Poesía

Enrique Lihn (Chile)

 

 

 

La presente selección aparece publicada en la revista El Corno emplumado, número 21, pp. 54-57.

 

 

 

 

Enrique Lihn Carrasco (Chile, 1929-1988)

 

 

 

Coliseo

 

Última fase de su eclipse: el monstruo

que enorgullece a Roma mira al cielo

con la perplejidad de sus cuencas vacías.

Sólo el oro del sol, que no se acuña

ni hace sudar la frente ni se filtra en la sangre

colma y vacía" a diario esta cisterna rota.

El tiempo ahora es musgo, semillero del polvo

en que las mutiladas columnas ya quisieran

descansar de su peso imaginario.

 

 

 

 

Gallo

 

Este gallo que viene de tan lejos en su canto,

iluminado por el primero de los rayos del sol;

este rey que se plasma en mi ventana con su corona viva, odiosamente,

no pregunta ni responde, grita en la Sala del Banquete

como si no existieran sus invitados, las gárgolas

y estuviera más solo que su grito.

 

Grita de piedra, de antigüedad, de nada,

lucha contra mi sueño pero ignora que lucha;

sus esposas no cuentan para él ni el maíz que en la tarde lo hará besar el polvo.

Se limita a aullar como un hereje en la hoguera de sus plumas.

Y es el cuerno gigante

que sopla la negrura al caer al infierno.

 

 

 

 

Episodio

 

No me resolví nunca a abandonar la casa en el momento oportuno.

Del otro lado del cerco se me hicieron las señales convenidas.

La trepidación de un viejo automóvil, el graznido de las gaviotas

y se abstuvieron ya de razonar y de advertir

hundiéndose en el polvo victorioso, con la cabeza pesada.

 

 

 

 

Invernadero

 

¿Qué será de nosotros ahora? ¿Nos sorprendió esa noche, para siempre en el bosque

infundiéndonos el sueño de la herrumbre del pozo o reencontramos en la tarde el buen camino familiar

y se nos hizo un poco tarde en el jardín un poco noche junto al invernadero

las narices, las manos empavonadas de bosque, las manos maculadas de herrumbre del brocal, el escozor de las orejas flagrantes, el

cuerpo del delito pegado a las orejas:

la picadura, el rastro de un insecto benigno?

 

¿O nos perdimos, realmente, en el bosque? Esto podría ser como el claro del sueño:

nuestra presencia en la que no se repara si no como se admite el recuerdo agridulce de los niños

bien entrada la noche, cuando en una penosa reunión familiar todo el mundo se ha esforzado en vano

por retenerlo arriba, en la clausurada pieza de juegos. Porque algo nos diría sin duda

este jardín que habla si estuviéramos despiertos; pero entre él y nosotros

(nos hemos entregado

a nuestra edad real como a una falsa evidencia)

se levantan los años empavonados del aire que entra al invernadero lleno de vidrios rotos

vidriándonos la noche de un bosque inexpugnable.

Y allí afuera no hay nadie, todo el mundo lo diría si lo preguntáramos en voz alta; y si se nos escuchase preguntarlo; o si se

consintiera

en recoger esta absurda pregunta. Nadie, salvo el reflejo difuso de todos los rostros

en los vidrios intactos empavonados de nadie.

 

Las hojas nada dicen que no esté claro en las hojas. Nada dice la memoria

que no sea recuerdo; sólo la fiebre habla de lo que en ella habla

con una voz distinta, cada vez. Sólo la fiebre

es diferente al ser de lo que dice.

Y allí afuera no hay nadie

Pero, ¿qué será de nosotros ahora?

 

 

 

 

María Angélica

 

En estas soledades estuviste:

París es un desierto para la timidez de los recién llegados, remontando

el curso silencioso de la memoria, y caería la nieve

del otro lado de tu celda de vidrio: la habitación

a la que es inoportuno agregar: «para persona sola»,

—la conserje no tiene sentido del humor—. Pieza con vista a otra sobre el patio lluvioso,

y los visillos que recuerdan la luz cuajada en ellos:

respirar de una arena movediza

a la que se mezclara, poco a poco, la sangre.

Mientras el mundo, afuera, absorbía la nieve,

del otro lado del ser que no alcanzabas a tocar

con las manos heladas, en su remota, alegre, incalculable existencia,

ya no te preguntabas el porqué de tu viaje, obedecías

a la adivinación y a la fatiga

súbitamente cierta de haber vivido antes,

por espacio de siempre, ese mismo momento

como si los extremos de lo real se juntaran:

sólo una grieta para que el tiempo respire, y en el muro continuo las sombras convertidas,

una vez más, en hojas de palmera.

 

 

 

 

Enrique Lihn Carrasco (Santiago, Chile, 1929-1988). Estudió en el Saint George's College y posteriormente en el Colegio Alemán. En 1942 pasó a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. En 1949 publicó su primer libro de poemas, titulado Nada se escurre. Aunque hasta 1963 no apareció La pieza oscura, el que él consideraba su primer libro y que fue traducido al francés y publicado París en 1972, con ilustraciones de Roberto Matta. Junto a Nicanor Parra, Alejandro Jodorowsky, Jorge Sanhueza, Jorge Berti y otros (Humeres, Oyarzún) creó el Quebrantahuesos, collage editado en 1952. Con el escritor Germán Marín, fundó la revista Cormorán, de la Editorial Universitaria, que publicó nueve notables números entre los años 1969 y 1971. En 1965 obtuvo la beca de museología de la Unesco, lo que le permitió viajar a París. En 1966 recibió el Premio Casa de las Américas por su obra Poesía de paso y se quedó a vivir un año en Cuba. Entre los años 1970 y 1973, dirigió el taller de poesía de la Universidad Católica de Chile. En 1972 se integró como profesor investigador de literatura en el Centro de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, cargo que tuvo hasta su muerte en 1988. En 1978 obtuvo la Beca Guggenheim, por lo que se trasladó a Nueva York. Escribió y montó obras de teatro, y realizó performances y videos.