Erín Mouré (Calgary, Canadá): El guardián de la bestias, por una ferviente persona. Por Traducción de Ricardo Migueles R.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Erín Mouré (Calgary, Canadá)

El guardián de la bestias, por una ferviente persona

 

 

Traducción de Ricardo Migueles R.

 

 

Introducción

 

 

 

Notas de la memoria

 

"En mí, apareció mi maestro" le dijo Fernando Pessoa a Adolfo Casais Monteiro sobre Alberto Caeiro y sobre el 8 de marzo de 1914, día en que escribió una treintena de los 49 poemas de El cuidador de rebaños, "en una especie de éxtasis".

El anonimato de la red cívica es paralelo al anonimato del campo. Cuando era una niña, yo también era un pájaro. Un pájaro y una pescadora. Luego pasé un invierno en la avenida Winnett en Toronto donde un pequeño arroyo, sin nombre, cruza bajo la calle hacia el barranco de Cedarvale, cerca de la pista de hielo Phil White Arena.  Sobre mi bicicleta empecé a encontrar arroyos aquella primavera; pues en una bicicleta se puede oír el agua subiendo por Wychwood, pasando por los viejos tranvías se puede seguir el sonido del arroyo Taddle y en bicicleta se es también consciente de la topografía. Por la noche, desde el centro de la ciudad, la escarpada orilla del lago Iroquois, justo por encima de Davenport, en Toronto, es una línea oscura: salir del desaparecido lago hacia Davenport es entrar en un pulmón. En ese lugar, traduje por primera vez las palabras del poeta portugués Fernando Pessoa. O, más propiamente, de Alberto Caeiro.

Todo empezó el 20 de marzo del 2000. En Providence, Rhode Island, decidí no leer nada durante cinco días y limitarme a pensar. Pero no pude evitarlo. De vuelta a Toronto, leí “Arroyo Garrison” en letras de bronce en el pavimento fuera de la tienda de licores en la Avenida St. Clair y pude ver su trayectoria hacia el sur y hasta el lago bajo una avenida. Entonces supe lo que había sido el aparcamiento del supermercado No Frills. Más tarde abrí O Guardador de Rebanhos, de Alberto Caeiro, una versión bilingüe que había comprado en Providence en mi primer día de no lectura; lo compré porque era rojo. Miré el reverso y me di cuenta: ¡Wow! puedo leer en portugués. Fue como si el estudio del gallego hubiera creado nuevas neuronas en mi cabeza. Así que para divertirme y para asustarme, traduje un breve poema, alterando la postura y la voz y a veces (así) las palabras, pero manteniéndome "fiel" al poema. Unas cuantas páginas y días después, me di cuenta de que Pessoa había entrado en Toronto, viviendo una vida pastoral en las topografías originales de Toronto, aún no desaparecidas. En mí, apareció mi maestro. Por fin pude sentir la alegría. Encontré el arroyo Taddle en el parque Wychwood. Luego encontré el arroyo que cruza la avenida Winnett justo debajo de donde vivía. Después encontré los arroyos, viví junto a ellos. Y Alberto Caeiro vino conmigo.

Traduje a Pessoa respondiendo a él como persona. Yo, una persona, y Pessoa una persona, pues en portugués, pessoa es persona. Sólo leía la línea del poema de Pessoa, luego escribía mi línea, o leía algunas líneas, y luego escribía la mía. Fue abrupto, directo, total [...]

 

 

 

 

XXXI

 

Si a veces digo que las flores sonríen y que los ríos cantan

 

Si a veces digo que las flores sonríen y que los ríos cantan

no es que piense que hay sonrisas en las flores

ni que salgan canciones de los rápidos...

Estoy en calle Vaughan donde el arroyo Taddle corre debajo de mí,

los hombres timados me rebasan tocando el claxon, quiero mostrarles

los pequeños retoños de flores junto a los ríos

y ellos sólo quieren llegar ya a Bathurst y St. Clair.

 

Quién puede culparlos.

 

Por eso escribo como si fueran a leerme, y a veces hasta yo caigo

enamorado de sus sentimientos estúpidos...

Aunque estoy en contra, me perdono,

pues soy tan sólo un faro de la Naturaleza, y si no consigo

su atención, no verán —aquellos hombres— el lenguaje de la Naturaleza.

Porque ella no tiene lenguaje alguno,

excepto tal vez  a  e   i    o       ssssshh.

 

 

 

 

XXXII

 

Ayer, tarde en el Ágora…

 

Ayer fui al centro de la ciudad, y volví enseguida.

Un tipo pregonaba en el metro lleno de gente,

dirigiéndose incluso a mí;

hablaba de la justicia y de la deuda al Tercer Mundo

y de los trabajadores que sufren

y de las eternas jornadas de trabajo y de los hambrientos,

y de los ricos que quieren impuestos fijos para todos nosotros (leanlos).

 

Al verme, vio que mis ojos se llenaron de lágrimas

y pensó que me había conmovido

con todo su odio y su presunta compasión.

 

(Pero no estaba en verdad escuchándolo.

¿Qué es para mí la atestada ciudad

y el sufrimiento interminable de la gente?

