médico, y las sondas como lianas.

Su respiración era un niño que sollozaba solo a la distancia,

las últimas costras de vida que se aferraban empedernidas.

Un berrinche digno.

Pero con cada movimiento brusco de la cabeza hacia atrás

salían expulsadas y se unían como gotas a la bruma de la escena.

En comunión formaban parte de algo más grande y se relajaban.

 

Algo parecido a aquellos atardeceres sobre la colina en días frescos.

La última gota fosforescente se resbalaba y caía sin remedio entre las piernas de la montaña.

Sus ojos grises, fijos en el agonizante punto rojo, lo reflejaban.

“Pedí un deseo, mi amor, ¡qué atardecer más lindo!”.

Y me daba la mano.

 

Su mano yacía inerte sobre las sábanas,

muy de vez en cuando un dedo temeroso saltaba.

Las manos que sostuve desde que nací

no me sostendrían más.

Pero este instante me cargaría hasta la muerte.

 

No puedo describir el momento exacto de su victoria,

porque no me lo permito y no me lo perdono.

No soy digna de su santa euforia

pero estas palabras bastarán para sanarme.

 

Estaba amaneciendo.

 

 

 

 

Huesos

 

Abrí el basurero y vi los huesos de pollo fisurados entre la basura.

Estaban mojados y los sobrevolaba una mosca gorda.

 

Qué impacto cuando me di cuenta

de que tus huesos yacían de igual forma,

bajo tierra.

 

Ahora no eres más que estos escombros,

que la cáscara de una granadilla,

que un montón de piel, pelo y uñas.

¿No te da vergüenza?

A mí me daría.

 

¿Serán capaces la tierra y el agua

de lavar por completo tus gestos?

¡Malditas!

¿Tu manera de estornudar como un polluelo recién nacido?

Igualito, me acuerdo.

¿Restarán un día solamente,

llanuras eternas de silencio y calcio?

 

¡Pero es que no entiendo!

¿Dónde quedaron las batallas de tus días,

tus irónicas vueltas por el mundo,

tus ilógicos sueños tercos?

 

¿Tu voz y la vez que se nos inundó el carro,

en medio de una tormenta a media noche

en Massachusetts,

cuando pusiste mis medias a secar en la guantera?

 

No veo nada de esto entre tus huesos,

seguro amarillentos, podridos,

vacíos como historias.

 

Dejaste que te quitaran todo,

que te aniquilaran.

No sé quién fue,

pero no pudiste defenderte,

… pobre.

 

Y la gente dice que quedaste

en la memoria,

en los periódicos,

en los trofeos,

en las fotos,

en la empresa,

en esta página.

 

Pues adivina qué,

no es suficiente.

 

Y es un cliché,

que no me jodan.

 

Te lo reprocharé hoy,

y lo pensaré siempre.

 

 

 

 

Siesta a media tarde

 

¿Será posible vivir segura

en el valle entre tus piernas?

¿Al borde de tus precipicios y cerros,

acurrucada a la sombra

del derrumbe?

 

Con la nariz sumergida en el

mar de tu camiseta verde,

volvemos a tener quince años,

y nos damos besos subacuáticos

con ropa en la piscina

a media noche,

porque perdiste un reto.

 

¡Cómo cambian las cosas

y perduran!

¡Cómo te culpo

y viceversa!

Nuestros reclamos

enardecidos entre besos.

 

Con pestañas largas

herméticas como almejas

y manos arrojadas al borde

de las sábanas como anémonas,

tu aliento me susurra

que hoy eres un hombre.

 

Te has convertido en algo

que no comprendo.

 

La imposible

suavidad del lirio

sobrevive solamente

en la punta de la lengua.

 

Para mí es más que suficiente.

O eso espero.

 

Porque aún peor,

permanezco paralizada

en lo más alto del abismo

entre tus dedos,

cataratas de mi cintura.

 

Entre una y otra,

la que amaste tanto

hace tiempo,

y la que no puede evitar

despertar adolorida

sobre el callo de la mañana.

 

Nos debemos una disculpa

por endurecernos

tras la trinchera

de los años

 

y una felicitación

por sobrevivir

el uno al otro.

 

O aún mejor,

al imprevisto trajín

de un destino

impetuoso.

 

 

 

 

El estanque

 

Estás dormido boca abajo en la cama

como un estanque lleno de lirios

con sus corazones abiertos,

adheridos a la delgada superficie de tu espalda.

 

Solo una profunda respiración

levanta la piel del agua,

como el rumor de un planeta

cada cierta cantidad de miles de años.

