TULIPÁN: Un cuento de Selene Carolina Ramírez

 

 

 

 

Cuento publicado en Love is love o de cómo me ato las cintas. NITRO/PRESS, 2019.

 

 

 

 

Tulipán

 

 

Selene Carolina Ramírez

 

 

You know these supermarket doors

 that open or close by some kind of sensor?

 Now compare these doors to my cunt,

and assign a very sensitive sensor.

(Nymphomaniac. Lars von Trier, 2013)

 

 

A los quince años descubrí los placeres de la lengua. Darío era dos años mayor y me pidió que fuera su novia. El cortejo y la petición fueron realizados por teléfono durante las actividades recreativas propias de una pijamada en mi casa. Él fue uno de los chicos con el que hablamos por teléfono esa noche de fiesta de niñas. No recuerdo si celebrábamos algo en especial, como el cumpleaños o la primera menstruación de alguna de las morras más chicas del squad, pero sí me acuerdo que hacía mucho calor y nosotras sudábamos juntas en la cama mientras hacíamos llamadas a los compañeros guapos de la escuela. A todas nos gustaba Darío, así que cada una habló con él tratando de seducirlo. Él se decidió por mí porque dijo que ya me había visto en clases de natación y que le parecía muy bonita y madura para mi edad. Lo de madura lo dijo con tono nervioso, de seguro pensaba en mis curvas mojadas dentro del bañador. Nunca antes habíamos hablado. Mientras fuimos novios tampoco hablamos mucho.

 Ese día me rasuré por primera vez la zona púbica. Sonia la amiga más adelantada de todas nos dijo que estar peludas era cosa del pasado. Los dosmiles y su miedo a los vellos y al fin del mundo causaron estragos en las conciencias adolescentes. Ahí estaba yo, semidesnuda, acostada en la cama con las piernas abiertas y el calzón en las rodillas cuando la espuma para afeitar de mi papá rozó mi entrepierna y me estremecí. Mis amigas mientras tanto evaluaban cuál era mi tipo de vagina según una gráfica publicada en la revista Playboy. El consenso aseguró que tenía vulva de tulipán, y yo, amante de las flores, asumí mi papel de capullo floreciente. Sonia con la experimentación de una ginecóloga tomó determinada mi tulipa purissima y rasuró el área cavernícola de mi sexo virgen. Su tacto hizo que mi botón aflorara y toda esa noche experimenté una humedad viscosa que goteaba discreta hasta mis muslos. Al día siguiente, muy temprano, mi primer novio me visitó en casa. De verdad que quería tomarle de la mano, ir al cine, beber malteadas en el mercado con él y hacer esas cosas que hacen los novios primerizos. La culpa de todo la tuvo esa inédita suavidad experimentada sobre mis segundos labios de flor. Necesitaba que él también la sintiera. Por eso nuestro primer beso fue uno muy profundo y bajo, acuoso.

Mis papás estaban de viaje y mi hermana mayor se había ido a la playa a coger con un amigo. En la sala de mi casa mis amigas veían una película erótica de asiáticas: de seguro que ellas también se encontraban lúbricas y deseosas. Yo me encerré en el cuarto de mis papás con Darío. Después de fijar el seguro de la puerta nos comenzamos a acariciar con torpeza. Con la ropa puesta rozamos nuestros sexos hasta irritarlos. La fricción propició la conformación de una atmósfera de efecto invernadero en nuestros bulbos y el aroma del placer comenzó a endulzar toda la habitación. Rápidamente me hallé desnuda con mis nuevos pétalos expuestos. Desnuda con mi cáliz de relieves salvajes: inmenso y majestuoso.

El imán de la fragancia que despedía la antera de mis genitales mandó el mensaje correcto a Darío: cómela toda. Su lengua hizo que mis piernas chorrearan un amor oral que conocía muy bien pero que no había experimentado todavía. De derecha a izquierda y de forma circular su lengua serpenteaba explorando el territorio de mi vagina ostentosa de flor doble. Ese fue mi primer beso, un beso con un orgasmo caliente de furia y juventud. Un beso líquido que atravesó mi cuerpo hasta que escapó de él convertido en savia caliente. Un beso precoz de materia luminosa: cuásar del epicentro del tulipán, primicia de cualquier estrella que germina. Un beso del fin del mundo, del Big Bang, del inicio de la vida: mi beso de risa y llanto en la tierra que florece.

