Diótima. Encuentro Nacional de Poesía: Poemas de Héctor Carreto

 

 

Presentamos la serie Diótima en la cual publicamos algunos poemas de Héctor Carreto, invitada al Segundo Encuentro Nacional de Poesía efectuado los días viernes 17, sábado 18 y domingo 19 de mayo en la Biblioteca General del H. Congreso de la Unión, en el Centro Cultural de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y en el Museo Nacional de las Culturas del mundo, respectivamente.

 

 

 

Héctor Carreto

 

 

[Cleopatra y el esclavo]

 

Oh sublime Cleopatra,

dueña de la Alejandría que todos llevamos dentro

–esa tierra propicia para el placer–;

tú, que no encuentras par

en el combate de las ideas

ni en el combate de los besos;

tú, que jamás te has rebajado

a mirar a este esclavo,

te obsequio estas pocas palabras:

 

Soy incapaz de descifrar jeroglíficos

y estoy ciego ante el latín de los conquistadores

que entran y salen sin pasaporte

por el suntuoso palacio de tu cuerpo.

 

Desconozco la grafía griega

pero entiendo el lenguaje de las manos.

 

Tampoco soy gladiador latino,

pero, si en la Arena ambos soltáramos las túnicas,

mi rígida lanza podría transformarte en mi esclava.

 

 

 

Venganza

 

Si descubres, Pontiliano, que tu mujer tiene amante, córtale su larga y hermosa cabellera: así, todo el mundo advertirá que ella posee un amante y tú una larga y hermosa cabellera.

 

 

 

El nacimiento de Venus

 

Después de nacer de la espuma,

ataviada con su vestido de gotas,

los labios con sabor a marisco,

Venus confesó a su poeta:

“No creo en milagros ni en dones divinos;

soy sólida como el pan que muerdes,

imperfecta como la roca o el sueño,

mi sexo huele a sardina,

me gustan los collares de perlas,

la cerveza clara y amar sin quitarme las botas.

 

 

 

Circus

 

Extraño despertar del César

esa tarde en medio de la Arena,

cuando suplicaba al público cristiano

que un gladiador pusiera fin a su vida,

que soltaran a los leones

y lo subieran a la cruz más alta.

 

 

 

El Caballo de Trojan

 

Esa noche, mientras Paris,

absorto, pulía su dardo;

mientras Menelao soñaba

con lienzos tibios detrás del muro,

me escurrí hasta la pieza de Helena

y, envuelto en un disfraz de látex,

logré violar las puertas de Troya.

 

 

 

El yerno de Calígula

 

Para jueces del concurso literario

el yerno de Calígula nombró a los perros de la Corte.

 

Nada leyeron, se entiende.

Hocicos fieles, llevaron

las coronas de laurel

a sus dueños.

 

Se ve satisfecho el yerno de Calígula:

para elegir juez, ningún olfato como el suyo.

 

 

 

El callejón de los milagros

 

Nunca existió una mujer como tú, Terapia, la “Única”:

ante ti el ciego recobra las calientes franjas del tigre,

tu firme puño arroja al río la coja muleta.

Apaciguas, Terapia, la angustia;

purificas el cáncer, truecas en pan

la piedra pisada por tus plantas.

 

Pero hay un secreto, un número que no te sale,

un milagro modesto que no he podido aplaudirte:

¡Por piedad, Terapia, ámame!

 

 

 

Mal de amor

 

No me importa el contagio del herpes

ni de otros daños incurables.

Es el riesgo del deseo, es su mandato:

beber en tu taza es, acaso, mi única oportunidad

de poner mis labios sobre los tuyos.

 

 

 

Una tumba sin inscripción

 

No colocarán sobre tu cabecera

un busto semejante al de Darío

o al de aquellos senadores acaudalados.

 

A semejanza de los argonautas perdidos,

un remo sin nombre señalará tu sepultura

y tal vez sólo la mujer que te ama

repita tus versos.

 

A mayor homenaje no podrás aspirar.

 

 

 

Broche de tinta negra

 

Me raptó en el peor momento.

Ahora sé por qué todos la odian.

Inflexible, la Parca

no me permitió ensamblar el último verso,

broche de tinta negra, lacre, epitafio.

 

¿Qué opinarán mis lectores?

Los críticos arrojarán proyectiles

sobre esta pieza imperfecta.

 

Los lapidarios frustrarán su labor

de cincelar una última línea.

Cierta casa editorial estafará cuando anuncie:

Anónimo, Obras completas.

 

De haber asistido puntual a la lectura de mi palma

o si hubiera revisado el horóscopo del día.

 

Mi viuda no cesa en su llanto.

Por más que cosquilleo sus pies dormidos, no responde.

Le escribo telegramas, pero las palabras se diluyen

cuando abre los ojos.

 

Si mi mujer, en vez de autorizar a los editores

esta pieza coja –sin pie quebrado–

consultara a un medium,

podría dictarle ese pobre verso

del que empiezo a perder algún detalle,

pero ella nunca dio crédito a charlatanes.

 

Piedad, Dios mío, déjame sumar a mi obra ese verso,

no es muy largo y está corregido,

y por él sí sería recordado, lo aseguro.

 

Gorostiza, Juana Inés, Villaurrutia

y otros colegas me aconsejan que lo olvide,

que no vale la pena:

“a las palabras se las lleva el viento.”

 

Ellos se ven despreocupados, incluso felices.

Se entiende: ya son inmortales.

 

 

 

El sueño de Dana

 

Anoche soñé con Jorge Luis Borges. Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: yo me encontraba sentada junto al pasillo central en un templo o en uno de aquellos teatros ornamentados con estatuas de yeso que representan a deidades homéricas.

            La multitud, que abarrotaba la sala, se levantó cuando el célebre difunto puso un pie en el umbral. Ayudado por María Kodama (vestida de blanco) y por Adolfo Bioy Casares, a la diestra, el viejo escritor se encaminó al entarimado, en medio de vítores y de los acordes fúnebres que ejecutaba una banda militar.

            El anciano suspendió su acompasada caminata, como para tomar un poco de aire, justo donde yo estaba. A pesar de su ceguera, me miró y abrió la boca:

            –Para ser inmortal es necesario estar muerto.

            Siguió su camino.

            Dos señoritas subieron el cuerpo al pedestal y lo acomodaron en un trono de hielo. Del torso desprendieron la cabeza y la empotraron en lo alto de una columna dorada. Para entonces, la piel se había trocado en mármol.

            El maestro de ceremonias cedió el paso a un músico popular, quien cantó, a decir de él, los tangos favoritos del homenajeado. El número siguiente correspondió a un domador obeso, seguido por un tigre cansado, incluso miope, que en vez de saltar por el aro, de un bostezo devoró a su dueño, acto muy celebrado esa noche. Cierto declamador, ajeno a la obra del poeta, recitó “los versos  por los cuales el maestro Borges pasaría a la inmortalidad: una oda a los héroes de la patria”.

            Tan ruidosos eran los aplausos  que nadie atendió a mis reclamos de que tales estrofas no pertenecían a la estatua.

            Tampoco alcancé a distinguir, en aquel rostro petrificado, el nacimiento de algún gesto de segura indignación. Por vanidad, a tan solemnes ceremonias jamás llevo los anteojos.

 

 

 

 

Héctor Carreto (Ciudad de México, 1953). Ha publicado doce libros de poesía y ha ganado cuatro premios nacionales y uno internacional: el “X premio Luis Cernuda” en Sevilla, España.  Con su libro Coliseo obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2002.  Sus poemas se han traducido al inglés, francés, italiano, portugués y húngaro. Actualmente es profesor-investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y de la UNAM.  Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *