Sepelio: Un cuento de Michel G. Basnueva (Cuba)

 

 

 

 

Michel G. Basnueva (Santa Clara, Cuba)

 

 

Sepelio

 

 

Un mar de alas negras se agitaba en el fondo del precipicio. Los buitres trataban de meterse entre los otros de su especie para llegar al suelo donde la carne podrida se amontonaba.

—¿Es necesario? —preguntó Elena tapándose la nariz.

—Nadie ha filmado desde esta perspectiva —contestó Thomas.

Elena retrocedió asustada porque uno de los buitres picó su bota.

—Los hinduistas son muy herméticos con sus costumbres —aseguró ella después de patear al ave—. Sigo sin entender por qué hacen esto.

—Tras la muerte no hay que preservar el cuerpo porque el alma ya ha iniciado la rencarnación. Es solo un recipiente para ellos.

Ambos se detuvieron junto a una estatua de Shiva de más de diez metros, tallada en la pared del acantilado. El dios de la danza, el amor, la muerte y la rencarnación adoptaba una actitud serena mientras meditaba en la postura del loto. Sus cuatro brazos sostenían distintos objetos representativos para la filosofía hindú.

Thomas filmó la estatua y Elena pisó algunos huesos que se quebraron con facilidad.

—¡Qué asco, por Dios!

Las botas se adherían al suelo en una masa de tierra y un líquido oscuro que apestaba.

—¿Estás seguro que es hoy?

—Janní me aseguró que hoy enterrarían al muchacho —contestó Thomas y antes de que siguiera hablando, se escuchó un cuerno en la cima del acantilado.

Los peregrinos acostaron el cuerpo sin vida sobre una roca y lo desnudaron. Abrieron su abdomen y sacaron algunas tripas para provocar a los buitres. Después, lo echaron al vacío.

La caída empujó las vísceras fuera de la herida: primero cayó las entrañas, asustando a las aves y, con un sonido seco, el cuerpo impactó contra las piedras e hizo volar a los buitres en círculo antes de volver en picada.

Thomas limpió el lente de la cámara. Gotas de sangre habían empañado el cristal. Elena no pudo contener las arcadas y vomitó. De la mezcla grumosa de sus intestinos también se alimentaron las aves.

—¿Ya nos podemos ir? —preguntó cuándo el asco la dejó hablar.

—¿Estás bien?

—Mejor no preguntes —contestó malhumorada, dándole la espalda.

Antes de guardar la cámara, Thomas observó por última vez al muerto. Los buitres se peleaban por tiras de piel que arrancaban con ímpetu.

Luego de alejarse unos metros del lugar sagrado, sintieron el temblor. Elena se aguantó del hombro de Thomas y a este se le cayó el maletín con la cámara.

—¡Mierda! —maldijo, agachándose para recogerlo—. ¿Sabes cuánto cuesta este equipo?

Ella no dijo nada, solo temblaba con la vista fija en la pared rocosa del acantilado. Thomas, al girarse, entendió por qué Elena se quedó en silencio: La estatua de Shiva se había levantado de su asiento de piedra.

—¡Es imposible! —susurró ella sin mirar a Thomas—. ¡Estaba sentada cuando llegamos!

—Tenemos que irnos.

Pero el temblor que provocó los pasos del gigante los paralizó. Los buitres también se quedaron quietos mientras la estatua, con los ojos cerrados, caminaba hacia el cadáver. Cuando el dios estuvo delante del cuerpo sin vida, se detuvo. Thomas y Elena escucharon como crujía al agacharse. Fue entonces cuando abrió los ojos, tomó lo que quedaba del muchacho y se lo llevó a la boca. La representación de Shiva masticó con lentitud. El quebrar de los huesos se escuchó en la distancia. Después, volvió a su asiento en la pared del acantilado. Cruzó las piernas, irguió la espalda, acomodó sus brazos y cerró los ojos…

—¿Qué fue eso? —preguntó Elena cuando volvió en sí.

—No lo sé —contestó él, mirando hacia el acantilado—. Pero… ¿sabes que es lo más curioso…?

Thomas seguía con la vista fija en la estatua mientras acariciaba el maletín que contenía su cámara.

—…que podía haberlo grabado.

 

 

 

 

Michel González Basnueva (1993), sociólogo y escritor, nació en Santa Clara, Cuba. Miembro de la Asociación Hermanos Saiz. Galardonado con: Premio Calendario 2021 con la novela juvenil “El canto de la ballena azul” (Cuba); Premio Hermanos Loynaz 2018 con la novela para niños “Por las nubes” (Cuba); Premio Reina del Mar Editores 2020 con la novela infantil “¿Alguien vive en este asteroide?” (Cuba); Ganador del I Certamen Internacional de Cuento Corto Castilla la Mancha de Parla 2020 con el cuento “Coto de caza” (España) y del I Concurso de Microficción convocado por la Revista Manumisión 2021, (México). Obtuvo el segundo lugar en el Premio Internacional de Narrativa Reinaldo Arenas 2020 con el conjunto de cuentos “Coto de caza” (Estados Unidos). Finalista en el concurso: Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2020 (Cuba). Mencionado en el Concurso Carmen Rubio 2020 con el cuento infantil “La orquídea y el elefante” (Cuba). También ha publicado en antologías nacionales y revistas internacionales.

 

 

 

 

 

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