Seis piezas narrativas de Victoria García Jolly (ciudad de México)

 

 

 

 

Victoria García Jolly

 

 

 

Pequeño escurridizo

para José

 

Habíamos estado horas esperando a que el niño saliera de bañarse, las mismas que escuchamos al agua correr. Al principio la criatura canturreaba y luego hacía ruiditos de aviones en batalla con los que suele acompañar sus juegos imaginarios jabón y zacate en mano. Complacientes, lo dejamos seguir un buen rato hasta que la impaciencia nos impulsó a gritarle: Apúrate, Miguel, que quiero entrar; anda sal que ya servimos la sopa, vente a comer; ¿no tienes hambre, chiquito?; te vas a poner viejito de tanta agua. Esperábamos todos en silencio y atentos su respuesta, pero el niño nos ignoraba. De pie junto a la puerta nos agrupamos para intentar convencerlo de salir de una vez por todas ofreciéndole postres, juguetes, golosinas, hasta una generosa cantidad que le ofreció su abuelo.

Pero la criatura continuaba desoyendo nuestros ruegos y chantajes encerrado en su mundo acuático y jabonoso. Nos empezamos a preocupar. Después de cuatro o cinco horas decidimos forzar nuestra entrada al baño. Instruimos al niño para que se apartase de la puerta e impedir, de esta manera, que resultara lastimado: ¿Entendiste, Miguelito? No respondió. Se necesitaron varios dolorosos y secos empellones para poder derribarla, pues estaba cerrada por dentro. ¡Carajo, Miguel!... Al correr la cortina de la regadera no vimos más que el chorro de agua corriendo hacia la coladera donde nuestros ojos por fin se percataron de lo que acontecía: mezclada con el agua, en el piso había una pequeña mancha color carne y una madeja de cabellos rizados como los suyos. Estaba a punto de irse por completo cuando, desde el fondo de la cañería nos llegó su vocecita que decía: Ya voy.

 

 

 

 

 

Currículum vitae —abreviado—

para Susana Reyes

 

El maestro Respicio Sumario fue catedrático —dejó de serlo— de la Universidad Sucinta. Estudió Ciencia —transitoriamente—, que nada tenía que ver con su verdadera vocación: escribir. A temprana edad se casó —y muchas otras veces más— con sus esperanzas y sueños.

Estuvo —porque lo abandonó— asociado al Gremio de los Oficios Inanes donde fue galardonado. Su obra sobresalió —hasta que dejó de brillar— por encima de la de talentosos colegas. Formó parte del comité —disuelto, desde luego— que aprobó la inclusión de la mujer en la lista de Becarios del Momento, y luchó —sin ganar— por concederle un lugar más igualitario y permanente.

Fue nombrado ombudsman —pero renunció muy pronto— para defender los derechos de la Unión de Editores Escasos. Destacó —por poco tiempo— como precursor de la corriente mínima de las letras. Ocupó —brevemente— el puesto de Director de la Asociación de Personajes Fugaces. Fundó la Cámara de lo Efímero —que presidió no más de media hora— donde logró la perpetuidad de su pensar. Finalmente, creó —y abandonó— la Fundación Mirar Atrás, Aunque Sea un Poquito A. C.

Construyó, de esta manera, su destellante futuro —no se prolongó demasiado—: murió —eso sí, para siempre— unos cuantos días después de haber compendiado tan grandes hazañas.

 

 

 

 

 

Cielo rojo

 

De mujer a mujer se habían jurado ni un golpe más. No permitirían que prosiguieran la crueldad, las vejaciones ni los gritos que las asfixiaban. Se habían persuadido de tener la fuerza para lograrlo, se ayudarían la una a la otra, se protegerían. Aquella sería la última vez. No lo fue.

Al llegar a ese cielo tan temido, al cielo rojo que no es otra cosa que el infierno, Liliana se encontró con sus demonios. No se sorprendió; se había liberado, al fin, del miedo. Entre los más atroces chillidos, fue llevada ante la mujer a quien había engañado. Sus miradas se cruzaron con tal frialdad que congelaron el averno: petrificado quedó como las cicatrices que recorrían sus rostros y cuerpos. La otra mujer, movida por una profunda ira, preguntó: ¿Por qué permitiste que lo hiciera otra vez? Me lo juraste y, pobre de mí, te creí. Tu debilidad nos condenó. Ya lo ves, no fuiste para él sino un objeto, peor, un desecho.

Al hablar desde el dolor de las heridas de su cuerpo que rodó escaleras abajo con su vida enredada en la falda y el último aliento deshilachado en el descanso, Liliana asintió ante su espectro desfigurado por la revelación: ¿Por qué?, me preguntas: Porque me traicioné a mí misma.

 

 

 

 

 

Finale

 

Fue el viernes por la tarde que, por desafinado, la perdí. Todavía apoyado su cuello sobre mi pecho y mis piernas rodeando su cintura, me solicitó con un timbre profundo, casi humano: Graciela no, Chelo/ Chelo, pues. Chelo Prieto, completó con su usual vibrato/ Está bien, Chelo Prieto. No olvides a Piatti, fui de él mucho antes; me tocó el alma con su legato y yo le respondí col lengo, nos unió el amor por la música de Dvořák y de Bach/ De acuerdo, Chelo Prieto Piatti. Aclaremos esto de una vez, dijo con fortissimo staccato, soy Chelo Prieto Piatti, nacida Stradivarius, la única que lleva en su cuerpo grabados la fecha de su nacimiento, la vibración de las aguas del Po y todo el frío de un largo invierno. Se despidió de mí anunciando el final de la sinfonía y de lo que nosotros fuimos: En esta situación lo más conveniente es eso que ocurre después del último acorde: el silencio.

 

 

 

 

 

Maldormir

 

La niña Aura murió mientras dormía. Dicen que así nació: dormida. Que lloró como cualquier criatura que llega al mundo para marcar el arranque de su vida, pero no abrió los ojos. Sólo dos veces se le vio despierta, la primera cuando secó los pechos de su madre. Entonces berreó mostrando su carácter y descontento, por hambre y por sueño. La segunda, cuando se enamoró: una noche insólita en que sus padres la obligaron a beber litros de café para llevarla a una fiesta, ahí conoció a Joaquín y, antes de quedarse dormida en sus brazos, se juraron amor eterno. Con el tiempo él la dejó alegando que ella era más soporífera que un Valium.

Dicen que esa noche la niña Aura se durmió llorando: se durmió muriendo.

 

 

 

 

 

Apariciones

 

Nunca me he salido con la mía: cada vez que en la vida me he cruzado con el amor, un imposible ha aparecido para hacer mal tercio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Victoria García Jolly nació en la Ciudad de México. Desde muy chica se descubrió enamorada del arte y de los libros. Escribe cuento y ensayo corto; ha publicado ¡Cuidado! Café cargado (2010) El libro de las letras. De la a a la z y no es diccionario (2011), ¡Mmm! Chocolate sin culpa (2015), Para amar al arte (2016) y Cuentos del armario (2018). Es discípula de René Avilés Fabila, Ricardo Chávez Castañeda y Óscar de la Borbolla.

Twitter @joliejollyjolie

FB @Cuntosdelarmario

 

 

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