Nidia Garrido (Bogotá, Colombia)

 

 

La poesía de Nidia Garrido es directa, su claridad y parte de su fuerza provienen de un impulso de nombrar sin eufemismos, sin alambicadas metáforas corporales. Nombra el ser en sí del cuerpo y el ser para otro del cuerpo. Nombra la conjunción desnuda y festiva, jocunda y trágica, feraz y cariciosa de los dos cuerpos, de la ceremonia de los que se unen porque van a separarse, y se separan porque van a unirse. La huella de cada uno en el otro marca la ausencia como otra calidad del ser: un objeto de deseo, un fantasma tenaz que pugna por volverse carne, por ser recobrado en la totalidad, en la con/fusión del cuerpo, otra vez. Es ese oscilar del trapecio sobre el vacío lo que desnuda de verdad a los acróbatas, los que los hace ascender, lo que los mantiene en vaivén, en movimiento, sobre la boca abierta de la muerte, de la nada que es el tiempo y su secuela. Sobre el escenario visual de la naturaleza muerta pendula, pende, desafía, exhibe, crece, se abre, integra, cede y sublima el viaje de dos en un solo trapecio.

 

Rafael Courtosise

Uruguay, 2021

 

 

 

 

Nidia Garrido (Bogotá, Colombia, 1970)

 

 

MEMORIA

 

El mar devuelve los inquilinos a la noche, silenciosos

se adentran en mi mármol rojo para crear una metáfora

o un diario.

Mi piel no tiene memoria, es un círculo del olvido.

Hay una niña sin ojos en los dedos que se burla de mí,

yo fabrico sus máscaras.

La sed que embriaga mi palabra anhela tu mar embrujado,

tus cadencias y tus acentos.

Un relámpago sordo sacude el mármol de las sílabas

y un recuerdo queda temblando en mi mente.

La semilla de un sueño teje la espuma del océano

creando vida y muerte a los que sobreviven a tu hechizo.

 

 

 

 

LA HUIDA

 

La huida es la marca de mi alma, mis pasos me llevan

a la tumba donde un millar de alacranes que se encorvan

y muerden mi orgullo,

escinden mis alas y escupen pedazos de lumbre.

Siempre es lo mismo:

la sal no se cuece en dos hervores,

mis pies se enmarañan en las ganas de tu piel,

el ángel caído ganó la partida,

mi huida deja el alma colgada en un asombro,

el llanto anega mi pecho, no puedo querer sin herir

porque el dolor es mi signo, mi muerte,

el agujero negro que despierta al demonio de madera

que habita en mis noches sangrientas.

 

 

 

 

CORDILLERA

 

Me abandono a la diáfana cabellera que cuelga del mar redondo.

Sigues efímera como siempre y tu silueta es la de un espantapájaros

enterrado entre bodegas y pastizales azules.

La hoguera se enciende con tu aliento salado, indómito en la negrura,

las medusas se aferran a tus largas piernas sibilantes buscando el tatuaje,

la marca sagrada que fosforece en la noche de tus escamas,

el camino de una horca se desvía por las arterias de un paisaje antiguo

con nombre griego.

Aun respiras en el follaje, aun tu aliento absorbe el caudal de mi memoria.

El filo de la navaja hiere el horizonte.

La cordillera acostada en tu vientre es un mapa donde se pierden

los peregrinos.

 

 

 

 

FE DE ERRATAS

 

En la alta noche chamánica mi rostro corrige la fe de erratas

del invierno, ese astro de escarcha que recorre tus escamas,

la lluvia fantasmal que fosforece en la tumba del hidalgo.

Los bosques helados donde peregrinan las palabras de mis libros

aún me siguen ocultando un deseo.

La noche está enferma de noche y ya nada lo consuela.

Se aglomeran ríos de tinta en la mano plateada del durmiente.

Una dulce enredadera teje la herida que lamen los lobos

en mi espalda descubierta. Lamen la sal de mis piernas.

Uno de los colores del viento golpea las fichas de mármol

que sobre el tablero meditan un ataque.

El caballo que tiene una cruz nevada en la frente y se asoma

por un resquicio de la noche,

ha cabalgado antes en un sueño.

Un veneno azul rueda por los corredores de un abandonado castillo

y en las ruinas de su jardín

el cartero de las Meninas recuerda un violín enterrado.

Una chispa milagrosa desciende hasta mi cuerpo de paja, ardo

en la noche de Creta.

Mis sílabas se embriagan, beben una música que sufre las vigilias

del invierno, y las suaves campanitas de trineo despiertan a todos

los personajes de Esquilo.

El invierno es un ángel gris que llora en tus batallas.

El signo siniestro de un dios descansa como un tatuaje en la piel

de aquellos que leyeron los hechizos de mi poema.

 

 

 

 

ESPEJISMO

 

En la noche los pasos de la lluvia resuenan como monedas.

El lingote de un sueño pesa mucho en la mano del gigante

que lo sostiene.

Más que un mito, mucho más que una historia de amor contada

por asesinos y mercaderes en las fondas de la selva, lo tuyo parece

venir del mar con una botella.  Que todos sueñen lo misma en la misma

noche es un espejismo, un brebaje, una alucinación que no soportan

las palabras. En mi mano estás grabada y no en mi pecho,

por eso escribo.

 

 

 

 

MÁSCARAS

 

El mar devuelve los inquilinos a la noche, silenciosos

se adentran en mi mármol rojo para crear una metáfora,

o un diario.

