Minor Arias Uva (Costa Rica). Selección Yordan Arroyo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Minor Arias Uva (Costa Rica)

 

 

 

Morir al pie de la nostalgia

 

Siguiendo la música del bosque,

entro en mis moléculas.

 

El río arrastra dantas y chanchos de monte,

los relámpagos casi carbonizan nuestro nacimiento.

 

Hacia el fondo,

donde se retuerce el trópico,

yace un rancho de viejas torceduras.

 

El hombre llora cabizbajo, agotado.

Ella murió pariendo a su primogénito.

De este lado llegó la noche.

 

Su corazón está hundido en la pesadumbre del barro.

Su pequeño se encuentra con una bocanada de oxígeno,

y el padre se levanta con la fuerza de los huracanes.

 

Ese niño es mi ancestro.

 

 

 

 

Los traslados del fuego

 

Hacia el fondo del cerro

una pirámide de estrellas

ilumina las curvaturas tibias de la montaña.

 

Los ríos se salen de sus causes

como lenguas serenas.

Peces, pájaros y frutos,

se confunden entre las ramas bajas.

 

Una mujer canta sobre el cuerpo

de un anciano al parecer ya fallecido.

 

Se trata de un viaje,

no de una tragedia.

 

La anciana desdentada

traduce para mí:

 

“Transito nocturno es la vida,

caminata leve.

El regreso es un giro violento

y luego calmo.

En un estertor nos salimos de la hamaca.

Fluimos hacia un túnel de planetas y átomos.

Confiados, desconocemos el rumbo.

El canto nos guía”.

 

Terminan de limpiar el cuerpo con sonidos y hojas,

y se van con la energía.

 

En la oscuridad absoluta de la selva,

una luciérnaga es un volcán en nacimiento.

 

Amanece,

le damos los últimos golpes al tambor del abuelo,

y lo lanzamos a los farallones del mundo.

 

Oxígeno, semilla, raíz.

 

Los muertos escuchan las vértebras de la lluvia,

y llegan, cuando es necesario,

por la planicie interminable de los sueños.

 

 

 

 

El canto

 

Cantamos para iluminar la sangre,

hemos comido pijibayes y atol de maíz.

 

En las alturas frescas del rancho

una serpiente lora se desliza con calma.

 

El viejo Lino me heredó su tambor.

 

Me siento sobre la piedra ancha del río,

donde él solía sentarse por horas.

 

Escucho sus cantos,

los voy siguiendo.

 

Las ranas multiplican sus colores entre las hojas.

 

Me llamaron a cuidar la palabra,

y aquí estoy,

lánguido guardián aún.

Busco con insistencia mi arteria ancestral.

 

Es fácil decir que se trata de una misión.

En los centros turbulentos del espíritu

es más que eso:

un único camino

agrietado por los terremotos.

 

Mientras tanto,

el viejo no se calla.

Sigo golpeando con tenacidad

este tambor antiguo

que es la palabra.

 

 

 

 

Mi abuela: la Teribe, la Biriteca

 

Observé a mi abuela

salir de un salón de baile

para darse de golpes con un hombre,

a media luna, entre la leña.

 

La vi sacarle chispas a su machete,

contra las lajas,

mientras increpaba la palidez de un cobarde.

 

La observé montar a pelo un caballo de nadie,

y cruzar a pie la cordillera,

sin más carga que su puñal y una tapa de dulce.

 

Y siempre me pregunté:

¿Qué energía inundaba su sangre?.

 

Mi abuela llegó del Sur,

Teribe, Térraba, de las Ter,

de las sukias curanderas.

 

De las Coctus que iban a los campos de batalla,

las que marcaban sus cuerpos

con ceniza ardiente

y se colgaban argollas en la nariz.

 

Las que dominaban el arte de las lanzas

y se protegían los pechos con patenas de oro.

Las que tenían sus propios criaderos

de dantas y chanchos de monte.

Las que erizaban las nucas de los guerreros Huetares,

entonando cantos y salomas a la distancia.

 

Mi abuela vino del Diquis,

por eso su visión esférica.

 

Tenía la firmeza

de quien ha cruzado el barro a tientas,

olfateando como las serpientes.

 

En la sala ancha del hospital

tomé sus manos de fuego

y le agradecí su valentía,

esta herencia,

sin lanzas ni cuchillos,

pero con palabras.

 

 

 

 

La música de los chamanes

 

Las serpientes son espirales de sangre

viajando por la tierra.

En sus pieles están los signos

para encontrar el camino a casa.

 

Los jaguares heredaron la ondulación de las serpientes,

en sus ojos yace la memoria de nuestras primeras galaxias.

 

Así llegamos dando tumbos hasta nuestros ojos:

eyaculación de átomos y realidades.

 

Nuestro corazón es un laberinto para reencontrarnos,

golpe tibio de tambor,

danza circular.

raíz incandescente.

 

Somos sonido

hasta que la vida nos nombra

y nos deja en el amanecer.

 

Así me observé:

con las manos extendidas,

resonando con el firmamento

desde la transparencia de una libélula.

 

Alguien susurró nuevamente mi nombre

y volví a mi quietud.

 

 

 

 

 

 

 

Minor Arias Uva: nació en Pérez Zeledón, Costa Rica, en 1971. Poeta, Profesor universitario, investigador y mascarero. Premio Carmen Lyra 1999 (Otorgado por la Editorial Costa Rica). Tiene cuatro libros con la editorial Costa Rica. Ha Publicado en México y España con las Editoriales Everest y Prensa Cicuta. Por medio del Programa de Promoción Cultural de la UNED realiza talleres de narración en escuela y comunidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

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