Poesía joven en español: Andrés Segovia (Mérida, Yucatán, 1999). Selección de Carlos Sánchez Emir

 

 

Andrés Segovia (Mérida, Yucatán, 1999)

 

 

Marzo, 1996

 

Hace seis meses conseguí

mi primer trabajo:

 

algunos dirían que soy

bailarín / fotógrafo / músico /

o muy probablemente /

un lavacoches

 

desde hace medio año

disfruto ver películas a blanco y negro

 

no he ganado premios de comedia

ni medallas a mejor director de cine

 

sin embargo

me gusta creer que soy Woody Allen

caminando por Manhattan

escribiendo sobre Annie Hall.

 

A veces, cuando nadie me ve

robo fragmentos de su obra

 

ayer, por ejemplo, escribí un poema:

 

“Nos enamoramos.

Bueno, yo me enamoré,

ella simplemente estaba allí”.

 

 

 

Chillingstone, the new Baker Street

Para mis amigos de Xalapa

 

Hay una canción de fondo para cada despedida. No importa quién ni dónde, pero alguien las escribe con nuestra voz tatuada en su mano. La música es un estallido, un derrumbe entre las olas que alguien dirige con su mano izquierda. Yo fumo con la mano izquierda. Desde pequeño quise dirigir la banda sonora de alguna película, quise robar un auto, escaparme y tocar para alguna de esas big band jazz que viajan por los Estados Unidos; llenando de contratiempos las calles, acompañadas de mujeres con un swing demoledor en los tobillos y un walking bass sobre las piernas antes de hacer el amor.

Yo he cambiado la música cuatro o cinco veces. Si tan sólo pudiera entrar en el compás,  me sentaría junto a Charlie Parker y le invitaría un whisky blanco, un vodka negro o algunas de esas bebidas que trasnochan a los músicos. Yo trasnocho escuchando a Miles Davis, escribiendo estas palabras que nadie dice, pero tú escuchas.

Trabajo en silencio, a cuentagotas, arrastrándome por mi habitación. Trabajo así porque el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos. Trabajo porque de alguna u otra forma siempre regreso para despedirme. Y te lo digo, decir que hay una canción de fondo para cada despedida es una constante en mí, una constante que no encuentra nunca la cadencia perfecta.

Hoy la música vuelve a visitarnos. Subo al techo de mi casa para recordar el jam de aquellos días: regresa a mi boca la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse. Y con una lluvia ligera sobre los caminos de Xalapa, es tiempo de cerrar los ojos, de cerrar las ventanas y apagar la música. Desde ahora sabes que decir adiós, decir adiós es crecer.

 

 

 

Las únicas partituras que aprendí a leer

fueron las que alguien despedazó frente a mí.

 

Inventé música para destruirme.

 

Me volví el escribano de mis pies:

mi voz es una nota que apenas se sostiene.

 

Todo hombre es un puente que va de siempre a nunca.

Todo hombre tiene los pies que el mundo decidió heredarle

 

y yo, que soy uno de ellos,

camino entre dos paréntesis.

Andrés Segovia (Mérida, Yucatán, 1999) becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas (Xalapa, 2018). Ganador del Premio Nacional de Poesía Joven María Luisa Moreno 2019 y del Premio Nacional Universitario de Poesía Desiderio Macías Silva 2019 por la obra "A donde van las cosas que nos duelen". Forma parte del Centro de Experimentación Literaria.

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