La Sociedad Franz Kafka, un relato de Chloe Aridjis

 

Es el primer relato escrito por la autora y publicado originalmente en el número 32 (2006) de la Revista de la Universidad de México. No 32 (2006)

 

 

La Sociedad Franz Kafka

 

Chloe Aridjis

Traducción de Gabriela Jáuregui y la autora

 

A menudo nos preguntamos si lo kafkiano es una forma de escritura, el estilo personal de un autor o todo un espectro mitológico. Chloe Aridjis, autora del espléndido estudio Topografía de lo insólito, la magia y lo fantástico literario en la Francia del siglo X I X, contribuye al enriquecimiento del mito de Kafka con este relato pleno de hallazgos y complicidades con el autor de Praga.

 

 

Era un día muy ajetreado en la sede de la Sociedad Fr a n z Kafka. Las máquinas de escribir chasqueaban, llenando el ambiente de música atonal. Algunos miembros en la oficina principal tarareaban mientras preparaban los eventos del año entrante: un congreso internacional en Praga, peregrinajes a los sitios kafkianos dentro de la ciudad y más allá, la reunión anual y, finalmente, los innumerables encuentros entre los miembros no académicos de la Sociedad. A todo el mundo se le debía dar su lugar sin importar si alguna vez había analizado formalmente un cuento o una novela; el único requisito era la admiración incondicional. La mayoría de los miembros consideraban a Kafka por encima de cualquier otro escritor en sus propios cánones nacionales lo citaban en la mayor parte de sus conversaciones y los libros de Kafka predominaban en sus libreros. No era demasiado pedirle a un miembro de la Sociedad esta entrega.

Esa mañana la señora Lanska estaba presa de un humor irascible: la membresía no sólo había disminuido en más de cien miembros el año pasado, sino además el boletín más reciente había sido impreso con la peor tipografía imaginable. Nadie iba a poder leer la diminuta letra salvo con la ayuda de una lupa. La reunión anual se llevaría a cabo en tan sólo un par de semanas y todavía faltaban miles de detalles por finalizar. Se dio cuenta que en semanas no había leído una sola palabra de Kafka de tan ocupada que había estado en sus labores como presidenta de la Sociedad.

Tocaron a la puerta y enseguida apareció el cartero: “Aquí está el correo de hoy, Señora Lanska”, dijo, entregándole un grueso montón de cartas y, antes de que ella tuviera tiempo de darle las gracias, ya se había escabullido. Más correo de lo habitual había llegado, aunque la mitad de las cartas eran probablemente cuentas y no cartas efusivas acerca de Kafka. Uno podía notarlo de inmediato por la manera como estaba escrita la dirección en los sobres: cartas personales a mano, asuntos burocráticos a máquina.

Cuentas, recibos, algunas preguntas, propuestas para reuniones y eventos, y, entonces, una carta que la hizo vacilar. A lo largo de un llamativo sobre azul lavanda se encontraba la escritura más hermosa que jamás había visto: florituras en abundancia, líneas perfectamente derechas, márgenes respetados. Levantó la página y leyó:

 

Por favor, quisiera afiliarme a su Sociedad. Te n g o dieciséis años y no tengo amigos, pero adoro a Kafka. Mis padres no me dan dinero de bolsillo así que no puedo pagar las cuotas, pero adoro a Kafka. Por favor quiero ser miembro.

“Quien lleva una vida solitaria y, sin embargo, desea en algún momento unirse a algo (...) esa persona no podrá seguir mucho tiempo sin una ventana que dé a la calle.”

Atentamente, Maurice G.

 

 

Enternecida, la señora Lanska leyó la carta varias veces antes de sacar una hoja de su papel membretado y responder:

 

Estimado Maurice,

Normalmente no hago excepciones a nuestras reglas de membresía, pero tu carta me conmovió. Si me escribes contándome cuáles son tus relatos favoritos de Kafka, te permitiré ser miembro de la Sociedad Franz Kafka sin costo alguno. Espero saber de ti a la brevedad.

Saludos amistosos, señora L.

 

Tres días después llegó otro sobre azul lavanda. La señora Lanska lo sacó del montón y lo abrió con impaciencia. Escrito en grandes florituras:

 

Estimada señora L,

Quisiera agradecerle de todo corazón el que me haya permitido pertenecer a la Sociedad. Pocos momentos en la vida me han brindado el placer que sentí al leer su carta de invitación. En el momento que leí la noticia, subí corriendo a enseñarle la carta a mi madre, quien también adora a Kafka, aunque dice que Robert Walser es mejor. En respuesta a su pregunta, mis relatos favoritos de Kafka, en orden de preferencia, son:

 

1.- Informe para una academia (me gustan todas las historias donde figuran animales).

2.- Investigaciones de un perro.

3.- La condena (aunque no puedo soportar el final).

4.- Un artista del hambre. ¿Debo continuar? Podría hacer una lista de cada uno de los cuentos de Kafka en orden de preferencia pero temo aburrirla.

