Poemas de Nelly Keoseyán (México, 1956)

 

Fotografía: Rogelio Cuéllar.

 

 

 

Nelly Keoseyán (México, 1956)

 

 

LOS NIÑOS MUERTOS

(Fragmento)

 

Señoras: enseñen a sus hijitos a cultivar un jardín

y que adoren cada ejemplar de rosa o abrojo

flor de manglar o de monte,

semilla, hoja o polvo.

Digan que la mayor perfección

se da en las obras de la naturaleza

y que les ha tocado reconstruir

lo que los otros destruyeron.

 

Díganles que en nuestro tiempo la belleza se ha desvirtuado

que la palabra cultura tiene un sentido de culto

a las imágenes que aparecen en las pantallas,

que las pantallas acabarán por enterrar a la palabra escrita,

se borrarán los libros

y la escritura se irá borrando o cobrará otra forma,

como se olvidando la tradición oral,

como se fue perdiendo el arte de tejer

con las manos el techo de la casa,

la práctica milenaria de cultivar la parcela

y dejar a la tierra en reposo muchos años

o la costumbre de amasar cada mañana el pan de cada día.

 

Díganles que en siglo de la violencia

Ningún ojo imagina paraísos en la pared de su iglesia.

Nos asombra más el ojo que nos desnuda,

El ojo que ve dentro del ojo,

El ojo que nos abre por dentro

Y nos muestra las vísceras,

El ojo que nos engendra en la oscuridad.

El ojo grito que grita:

Despierten, ciegos.

Hasta no verme estuvieron muertos.

Preferimos que el ojo del cielo nos deslumbre,

Que la voz del silencio nos ilumine diciendo:

El alma es negra. O bien:

La mayor perversión es la pureza.

Y que al santo más casto lo seduzca

El fruto insaciable del deseo.

 

Señoras: díganles a sus hijitas

que gocen,

que digan sí,

que en su cuerpo hay un huerto de fuego y rosas,

un pozo del que se puede beber.

Digan que la vida está hecha

de sucesivas muertes pequeñas

de las que renacemos,

que somos polvo enamorado y fuego,

fuego que nos consume sin extinguirse

cenizas de algo que tiene sentido

porque creemos que lo tiene,

aunque a veces se pierda

entre palabras imprecisas y emociones gastadas,

sea tan absurdo como tirar una piedra y levantarla

una y otra vez, sin preguntar porqué.

 

 

 

EN LA PRISIÓN DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

 

Hasta un perro encerrado ahí

conmovería.

Hasta una planta sin aire,

sin rendija de luz

ni gota de lluvia

que se filtrara en los muros,

agotaría su savia y sus raíces.

Hasta un gusano

haría lo posible por escapar

de tu mísera celda.

Pero en la oscuridad

tus ojos veían la otra luz:

una llama de amor viva

en tu interior ardía

sin consumirse,

velaba por ti

como la sombra protectora

de un ángel invisible.

Y tu pasión era fuego en el hielo

de tu carne y tus huesos.

Y le cantabas al sol.

Porque por vivir preso

en un cuerpo que moría

enamorado del amor divino,

no había mar más azul

que el que veías

cuando lo buscabas en ti

por dentro.

Ni montaña ni cielo

más alto que tu paraíso.

 

 

 

Salmo

Nunca le pregunté al destino

si me tocaba seguirte.

Simplemente me fui.

Me desnudé y te dije:

bajemos. Metámonos

más hondo en el infierno.

Hagamos ahí dentro en lo obscuro

el paraíso del placer.

Abre la puerta negra

Hurga      Entra

Desciende el misterioso abismo.

Y tu pasión fue mía y tu goce.

Luego te di mi alma y te dije:

Haz de mi fuego el tuyo

Bebe de mí

Muere de amor conmigo.

Te haré mitad demonio y mitad santo

Te saciaré con látigos y con cilicios

Te ataré a la pilastra y al muro

y a la cruz del martirio

hasta que estalles.

Hasta que nazcas por dentro en mí

y en un instante sin fin te fugues

de la cárcel del cuerpo.

Y me arrojé contigo al precipicio.

NELLY KEOSEYÁN. Nació en la Ciudad de México, el 8 de noviembre de 1956. Poeta. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la ffyl de la unam. Colaboradora de Casa del Tiempo, La Brújula en el Bolsillo, La Gaceta del fce y Sábado. Becaria Salvador Novo, 1979; y del inba / fonopas, 1981.

Fotografía: Rogelio Cuéllar.

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