Negar que ese beso activó el hambre en mí sería tan falso como negar que tengo un cerebro y dos pulmones.

Tenía quince años y había descubierto el significado de la vida. Todos los días amanecía hambrienta y la comida no era suficiente. Por las mañanas antes del desayuno ya me había acariciado la antera hasta hacerla producir polen enmelado. Sin embargo seguía sintiendo una necesidad urgente por experimentar todas las posiciones y todas las formas posibles de degustar otros cuerpos.

Por esa razón mi relación con Darío fue muy corta. Tres semanas bastaron para que me diera cuenta de que no quería estar con una sola persona. La honestidad sobre mis intenciones de querer producir semillas con otras flores no fue bien recibida. ¿Qué me hace falta? Dime, neta, y te juro que lo que no te guste de mí lo puedo cambiar ¿O es qué simplemente eres bien puta? Su pregunta/insulto poseía cualidades sadomasoquistas bastante curiosas. Me imaginé un cuadro donde suplicaba a gritos que le metieran un dildo mientras lloraba porque recién advertía que se trataba de un Black Thunder XXL 30x5.5. Cerebro bato, cerebro y pinche amor propio. Le dije reproduciendo el discurso de una peli pero agregando mi argot. Darío le dio un golpe a la pared que sonó muy doloroso y se fue vociferando a su casa miles de insultos en contra de mí, de mi madre y de toda mi estirpe femenina mientras se sobaba los nudillos. Él no entendió que yo tenía una sed absoluta que era a su vez una paradoja del infinito. Infinito más uno: dos infinitos. Quería beberme el infinito de números infinitos por la boca y por las hojas.

En el cuartito de limpieza del instituto experimenté muchos placeres húmedos, sola y acompañada. Cuando las clases parecían eternas e insoportables mis ganas crecían y algo muy dentro del pistilo me exigía descargarme de alguna forma. Al principio me quitaba la ropa interior y discretamente separaba las rodillas. Cuando descubría a alguien observándome comenzaba a mojarme y de forma cautelosa invitaba con una mirada a la persona interesada en mi corola dulce a que la comiera unos minutos en el recinto sagrado de las escobas y los trapeadores.

El cuarto era una especie de triángulo isósceles con su lado más grande hacia el frente y se ubicaba justo debajo de las escaleras. La puerta casi nunca tenía candado y el intendente sólo entraba ahí tres veces por día: muy temprano en la mañana cuando abrían la escuela, después del recreo y una vez más a la hora de salida. Muchas veces entré ahí a masturbarme con los dedos. El baño con sus puertas descompuestas nunca fue buena opción para polinizar. Era muy difícil tocarme con una mano y estar sosteniendo la puerta con la otra. Sin embargo cuando entraba acompañada al cuartito la adrenalina se apoderaba de mí y me transformaba en una bestia mitológica con las extremidades larguísimas de raíces poderosas. Perséfone con su gavilla de grano en el inframundo. Mujer cosecha con clítoris en cada hoja. Ahí en la oscuridad del cuarto de limpieza probé el pene y los testículos sudados de muchos compañeros de mi generación. Ahí en la humedad enclaustrada de los trapitos con cloro degusté senos de pezones de limón ácido: negros, cafés, rosas y rojos que se erguían majestuosos ante el contacto con mi lengua tibia y suplicante. Ahí transformé a muchachos en Adonis y a jóvenes mujeres en radiantes flores de colores. Me comí sus ganas y me comieron completa y con prisa mientras la marcha de los zapatos escolares sobre nuestras cabezas anunciaban que la hora libre había acabado, como nosotros.

Con el tiempo y la práctica descubrí que los veganos eran los que expedían los líquidos más frescos. Su falta de toxinas disminuía el sabor de sus secreciones. Era ideal probarlos en días muy calientes en los que necesitaba refrescar mi tallo de manera ligera. No caían pesados en el estómago porque su consistencia tendía a ser más acuosa y liviana. A ellos me gustaba olerles las ingles dulces y probar a sorbitos el néctar de sus filamentos verticales. A ellas lamerles los botones de arándanos en sus pechos y besarles las raíces húmedas hasta hacerlas llover sobre mi boca.

Los testículos de un vegano saben a membrillo. La flor de una vegana siempre es un nenúfar.

