Los Mayores de la poesía: César Vallejo (Perú, 1892-1938)

 

 

 

César Vallejo (Perú, 1892-1938)

 

 

X

INVIERNO EN LA BATALLA DE TERUEL

 

¡Cae agua de revólveres lavados!

Precisamente,

es la gracia metálica del agua,

en la tarde nocturna en Aragón,

no obstante las construidas yerbas,

las legumbres ardientes, las plantas industriales.

Precisamente,

es la rama serena de la química,

la rama de explosivos en un pelo,

la rama de automóviles en frecuencias y adioses.

 

Así responde el hombre, así, a la muerte,

así mira de frente y escucha de costado,

así el agua, al contrario de la sangre, es de agua,

así el fuego, al revés de la ceniza, alisa sus rumiantes ateridos.

¿Quién va, bajo la nieve? ¿Están matando? No.

Precisamente,

va la vida coleando, con su segunda soga.

 

¡Y horrísima es la guerra, solivianta,

lo pone a uno largo, ojoso;

da tumba la guerra, da caer,

da dar un salto extraño de antropoide!

Tú lo hueles, compañero, perfectamente,

al pisar

por distracción tu brazo entre cadáveres;

tú lo ves, pues, tocaste tus testículos, poniéndote rojísimo;

tú lo oyes en tu boca de soldado natural.

 

Vamos, pues, compañero;

nos espera tu sombra apercibida,

nos espera tu sombra acuartelada,

mediodía capitán, noche soldado raso...

Por eso, al referirme a esta agonía,

aléjome de mí gritando fuerte:

¡Abajo mi cadáver! ... Y sollozo.

 

 

Masa

 

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Se le acercaron dos y repitiéronle:

«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: «¡Quédate hermano!»

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

 

Entonces todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorporóse lentamente,

abrazó al primer hombre; echóse a andar...

 

 

 

¡Cuídate España!...

 

¡Cuídate, España, de tu propia España!

¡Cuídate de la hoz sin el martillo,

cuídate del martillo sin la hoz!

¡Cuídate de la víctima apesar suyo,

del verdugo apesar suyo

y del indiferente apesar suyo!

¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,

negárate tres veces,

y del que te negó, después, tres veces!

¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,

y de las tibias sin las calaberas!

¡Cuídate de los nuevos poderosos!

¡Cuídate del que come tus cadáveres,

del que devora muertos a tus vivos!

¡Cuídate del leal ciento por ciento!

¡Cuídate del cielo más acá del aire

y cuídate del aire más allá del cielo!

¡Cuídate de los que te aman!

¡Cuídate de tus héroes!

¡Cuídate de tus muertos!

¡Cuídate de la República!

¡Cuídate del futuro!

 

 

 

XXXIV

 

Se acabó el extraño, con quien, tarde

la noche, regresabas parla y parla.

Ya no habrá quien me aguarde,

dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

 

Se acabó la calurosa tarde;

tu gran bahía y tu clamor; la charla

con tu madre acabada

que nos brindaba un té lleno de tarde.

 

Se acabó todo al fin: las vacaciones,

tu obediencia de pechos, tu manera

de pedirme que no me vaya fuera.

 

Y se acabó el diminutivo, para

mi mayoría en el dolor sin fin,

y nuestro haber nacido así sin causa.

 

 

 

El momento más grave de la vida

 

Un hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne cuando fui herido en el pecho.

Otro hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yokohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas.

Y otro hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día.

Y otro dijo:

—El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.

Y otro dijo:

—El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú.

Y otro dijo:

—El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre.

Y el último hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía.

 

 

 

Avestruz

 

Melancolía, saca tu dulce pico ya;

no cebes tus ayunos en mis trigos de luz.

Melancolía, basta! Cuál beben tus puñales

la sangre que extrajera mi sanguijuela azul!

 

No acabes el maná de mujer que ha bajado;

yo quiero que de él nazca mañana alguna cruz,

mañana que no tenga yo a quién volver los ojos,

cuando abra su gran O de burla el ataúd.

 

Mi corazón es tiesto regado de amargura;

hay otros viejos pájaros que pastan dentro de él...

Melancolía, deja de secarme la vida,

y desnuda tu labio de mujer...!

 

 

 

Piedra negra sobre una piedra blanca

 

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París -y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

 

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

 

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

 

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos…

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