Los Mayores de la Poesía: Oliverio Girondo (Buenos Aires, 1891-1967)

 

 

La presente selección fue publicada en los números IV, V y XXIV de Alforja. Revista de Poesía.

 

 

 

 

Oliverio Girondo (Buenos Aires, 1891-1967)

 

1

 

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. ¡María Luisa! ¡María Luisa!... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

 

 

 

 

Comunicación plenaria

 

Los nervios se me adhieren

al barro, a las paredes,

abrazan los ramajes,

penetran en la tierra,

se esparcen por el aire,

hasta alcanzar el cielo.

 

El mármol, los caballos

tienen mis propias venas.

Cualquier dolor lastima

mi carne, mi esqueleto.

¡Las veces que he muerto

al ver matar a un toro!

 

Si diviso una nube

debo emprender el vuelo.

Si una mujer se acuesta,

yo me acuesto con ella.

Cuántas veces me he dicho,

¿Seré yo esa piedra?

 

Nunca sigo un cadáver

sin quedarme a su lado.

Cuando ponen un huevo,

yo también cacareo.

Basta que alguien me piense

para ser un recuerdo.

 

 

 

 

18

 

Llorar a lágrima viva.

Llorar a chorros.

Llorar la digestión.

Llorar el sueño.

Llorar ante las puertas y los puertos.

Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas, las compuertas del llanto.

Empaparnos el alma, la camiseta.

Inundar las veredas y los paseos,

y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología, llorando.

Festejar los cumpleaños familiares, llorando.

Atravesar el África, llorando.

Llorar como un cacuy, como un cocodrilo…

si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos

no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo, pero llorarlo bien.

Llorarlo con la nariz, con las rodillas.

Llorarlo por el ombligo, por la boca.

Llorar de amor, de hastío, de alegría.

Llorar de frac, de flato, de flacura.

Llorar improvisando, de memoria.

¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

 

 

 

 

Cansancio

 

Y de los replanteos

y recontradicciones

y reconsentimientos sin o con sentimiento cansado

y de los repropósitos

y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables

y del revés y del derecho

y de las vueltas y revueltas y las marañas y recámaras y remembranzas y remembranas de pegajosísimos labios y de lo insípido y lo sípido de lo remucho y lo repoco y lo remenos

recansado de los recodos y repliegues y recovecos y refrotes de lo remanoseado y relamido hasta en sus más recónditos reductos

repletamente cansado de tanto retanteo y remasaje

y treta terca en tetas

y recomienzo erecto

y reconcubitedio

y reconcubicórneo sin remedio

y tara vana en ansia de alta resonancia

y rato apenas nato ya árido tardo graso dromedario

y poro loco

y parco espasmo enano

y monstruo torvo sorbo del malogro y de lo pornodrástico

cansado hasta el estrabismo mismo de los huesos

de tanto error errante

y queja quena

y desatino tísico

y ufano urbano bípedo hidefalo

escombro caminante

por vicio y sino y tipo y líbido y oficio

recansadísimo

de tanta tanta estanca remetáfora de la náusea

y de la revirgísima inocencia

y de los instintitos perversitos

y de las ideítas reputitas

y de las ideonas reputonas

y de los reflujos y resacas de las resecas circunstancias

desde qué mares padres

y lunares mareas de resonancias huecas

y madres playas cálidas de hastío de alas calmas

sempiternísimamente archicansado

en todos los sentidos y contrasentidos de lo instintivo o sensitivo tibio

remeditativo o remetafísico y reartístico típico

y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua

y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas

y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras

simplemente cansado del cansancio

del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento

y al silencio.

 

 

 

 

 

Oliverio Girondo nació el 17 de agosto de 1891 en Buenos Aires, en el seno de una familia acomodada, lo que les permitió enviar al joven Oliverio a estudiar en Europa, en el colegio Epsom, de Londres y en la Escuela «Albert le Grand» de Arcueil, cerca de París. Regresó a Buenos Aires y comenzó la carrera de Derecho, aunque en vacaciones siguió volviendo a Europa, lo que le permitió introducirse en los diversos círculos de las nuevas corrientes estéticas. Empezó en esa época sus colaboraciones con diferentes revistas porteñas: Plus Ultra y la Imagen conocida Caras y caretas. En Madrid, Gómez de la Serna lo recibió en la tertulia de Pombo. Publicó su primer libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, en una pequeña población francesa en 1922. El año siguiente se dedicó a recorrer España y a gestar el que sería su segundo libro de poemas, Calcomanías, publicado en 1925. De regreso en Buenos Aires, fundó en 1924, junto a Evar Méndez y algunos otros escritores y artistas, el periódico Martín Fierro. Periódico Quincenal de Arte y Crítica Libre.

Siguió publicando poesía en los años siguientes. En 1943 se casó con Norah Lange, tras una larga relación, en su casa de Suipacha se reunían: Edgar Bayley, Carlos Latorre, J. Llinás, Francisco Madariaga, Enrique Molina, Olga Orozco, Aldo Pellegrini, Mario Trejo o Alberto Vanasco. Aldo Pellegrini presentó en 1953 en el número 2 de la revista Letra y línea los primeros poemas que en 1956 compondrán la edición definitiva de En la masmédula. Sufrió un accidente en 1961 que lo dejó disminuido durante los últimos años de su vida. Murió en Buenos Aires el 24 de enero de 1967.

 

 

 

 

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