En contrapunto a su esencia azucarada se encontraban los flujos densos de mis amantes carnívoros. El cerdito y la vaca les otorgaban una viscosidad adiposa que los convertían en un banquete pesado para subsanar mi falta de reserva de nutrientes en el invierno. Ellos eran el plato fuerte, el postre y la colación. A parte, como bonus track, siempre fueron los más insaciables, los más hambrientos, quienes mejor me absorbían el sépalo arribita de los muslos.

Los vigoréxicos eran un caso delicado y ambivalente. Mientras algunos de ellos aportaban sabores complejos gracias a sus dietas balanceadas, otros más exudaban mezclas de proteínas sintéticas que me bloqueaban el gusto debido a su tesitura amarga. Sin embargo su autoestima los convertía en animales narcisistas en la cama capaces de hacerle el amor a su imagen en el espejo de una manera sublime y casi metafísica. Era extraño encontrar a uno de ellos que fuera legítimamente empático, por esa razón eran los más rápidos en terminar. A ellos les succionaba de manera precoz la sal de sus músculos perfectos y guardaba en mi mente la fotografía de sus contornos arquitectónicos para cuando fuera necesario.

Con esta clasificación nutricia básica fui capaz de desarrollar un manual ya ramificado donde incluía por ejemplo a: crudívoros, frutarianos, omnívoros con tendencia a los lácteos, pescetarianos, lactocerialinos, macrobióticos y granivorianos. No tenía favoritos, todo dependía siempre del clima y de mis necesidades de nutrición inmediatas.

Día a día conocía a personas interesantes y dispuestas a regar mi milpa. Estudiar un posgrado en el extranjero con una beca decente me permitió ganar aún más tiempo para el amor y sus formas. Las horas se me iban entre saliva, el gineceo, besos nuevos, Freud y Lacan. Las relaciones interpersonales se vuelven menos complicadas después de absorber amablemente los néctares del prójimo.       Hola mucho gusto, hace buen clima, ¿cogemos? Si la respuesta es sí puedes estar seguro que has ganado una amiga o un amigo con quien compartir gustos y practicar nuevas peripecias sexuales. En cambio, si la respuesta es una negativa adviertes de pronto que esa persona y tú no tienen química y te evitas la pérdida de tiempo.

Esa fue también mi época de juguetes. Tenía desde las más lindas balitas en forma de lipsticks hasta longas imitaciones de penes mulatos. También conformaban mi colección de artefactos lúbricos: esposas, mordazas, látigos, bolas chinas, pinzas para pezones ajustables y con cadenas, succionadores vibratorios, sensibilizadores, arneses, consoladores anales, y mi favorito: el rose pink: un masajeador giratorio resistente al agua. Ellos me ayudaban a cumplir con mis medidas cotidianas de oxitocina cuando mis horarios de estudios eran más intensivos.

Sola en mi habitación armaba mi cuerpo con tecnología electrónica para reconocerme en la sensorialidad de toda mi piel. Me gustaba grabarme mientras me colocaba con delicadeza las pinzas para pezones y comenzaba a sentir cómo el mundo era bueno y mi cuerpo era el mundo unos minutos. Era hermosa la manera en que alcanzaba niveles de sublimación con el vaivén del movimiento reiterativo en mis botones de flor cuando la circulación se mantenía focalizada sólo en ellos. El preámbulo en los bordes de las aureolas me recordaba los contornos de otros bulbos y excitada retenía sus sabores justo en la punta de la lengua para mojarme el cuerpo con sus recuerdos. Una bala suave en el inicio del tulipán permitía que mis humedades aumentaran hasta hacerlas correr entre mis piernas. Al observar las grabaciones me percataba de la magia que experimentaba mi rostro cuando el orgasmo se hallaba muy cerquita. Mis gestos cambiaban ligeramente a la par de la cadencia de la velocidad del artefacto. A veces parecía que sonreía plácida y otras más que un dolor mortal se apoderaba de mi piel. Jugaba constantemente con el equilibrio de los puntos contrarios, con la sensación límite de vivir siempre al margen. Un orgasmo es un ataque cardiaco. Un ataque cardiaco que da vida. La introducción del consolador es el símbolo de una explosión que germina velozmente. Con la vibración en el nivel cinco sentía el temblor muy dentro de mi cuerpo. El universo y todos los campos que florecen en él se aglutinaban en el choque eléctrico de mi semilla. La vida fértil del planeta era yo con un dildo en las entrañas. Toda mi piel se convertía es un campo minado del placer. Con mis pezones, clítoris y vagina estimulados la fiesta iniciaba y yo era feliz danzando sola con mi cuerpo.