Mi piel no tiene memoria, es un círculo del olvido.

Hay una niña sin ojos en los dedos que se burla de mí,

yo fabrico sus máscaras.

La sed que embriaga mi palabra anhela tu mar embrujado,

tus cadencias y tus acentos.

Un relámpago sordo sacude el mármol de las sílabas,

y un recuerdo queda temblando en mi mente.

La semilla de un sueño teje la espuma del océano

creando vida y muerte a los que sobreviven a tu hechizo.

 

 

 

 

AJEDREZ TÁNTRICO

 

El tiempo me visita sin permiso y descorre el velo de tus días

anteriores al verso,

La cama pulida por el brillo de tus escamas en la sombra

cruje como un mar desbordado.

La tinta seca por el afán de volar como sinsonte se anida

en la caracola

y se enciende una sílaba.

El ángel de la guarda deja su canción en mi pecho

y su invierno me congela…

Todo es un juego sagrado.

Las fichas corren por debajo de las sabanas de seda

y en lugar del alfil tengo una serpiente con cara de pájaro

que deja su canto en mi piel cuando despierto.

 

 

 

 

NINFA

 

a Nancy

 

Las monedas de lata que teje mi cabello no me conducen

a ninguna parte,

son signos de los pájaros de Dios sentados a su diestra,

Siempre seguías la huella de mis lunas,

Las monedas se enredan en mis cicatrices diáfanas,

los ríos alcanzan su vertiente en la piel muerta,

mis manos miran el horizonte y enredan el colgajo de vida,

el universo no necesita de nosotros,

no me necesita para nada, eso decías, aún recuerdo

tu cara pálida por el viento que rozaba tu piel de ámbar,

no me necesitas,

y aun así te aferraste con uñas de ciclope a esta ventanita,

tus ojos pequeños aun olfatean el miedo,

la arcilla   de los lagos tejió colibrís de sombras livianas

en tu cuerpo de nácar, mi sonrisa tiene memoria,

los ángeles   de pan de arroz siguen la tierra prometida,

las cicatrices paralelas rozan las monedas sin sello,

el pozo reclama su alimento, el duende sin ojos se cuela

por tu vientre y descansa en tu muralla, el capullo se anido

en tu pecho para dormitar por siempre.

 

 

 

 

COLIBRÍ

 

La noche cumple su cometido, es un ángel sin rostro,

lleva en sus venas la sangre del olvido, la piel se oculta en la sombra,

se agazapa como fiera herida, con garras de lince asoma sus dientes,

arropa su nido y despierta en las aguas del averno, sus labios gotean

aromas de invierno, los relámpagos de la aurora rompen el silencio

de una mujer con cascada negra, con ojos de cíclope, me mira fijamente

y enreda en sus manos un sueño, ha galopado toda la noche, cruzo

los océanos de tierra santa, viene en busca de una respuesta, una acuarela

pinta sus alas de pan de azúcar, aun sueña con el amor, con dientes

de leche en su pecho, con arena en su luna, el mar entra una y otra vez

y moja su espalda, su inocencia es rota por la espada de un colibrí sin nombre,

amanece en otoño.

 

 

 

 

FECHA DE CADUCIDAD

 

Apaga las velas este barco solitario y arma su nudo corredizo

en el umbral de la historia,

late, aun late el condenado y brinca y se enjuta como potro,

la sangre se madura y gotea perpleja por la nieve infernal,

en sus manos se esconden las cuentas del rosario,

una y otra vez gime su alma,

dos avemarías y un padre nuestro,

rece, rece, réprobo,

-la lumbre demoníaca derrite tu llanto-

su lengua reseca revive las caricias libidinosas,

sus dedos opacos absorben el polen prohibido,

galopa su enjundia sobre anaqueles de antaño,

mil abalorios religiosos azotan su esqueleto,

su epidermis se encabrita por el olor de su sexo,

su boca roza la camándula,

cincuenta y nueve bolitas de oropel ruedan por su entrepierna

y despiertan las ganas, arde la piel del condenado,

sudoroso moldea la escarcha,

sus uñas vacían el ímpetu de cuatro caballos alados,

frente a frente con su retrato aplaude su noche

y se encierra en su cadalso.

 

 

 

 

 

 

 

NIDIA GARRIDO (Bogotá, 1970). Es poeta y periodista, también abogada igual que Franz Kafka, especializada en derecho procesal y derecho público. También echa las cartas, igual que madame Sosostris, el personaje de T.S. Eliot. Desde muy niña sintió el llamado de las letras y dice que aún sigue siendo esa niña. Tiene una marcada educación sentimental por el paisaje, por lo que es una magnífica viajera. Comparte por igual el gusto desmedido por Pablo Neruda, el Marqués de Sade, Anaís Nin y los mapas de ruta. Esta poeta kafkiana mira para el cielo y encuentra palabras, fragmentos de libros anónimos, retazos de biografías de escritores apócrifos y letras de baladas celtas que los fantasmas le dicen a oído mientras duerme su noche. También le gusta Pizarnik y la poesía de los románticos ingleses del siglo xix. Ha publicado los libros La respiración de las cosas, 2016, Tratado de las Bajas Pasiones (2017), Perversa Caligrafía para tu Piel (2018), El abismo, la nada y el punto ciego (2019), Naturaleza muerta con trapecio (2021). Actualmente escribe el libro de ensayos Bogotá en tiempos de Fernando Denis