Si vivieran en Winnett, se sentirían mejor.

Todos los males del mundo vienen de la lucha,

ya sea queriendo hacer el bien o el mal.

Alma, cielo y tierra es todo lo que se necesita;

aspirar a más es perderlo y ser miserable).

 

Y yo, estaba pensando

mientras el autoproclamado amigo del pueblo proseguía,

(Y esto es lo que me hizo llorar)

Cómo el chillido de los frenos del metro

era tan diferente al tráfico de un solo sentido en Winnett

donde las flores y el arroyo van a adorar,

y mi vecino conduce su coche en reversa–

al menos apunta en la dirección correcta–.

 

(Por suerte no estoy hecho para hacer el bien

y tengo sólo el egoísmo natural de las flores

El egoísmo de los arroyos que siguen las vías de agua incluso bajo tierra,

concentrándose sin planes

en florecer y discurrir.

Y este es el único objetivo del mundo,

esto –para existir en el claro–

y hacerlo, sin pensar).

 

Y el tipo se calló, saliendo a la calle Front,

mirando atónito hacia el oeste, hacia Mississauga.

¡Allí es donde la puesta de sol en Toronto resplandece!

Tal vez intuya que por allí hay un arroyo... pero nunca lo encontrará…

 

 

 

 

XXXIII

 

Funestas son las flores que hay en los jardines pomposos

 

Funestas son las flores que hay en los jardines pomposos

¿le tienen miedo a la policía?

Pero son tan buenas que florecen iguales

y tienen la misma sonrisa venerable

con que llamaron la atención del primer niño

que las vio abrir sus pétalos y las tocó, ligeramente,

para ver si hablaban...

 

 

 

 

 

XXXI

 

If at times I claim flowers smile and rivers sing

 

If at times I claim flowers smile and rivers sing

It’s not from thinking there are smiles in flowers

And songs in fast currents…

I’m out on Vaughan Road where Taddle Creek runs under me

Duped men drive past me honking, I want to show them

The small buds just now in leaf alongside rivers,

and they want to get fast to Bathurst and St. Clair.

 

Who can blame them.

 

So I write, as if they’ll read me, and even I fall at times

In love with their stupid feelings…

I’m against it but I forgive myself

Because all I am is Nature’s guidepost, and if I don’t get

Their attention, they won’t see Nature’s language

For Nature has no language ever,

Except maybe   a   e   i   o     ssssshh.

 

 

 

 

XXXII

 

Late yesterday in the Agora…

 

Yesterday I went downtown, and came right back again.

A guy was pontificating in the crowded subway,

Addressing even me;

He spoke of justice and Third-World debt

And of workers who suffer

And of endless labour and the hungry,

And the rich who want a flat tax for us all (read them).

 

Spotting me, he saw my eyes well up

And thought he’d touched me

With all his hate and soi-disant compassion.

 

(But I wasn’t really listening.

What’s the teeming city to me

And people’s endless suffering?

If they lived on Winnett, they’d feel better.

All the world’s evils come from confrontation,

Whether wanting to do good or bad.

Soul, sky and earth are all that’s needed;

To crave more is to lose this, and be miserable.)

 

And I, I was thinking

As the people’s self-appointed friend went on,

(And this is what brought me to tears)

How the screech of the subway’s braking

Was so unlike the one-way traffic on Winnett

Where flowers and creek go to adore

And my neighbour drives his car backwards

– at least he’s pointed in the right direction.

 

(Lucky I’m not made for doing good

And just have the natural egoism of flowers,

The egoism of creeks that follow waterways even underground,

Concentrating without plans

On flourishing and coursing.

And this is the sole aim of world,

This – to exist in the clear –

And do so, without thinking.)

 

And the guy fell silent, exiting onto Front Street,

gazing dumbstruck to the west, toward Mississauga.

That’s where sunset blazes in Toronto!

Maybe he senses there’s a creek there… but he’ll never find it…

 

 

 

 

XXXIII

 

Dismal are the flowers kept in prissy gardens

 

Dismal are the flowers kept in prissy gardens.

Are they afraid of the police?

But they’re so good that they bloom identically

And have the same venerable smile

With which they caught the eye of the first child

Who saw them open petals and touched them,

lightly, to see if they spoke

 

 

 

 

 

 

Erín Mouré (Canadá). Poeta en inglés e inglés/gallego, traductora de poesía —especialmente la sintácticamente extraña o "difícil"— del gallego, francés, español, portuñol y portugués al inglés, gallego e inglés al francés, además (con el romano Ivashkiv) del ucraniano al inglés. Vive en Montreal, trabaja en todas partes. Persona alérgica, amiga, tía y granty, lesboqueer, ciclista viajera, pequeña huella en la tierra, cocinera.

 

 

 

 

 

 

Ricardo Migueles R. En cuanto a mí, soy un poeta, y mi trabajo como traductor es vital para mi práctica. Estudié Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, he traducido textos buddhistas de la tradición Theravada, así como varios poemas del inglés de Anne Waldman, Joy Harjo, Marianne Moore, Wallace Stevens, entre otros, y del portugués humor Fernando Pessoa, mismos que se pueden encontrar en mi sitio web.