Los Mayores de la Poesía: Garci Lasso de la Vega (Toledo, 1503-1536): Égloga primera

 

 

Gracias a la Fundación Garcilaso de la Vega y a su Presidente, D. Fernando Garcilaso de la Vega Ocaña, por permitirnos reproducir la Égloga primera de Garcilaso de la Vega, no sólo como uno de los mayores poetas de los Siglos de Oro, sino como el artífice que innovó nuestro verso español.

Aquí el sitio web de la Fundación https://fundaciongarcilasodelavega.com/la-fundacion/

Aquí pueden leer el poema que a continuación compartimos con nuestros lectores.

https://fundaciongarcilasodelavega.com/garcilaso-de-la-vega/obra/eglogas/egloga-1/

 

 

 

 

Garci Lasso de la Vega (Toledo, 1503-1536)

 

 

 

 

Égloga primera

 

A Don Pedro de Toledo, Marqués de Villa Franca,

Virrey de Nápoles

 

Personas: SALICIO, NEMOROSO

 

 

El dulce lamentar de dos pastores,

Salicio juntamente y Nemoroso,

he de cantar, sus quejas imitando;

cuyas ovejas al cantar sabroso

estaban muy atentas, los amores,

de pacer olvidadas, escuchando.

Tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

agora estés atento sólo y dado

al ínclito gobierno del estado

albano, agora vuelto a la otra parte,

resplandeciente, armado,

representando en tierra el fiero Marte;

 

agora, de cuidados enojosos

y de negocios libre, por ventura

andes a caza, el monte fatigando

en ardiente ginete que apresura

el curso tras los ciervos temerosos,

que en vano su morir van dilatando:

espera, que en tornando

a ser restitüido

al ocio ya perdido,

luego verás ejercitar mi pluma

por la infinita, innumerable suma

de tus virtudes y famosas obras,

antes que me consuma,

faltando a ti, que a todo el mundo sobras.

 

En tanto que este tiempo que adevino

viene a sacarme de la deuda un día

que se debe a tu fama y a tu gloria

(qu’es deuda general, no sólo mía,

mas de cualquier ingenio peregrino

que celebra lo digno de memoria),

el árbol de victoria

que ciñe estrechamente

tu gloriosa frente

dé lugar a la hiedra que se planta

debajo de tu sombra y se levanta

poco a poco, arrimada a tus loores;

y en cuanto esto se canta,

escucha tú el cantar de mis pastores.

 

Saliendo de las ondas encendido,

rayaba de los montes el altura

el sol, cuando Salicio, recostado

al pie d’una alta haya, en la verdura

por donde una agua clara con sonido

atravesaba el fresco y verde prado,

él, con canto acordado

al rumor que sonaba

del agua que pasaba,

se quejaba tan dulce y blandamente

como si no estuviera de allí ausente

la que de su dolor culpa tenía,

y así como presente,

razonando con ella, le decía:

 

 

SALICIO

 

¡Oh más dura que mármol a mis quejas

y al encendido fuego en que me quemo

más helada que nieve, Galatea!

Estoy muriendo, y aun la vida temo;

témola con razón, pues tú me dejas,

que no hay sin ti el vivir para qué sea.

Vergüenza he que me vea

ninguno en tal estado,

de ti desamparado,

y de mí mismo yo me corro agora.

¿D’un alma te desdeñas ser señora

donde siempre moraste, no pudiendo

della salir un hora?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

El sol tiende los rayos de su lumbre

por montes y por valles, despertando

las aves y animales y la gente:

cuál por el aire claro va volando,

cuál por el verde valle o alta cumbre

paciendo va segura y libremente,

cuál con el sol presente

va de nuevo al oficio

y al usado ejercicio

do su natura o menester l’inclina;

siempre está en llanto esta ánima mezquina,

cuando la sombra el mundo va cubriendo,

o la luz se avecina.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Y tú, desta mi vida ya olvidada,

sin mostrar un pequeño sentimiento

de que por ti Salicio triste muera,

dejas llevar, desconocida, al viento

el amor y la fe que ser guardada

eternamente solo a mi debiera.

¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,

pues ves desde tu altura

esta falsa perjura

causar la muerte d’un estrecho amigo,

no recibe del cielo algún castigo?

Si en pago del amor yo estoy muriendo,

¿qué hará el enemigo?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Por ti el silencio de la selva umbrosa,

por ti la esquividad y apartamiento

del solitario monte m’agradaba;

por ti la verde hierba, el fresco viento,

el blanco lirio y colorada rosa

y dulce primavera deseaba.

¡Ay, cuánto m’engañaba!

¡Ay, cuán diferente era

y cuán d´otra manera

lo que en tu falso pecho se escondía!

Bien claro con su voz me lo decía

la siniestra corneja, repitiendo

la desventura mía.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Cuántas veces, durmiendo en la floresta,

reputándolo yo por desvarío,

vi mi mal entre sueños, desdichado!

Soñaba que en el tiempo del estío

llevaba, por pasar allí la siesta,

a abrevar en el Tajo mi ganado;

y después de llegado,

sin saber de cuál arte,

por desusada parte

y por nuevo camino el agua s’iba;

ardiendo yo con la calor estiva,

el curso enajenado iba siguiendo

del agua fugitiva.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?

Tus claros ojos ¿a quién los volviste?

¿Por quién tan sin respeto me trocaste?

Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?

¿Cuál es el cuello que como en cadena

de tus hermosos brazos añudaste?

No hay corazón que baste,

aunque fuese de piedra,

viendo mi amada hiedra

de mí arrancada, en otro muro asida,

y mi parra en otro olmo entretejida,

que no s’esté con llanto deshaciendo

hasta acabar la vida.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Qué no s’esperará d’aquí adelante,

por difícil que sea y por incierto,

o qué discordia no será juntada?

Y juntamente ¿qué terná por cierto,

o qué de hoy más no temerá el amante,

siendo a todo materia por ti dada?

Cuando tú enajenada

de mi cuidado fuiste,

notable causa diste,

y ejemplo a todos cuantos cubre’l cielo,

que’l más seguro tema con recelo

perder lo que estuviere poseyendo.

Salid fuera sin duelo,

salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Materia diste al mundo d’espcranza

d’alcanzar lo imposible y no pensado

y de hacer juntar lo diferente,

dando a quien diste el corazón malvado,

quitándolo de mí con tal mudanza

que siempre sonará de gente en gente.

La cordera paciente

con el lobo hambriento

hará su ajuntamiento,

y con las simples aves sin rüido

harán las bravas sierpes ya su nido,

que mayor diferencia comprehendo

de ti al que has escogido.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Siempre dc nueva leche en el verano

y en el invierno abundo; en mi majada

la manteca y el queso está sobrado.

De mi cantar, pues, yo te via agradada

tanto que no pudiera el mantüano

Títero ser de ti más alabado.

No soy, pues, bien mirado,

tan disforme ni feo,

que aun agora me veo

en esta agua que corre clara y pura,

y cierto no trocara mi figura

con ese que de mi s’está reyendo;

¡trocara mi ventura!

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Cómo te vine en tanto menosprecio?

¿Cómo te fui tan presto aborrecible?

¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?

Si no tuvieras condición terrible,

siempre fuera tenido de ti en precio

y no viera este triste apartamiento.

¿No sabes que sin cuento

buscan en el estío

mis ovejas el frío

de la sierra de Cuenca, y el gobierno

del abrigado Estremo en el invierno?

Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
m’estoy en llanto eterno!

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Con mi llorar las piedras enternecen

su natural dureza y la quebrantan;

los árboles parece que s’inclinan;

las aves que m’escuchan, cuando cantan,

con diferente voz se condolecen

y mi morir cantando m’adevinan;

las fieras que reclinan

su cuerpo fatigado

dejan el sosegado

sueño por escuchar mi llanto triste:

tú sola contra mí t’endureciste,

los ojos aun siquiera no volviendo

a los que tú hiciste

salir, sin duelo, lágrimas corriendo.

 

Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,

no dejes el lugar que tanto amaste,

que bien podrás venir de mí segura.

Yo dejaré el lugar do me dejaste;

ven si por solo aquesto te detienes.