Poco a poco me acostumbré tanto a esa felicidad personal que descubrí todas las maneras de excitar mis puntos sensibles y me apoderé de cada uno de ellos. A muchas de mis parejas no les gustó que les dijera cómo y dónde hacer su trabajo. Sentían que mi actitud era muy judicativa. Que mis mandatos precisos los humillaban. Mi nuevo reconocimiento sexual angustió a mis amantes más potentes. ¿Cómo era posible que yo no estuviera satisfecha con su desempeño? Herí las susceptibilidades de los más calientes e hice redefinir la práctica de los más vigorosos. La gente se toma demasiado personal la valoración del otro en cuanto a su competencia sexual. Sólo los más listos entendieron que la honestidad de mis sesiones de autoexploración acentuada era un regalo que fortalecería con el tiempo su capacidad afectiva.

Como era de esperarse mi número de parejas se redujo, incluso el de los nuevos amantes incidentales y contingentes. Ya no me sentía con los ánimos de probar nuevas torpezas amatorias. El sexo debe de ser esplendoroso y en su lugar cada vez encontraba más egoísmo y precocidad. Por tal razón dejé de buscar y me limité a conservar a las pocas personas que le dedicaban parte significativa de su vida al arte amatorio y a esperar a que las nuevas se acercaran a mí. Aun así mis amantes cotidianos se fueron alejando y al cabo de unos meses se les menguó la inteligencia y se fueron, uno a uno. Decían que yo nunca estaba satisfecha. No entendían que si me frustraba era debido a sus incapacidades y a su carencia de sensibilidad. Sus egos destrozados redujeron la poca conciencia que les quedaba y no entendieron el favor que les hacía al demostrar todas sus fallas y torpezas. Incluso las flores dejaron de buscarme. Nadie quería estar cerca de una persona honesta en el placer. Estaban tan acostumbrados a la conformidad que cualquier dejo de rebeldía les movía el piso. El placer es de quien lo merece.

Cuando algún amante ocasional llegaba a mi vida lo evaluaba discretamente. Le hacía preguntas capciosas para comprobar su agilidad y cuestionamientos indiscretos para saber hasta dónde llegaba su sed de exploración. Me bastaban unos minutos para apreciar si valía mi tiempo la encamada. Ya no era tan joven y antes de tener la necesidad de embadurnar mi flor dulce con lubricantes viscosos quería vivir sólo las mejores experiencias del placer.

Un ejemplo claro de ello fue una chica que conocí en un café. Hacía varios días que nos encontrábamos casualmente. Yo me sentaba en un sillón a leer y ella se colocaba en una mesa contigua el tiempo que duraba en terminarse su chai-latte. Regularmente la sorprendía viéndome el escote. Cuando nuestras miradas se encontraban me sonreía apenada y rápidamente regresaba a revisar sus redes sociales. El día que se acercó a mí con el pretexto de preguntarme la hora traía su celular en la mano. Es hora de conocernos, le dije sin titubear. Ella se rió como perro sin importarle su falta de feminidad y el descuido me agradó mucho. Se sentó a mi lado y platicamos durante un buen rato sin dejar de coquetear: pasó la prueba verbal.

Alexia era inteligente y atractiva. Su cara era muy masculina y similar a la de un águila: nariz pronunciada y mirada penetrante de miel. El cabello le olía a campo y la piel a mar. Cuando llegamos a mi departamento me pidió una cerveza que se tomó como si su vida dependiera de la rapidez del acto. Era una de esas chicas que deben de agarrar valor antes del sexo. Un punto menos.

 ̶ ¿Tienes algo más fuerte?  ̶ me dijo con los ojos llorosos y un eructo atorado.

 ̶ Nada más fuerte que éstos  ̶ le dije señalando los látigos que guardaba en el clóset.

 ̶ Eres de las mías  ̶ expresó muy encendida ̶ . ¿Das o que te den?  ̶ preguntó haciendo la seña de golpear con un látigo de aire. Un punto más.

̶ Siempre ambas. El mundo está jodido por su unilateralidad ̶ comenté mientras encendía un porro y ganaba un punto extra.

