Javier Moro Hernández (México, 1976): Los Hipopótamos de Pablo Escobar

 

 

 

 

 

 

 

La presente selección, realizada por su autor, forma parte de su poemario Generación perdida (Ediciones periférica, 2021).

 

 

 

 

Javier Moro Hernández (México, 1976)

 

 

Los Hipopótamos de Pablo Escobar

 

 

1

 

Pienso en los hipopótamos de Pablo Escobar,

esa pareja de gordos y malolientes hipopótamos

que el capo de capos hizo traer

desde algún país de África para mantenerlos en cautiverio

en su finca Nápoles,

allá por los rumbos de La Dorada, Caldas.

 

Hipopótamos negros y gordos.

Hipopótamos negros, gordos y espaciosos

que pensaban que el clima colombiano les sentaba muy bien.

Hipopótamos negros que iban y venían

bajo las aguas mansas de algún río,

mientras su dueño se dedicaba a asesinar a medio Colombia.

Pienso en los hipopótamos de Pablo Escobar

que navegan sumergidos bajo las aguas.

 

¿Recordarán a sus ancestros africanos?

¿Pensarán en faraones y negros hutus y bantúes?

¿Soñaran con leones y elefantes,

con el sabor agrio de la sabana?

 

¿Con ríos más estrechos, con lodo sulfuroso?

 

 

2

 

Un buen día, después de que Pablo Escobar,

el capo de capos, murió,

de que medio país había

sido desangrado, y cuando ya nadie

se ocupaba de ellos,

abandonados en lo que era su hogar,

la hacienda Nápoles,

los hipopótamos dejaron la tranquilidad

de su río

y se fueron a conocer mundo.

 

Atravesaron ríos y montañas,

pueblos, caseríos y ciudades en busca

de un nuevo rincón donde guarecerse

y vivir alejados de los humanos, como sabios misántropos.

 

Siguieron una ruta desconocida.

Se escondieron bajo una sombra y descansaron

alejados de la vista humana.

Tal vez pensaban que nadie se acordaría de ellos.

Tal vez pensaban que nadie

los iría a buscar: su dueño había muerto

abatido por las balas del bloque de búsqueda

 

en una azotea de un barrio de clase media de Medellín.

¿Quién se iba a preocupar por ellos?

¿Quién los necesitaba?

Ellos no querían a nadie.

Eran felices.

Vivían solos y alejados.

Casi el paraíso.

 

Pero la raza humana no perdona.

Ni siquiera a los hipopótamos de un capo asesinado.

Había que buscarlos,

atraparlos,

traerlos de nueva cuenta

hasta la hacienda abandonada,

dejarlos morir ahí,

si fuera posible.

Y los buscaron, por agua y tierra.

Se contrataron expertos cazadores,

se armaron bloques de búsqueda,

se recurrió a la ayuda de la CIA y del FBI,

se utilizaron fotos satelitales,

se armó a los campesinos y a los pescadores:

los hipopótamos eran tan peligrosos como sus dueños,

decían los noticiarios

de las diez de la noche.

 

El primero de ellos cayó abatido en una redada

en los límites

del río Cauca y el Magdalena:

se resistió al arresto,

fue la versión oficial.

Era peligroso.

El segundo permaneció escondido,

a salto de mata,

en pequeños riachuelos,

en selvas y barrancas.

 

Pero lo encontraron.

Lo enfrentaron.

Lo eliminaron.

Tres tiros le dio la policía.

Murió defendiéndose, dijeron los oficiales.

 

 

 

 

Los grandes problemas nacionales

 

 

A Rosalía le dijeron en la agencia del MP

que no se preocupara,

que seguro su hija estaba por ahí, con el novio,

o con alguna amiga,

 

que las muchachas son así, les gustan irse

con el primero que pasa en motocicleta.

Don Jorge no pudo levantar

la denuncia de la desaparición de su hijo

hasta que pasarán las primeras 72 horas.

Cuando a doña Talía le dieron una cajita

le dijeron que esas cenizas

eran su hija desaparecida.

 

 

A los padres de Hugo

le entregaron un pedazo

de hueso y le dijeron:

tomen, acá esta su hijo,

vayan y entiérrenlo y no vuelvan más.

Y no pregunten más.

 

A la madre de Sonia le entregaron una caja de zapatos

y le dijeron:

estas son los restos de su hija de diecisiete años

que fue asesinada, quemada y abandonada

en un arroyo cerca de Ciudad Juárez.

 

Vaya, entiérrenla y no vuelva más.

 

Las autoridades no están para atender

cuestiones familiares

están para dirimir

los Grandes Problemas Nacionales.

 

Y los hijos,

las madres,

los nietos,

los hermanos,

las sobrinas,

los desaparecidos

no son un gran problema nacional.

(En Argentina desaparecieron 30 mil personas

en 8 años de dictadura militar.

 

En Uruguay durante el gobierno de los gorilas

solo desaparecieron 180 personas

en 14 años de dictadura militar.

 

En Chile desaparecieron 3,065 mil personas

durante los 17 años de dictadura.

 

En México desaparecieron 43 mil personas

en tan sólo 12 años de gobiernos

elegidos democráticamente.)

 

Cada uno de los desaparecidos

representa un dolor diferente.

Un dolor que se sostiene en la memoria.

Un dolor que quema.

Desaparecer es convertirte en palabra que eriza la piel.

En México sólo tenemos

82 mil desaparecidos y contando.

 

 

 

 

Javier Moro Hernández nació en 1976. Es autor de los libros de poesía Selva Baja (2018), Mareas (2013), y de las plaquetes de poesía Los Salvajes de Ciudad Aka (2012), Una palabra con nombre bala (2012) y Los Hipopótamos de Pablo Escobar (2016), así como de la novela Cocaína (2018). Fue coordinador del Recital de Poesía Chilango-Andaluz y del Gabinete Salvaje, noches de poesía y Artes y miembro del colectivo de poesía sonora de Los Salvajes de Ciudad Aka y de PLACA. Como periodista cultural es colaborador de La Jornada de Aguascalientes y del suplemento La Jornada Semanal, además de los sitios de internet Suplemento de Libros (SdL) y Revista Desocupado.

Datos para la segunda Solapa

79.000 personas han desaparecido en México, la mayoría desde 2006.

 

35.588 mexicanos fueron asesinados en 2019

 

 

 

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