 

Tu cabeza, montón de helechos

entre el musgo de las almohadas.

Tu brazo, ladera donde termina

y comienza el mundo.

 

Sublime y magnífico paisaje,

¡qué ganas de tocarlo!

 

Sentir la textura áspera de las hojas,

la suavidad y el color brillante de las ninfeas,

el terciopelo del musgo,

el beso líquido en las puntas de mis dedos.

 

Me muerdo los labios, cierro los puños,

con todas mis fuerzas me contengo

… para no destruirlo.

No quiero interrumpirte el sueño.

 

El grito de una gaviota entra por la ventana abierta,

altísimo clímax del instante.

Con la ráfaga de esta tarde

el magenta del cielo te cubre como una manta.

El estanque lo agradece y

solemne muere.

 

Estaba en la mesa de la cocina cuando llegaste como si nada.

Te sentaste, y todavía medio dormido, me pediste un café.

Te rascaste la espalda.

Te di un beso.

 

 

 

 

Quiero que me odies

 

Quiero que me odies,

que me veas y quieras que me muera.

Quiero ser el dolor más cálido que has sentido,

la aguja que te tragaste y no ha caído todavía.

 

Quiero tanto, tanto repugnarte

de todas las maneras posibles.

Que un espontáneo pensamiento de mis manos

se te meta en el centro de la cara y te la arrugue.

 

Que detestes con tu corazón suave

a todo aquel que pronuncie mi nombre,

para bien o para mal, no importa.

Ojalá ese sonido ambiguo

sea un grito espeluznante

en medio de callejón mojado;

el tap de las patas de las ratas del desagüe.

Que te duela en el cerebro, en la panza, en el pecho.

 

Quiero ser el alma en pena encerrada en tu cabeza

que solloza todas las noches y reniega.

 

Si logro algo de esto será suficiente,

podré morir tranquila algún día.

 

Y, tú, no te preocupes, no sufras,

que te acompañaré piadosa a mitad de tus noches en vela.

Te abrazaré cuando el odio se expanda como el moho en tu casa.

 

No me apartaré nunca de tu lado,

te lo prometo.

Puedes contar conmigo.

 

Le suplicarás al fantasma de lo que fui

que no se vaya, que no descanse.

Llorarás y te retorcerás para que te arrulle,

porque sabrás que de cualquier otra forma estarás solo.

 

Cuando te levantes y la casa esté sucia,

no te importará porque me sentirás hundida

en tu piel interna como sanguijuela,

el gusano del tórsalo,

el huevo de la mosca,

y estarás tranquilo.

 

Enfermo,

adicto,

tranquilo.

 

Cuando el cuerpo se te descomponga,

brotaré desde adentro como hiedra,

y estaré contenta.

 

Tranquilo, mi amor,

esto es lo que te espera.

Por no amarme más

me odiarás toda la vida.

Yo no aguanto emociones tibias

y lo sabías desde el primer día.

 

 

 

 

María Emilia Macaya Martén (San José, Costa Rica, 1991).  En el 2006, viaja a las afueras de Nueva York para terminar sus estudios secundarios en un internado. En el 2010, ingresa a Middlebury College, en Vermont, donde cursa la carrera de Literatura Comparada con énfasis en Literatura Francesa e Hispanoamericana. Macaya realiza su tercer año universitario como estudiante visitante en la Universidad de Costa Rica y en la Universidad de Nueva Sorbona, en París. En el 2014, concluye su bachillerato y comienza una maestría en la Universidad de Oxford en Inglaterra, también en Literatura Comparada. Se especializa en poesía, particularmente en el simbolismo francés y el modernismo hispanoamericano. Se gradúa en el 2015 y retorna a su país natal, Costa Rica. Posteriormente, impartió clases de inglés en la Universidad Latina y en el programa Inglés por Áreas de la Universidad de Costa Rica. Su primer libro de poesía, Viento inmóvil, recibe una Mención Especial del Jurado en el Certamen de Poesía 2019 de la Editorial de la Universidad de Costa Rica, y se publica a finales del 2020.

 

 

 

 

 

 

 

Un comentario en "Poesía joven hispanoamericana: María Emilia Macaya Martén (San José, Costa Rica, 1991)"

  • el mayo 9, 2021 a las 12:28 am
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    Como un blando pedernal su madurez poética es una paradoja de juventud. Espontánea y cristalina, reflexiva y profunda, hiere y conmueve. Con el tiempo, libre de talleres, será grande.

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