Óscar Oliva (México). Selección de José Natarén

 

 

 

 

La obra de Óscar Oliva, uno de los mejores poetas de nuestra época, está traspasada por la transformación. Durante los años de la “Espiga Amotinada” (1960-1965), predominó la voluntad de transformar la realidad con la Palabra, mucho más allá de la llamada “poesía social”. En la etapa de la transgresión verbal y la concisión metafórica (1971-1984), su voz alcanza resonancia nacional. El poeta persevera en la escritura del mundo. En 2022, 69 años después de la publicación de su primer poema en el periódico El Estudiante (1953), de Tuxtla Gutiérrez, aparece Escrito en Tuxtla, libro entre la lírica y la épica, rara avis de la poesía escrita en México, que configura una tetralogía con Lienzos Transparentes, Estratos y Lascas.

Poesía de la inteligencia y del delirio, de la inmensidad iluminada por la palabra, teje y desteje la urdimbre de nuestras relaciones con la realidad, transmuta la visión particular en nuevos sentidos y significados sobre los grandes temas: el tiempo, la muerte, el amor la cólera y la locura, con la reiteración de símbolos, frases poéticas, personajes y escenas a lo largo de su diálogo con el mundo, original en cuanto penetra la hondura de nuestra condición y emerge del abismo de la experiencia humana con la potencia colectiva que lo anima.

En la brevísima selección que presentamos subyacen tres conceptos: corporalidad, temporalidad y conciencia: El decir del poeta que se percibe a sí mismo -sanguínea revelación- y al otro, los otros, capta la impermanencia de los seres y las cosas del universo y la traduce en cartografías de la imaginación en llamas. La elongación del instante y su proyección en círculos excéntricos, en el continuo dejar de ser que significa ser humano.

Transgredir los límites de su lenguaje, a la velocidad de las transformaciones planetarias, colectivas e individuales, ideológicas y tecnológicas, además de la asimilación de los múltiples saberes de la humanidad, lo revelan como una voz cada vez más sabia y a la vez más joven, de frente a la crisis civilizatoria mundial. Leamos la poesía de Óscar Oliva.

 

José Natarén

 

 

 

 

 

ÓSCAR OLIVA (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México)

 

Selección de José Natarén

 

 

 

XIII

 

Hace mucho tiempo que no bebemos juntos, que no hablamos de la poesía

del bardo de Teos, cantor del amor y los festines, hace tanto

tiempo que he dejado el alcohol y los festines, pero continúo borracho

de amor y de festines, por eso quiero, antes de continuar, que bebamos

juntos, amigos de toda la vida, pero no los encuentro en ninguna parte,

no sé si regresaron a nuestra ciudad natal, y si allí fueron sepultados,

o si volvieron a subir al balcón del templo que se balancea en lo más alto

del peñasco, entre riscos de numerosas zopiloteras, entre carros de vientos

recios que ayudan a pulsar las cuerdas, a improvisar el canto desde el balcón

de piedra, alimentado por gansos salvajes que zarandean los cabellos

de cantores sagrados, representaciones en piedra de otros inmortales,

como el griego, y no me dijeron que iban a subir, tocando el guitarrón,

la chirimía, para que al llegar a lo más alto gritaran, “¡Trepa, saraguato!”,

pulsaremos, tensaremos, nos meteremos entre las cuerdas de los bambúes,

− ¡ubérrima juventud inagotable! −, bailaremos para los que cantan

recio, los quebradores de albores, los engallados avechuchos con espuelas,

con los oídos tensos, y beberemos hasta quedar dormidos, con la tez de la

cara lavada con una mezcla de zumo de limones cimarrones y ron blanco,

y, dormidos, continuar escribiendo o recitando epigramas contra el tirano,

o yambos que recuerden a Arquíloco, u odas a Cintia, me dan ganas

de seguir bebiendo, definitivamente cuando bebo contra las corrientes

achocolatadas del río infernal, quiero ser otro guardián, alimentado por

gansos salvajes, zarandeando los cabellos de cantores sagrados

antes de la holganza, en el templo que se balancea en el puño del risco,

hogar de zopilotes, desde mi sobriedad dionisíaca continúo escribiendo

epigramas contra el tirano, y otras cosas raras que se me ocurren

en la bestialidad de mi sequía, donde veo películas también bestiales,

que se reproducen por sí mismas y se proyectan sin los técnicos de antaño,

perlas fundidas en sus conchas, con manchas y veladuras, donde aparezco

haciendo un cameo de tres segundos, suelto una exhalación de tres segundos,

pero atento espectador silente caigo entre luces y sombras amarillas bajo

detonaciones de cohetes, pendiente de los personajes que he maquillado,

les digo esto porque ya nunca podrán leer lo que estoy escribiendo,

una simple canción de amor en el amanecer de madera exaltada, la pinto

y repinto frenéticamente, antes de mudar de ropa, en la carpintería que heredé,

donde pego estrellas a mi cuerpo, ventosas verdes, y mientras trepo donde

están de vigilantes, voy pensando en otras cosas, tan disímiles, en la exaltación

del canto, para entrar en trance al bailar hasta el agotamiento, en esta y otras

líneas repletas de tantas cosas que me marean, interminables de tantas cosas

que también me ponen en trance, de tan fulgentes, al atropellarse conmigo

y con otros seres fáusticos que quieren entrar a escena, cuando todo es estampida,

todo revuelto en la red de nuestras manos, tan transparentes, vacías, vistas con

rayos

 

 

 

 

X

 

* * *

 

Todo lo que estoy diciendo está hecho de ropa vacía,

nuestros cuerpos, más cuando estallamos en el vacío,

sin cuerpos, con un solo movimiento de danza, juntos

y alejándonos al comprender que Anacreonte también

está hecho de vacío, por eso brindo cuando mi canto

es perlas fundidas, casi leche en esta copa vacía,

no hay ningún risco en ningún desfiladero, ni un templo

flotando en el vacío, tal vez hay el rescoldo del fuego,

hermanos de toda la vida, de la que ya no voy a ver pasar

entre ustedes y yo, cuando nos separamos algo

me dejó vacío, este fuego para entender que ya no podré

nunca beber con ustedes, ahora que ya no tengo a nadie

que platique con mi sombra, cuando estoy bebiendo más

que nunca, encaramado en un risco, entre zopiloteras,

atrás del guitarrón,

atrás de los chinchines,

atrás de la chirimía

que resuena como

el mugido del pavón

al llamar a su pareja.

 

De Escrito en Tuxtla, 2022.

 

 

 

 

LOS ADIOSES

 

Como los flamboyanes que emigran. Con nombres y corazones flechados en sus troncos.

Con aves, insectos y murciélagos. Con savia tan delgada, para fluir con facilidad

desde las raíces hasta la frondosa copa de flores rojas. Emigran a otros lugares que

no son los míos. De la calle de mi casa, hasta cerca del mar. Se comprimen demasiado

rápido, chapotean al regresar a su estadio marginal. Emigran más allá de un

muchacho despierto en la primera cólera. Se van felices, inaugurando cielos, después

de tantos ensayos para crecer unos centímetros más; de tantas ramas rotas. Al llegar

a los valles crecen con una salud prodigiosa. Al llegar a las montañas vuelven a los

grandes vientos, a los linces nublados. En el lugar de las tormentas eléctricas, ya no

se acuerdan de mí. Me he quedado atrás, en la calle empedrada. Sacudimos nuestras

grandes melenas, nuestras celebraciones.

Fue trovado durmiendo.

Los árboles se van. Cargados de belleza.

 

De Lascas, 2017.

 

 

 

 

Uno

 

¿Qué apagas y enciendes en las paredes, entre techos y pisos, por patios y corredores sin conexión? Miras a través de la ventana, levemente inclinado sobre tu mesa de trabajo; sostienes en una mano un lápiz. Tu mirada se detiene en un árbol de muchas cabezas, exacto a las muchas cabezas florales del brócoli.

En los mapas extendidos sobre una manta, señalas ríos que se entrecruzan y fracturan desde adentro, bosques que se mueven, países que ya no existen, barcos pesqueros encallados en páramos de arena, como si hubieran caído del cielo. Tu rostro está resplandeciente por una luz que no sabes por qué está ahí, cuando todo ha sido extinguido.

Es el momento en que te veo, cuando haces la lectura en voz alta del documento inconcluso, que deseas abandonar, para redireccionarlo. Hago lo mismo. Es el momento en que me ves, con papeles extendidos sobre la mesa, intentando el juego del montaje final. Voy a otra ventana. Nos damos cuenta que no existe el equilibrio en nuestros escritos porque nuestras historias no se encuentran.

No sabemos cuándo hemos cometido un error y cuándo hemos dado pie para comenzar otro.

Conducimos por distintas autopistas, por solitarios caminos de extravío, que estaban ocultos a nuestra visión de paralaje, un cambio inútil en nuestra actitud de observadores.

Procesamos y generamos paisajes desde un mismo modelo, un mismo acto, una misma búsqueda, un cuadro de Vermeer, el encogido mar de Aral, el carro que conduces a gran velocidad, que conduzco a gran velocidad; no vamos a saber cuándo dar vuelta en U, cuándo meter el freno a fondo, dejar de escribir, leer, dejar de llegar.

No hay un lápiz que rompa una hoja de papel desde abajo, y nos distraiga totalmente. Tal como lo hacen los camellos cerca de los barcos inclinados.

 

De Estratos, 2010.

 

 

 

 

EL ARTISTA (I)

 

Por 1656

Diego Rodríguez de Silva y Velásquez

se pinta en un lienzo frente a su caballete

ejecutando los retratos de Felipe IV y de doña Mariana

que se reflejan en el espejo del fondo

Doña María Agustina Sarmiento,

menina de la infanta doña Margarita,

le ofrece en una bandeja un búcaro con agua.

La infanta, en medio.

A su izquierda,

doña Isabel de Velasco,

también menina.

La enana Maribárbola. Y Nicolás de Portosato,

con el pie izquierdo sobre el perro echado.

 

En segundo término:

doña Marcela de Ulloa, “guardamujer de las damas

de la reina”, y un guardadamas. En la puerta del fondo

descorre una cortina el aposentador don José Nieto

Velázquez. En la pared, lienzos de Rubens. El cuadro

se llamaba de La familia. Mide 3.18 por 2.76 metros.

Hoy es conocido como Las meninas.

 

He aquí lo que yo hago:

con todos mis materiales de trabajo

me instalo de un golpe en este libro,

sentando plaza en su plaza.

Mi intención es la siguiente:

¿Cómo hacer que este libro y yo lleguemos a ser indivisibles?

¿Cómo hacer que el poema rompa con el sometimiento al papel?

 

Cuando me incline desde afuera a contemplar este

relato ya concluido,

¿qué es lo que veré? ¿qué es lo que habré dado?

Verdaderamente,

me gustaría nada más dar una pintura boquiabierta

bajo el estruendo

 

Pero por el momento,

esto es imposible

Desde esta cárcel lo único que voy a dar es mi nombre.

 

Me considero un prisionero de guerra.

 

De Estado de Sitio, 1971.

 

 

 

 

IMPOTENCIA DEL PENSAMIENTO PURO

 

Es como si yo escribiera con la mano metida en la sangre.

A través del ojo del buey que está a punto de morir,

veo lo que acontece en mi interior: no hay ningún paisaje

donde dejar los labios enronquecidos de tanto andar,

no hay donde dejar la salud cansada de tanta iracundia.

 

(El papel me mastica en silencio, mugiendo, y acaba

por tragarme.)

 

Es como si yo escribiera recostado en la astilla

de una estrella,

que de verdad fuera irreal, insustancial improbable.

Entonces pienso en la palabra Samar,

que se me sale por todas las estrofas,

hasta que cae a mis brazos como una muchacha.

 

Samar, digo,

y Samar corre como una punta de flecha,

de puntillas

sobre la alfombra incierta de mi teatro,

digo,

y mis pinzas la aprietan como un lápiz,

sin saber a ciencia cierta si Samar quiere decir sombra,

o si quiere decir algo,

o es un planeta que vive en la sombra o un barco,

desprendido de un sol reciente

que ha llegado a encallar en la arborescencia de un helecho.