Atentamente, Maurice G.

 

Y así surgió una correspondencia intensa, casi cotidiana, entre la presidenta de la Sociedad Franz Kafka y el joven llamado Maurice. Cada día, cuando llegaba el correo, la señora Lanska lo revisaba velozmente hasta encontrar el sobre azul lavanda. En los días que no había sobre de ese color, hablaba bruscamente con todos y se iba a casa temprano.

Junto con sus cartas, que se fueron tornando largas y más detalladas, se aseguraba de mandarle a Maurice el boletín de la Sociedad y noticias de todos los eventos. Incluso le envió una edición limitada de los cuentos de Kafka de la cual tenía sólo dos ejemplares.

Las cartas de Maurice eran tan íntimas como distantes; relataban momentos de su vida cotidiana, pero a menudo en tercera persona. Describía a un adolescente viviendo con sus padres y dos hermanas mayores. Este muchacho nunca había ido a la escuela pero sus padres le habían enseñado a leer a una edad temprana y a los doce años había aprendido alemán por sí mismo para poder leer a Kafka en el original.

Pasaba los días leyendo, escribiendo (él hacía poesía, aunque ignoraba las peticiones de la señora Lanska de que le mandara una muestra) y caminando por el parque cercano a su casa soñaba con monstruos y doncellas para un poema épico que pensaba componer. Sus padres rara vez interferían en sus actividades y durante sus dieciséis años en la Tierra había leído más que nadie que él conociera.

A su vez, la señora Lanska le contaba algo acerc a de su vida. Nunca se había casado y se autonombraba “señora” para ganarse más respeto en la Sociedad. Hu bo una etapa, escribía ella, cuando había estado desesperada por conocer a un hombre e iniciar una familia, pero como nunca sucedió, se decidió crear una unión mística con Kafka.

Maurice resultó ser excepcionalmente maduro para su edad. Cuando la señora Lanska le escribía acerca de estas cosas, el respondía con largas cartas concernientes al valor espiritual de la literatura y a cómo los libros —por más que sonara como un cliché— eran mejor compañía que la mayoría de los seres humanos: uno tenía que ser muy selectivo con sus amigos, no tanto con los libros. Un libro insatisfactorio podía cerrarse y devolverse al estante. Era un poco más difícil deshacerse de la gente.

La señora Lanska no podía haber estado más de acuerdo y la correspondencia pronto se convirtió en un desahogo misantrópico contra un mundo en donde ellos dos eran los únicos que cumplían con las altas expectativas que tenían. Ella empezó a distanciarse de todo mundo, filtrando las llamadas de amigos, familiares y miembros de la Sociedad. Detalles de su vida privada comenzaron a insinuarse en sus cartas. Si se embarcaba en una dieta nueva, delineaba sus tres comidas diarias. Conmovida por algo que había visto en la televisión, le hacía un recuento de la trama entera. Si había ido al doctor y le habían encontrado una alergia nueva, le contaba todo a su amigo por correspondencia.

A su vez, Maurice empezó a re velar también más información. Le contó a la señora Lanska sobre su comida favorita y le incluyó recetas sofisticadas de pescado y pasta. También le contó acerca del ciclo de Bergman que acababa de ver y ella estaba asombrada de que un muchacho tan joven pudiera entender la complejidad de las relaciones en estas películas. No fue sino hasta esa carta que decidió preguntarle su edad una vez más.

Maurice no respondió durante un par de días y después le envió una carta en la cual hacía caso omiso de la pregunta. Las sospechas de la señora Lanska aumentaron. Preguntó de nuevo. Maurice no contestó. Se le ocurrió ir en coche al pueblo donde él vivía, pero cuando llamó al número de información su familia no aparecía en el directorio. La tarde siguiente pasó varias horas revisando cada pieza de correo que había recibido de él, y empezó a sospechar que había sido víctima de la burla de un adulto.

La señora Lanska decidió acabar con la correspondencia, una decisión difícil pues ésta se había vuelto su única fuente de consuelo... Y pensar que había sido engañada por un miembro de la Sociedad.

Una semana después, el cartero le trajo un paquete azul. El latido del corazón de la señora Lanska se aceleró al arrancar la cinta y el cordel. El papel azul reveló una caja y dentro de la caja encontró el libro de cuentos de Kafka que le había enviado a Maurice. Entre las páginas halló una nota:

 

Estimada señora L,

 

Estoy entristecido y perplejo de que no haya respondido a mis dos últimas misivas. Sólo me queda suponer que ha decidido, por razones que desconozco, terminar nuestra correspondencia. Ha sido la correspondencia más importante de mi vida y me aflige ponerle fin. Sin embargo, respeto su decisión y por esto le devuelvo el libro de Kafka que me envió tan amablemente cuando aún estaba yo en su gracia. Si algún día considerara reanudar nuestro diálogo, por favor no lo piense dos veces.

