Los Mayores de la poesía: José Carlos Becerra (1936-1970)

 

 

El primer poema se publicó en la revista El Corno emplumado, número 18, editada por los poetas Sergio Mondragón y Margaret Randall.

 

 

José Carlos Becerra (1936-1970)

 

 

Rueda nocturna

 

Tal vez sea este recuerdo; la frase nacida en el légamo de un sueño como un insecto indeciso

y brillante, un crujido de alas azules y negras, algo de ti y de mí,

ceremonia pequeña y terrible.

 

El ave cuyo vuelo cumple por un momento la forma de la tarde,

tú caminando junto a mí o detenida allí donde no debíamos mirarnos,

yo tomando en tu mano ese calor errante del poniente, ese ademán de un mundo sofocado,

el sol parado como un árbol al final de la loma.

 

Extraño territorio que la mirada encuentra en su propia invención,

invisible creación de los hechos,

memoria, brusco pez en el alma, ese rictus de océano,

ese deseo que se quiebra sobre el pecho intentando el atardecer.

Tal vez sea ese recuerdo, tú en la ventana, asomada y retrospectiva bajo la luz distante.

 

No, no se recuerda nada, la mirada extendida, curvada por el peso de aquello que no mira, que no necesita comprender, la penumbra que queda en las palabras...

 

No es tu boca que sube de deseo en deseo hasta su sitio nocturno,

no es tu piel acumulada en el mar como una sentencia profética,

no es tu rostro que vuelve a pasar por las aguas de estas palabras,

no es lo que conspira en el fondo mismo de la añoranza como la señal de una antorcha

apagada bajo la lluvia.

Es mi cuarto que gira como un animal herido, es mi cuarto en silencio, la cama inmóvil, a la deriva de sí misma como un objeto devorado por su nombre.

 

 

 

El siguiente poema está publicado en Alforja. Revista de Poesía, número 36, primavera 2006, página 84

 

Temblorosa avanza siempre

 

Porque tú eres puente, porque tú eres el rumor de las aguas;

ansiada buscadora de aquello que el deseo avanza,

eres el refuerzo con que amanece,

eres la luz del mar entregada a su propia creación,

absorta en el eco de su belleza.

 

Abandonada a tu belleza, roída por el candor,

enternecida por el ocio de tus astros, llevada por la fuerza de tus apariencias,

eres el rumor de hojas

que el viento dice al oído del bosque.

 

En ti están todos los sitios del recuerdo, los túneles donde la memoria se debate atrapada,

el aleteo del crucificado y la otra cara del designio,

la verdad oblicua del alma y la jactancia y la vacilación,

y eres la playa donde el mar se hiere las manos

por asirse a la tierra.

 

En tu corazón un pájaro vuela hacia la noche.

Tú te miras en el espejo como en una adivinanza,

golpeas en tus muros, piensas que amas las flores,

escuchas el ladrido de tus perros en el jardín,

pero no es nadie aún.

Piensas en mí, alguien apresura el paso dentro de tu alma

y así en tu rostro el amor se confunde con la noche.

 

 

 

Las reglas del juego

 

Cada uno debe entrar en su propio degüello, cada uno retocando su respiración, cultivando sus excepciones a la regla, sus moluscos solares,

haciendo sus abstinencias más inclementes y más diáfanas

porque la luz debe romperse allí, la eternidad debe dejar caer un guijarro en ese gemido.

 

Recuerden la niñez de vuestra madre, la niñez de vuestra muerte;

solitarios del mundo y de todos los deseos,

inoculados por el lagarto y el pájaro que se enfrentan en todas las intenciones de la sangre.

Ustedes han sentido la máscara y la falsificación de la máscara: el rostro

en los invernaderos de las pequeñas, inútiles ceremonias que todavía nos conmueven.

 

Bajo la luz de una luna parecida a la desnudez de las antiguas palabras,

escuchen este ritmo, esta vacilación de las aguas,

la noche está moviendo sus ruedas oscuras, estas palabras llevan ese significado,

y yo me dejo arrastrar por aquello que quiero decir: aquello que ignoro,

y he aquí que la frase delibera su propio silencio.

 

Oh noche casual de estas palabras,

oh azar donde la frase regresa a su silencio y el silencio retorna a la primera frase,

en el lenguaje aparecen de nuevo los primeros caracoles, las primeras estrellas de mar,

y las bestias de la niebla ponen su vaho en los nuevos espejos.

 

Aquel que diga la primera palabra dejará caer el primer vaso,

aquel que golpee su asombro con violencia verá aparecer el fuego en sus cabellos,

aquel que ría en voz alta será el primero en guardar silencio,

aquel que despierte antes de tiempo sorprenderá a su esqueleto haciéndole señas extrañas a los árboles;

y el mar, como un síntoma interrumpido, vuelve de nuevo a oírse a los lejos

y en su respiración otra vez escuchamos el ruido de esa puerta

que bate azotada por el viento del infinito.

 

Nace la luna sobre el mar como una antigua mirada del hombre.

 

En el puerto se van encendiendo las primeras luces.

 

 

 

Basta cerrar los labios

 

Basta morir como una lámpara desde la madrugada,

como el rescoldo de una brisa tersa;

para morir, para suministrarnos

la mano venidera del olvido;

basta decirle no al día de mañana,

basta ensayar los labios en un rumor de cera,

basta beber un vaso de agua

donde yazga el recuerdo de un ahogado.

 

Deja que la mano sea como un guante

que usa el corazón para tocar el brazo

o el alba de una novia entristecida.

Deja que la mano sea como un campo

donde el aire trasciende como humedad de pelo.

El otoño se despierta en mi pecho y se sacude las plumas

como pájaro caído fuera de la redondez de su canto.

El otoño se desbanda por mi pecho

como un viento veteado de árboles.

 

¿Quién me pone en los labios

un color de palabras donde se siente el peso de la noche?

 

A veces hay algo en las palabras que se dicen,

en aquellas que llevan del labio ansiosa vida,

aquellas que sollozan el paisaje

y respiran la cal de otra garganta;

que es como ponerse de codos a pensar

sobre el pretil de una tristeza antigua.

 

Hay playas

donde la mar resuena como carne,

como el golpe de un cuerpo que de pronto ha llorado.

Hay lagunas y juncos, estuarios

donde amarran los peces su oceanía desmedida,

y hay ríos donde la tierra llega al mar

insepulta en sus sueños imposibles.

 

Sufro. Sufro de esa moneda

que redondea a la mano inútilmente.

Sufro como un sentir pequeña espina

en la mirada fija de las lágrimas.

Sufro la cañamiel de una canción muy tonta.

Sufro el esparcimiento de una muerte insepulta.

Sufro la profundidad de los ríos

donde la noche tienta a los ahogados.

 

Paso los ojos

por la luz poco oída de una estrella.

Paso los labios por las palabras de un día,

donde el silencio crece como yedra.

 

Para morir, para cesar los labios

para olvidar de pronto la forma de la tierra

y salir para siempre de la asunción del mar;

no es necesario el traje de los condenados

ni la ceniza de los aturdidos.

No es necesaria la cama de los enfermos

ni el campo de batalla ya después, en silencio.

 

Basta un anuncio de hojas de afeitar,

basta la prosperidad de un gerente,

basta un tranvía equivocado.

 

Es arrojada la noche a la costa de nuestro pecho

por un oleaje de luces.

Hay un poco de acero turbado en una mano.

Hay un niño sin ojos moviéndose en los ojos.

 

Entonces ¿cómo tomar la luna?

¿Con qué mano o qué lágrima

tocar la luz donde los labios ceden a la noche?

 

La respiración suena como pisar hojas secas.

El bosque es tan profundo que las manos no se encuentran.

Puedo silbar para espantar mi miedo,

para que me oigas yacer en un claro del bosque

cuando en realidad sólo hay claro en tus ojos.

 

Palabras y miradas transbordando ataúdes.

De ataúdes de niños

a negros ataúdes con barbas de abuelo.

 

A veces la noche

crece como la barba de un dios desconocido.

 

Cerrar los labios es quedarse a solas.

Puedes mover el frío entre tus dientes.

Puedes ver en un cuello la pasión de la tarde.

La mano puede confiarse al frío sin darse cuenta.

 

 

 

El otoño recorre las islas

 

A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,

mis manos contienen la lejanía de las tuyas

y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.

 

A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que no merecías,

a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,

mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un movimiento de la noche.

 

A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha de aceite en el agua,

y es la hora de encender ciertas luces

y caminar por la casa evitando el estallido de ciertos rincones.

 

En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,

en tu pecho hubo tardes que al final del verano

todavía miré encenderse.

 

Y éstas son aún mis reuniones contigo,

el deshielo que en la noche

deshace tu máscara y la pierde.

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