Poesía española: Marina Casado Hernández (Madrid, 1989)

 

 

Marina Casado Hernández (Madrid, 1989)

 

 

Nocturno

 

Y este insano deseo de escapar

con una daga anclada en las costillas,

y este rumor vacío de calaveras a contraluz

que me invade mientras la noche afila mis heridas,

cuando cerrar los ojos ha de ser un viaje

a las llanuras huérfanas de tiempo

donde un día vivimos, dimos la mano al sol,

respiramos con los pulmones de par en par,

soñamos.

 

A las doce, la carroza imposible

volverá a transformarse en una calabaza.

Y yo tendré que regresar a mi sarcófago

mientras la vida gira en remolinos multiformes

y chorrea infinitos que no me pertenecen.

 

La madrugada impone su habitual psicosis aterciopelada.

Mañana volveremos a simular que despertamos.

 

(De las horas sin sol, 2019)

 

 

 

Jirafa ardiendo

(A propósito de un cuadro de Dalí)

 

Las montañas lejanas abandonan incendios

en sus goznes.

Hay un azul ennegrecido pintando las aldeas.

Mujeres sin sonrisa desenfundan cuchillos

con el deseo inocuo de dormir

y despertar luego sabiendo

que el río de su pecho se desborda.

 

Abriste los cajones de mi tórax

en el instante del desmayo.

Mira ahora mis manos extendidas

ensayando un abrazo de tres amaneceres,

un abrazo vencido por la nieve.

 

Puedes curar a duras penas la soledad del mundo

hasta que mi mirada tropiece con el fuego:

el fuego que no he visto y que corona

el reborde gastado de todos los insomnios.

 

Y siempre esa jirafa al borde del abismo,

esa jirafa ardiendo frente al mar estancado.

 

(De las horas sin sol, 2019)

 

 

 

La eternidad

 

Mi madre a mediodía, con sus ojos de tango,

duerme las amapolas de la muerte

para que no podamos escucharlas.

Sus cuentos, sus canciones,

los recuerdos más hondos,

viven en las raíces de mi espíritu;

ascienden por la sangre, componiendo

un mapa de veranos por el que naufragar

cuando todas las luces se despiden.

 

Las manos de mi madre, dulces soles caídos,

acarician las telas del presente,

remiendan las ausencias y diseñan verdades

sin darnos tiempo para claudicar.

A medianoche el ave fénix entona su lamento.

Un aire azul oscuro amenaza con recoger las caracolas

donde todos los mares se escondían.

 

Mi madre aún teje amaneceres

en las horas sin sol

y es refugio cuando la lluvia nos invade.

A mediodía duerme las amapolas de la muerte

para que no podamos escucharlas.

Desempolva bohemias

en antiguos casetes de Aznavour,

peina valses volados en un cuento.

Y cuando nos sonríe,

es también tu sonrisa

la que vive por dentro de sus labios,

y algo en la noche que no acaba

me descifra, despacio,

el guiño triste y victorioso de la eternidad.

 

(De las horas sin sol, 2019)

 

 

 

Cancerbero

 

Hay un perro que ladra bajo mi ventana

con una herida abierta en sus acordes.

Si yo creyera en el Infierno, te diría:

así es como deben de aullar los condenados

a las llamas eternas.

Pero hoy solo creo en la luz destilada de domingo

que se viene a posar en mi escritorio

y me recuerda la tristeza que dejamos colgada

en la percha del viernes, monótona y exhausta,

con sus pliegues adustos esperando para depositarse

sobre nuestras conciencias.

Ahora la recogemos como el relevo amargo

de un corredor de fondo.

 

Hay un perro que ladra y me recuerda

que la tristeza de domingo suena igual

que las alas plegadas

de un infierno pequeño.

 

(Este mar al final de los espejos, 2020)

 

 

 

El largo, cálido verano

 

El año en que llegaste,

soñar se parecía a un frágil pasatiempo.

Queríamos pasar el largo, cálido verano

en un lugar cerca del mar, en un rincón donde morderle

los labios a la noche y respirar ciudades

que nos llamaran con las mejillas encendidas.

Mirábamos la sombra desplomarse

en la última esquina del crepúsculo.

Las luces de los coches sembraban laberintos

por la calzada.

Te dije que Madrid era un dragón de mil cabezas en agosto

y que Paul Newman esperaba  junto a una casa blanca

con una mecedora y una botella de bourbon.

Cómo no huir, entonces.

Si hubiéramos sabido que el verano no dura para siempre,

que cuando se despide tiene una luz extraña,

casi meditabunda, como un incendio viejo,

como un hombre impasible

desnudando las llamas con sus ojos de jaula.

Pero entonces soñar

se parecía a un frágil pasatiempo

y quince años más tarde

alguien escribiría nuestra historia

y en ella me recordarías a Paul Newman

sentado en una antigua mecedora

junto a una casa blanca

y a una botella de bourbon.

 

(Este mar al final de los espejos, 2020)

 

 

 

Paseo de los Tristes

 

Aquí tu sonrisa se parece a la muerte.

El humo ocre de los árboles deposita un reguero de sombra

en los charcos de luz que proyecta el crepúsculo

sobre el Darro.

Aquí tu sonrisa tiene la forma exacta

del final de mi vida.

 

La última vez que contemplé la Alhambra

tendida en el ocaso, como ahora,

llevaba una chaqueta de piel marrón

–me lo susurran las fotografías–

y mi padre soñaba buscando

el nombre de los pájaros.

Lo acompaña una música árabe en el recuerdo

y el cansancio amarillo que desgarra a los desaparecidos.

 

Tengo el cabello liso como entonces

y un amor que amenaza con salirse del pecho

y una tristeza honda bailando con la noche

que se refleja dentro de tu sonrisa.

El ronroneo de los árboles anémicos

dibuja una promesa de eternidad.

La vida se termina

al borde de tu boca.

 

(Este mar al final de los espejos, 2020)

 

 

 

Legado

 

De la voz se me escapan otras voces

que ahora encuentro mías

y lo comprendo:

somos todos los muertos

que nos amaron.

 

(Este mar al final de los espejos, 2020)

 

 

 

 

Marina Casado Hernández (Madrid, 1989) es profesora de Lengua Castellana y Literatura en la Comunidad de Madrid. Licenciada en Periodismo y doctora en Literatura Española, es autora de cuatro poemarios: Los despertares (Ediciones de la Torre, 2014), Mi nombre de agua (Ediciones de la Torre, 2016), De las horas sin sol (Huerga y Fierro, 2019) y Este mar al final de los espejos (Torremozas, 2020). También ha publicado dos ensayos: El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014) y La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017). Ha coordinado varias antologías, como De viva voz. Antología del Grupo Poético Los Bardos (Ediciones de la Torre, 2018). Finalista del Premio Adonáis de Poesía en 2018 y 2019, en 2019 ha obtenido el Segundo Premio de Poesía Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid y, en 2020, el Premio Carmen Conde de Poesía para Mujeres con su obra Este mar al final de los espejos, publicada por la editorial Torremozas. Entre otros galardones, obtuvo el Primer Premio del VI Certamen Literario SER Madrid Sur y el del XV Certamen de Relato Corto Eugenio Carbajal. Algunos de sus poemas han aparecido en revistas como Ærea, Piedra del Molino, El Coloquio de los Perros… Ha participado en festivales poéticos internacionales: Raias Poeticas (Portugal), Voix Vives (Toledo), ELVA (Gran Canaria) y Primavera Poética (Lima). Colabora habitualmente en El País con reportajes sobre el Madrid literario e histórico.

 

 

 

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