Nueva poesía costarricense: Cristopher Montero Corrales (Costa Rica). Selección de José Ignacio Aru

 

 

Fotografía: Emmanuel Calvo Canossa

 

 

 

 

José Ignacio Aru prepara una serie nueva de poesía de Costa Rica.

 

 

Cristopher Montero Corrales (Costa Rica)

 

 

 

EL NACIMIENTO DE CRISTÓFORO

 

I

 

Yo, somos el crítico. No desdeño a ninguno

y los interpelo, es decir: nos interpelamos.

No me confundan con el criticón

ese me llamé Fabricio

y en ese caso perdido y encontrado,

no van de la mano:

                                    fui un conglomerado de atorrantes.

Vengo de un cosmos mayor de este cosmos mayor.

Nací ya siendo mi personaje.

Cerca de mí encontrará,

si no se demora demasiado

una liebre muerta, coma y reponga fuerzas.

En realidad la liebre está viva y con gusto

diluirá en su boca todos sus nutrientes.

Todos estamos muy juntitos y apasionados

debido a ese líquido resplandeciente

que reduce significativamente los planos de ruptura.

Ninguno sueña con eliminar los espacios dudosos

ni las fisuras: ahí brilla un jarabe de ideas.

Tampoco creo que Lee Harvey mató a Kennedy

o que el combustible de avión llega a quemar

las vigas de acero y hoy son 150 años del Capital.

Y sí, creo que Dios es una ardilla que ríe y como nueces

mientras observa algunos mirar al cielo.

Y otras veces es una ardilla en la noche que

devora un pájaro, se detiene y nos mira.

 

 

II

 

Nací de una abeja que aprendió

a no alimentar a los zánganos.

 

 

 

EL DON DE LA TERNURA

 

Me gusta correr detrás de las avionetas

o arrastrarme como una babosa con ella.

 

El don de la ternura brotó esa mañana:

nos arropamos sintiendo en el otro el frío.

La temperatura más baja nos reúne

a las siete y cuarto de las amanecidas.

Rodeo la cama, beso sus pies, preparo

el agua con limón y le agrego la miel.

Aún no estamos del todo listos para el mundo

pero confiamos en como inician los días.

Te levantás algo malhumorada, pero

haciendo la mezcla “integral” para mis arepas

te convencés que es lo mejor de dormir juntos:

 

Abrazarnos, saber que somos con alguien

que es la ternura –no el amor– lo que le interesa.

 

 

 

COMPARTO MI CASA CON UN PEZ

 

Comparto mi casa con un pez:

lo nombré migraña como este dolor que tampoco me deja.

Mi madre también tenía dolores de cabeza

hasta que con una bala se los quitó.

Se marchó y nunca más nadie

me calentó el chocolate al llegar de la escuela.

Ni mi amigo imaginario me esperaba

solo una araña que como mi padre

eventualmente moriría de úlceras por su propio veneno.

La semana pasada recogí 128 colas de cigarrillo

es lo único que no puedo vender;

lo que se tira a la calle tiene una facilidad de llegar al mar:

                                                                                                 inexplicable.

Vendo el papel periódico, las latas de cerveza, la ropa vieja,

le tengo miedo a las palomas y a los payasos

y creo que la basura llega a la playa para ser pájaro,

pero se atasca en su primer intento de volar.

 

El pez es del tipo "besucón",

besa para demostrar su jerarquía:

el poder lo contamina todo

¿qué quieren que les diga?

Yo era del tipo "alcohólico"

hasta que tuve úlceras

también dejé de fumar.

Tengo al besucón desde el primer día sobrio,

de eso ya son 7 años.

Estoy seguro que cuando muera,

morirán con él mis dolores,

espero no así mi estar "abstemio".

 

En los primeros ataques de ansiedad que tuve me levantaba

en la madrugada y el pez me miraba con una cara de

preocupado que nunca le vi a ningún familiar: yo sentía un

ánimo de mejorarme. Cuando paraba de sudar el pez daba

media vuelta, sería exagerado decir que se iba a dormir.

 

Una mirada de ternura

nunca la recibí de mi hermana,

que decía te amo y cobraba

y era cierto, ya que los amaba.

 

¿Seré un sueño que sale de la pecera

y se despliega para no volver?

¡Qué sueño ni que niña muerta! –Me decía Alfonso

(el amigo que me regaló el pez).

Tal vez fue esa mirada sin historia

que me permitió retomarme como proyecto.

Paré el vendaval y me detuve a contemplar

y todo esto desde mi llanto.

                                                   Antes no lloraba, y la gente que lloraba

                                                                                              me enojaba.

 

 

 

 

Cristopher Montero Corrales. Escritor. Autor de los libros Canicas galaxia (Alción Editora, Argentina) y Échele Miel  (Nueva York Poetry Press). En el 2019 se le otorga el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría por el libro de narrativa Los cerdos comen bellotas (Euned, 2019).

 

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