“Cómo ha cambiado mi vida y cómo, en el fondo, no ha cambiado!”

Su seguro servidor, Maurice G.

 

 

No hizo falta gran cosa para inclinar la balanza de nuevo a su favor.

 

Estimado Maurice,

Perdone mi silencio, hablaré de eso más adelante. Por lo pronto, espero que pueda asistir a la reunión anual de la Sociedad que se llevará a cabo en la alcaldía la semana entrante. Si no tiene para pagar la cuota puede asistir gratuitamente. Si tuviera alguna duda adicional sería un placer responderla.

Saludos afectuosos, señora L.

 

Maurice no respondió a su carta pero ella supuso que su silencio era señal de que tenía la intención de asistir. Su mente estaba demasiado alborotada como para enfocarse en cosas prácticas, así es que delegó la mayoría de los asuntos a Jenny Horn, la secretaria de la Sociedad. Era el deber de la señorita Horn llamar a todos los miembros de la Sociedad y confirmar su asistencia. También le tocaba visitar la alcaldía y checar la acústica, pasar a la salchichonería que iba a proveer los sándwiches y, finalmente, garantizar el aprovisionamiento de libros de Kafka para la venta. Durante la conferencia anual anterior, la Sociedad había agotado las ediciones bilingües de El castillo.

La semana se alargaba interminablemente. La señora Lanska comenzó a despertarse en medio de la noche sobresaltada. Ella, quien tristemente había recordado pocos sueños en su vida, estaba experimentando unos sueños tan vívidos que casi no podía quedarse dormida. Los sueños pertenecían a momentos de su infancia: días en la escuela, peleas con su hermano, largas tardes en el parque: su vida antes de Kafka, poco interesante para cualquiera, menos para ella.

La reunión se acercaba lentamente. El señor Howells , vicepresidente de la Sociedad, quien en esos días probablemente estaba leyendo más a Kafka que la señora Lanska, dio órdenes estrictas a Jenny Horn de que le enseñara cada aviso de asistencia que llegara. Setenta y c u a t ro personas habían aceptado y estaban esperando que al menos diez más confirmaran.

Finalmente, después de tachar los días en el calendario de su oficina, la señora Lanska se asombró de ver la conferencia a tan sólo un día de distancia. Empezó a pensar en la ropa que se iba a poner, cosa en la que nunca había puesto mucha atención, pero seguramente Maurice se vestiría con elegancia para la ocasión y ella no quería quedarse atrás.

Nadie comprendió por qué se retiraba a las tres, sobre todo cuando todavía quedaba tanto trabajo por hacer, pero ella insistió en que era importante. A la señorita Horn, en particular, le inquietaba quedarse sola, pero la señora Lanska le prometió que el señor Howells se encargaría de lidiar con cualquier eventualidad.

Grupos de boutiques flanqueaban las calles empedradas de la zona comercial y en una de aquellas encontró un vestido morado y negro con cuello alto y mangas bombachas. Por un segundo consideró cargarlo a la cuenta de la Sociedad pero decidió no hacerlo: ya era hora de separar su vida personal de Kafka.

Al día siguiente, en el desayuno, casi no pudo comer. Lo único en que podía pensar era en la posibilidad de, finalmente, conocer a Maurice de una vez por todas. Ya nada le parecía imposible. Toda la vida había estado esperando conocer a alguien que no sólo amara a Kafka, sino que entendiera el mundo de la misma manera que ella lo entendía. Su edad ya no le importaba.

Se puso el vestido nuevo y se arregló el pelo en un c h o n g o. Unas rociadas de perfume, un cambio de zapato s y estaba lista. Se aplicó otra capa de lápiz labial en lo que su taxi maniobraba entre el tráfico matutino. No había entrado ninguna llamada de la oficina así es que supuso que todo estaba bajo control.

Tras pagar el taxi, la señora Lanska se bajó y se incorporó al grupo de gente que subía las escaleras de la vieja alcaldía. Alguien la llamó. Era Jenny Horn, ve s t i d a, notó, con un traje gris bastante aburrido.

A la izquierda de la entrada se encontraba una mesa cubierta de gafetes con nombres, pero el corazón de la señora Lanska se encogió al ver que no había un Maurice G., entre ellos. Bueno, pues ni hablar, seguramente se presentaría al último minuto. Entró a la sala principal y caminó hacia el frente, pasando al lado de los miembros sentados. La mayoría ya había encontrado su lugar y tomaba café a sorbos en vasos de papel, mientras balanceaban cuadernos sobre sus rodillas. Un silencio recorrió la sala al subir ella al podio. Todas las miradas se fija ron en ella y disfrutó la atención. En algún lado habría un nuevo par de ojos mirándola con un interés particular. Carraspeó antes de dirigirse a los invitados. Primero les agradeció su presencia. Distinguidos eruditos habían sido reclutados de ambos lados del Atlántico, de lugares tan lejanos como Sidney, