Ida Vitale: entre el exilio y la conciliación, por Minerva Margarita Villarreal

 

Ida Vitale: entre el exilio y la conciliación

 

Entonces se hace piedra

o diverge de espaldas

o circular delira

o es borrosa y baldía

y fugaz la palabra

Ida Vitale

 

Nada que no queme y disuelva en las tierras extremas donde cuaja un exilio. A esa margen árida no se llega por vocación, se va obligado; pero en ciertos seres, diferenciados del común de los mortales, valorar la vida trae consigo no sólo disponerse a una entrega a pesar del destierro, sino ir lentamente escarbando el vacío, los actos despojados, la vida entera puesta de pronto entre paréntesis, lejos de las formas cotidianas donde la identidad de tan viva y cercana no se aprecia. Bajo una singular forma de resistencia, estos extraños entrenan su anatomía y algunos logran, quizá sin proponérselo, que sus acciones empaten con las de los místicos españoles del siglo XVI. Ejercitan su silencio en la contemplación y sumergidos en la oscuridad aterradora de la lejanía acceden a una regadera de luz. Ésta es su “fiesta propia”, la que moja y bendice su canto:

 

[...]

una voz compadece, te moja

breve, dichosamente,

como cuando rozas

una rama de pino baja

ya concluida la lluvia.

Entonces, contra lo sordo

te levantas en música,

contra lo ardido, manas.

 

Estamos ante la voz trascendida de Ida Vitale, quien se ha internado en dimensiones ajenas que ha hecho propias. Su expresión ha elegido el ave como símbolo y despliega sobre planicies, desciende y se eleva hasta invocar lo sagrado. ¿Qué es para Ida lo sagrado? La razón de amor de la oscuridad: ofrecerse, someterse, enceguecerse, obedecer en entrecruzamiento y alteración de ámbitos, seres y circunstancias. Sólo el verbo guiará.

En ese tesoro habita Ida Vitale. Así conserva el remoto jardín donde anidó su infancia. Sus palabras traen aguas milagrosas que riegan aquellas plantas donde otra tierra, estando incluso en la tiranía del desierto, donde el sol se ha tornado incandescencia. Allí escucha el trino de los pájaros. Y bajo esos efectos que la cotidianidad prodiga hace justicia a calificativos del lugar común del más sentido sentido común configurando una poética cuya temeridad radica en la complejidad de lo sencillo, en ahondar lo dicho para arraigarse en una potencia mayor del misterio. En una tradición de búsquedas, innovaciones y vanguardias, ¿bajo qués estrella resguarda la palabra con la curiosidad de un anticuario? ¿En qué macetas crecen sus “hermosos”, “bellos”, “feos”, “suaves”, “sabios”, “frágiles” calificativos, con los cuales, imagino, peleó antes de fijarlos en poemas que son precisas joyas de exposición?

Procurar el imposible implica encerrarse en lo posible, cercar la posibilidad, vivirla a fondo y trabajar en ella, en sus islas más íntimas, esos espacios recónditos y sus más crudas superficies, en la materia que vibra quizá por ser perecedera. Implicarse en el carácter sagrado de la vida. Ir al rescate de la eternidad de las cosas. En eso radica gran parte del motor y la fuerza de Ida Vitale.

A lo largo de sus libros de poemas, nuestra poeta recobra la luz de los objetos amados y logra subjetivarlos. Sus poemas activan una velocidad cristalina, tocada por la transparencia. Una suerte de ráfaga o corriente de vientos dispone la travesía del mundo por su palabra. Y el mundo vibra en esa mano capaz de atraer un animal. Allí el corazón del universo late su mayor esplendor. Son árboles y flores y tierras. Son aires y aves. Son paisajes pasajeros que han decidido posarse en la página, como el pájaro, como el amor. Allí establece su casa la fugacidad.

Y es triste la visión de Ida Vitale, es triste porque no tiene vuelta, no hay regreso, se ha pagado con la vida. Es triste pero es esperanzadora, porque lleva consigo la participación, el vínculo que la palabra asegura como un cuadro.

Para lograr tal hallazgo nuestra poeta consigue realizar una operación difícil y sumamente compleja. El tiempo toma cuerpo en la palabra después de que en ella misma se opone resistencia a su paso transitorio. Se abren las compuertas del torrente de temporalidad y se levantan y maduran edificios verbales donde la vida circula. El propósito: llegar al otro lado, cruzar el puente de la realidad en infatigable pesquisa para que lo perecedero fertilice la esfera donde se asienta la sustancia de los sublime. En su obra poética conviven sin tensión dimensiones irreconciliables en apariencia.

Poeta mayor, Ida Vitale hace circular la memoria no desde la evocación que idealiza, sino para congregar los pasos que la anteceden con su peso específico y en pleno carácter, ya que nos ratifica: aunque sólo haya pasado por aquí, la vida sigue viva.

Su álbum familiar conserva a una abuela seca de abatimiento, quien, víctima del destierro, en una mecedora que atardece persigue el nombre italiano de un durazno; a una madre destazada; a un abuelo muerto a quien mejor fue no haber conocido, por temor a crecer malograda por la ausencia de severidad que los años le hubieran impuesto a este roble enérgico. Justo antes de cerrar el poema, su voz asesta el golpe.

Esta antología funda su selección en asuntos vinculados a lo largo de la obra poética de nuestra autora. La palabra como una fiesta propia: ritual de celebración, caja de resonancia, vehículo del imposible; el jardín como metáfora de la tierra cuidada y civilizada de generación en generación, ese legado mágico donde la familia crece y celebra, ese solar que aguarda en la sangre para recrearlo en la aridez; la vida como brasa, sacrificio perpetuo donde el fuego es muerte y renovación, aquí la realidad siempre está en tela de juicio porque humilla la depauperada miseria de sus vínculos; el “aire enemigo” con su ejército de sombras y amenazas contra quien se atraviesa la espada flamígera de nuestra poeta; luego viene el diálogo con la naturaleza, el giro donde la voz se funde como cosa de la tierra, entre árboles, frutos, para —colibrí posado en mano— por un segundo sentir cómo late el universo; como el sinsote, canta por su especie “como no lo hace el hombre”, y no lo hace el hombre porque aquí se ha elevado una mujer.

Es interesante observar la relevancia que da Ida Vitale a los objetos: son el asidero de una poética concentrada en la vida. Las obsesiones y gozos del yo lírico atraviesan ese mundo con alusiones específicas propias del trato personal: una flor es una margarita; un árbol, un ciprés; una fruta, una manzana; un ave, un terutero y juntos son una fiesta. Al individualizarlos y presentarlos interactuando con el cuidado minucioso que otorga en muy extraños casos la poesía, dan el paso de la imagen a la visión: se vuelven esferas conscientes, seres en sí.

No vamos a encontrarnos con la nostalgia que dispara las virtudes sino con la nitidez de un retrato que expone el trazo de la persona, su carácter único e inevitable. Así reúne Ida Vitale los elementos que configuran la atmósfera y el contenido del tiempo vital, así funda su habitación en el poema, desvela apariencias, desentraña escondites y secretos, y ya habitada en ese tránsito, ejercita la mano hacia una escritura que es a un tiempo signo y ritual, ofrecimiento y dádiva. Por la ventana del pasado asoma para echar raíces la trascendencia.

En esa esfera pródiga que asciende como globo transitan lejos de su carácter fugitivo elementos inasibles: “el viento”, “el tiempo”, y permanecen girando en páginas del hallazgo. Me place haber encontrado esta casa aérea y alusiva donde habitar.

 

Minerva Margarita Villarreal

 

 

Aire enemigo

 

Quisiera con piedra y mano

golpear el aire, el aire

que con seca codicia me contempla

como un lugar posible,

anillo para bodas mortales.

Está tibio de cuerpos

que ha rastreado

hacia todos los riesgos,

cruel adivino de muertes, nacimientos.

¿Quién pasa por la vida como dueño,

quién lo llega a la cita,

quién incólume canta?

Acá está el aire como perro hambriento,

pronto a lamer el círculo escaso de mis sueños.

— ¡No toques en lo mío, no olfatees,

no escarbes cuando el barro quiere hacer destino,

no tomes las medidas de mi sombra,

no pongas todavía rosas sobre mi nombre!

Aún está unido el polvo por la sangre,

la vida como un ramo fácilmente disperso

conserva su cíngulo de lágrimas.

Déjame que decida todavía mi sitio,

déjame, nudo de tiempo y sombra,

amanecerme.

 

 

Estilos

 

Tanto cuarto atestado

y vas por ilimitados vacíos.

La tribu, atribulada sin saberlo,

atestigua su idea

del arte

del espacio

—tan sin paz— y las aspiraciones del milagro.

 

No mires la carencia ,

lo triste bajo vidrio.

Cada marco propala un cielo mínimo,

la acopada imagen de un bosque,

aguas, ponientes,

trazos, a veces rostros.

De todo fluye

lo involuntario: del cromo romo,

del vaho de las flores de tela desvaída,

de un almanaque sumiso al tiempo por venir.

Todo es mar de tu muerte.

 

Pide un desvío al paso,

a un tris del sí ya triste,

admite el espejismo,

todo fulgor,

del bosque, amén del mar

y entra a ese sueño.

 

 

El pozo

 

Este pozo, qué miedo,

qué sobresalto oscuro.

Bajo la noche solos,

usando las palabras

como inconscientes varas

para tocar lo otro.

Lo otro: no nombrarlo,

no pensarlo siquiera.

Si pudiera negar

ese acabarse todo,

ese desarbolado

amanecer del mundo

que llegará algún día.

Pero la sombra vuelve

siempre con los recados

de ese turbión de espanto,

sin lugar, sin colores,

sin música, sin viento,

con nada más que un nombre

y las lágrimas todas

del hombre que lo cercan.

Minerva Margarita Villarreal (Montemorelos, Nuevo León). Autora, entre otros libros, de Pérdida (1992), Premio Nacional Alfonso Reyes 1990; El corazón más secreto (1996), Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1994; Tálamo (2011), Premio de Poesía del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2010, publicado en 2013 por Ediciones Hiperión y la UANL; Las maneras del agua (2016), que mereció el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2016 y el Premio del Certamen de Poesía Hispanoamericana "Festival de la Lira" 2017, de Cuenca, Ecuador; De Santa Teresa, publicado en 2017 por Ediciones La Rosa Blanca, en Cáceres, España; y Vike. Un animal dentro de mí (2018). En 2013 recibió el Honor Prize de Naji Naaman's Literary Prizes, de Líbano. Su obra poética ha sido traducida al inglés, francés, italiano, polaco, macedonio y griego e incluida en antologías nacionales e internacionales. Ha obtenido los premios Plural 1986, otorgado por la revista cultural Plural, del diario Excélsior, por el poemario Los abandonados; el Nacional de Poesía Nuevo Reino de León 1986, otorgado por el Gobierno del Estado de Nuevo León, por el poemario Desde temprano. La Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) la distinguió con el Premio a las Artes en 1991, por su destacada labor en las artes literarias (poesía y ensayo); y la Universidad Nacional Autónoma de México con sede en San Antonio Texas y The University of Texas at San Antonio le rindieron un homenaje por su trayectoria y obra poética en 2011, en el marco del III Encuentro de Escritores Letras en la Frontera. Ha realizado antologías de poesía, de las que destacan: Nuevo León. Brújula solar. Poesía (1876-1992); Elogio de la fugacidad. Antología poética 1958-2009, de José Emilio Pacheco, con motivo del Premio Miguel de Cervantes 2009; Gabriel Zaid: Apartado M 8534; y Sobrevida. Antología poética, de Ida Vitale, en el marco del Premio Internacional Alfonso Reyes 2014. Es profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras y titular de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la UANL, donde dirige la colección de poesía internacional traducida al español El Oro de los Tigres, en homenaje a Alfonso Reyes traductor. Es Miembro Artístico del Sistema Nacional de Creadores de Arte y Miembro Asociado del Seminario de Cultura Mexicana. Es miembro de los consejos consultivos de las revistas literarias Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y Deslinde de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL; y es miembro del Consejo de Dictaminadores de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea de The University of Texas at El Paso.

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