Don Quijote de la Mancha. Capítulo XIIII: Canción de Grisóstomo, de Miguel de Cervantes Saavedra

 

 

Entierro del pastor Crisóstomo

1862. Óleo sobre lienzo, 134 x 170 cm. Depósito en otra institución

Esta escena del Quijote marca el inicio de la presentación de García "Hispaleto" a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes con temas de origen literario, a los que dedicará buena parte de su producción artística y en la que la obra cumbre de Cervantes será significativamente su mejor y más dominante fuente de inspiración.

 

Fuente: https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/entierro-del-pastor-crisostomo/ca9c6531-c49d-4c4f-8ba4-d6f095e81995

 

 

 

 

CAPÍTULO XIIII

Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor,

con otros no esperados sucesos

 

 

CANCIÓN DE GRISÓSTOMO

 

 

 

Ya que quieres, crüel, que se publique

de lengua en lengua y de una en otra gente

del áspero rigor tuyo la fuerza,

haré que el mesmo infierno comunique

al triste pecho mío un son doliente,

con que el uso común de mi voz tuerza.

Y al par de mi deseo, que se esfuerza

a decir mi dolor y tus hazañas,

de la espantable voz irá el acento,

y en él mezcladas, por mayor tormento,

pedazos de las míseras entrañas.

Escucha, pues, y presta atento oído,

no al concertado son, sino al ruïdo

que de lo hondo de mi amargo pecho,

llevado de un forzoso desvarío,

por gusto mío sale y tu despecho.

 

El rugir del león, del lobo fiero

el temeroso aullido, el silbo horrendo

de escamosa serpiente, el espantable

baladro de algún monstruo, el agorero

graznar de la corneja, y el estruendo

del viento contrastado en mar instable;

del ya vencido toro1 el implacable

bramido, y de la viuda tortolilla

el sentible arrullar; el triste canto

del envidiado búho, con el llanto

de toda la infernal negra cuadrilla,

salgan con la doliente ánima fuera,

mezclados en un son, de tal manera,

que se confundan los sentidos todos,

pues la pena cruel que en mí se halla

para cantalla pide nuevos modos.

 

De tanta confusión no las arenas

del padre Tajo oirán los tristes ecos,

ni del famoso Betis las olivas,

que allí se esparcirán mis duras penas

en altos riscos y en profundos huecos,

con muerta lengua y con palabras vivas,

o ya en escuros valles o en esquivas

playas, desnudas de contrato humano,

o adonde el sol jamás mostró su lumbre,

o entre la venenosa muchedumbre

de fieras que alimenta el libio llano.

Que puesto que en los páramos desiertos

los ecos roncos de mi mal inciertos

suenen con tu rigor tan sin segundo,

por privilegio de mis cortos hados,

serán llevados por el ancho mundo.

 

Mata un desdén, atierra la paciencia,

o verdadera o falsa, una sospecha;

matan los celos con rigor más fuerte;

desconcierta la vida larga ausencia;

contra un temor de olvido no aprovecha

firme esperanza de dichosa suerte...

En todo hay cierta, inevitable muerte;

mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo

celoso, ausente, desdeñado y cierto

de las sospechas que me tienen muerto,

y en el olvido en quien mi fuego avivo,

y, entre tantos tormentos, nunca alcanza

mi vista a ver en sombra a la esperanza,

ni yo, desesperado, la procuro,

antes, por estremarme en mi querella,

estar sin ella eternamente juro.

 

¿Puédese, por ventura, en un instante

esperar y temer, o es bien hacello

siendo las causas del temor más ciertas?

¿Tengo, si el duro celo está delante,

de cerrar estos ojos, si he de vello

por mil heridas en el alma abiertas?

¿Quién no abrirá de par en par las puertas

a la desconfianza, cuando mira

descubierto el desdén, y las sospechas,

¡oh amarga conversión!, verdades hechas,

y la limpia verdad vuelta en mentira?

¡Oh en el reino de amor fieros tiranos

celos!, ponedme un hierro en estas manos.

Dame, desdén, una torcida soga.

Mas, ¡ay de mí!, que con crüel vitoria

vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

 

Yo muero, en fin, y porque nunca espere

buen suceso en la muerte ni en la vida,

pertinaz estaré en mi fantasía.

Diré que va acertado el que bien quiere,

y que es más libre el alma más rendida

a la de amor antigua tiranía.

Diré que la enemiga siempre mía

hermosa el alma como el cuerpo tiene,

y que su olvido de mi culpa nace,

y que, en fe de los males que nos hace,

amor su imperio en justa paz mantiene.

Y con esta opinión y un duro lazo,

acelerando el miserable plazo

a que me han conducido sus desdenes,

ofreceré a los vientos cuerpo y alma,

sin lauro o palma de futuros bienes.

 

Tú, que con tantas sinrazones muestras

la razón que me fuerza a que la haga

a la cansada vida que aborrezco,

pues ya ves que te da notorias muestras

esta del corazón profunda llaga

de cómo alegre a tu rigor me ofrezco,

si por dicha conoces que merezco

que el cielo claro de tus bellos ojos

en mi muerte se turbe, no lo hagas:

que no quiero que en nada satisfagas

al darte de mi alma los despojos;

antes con risa en la ocasión funesta

descubre que el fin mío fue tu fiesta.

Mas gran simpleza es avisarte desto,

pues sé que está tu gloria conocida

en que mi vida llegue al fin tan presto.

 

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo

Tántalo con su sed; Sísifo venga

con el peso terrible de su canto;

Ticio traiga su buitre, y ansimismo

con su rueda Egïón no se detenga,

ni las hermanas que trabajan tanto,

y todos juntos su mortal quebranto

trasladen en mi pecho, y en voz baja

—si ya a un desesperado son debidas—

canten obsequias tristes, doloridas,

al cuerpo, a quien se niegue aun la mortaja;

y el portero infernal de los tres rostros,

con otras mil quimeras y mil monstros,

lleven el doloroso contrapunto,

que otra pompa mejor no me parece

que la merece un amador difunto.

 

Canción desesperada, no te quejes

cuando mi triste compañía dejes;

antes, pues que la causa do naciste

con mi desdicha aumenta su ventura,

aun en la sepultura no estés triste.

 

 

 

 

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