Ves aquí un prado lleno de verdura,

ves aquí un’ espesura,

ves aquí un agua clara,

en otro tiempo cara,

a quien de ti con lágrimas me quejo;

quizá aquí hallarás, pues yo m’alejo,

al que todo mi bien quitar me puede,

que pues el bien le dejo,

no es mucho que’l lugar también le quede.

 

Aquí dio fin a su cantar Salicio,

y sospirando en el postrero acento,

soltó de llanto una profunda vena;

queriendo el monte al grave sentimiento

d’aquel dolor en algo ser propicio,

con la pesada voz retumba y suena;

la blanda Filomena,

casi como dolida

y a compasión movida,

dulcemente responde al son lloroso.

Lo que cantó tras esto Nemoroso,

decildo vos, Pïérides, que tanto

no puedo yo ni oso,

que siento enflaquecer mi débil canto.

 

 

NEMOROSO

 

Corrientes aguas puras, cristalinas,

árboles que os estáis mirando en ellas,

verde prado de fresca sombra lleno,

aves que aquí sembráis vuestras querellas,

hiedra que por los árboles caminas,

torciendo el paso por su verde seno:

yo me vi tan ajeno

del grave mal que siento

que de puro contento

con vuestra soledad me recreaba,

donde con dulce sueño reposaba,

o con el pensamiento discurría

por donde no hallaba

sino memorias llenas d’alegría;

 

y en este mismo valle, donde agora

me entristezco y me canso en el reposo,

estuve ya contento y descansado.

¡ Oh bien caduco, vano y presuroso!

Acuérdome, durmiendo aquí algún hora,

que, despertando, a Elisa vi a mi lado.

¡Oh miserable hado!

¡Oh tela delicada,

antes de tiempo dada

a los agudos filos de la muerte!

Más convenible fuera aquesta suerte

a los cansados años de mi vida,

que’s más que’l hierro fuerte,

pues no la ha quebrantado tu partida.

 

¿Dó están agora aquellos claros ojos

que llevaban tras sí, como colgada,

mi alma, doquier que ellos se volvían?

¿Dó está la blanca mano delicada,

llena de vencimientos y despojos

que de mí mis sentidos l’ofrecían?

Los cabellos que vían

con gran desprecio al oro

como a menor tesoro

¿adónde están, adónde el blanco pecho?

¿Dó la columna que’l dorado techo

con proporción graciosa sostenía?

Aquesto todo agora ya s’encierra,

por desventura mía,

en la escura, desierta y dura tierra.

 

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,

cuando en aqueste valle al fresco viento

andábamos cogiendo tiernas flores,

que habia de ver, con largo apartamiento,

venir el triste y solitario día

que diese amargo fin a mis amores?

El cielo en mis dolores

cargó la mano tanto

que a sempiterno llanto

y a triste soledad me ha condenado;

y lo que siento más es verme atado

a la pesada vida y enojosa,

solo, desamparado,

ciego, sin lumbre en cárcel tenebrosa.

 

Después que nos dejaste, nunca pace

en hartura el ganado ya, ni acude

el campo al labrador con mano llena;

no hay bien que’n mal no se convierta y mude.

La mala hierba al trigo ahoga, y nace

en lugar suyo la infelice avena;

la tierra, que de buena

gana nos producía

flores con que solía

quitar en solo vellas mil enojos,

produce agora en cambio estos abrojos,

ya de rigor d’espinas intratable.

Yo hago con mis ojos

crecer, lloviendo, el fruto miserable.

 

Como al partir del sol la sombra crece,

y en cayendo su rayo, se levanta

la negra escuridad que’l mundo cubre,

de do viene el temor que nos espanta

y la medrosa forma en que s’ofrece

aquella que la noche nos encubre

hasta que’l sol descubre

su luz pura y hermosa:

tal es la tenebrosa

noche de tu partir en que he quedado

de sombra y de temor atormentado,

hasta que muerte el tiempo determine

que a ver el deseado

sol de tu clara vista m’encamine.

