Carlos López Degregori (Lima, Perú, 1952): Siete ventanas al Oriente

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos López Degregori (Lima, Perú, 1952)

 

 

 

Siete ventanas al oriente

 

 

 

 

(En temerosos ideogramas)

 

Nunca visitaré Cathay, ni la ciudad de Hangzhou.

Menguo sin tiempo, sin dinero. Hablo solo para mí en un idioma chino inventado.

Bebo. Invito a fantasmas nuevos o antiguos y no sé si son vagas formas de alcohol.

Barcas, trenes, andurriales, la cicatriz de la gran muralla que se ve desde el espacio,

                los guerreros de terracota.

Bebo por la ceniza, por el extravío de las constelaciones.

Llego tambaleante al año 1095 y escribo con Su Shih en temerosos ideogramas:

 

           

              No me avergüenza, a mis años, ponerme una flor en el pelo.    

              La avergonzada es la flor coronando la cabeza de un viejo.

 

 

 

 

(La Gran ola de Kanagawa)

 

Somos arrastrados por la misma Gran Ola de Kanagawa, Hokusai,

              que se levanta en el mar de nuestra imperfección.

Hasta los 50 años ninguno de tus dibujos tenía merito, eso dijiste.

             Entre los 70 y 73

             aprendiste algo sobre la verdadera forma de las cosas.

             Te perfeccionaste a los 90, a los 100.

             Pensabas que solo a los 110 cada una de tus líneas

             tendría vida propia.

Te sigo con tu cayado. Subimos las laderas imaginarias del monte Fuji

            por un sendero de ecos.

No llegaré a los 90 ni a los 100,

             pero desde los 26 años escribo el mismo libro,

              el mismo poema, la misma línea vacía.

Insisto en el místico temblor que entonces presentí,

en la caligrafía repetitiva de las rayas del tigre,

en el tentáculo de mi pulpo abrazado a la Gran Ola.

Pero mi práctica es inversa,

                                                     como mi firma

              más temblorosa cada vez,

              más ilegible,

              más huesosa.

 

 

 

 

(Mi ceremonia del Té)

 

Las cinco cumbres. Ni dormido ni despierto, Bodhidharma

             quiso meditar siete años sin descanso.

Una noche no resistió más y se durmió. Disgustado cortó sus párpados

              que en el suelo se volvieron las primeras hojas de té.

 

Ver con el filo hiriente de los ojos.

¿Son los párpados de Bodhidharma o los míos?

Dispongo cinco o siete tazas que durarán toda la noche.

Es mi orden ceremonial, mi petición de sabiduría.

Bebo el líquido hirviente que inflama mis labios y mis pensamientos.

Se turban, se enroscan en su cárcel de porcelana.

Al fin son el espacio que se concentra amenazado

             por un frío descomunal,

                                                   el silbido de una ranura

y después Nada.

Una Nada mendiga.

Una Nada ladrona.

 

 

 

 

(La bella de Asia)

 

Una mujer besa la adormidera

              y deja su sangre venenosa

en los labios de quién:

                                         ¿de Mayaleve

de la mimosa

                                          de José María Eguren

de mí?

 

La Bella de Asia ágil se crispa como una cobra.

Y yo me aduermo en un camastro

              de los fumaderos del Barrio Chino

             en la luz oblicua de una diminuta

             cámara oscura

             en un dedal

             en el nudo desmesurado de una corbata

                          sucia de humo.

¿1920?

             ¿Estoy en el álbum Photographs?

¿Soy la miniatura aprisionada de un fantasma

             sin Bella de Asia?

¿Me espía un muñeco con el rostro embozado

              y un capirote?

 

 

 

 

(El mensaje imperial)

 

Kafka relata que el Emperador ha enviado para ti,

                                                                                             mísero súbdito,

un mensaje desde su lecho de muerte.

Le ha pedido al mensajero que se incline para que guarde

               las palabras exactas.

Todos los habitantes del imperio aguardan en silencio.

El mensajero sale corriendo, pero no acaba de atravesar

                los cuerpos de tantas personas,

                las estancias del palacio, los patios de una geometría escandalosa,

                los jardines, los pabellones de jade,

                las escaleras.

No encontrará la salida.

Nunca alcanzará la puerta de tus oídos.

Solo el Emperador y el mensajero conocen el mensaje

                y desaparecerá con ellos.

No hay moral ni sentido en el relato de Kafka. Apenas una pureza,

                una curiosidad punzante,

                el dibujo de una sonrisa vacía que se reclina

                en unos cojines de seda.

Esta tarde, mísero súbdito, debo ser el Emperador y el mensajero.

No traigo un aviso imperial para ti. Apenas una confidencia austera, insignificante:

              el amor de las orugas en sus sarcófagos de hilo

              que se desvanece cuando las hierven

              para conseguir la seda

              es idéntico al tuyo.

 

 

 

 

(Danza de apareamiento de las aves orientales)

 

Como somos tantos, danzamos en el aire cercado.

Como no hay bosque, nos apiñamos en la percha, en la caligrafía

              de los barrotes de mimbre.

Como perdí mis ojos, maldigo mi ceguera,

              el tacto de cada una de mis plumas.

Estoy en China, al oriente del oriente, en un territorio parecido

              al País de la Magia de Michaux.

Los mercados están llenos de animales y se escucha un ruido

              ensordecedor en una jaula vacía. Deben ser pájaros desesperados,

              le dijo Michaux al vendedor. Sí, respondió, chillan, porque son muchos

               y necesitan espacio.

 

Como no hay espacio, seré Buda, el pájaro que nunca se verá

              o que ya fue visto, el reclamo inmemorial de esta masa de hembras

              y machos,

              ávidos de apareamiento, de vacío.

Cesa la danza, cesan vientos arenosos.

Cesa el revoloteo, el ruido de los pájaros en el mercado.

Gordos Budas se los comerán:

              los machos en jugosa salsa de hembra.

 

 

 

 

(Última ventana de oriente)

 

Mi Cathay es interno. Está hecho con esquirlas extraviadas

              del Kublay Khan de Coleridge. Allí corre el río Alph

              por cavernas inmensurables

              y por Nihon y Sri Lanka.

Mis ropajes de seda y piel humana dibujan el mapa del imperio

              con todos sus astros y provincias.

Con los años me he vuelto un eunuco, un Fenghuang.

Deambulo por los aposentos de mi palacio.

              y me contento con los animalillos

              que vienen a lamer mis manos:

                                                                                 Esfinges,

Dragones, Perros, Aves canoras de gargantas de láudano,

              Tortugas que cargan libros en sus caparazones

 

Salgo a ver la gran muralla, a despedirme.

Me dicen que desde la tierra de los mongoles

              ha llegado un idealista sentimental

              a poner bombas en mi palacio.

Después me arrojará por la última ventana

              de oriente

              para que me devoren los cuervos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos López Degregori (Lima, Perú, 1952). Ha publicado once libros de poesía entre los que se cuentan Las conversiones (1983), Cielo forzado (1988), El amor rudimentario (1990), Aquí descansa nadie (1998), Retratos de un caído resplandor (2002) Una mesa en la espesura del bosque (2010) y La espalda es frontera (2016). Sus poemarios son los capítulos de un único libro titulado Lejos de todas partes 1978 – 2018 que ha escrito a lo largo de cuarenta años y que fue publicado a finales del 2018. Campo de estacas (2014), Herida de mi herida (2015) y 99 púas (2017) son tres antologías de su obra editadas en Colombia, Chile y España respectivamente. Su último libro es A mano umbría, un volumen de límites borrosos que reúne memoria, testimonios, poemas en prosa, componentes de ficción y ensayos. Ha participado en numerosos encuentros y festivales de poesía. Sus poemas figuran en diversas antologías peruanas y latinoamericanas. También ha publicado ensayos.

 

 

 

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