 

En el espacio que me rodea se abre una ventana:

una mano atraviesa ese hueco y aprieta mi nuca.

Esto es todo.

La ventana desaparece.

 

Por unos segundos he visto y sentido

algo que está más allá del delirio.

Golpeo el espacio con una cuchara,

pero no hay muros ni ventanas

sólo materia transparente,

velo

cubriéndome a soplos.

Mirar me desangra.

 

Tal es que cada palabra que escribo se vuelve

contra mi pecho

me ensarta con una bayoneta de trigo airado.

 

Pongo una vara en la suite de las palabras para que no

callen.

 

Es como si yo escribiera con un oboe metido en la sangre.

 

De Estado de Sitio, 1971.

 

 

 

 

LA CASA DEL MILAGRO

 

1

Amigos, ¿se han acordado últimamente

de la luna que caía en nuestras madrugadas?

¡Alguien ha preguntado por mí,

mientras escandaliza con un vaso y un libro?

 

¡Escándalo de viento! ¿A qué pueblo lejano me he

marchado?

¡Negra estrella fijada en mi ventana!

¿Qué lugar, qué planeta, en qué sitio me encuentro?

¡Ósculo del sueño!

¿Quién busca en un lugar vacío? ¿Quién espera mis

cartas?

¡Imagen incendiada en el camino!

¿Quién anuncia mi rostro en un espejo?

¡Mis ojos se llenaron de la palabra ausencia,

como si mis manos recorrieran lágrimas de un niño!

 

Amigos, ¿han visto últimamente,

cómo la luna cae sobre los árboles de los pájaros

dormidos?

 

De La voz desbocada (1960).

 

 

 

 

 

ÓSCAR OLIVA. Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 05 de enero de 1937. Es miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Creador Emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Perteneció al grupo “La Espiga Amotinada”. Fue miembro titular de la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI).

 Su obra ha sido traducida al zoque, tsotsil, tseltal, chol, mame, lengua chiapa, inglés, francés, ruso e italiano. Entre sus reconocimientos nacionales e internacionales: Premio Enrique González Martínez, 1969; Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1971; Premio de Poesía Ciudad de México, 1981; Premio Chiapas, 1990; Premio Nacional de Periodismo, 2012; Medalla Rosario Castellanos, 2012; Premio Internacional de Poesía “Ramón López Velarde”, 2013; Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines/ Gatien-Lapointe, 2019; Medalla de Honor al Mérito Ciudadano Joaquín Miguel Gutiérrez 2021; Premio Nacional de Artes y Literatura 2021. En su honor, el Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez creó el Premio Nacional de Poesía “Óscar Oliva”, entregado en 2022.

De su autoría: “La voz desbocada”, en la “Espiga Amotinada” (1960); “Áspera cicatriz”, en “Ocupación de la palabra” (1965); “Estado de sitio” (1971); “Trabajo Ilegal” (1985); “Lienzos transparentes” (2003); “Estratos” (2010); “Lascas” (2017) y “Escrito en Tuxtla” (2022). Actualmente, coordina el taller de poesía que lleva su nombre y preside el Consejo Estatal de Fomento a la Lectura y Creación Literaria de Chiapas.

 

Imagen: MÉXICO, D.F., 18NOVIEMBRE2013.- Óscar Oliva Ruíz, poeta chiapaneco, fue galardonado este día con el Premio Internacional de poesía Ramón López Velarde, que otorga la –Universidad de Zacatecas por su trayectoria poética.
FOTO: ÓSCAR LEÓN RAMÍREZ /CUARTOSCURO.COM

 

 

 

 

José Natarén. Promotor cultural y secretario técnico del Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura. Estudió física y matemáticas en la Universidad Autónoma de Chiapas. Ha trabajado en proyectos de investigación documental de carácter literario y filosófico. Colaboró con el Sistema Chiapaneco de Radio y Televisión (2006-2012) y con la Radio de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (2017). Colabora en diarios de circulación local.