 

Cual suele el ruiseñor con triste canto

quejarse, entre las hojas escondido,

del duro labrador que cautamente

le despojó su caro y dulce nido

de los tiernos hijuelos entretanto

que del amado ramo estaba ausente,

y aquel dolor que siente,

con diferencia tanta

por la dulce garganta

despide que a su canto el aire suena,

y la callada noche no refrena

su lamentable oficio y sus querellas,

trayendo de su pena

el cielo por testigo y las estrellas:

 

desta manera suelto yo la rienda

a mi dolor y ansí me quejo en vano

de la dureza de la muerte airada;

ella en mi corazón metió la mano

y d’allí me llevó mi dulce prenda,

que aquél era su nido y su morada.

¡Ay, muerte arrebatada,

por ti m’estoy quejando

al cielo y enojando

con importuno llanto al mundo todo!

El desigual dolor no sufre modo;

no me podrán quitar el dolorido

sentir si ya del todo

primero no me quitan el sentido.

 

Tengo una parte aquí de tus cabellos,

Elisa, envueltos en un blanco paño,

que nunca de mi seno se m’apartan;

descójolos, y de un dolor tamaño

enternecer me siento que sobre ellos

nunca mis ojos de llorar se hartan.

Sin que d’allí se partan,

con sospiros callientes,

más que la llama ardientes,

los enjugo del llanto, y de consuno

casi los paso y cuento uno a uno;

juntándolos, con un cordón los ato.

Tras esto el importuno

dolor me deja descansar un rato.

 

Mas luego a la memoria se m’ofrece

aquella noche tenebrosa, escura,

que siempre aflige esta anima mezquina

con la memoria de mi desventura:

verte presente agora me parece

en aquel duro trance de Lucina;

y aquella voz divina,

con cuyo son y acentos

a los airados vientos

pudieran amansar, que agora es muda,

me parece que oigo, que a la cruda,

inexorable diosa demandabas

en aquel paso ayuda;

y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?

 

¿Íbate tanto en perseguir las fieras?

¿Íbate tanto en un pastor dormido?

¿Cosa pudo bastar a tal crüeza

que, comovida a compasión, oído

a los votos y lágrimas no dieras,

por no ver hecha tierra tal belleza,

o no ver la tristeza

en que tu Nemoroso

queda, que su reposo

era seguir tu oficio, persiguiendo

las fieras por los montes y ofreciendo

a tus sagradas aras los despojos?

¡Y tú, ingrata, riendo

dejas morir mi bien ante mis ojos!

 

Divina Elisa, pues agora el cielo

con inmortales pies pisas y mides,

y su mudanza ves, estando queda,

¿por qué de mí te olvidas y no pides

que se apresure el tiempo en que este velo

rompa del cuerpo y yerme libre pueda,

y en la tercera rueda,

contigo mano a mano,

busquemos otro llano,

busquemos otros montes y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos

donde descanse y siempre pueda verte

ante los ojos míos,

sin miedo y sobresalto de perderte?

 

Nunca pusieran fin al triste lloro

los pastores, ni fueran acabadas

las canciones que solo el monte oía,

si mirando las nubes coloradas,

al tramontar del sol bordadas d’oro,

no vieran que era ya pasado el día;

la sombra se veía

venir corriendo apriesa

ya por la falda espesa

del altísimo monte, y recordando

ambos como de sueño, y acabando

el fugitivo sol, de luz escaso,

su ganado llevando,

se fueron recogiendo paso a paso.

 

 

 

 

Garcilaso de la Vega (Toledo, entre 1494 y 1501-Niza, 1536), uno de los más grandes exponentes del llamado Siglo de Oro español. Desde muy joven ingresó en la corte del emperador Carlos I. Además de escritor fue también militar. Varias obras de su autoría le fueron inspiradas por una dama portuguesa llamada Isabel Freyre. Los 40 sonetos y las tres églogas que escribió muestran un dilema entre la pasión y la razón. Asimismo, escribió canciones, elegías y odas latinas inspiradas en poetas como Homero y Virgilio. Su escasa obra literaria fue publicada de manera póstuma en 1543. A continuación reproducimos Égloga Primera, en voz del maestro José Luis Ibáñez. A través del diálogo de dos pastores, este canto poético aborda el tema de la pérdida amorosa. Mientras que Salicio lamenta el desdén de la bella Galatea, Nemoroso llora la muerte de su amada Elisa.

 

 

 

 

 

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