Después de fumar comenzamos a besarnos. Alexia tenía los labios gruesos y sabía usar la lengua con destreza. Besó mi cuello y mi espalda, y con una habilidad increíble bajó hacia mi tulipán. Cinco puntos. Su boca estaba caliente y podía sentir cómo ondulaba su lengua por dentro de mis raíces. Delicadamente me acomodó en cuatro patas y comenzó a lamerme desde la nuca hasta los talones con una pericia de sangre ardiente que no había conocido en ningún amante. Puntos en aumento. Mientras gozaba de la magia de sus ejercicios labiales me preguntó si quería que jugáramos. Le dije que sí: me sentía poseída por su magnetismo. La llevé al armario donde guardaba mi armamento. No pareció impresionarse al verlo. Sólo dejó esbozar un gesto de aprobación. Nada mal, nena, nada mal. Sonrió. Sin preguntarme si podía hacerlo se puso un arnés y colgó el columpio de la escarpia. Con una señal me dijo que hiciera lo mismo que ella. Con el arnés puesto me colocó las pinzas en los pezones y me jaló hacia sí con las cadenas. ¡Eres mi perra, ladra!, gritó excitada. Ladré de manera chillona, sin pensarlo, como un chihuahua.  ¿Es todo lo que traes, perrita débil? Me decía de manera altanera. Entonces ladré fuerte como perro rabioso y Alexia perdió el control. Su piel estaba totalmente erizada. Había descubierto su fetiche principal y con ello de nuevo recuperaba el poder. La agarré a mordidas y le exigí que subiera al columpio. Colgada le abrí la corola al aire y le lamí el tallo y los pétalos. Comenzó a gemir y a lubricarme la cara hasta el cuello. Rápidamente tomé la soga y le amarré los brazos por atrás y la pierna derecha por arriba de la rodilla. Con la punta de la cuerda jalé hacia arriba la pierna y la sujeté de la misma escarpia. Alexia era atlética y no parecía dolerle la posición. Parada en un solo pie pudo soportar los golpes que le di con el látigo y los puños. Alexia gemía endemoniada mientras le introducía las bolas chinas y el doble consolador. Me pedía más a gritos, erectando la lengua, como queriendo sacársela de la boca. Dame más perrita miedosa, me decía estrellándose contra la pared para empujar el consolador con la fuerza de su cuerpo.

Su deseo exacerbado me perturbó pero no quería dejar de tener el control. Cero puntos. Siempre había asumido el contacto sexual como una relación íntima de acuerdos mutuos donde la piel es el mapa del tesoro. Como el espacio placentero en el que los cuerpos hablan todos los lenguajes desde la sensorialidad. Aún así me percaté que no siempre cumplí con la cuota de la reciprocidad. Por eso le di lo que ella pidió. No sabía que esa mujer era tan egoísta. Poco a poco comenzó a molestarme su manera voluntariosa de exigir. La desaté con rechazo y dejé que ella terminara sola. Parecía que sólo ella tenía el dominio de sus zonas sensibles. Me fastidió esa forma tan salvaje de decirme cómo y dónde hacer mi trabajo. Sus órdenes precisas pararon mi libido y me sentí humillada, ¿cómo era posible que alguien no estuviera satisfecho con mi desempeño? Nunca más volví a verla. Dejó de ir al café donde coincidíamos. Al parecer la tierra se la había tragado.

 

 

 

 

Selene Carolina Ramírez García. Licenciada en Literaturas Hispánicas por la UNISON. Maestra en Literatura Hispanoamericana por la UNISON. Doctora en Humanidades en la UNISON. Becaria de CONACyT en el período 2011-2013. Becaria de CONACyt en el período 2013-2017. Becaria del FECAS en el período 2013-2014. Becaria del FONCA en el periodo 2017-2018 y en el periodo 2019-2020.  Ganadora del Concurso de Cuento Enrique García Ponce en noviembre de 2013. Ganadora del Concurso Nacional de Cuento Gerardo Cornejo en diciembre de 2014. Ganadora del Concurso de poesía Alicia Muñoz Romero en diciembre de 2015. Ganadora del Concurso del libro Sonorense en octubre de 2018. Autora del libro: “De cuando ellos se narraron”. ISC: 2016. Autora del libro: “Love is love o de cómo ato las cintas”. Nitro/Press: 2019. Presidente del Colegio Sonorense de Académicos de la Lengua y la Literatura. Coordinadora de los diplomados “Problemas actuales de la filosofía” y “ Filosofía, literatura y ciencia” en la UNISON. Se desempeñó como jefa de literatura y bibliotecas del ISC. Tallerista de cursos de escritura creativa en CERESOS e ITAMAS. Editora y correctora de estilo en WriteOn. Tallerista en la Escuela de Escritores del Valle del Mayo.

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *