Borrador para un testamento. Por Efraín Huerta (México)

 

 

 

 

El poema Borrador para un testamento, incluido originalmente en el libro Responsos (1967), es un balance de los 50 años de vida de Efraín Huerta, además de una reflexión sobre sus amigos y compañeros de generación. La versión presente fue publicada en la antología poética reunida por el humanista Carlos Montemayor y editada por el Fondo de Cultura Económica.

 

 

 

 

Borrador para un testamento

 

Efraín Huerta (México, 1914-1982)

 

 

A Octavio Paz

 

 

1

 

Así pues, tengo la piel dolorosamente ardida de medio siglo,

el pelo negro y la tristeza más amarga que nunca.

No soy una lágrima viva y no descanso y bebo lo mismo

que durante el imperio de la Plaza Garibaldi

y el rigor en los tatuajes y la tuberculosis de la muchacha ebria

Había un mundo para caerse muerto y sin tener con qué,

había una soledad en cada esquina, en cada beso;

teníamos un secreto y la juventud nos parecía algo dulcemente ruin;

callábamos o cantábamos himnos de miseria.

Teníamos pues la negra plata de los veinte años.

Nos dividíamos en ebrios y sobrios,

inteligentes e idiotas, ebrios e inteligentes,

sobrios e idiotas.

Nos juntaba una luz, algo semejante a la comunión, y

una pobreza que nuestros padres no inventaron

nos crecía tan alta como una torre de blasfemias.

 

Las piedras nos calaban. No nos calentaba el sol.

Una espiga nos parecía un templo

y en un poema cabía el universo del amor.

Dije el amor como quien nada dice o nada oye.

Dije amor a la alondra y a la gacela,

a la estatua o camelia que abría las alas

y llenaba la noche de dulce espuma.

He dicho siempre amor como quien todo

lo ha dicho y escuchado. Amor como azucena.

Todo brillaba entonces como el alma del alba.

 

¡Oh juventud, espada de dos filos! ¡Juventud

medianoche, juventud mediodía,

ardiente juventud de especie diamantina!

 

 

2

 

Teníamos más de veinte años y menos de cien

y nos dividíamos en vivos y suicidas.

Nos desangraba el cuchillo-cristal de los vinos baratos.

Así pues, flameaban las banderas como ruinas.

Las estrellas tenían el espesor de la muerte.

Bebíamos el amor en negras tazas de ceniza.

¡Ay ese amor, ese olor, ese dolor!

Esa dolencia en pleno rostro, aquella fatiga

de todos los días, todas las noches.

 

Éramos como estrellas iracundas:

llenos de libros, manifiestos, amores desolados,

desoladamente tristes a la orilla del mundo,

víctimas victoriosas de un

severo y dulce látigo de aura crepuscular.

Descubríamos pedernales-palabras.

dolientes, adormecidos ojos de jade

y llorábamos con alaridos de miedo

por lo que vendría después

cuando nuestra piel no fuera nuestra

sino del poema hecho y maltrecho,

del papel arrugado y su llama

de intensas livideces.

 

 

3

 

Después,

dimos venas y arterias,

lo que se dice anhelos,

a redimir el mundo cada tibia mañana;

vivimos

una lluvia helada de bondad.

todo alado, musical, todo guitarras

y declaraciones, murmullos del alba,

vahos y estatuas, trajes raídos, desventuras.

Estaban todos –y todos construían su poesía.

Diría sus nombres si algunos de ellos

no hubiesen vuelto ya a la dorada tierra,

adorados, añorados cada minuto

–el minutero es de piedra, sol y soledad–;

entonces, no es a los vivos sino a mis muertos

a quienes doy mi adiós, mi para siempre.

 

A ellos y por ellos

y por la piedad que profeso

por el amor que me mata

por la poesía como arena

y los versos, los malditos versos

que nunca pude terminar,

dejo tranquilamente

de escribir

de maldecir

De orar

llorar

amar

 

 

 

 

EFRAÍN HUERTA (1914 - 1982). Hizo sus primeros estudios en León y Querétaro. En la ciudad de México cursó la preparatoria y los primeros años de la carrera de leyes. Fue periodista profesional desde 1936 y trabajó en los principales periódicos y revistas de la capital y en algunos de provincia. Fue también crítico cinematográfico. Perteneció a la generación de Taller ¡1938-1941), revista literaria que agrupó entre otros, a Octavio Paz, Rafael Solana y Neftalí Beltrán. Viajó por los Estados Unidos y Europa. El gobierno de Francia le otorgó en 1945 las Palmas Académicas. En 1952 visitó Polonia y la Unión Soviética. Dentro del grupo que integró la generación de Taller, Efraín Huerta se distinguió por su sana conciencia lírica, por su apasionado interés por la redención del hombre y el destino de las naciones que buscan en su organización nuevas normas de vida y de justicia. Sus primeros libros: Absoluto amor y Línea del alba están incluidos en Los hombres del alba, además de su obra publicada en revistas hasta 1944. El amor y la soledad, la vida y la muerte, la rebeldía contra la injusticia, su lucha contra la discriminación racial, la música de los negros, la política y la ciudad de México, son los temas más frecuentes de su poesía. Recibió el Premio Nacional de Poesía en 1976.

"Efraín Huerta es uno de los poetas más importantes del siglo veinte en América Latina. Su exquisito manejo del arte poética aunado a su vitalidad expresiva lo convierten en uno de los epígonos de su generación. Es un poeta de ruptura; inmerso en su transcurrir histórico no duda en utilizar las técnicas neo-vanguardistas en forma magistral, creando espacios que no habían sido descubiertos en la expresión poética. Inmerso en una "estética de la impureza" , contrapuesta a la "poesía pura". Efraín Huerta se consideraba "el orgullosamente marginado, el proscrito", comprometido, como todo artista auténtico, con su propia conciencia. El poeta de la rebeldía, cuya obra recupera cada vez más la fuerza expresiva al paso del tiempo, es también el poeta del amor.

Su poesía tiene muchas vertientes y nos ofrece innumerables lecturas, bebamos aquí de la vertiente luminosa de su amor, de la patria de su corazón y de su juventud que lo llevó a trascender su generación cronológica como uno más de los poetas nacidos décadas después. Es el suyo un caso extraño por su constante ruptura con los moldes y por eso falta la distancia para comprenderlo en su justa medida y trascendencia dentro de la historia literaria del siglo veinte". (Raquel Huerta-Nava, Chapultepec, enero de 1998).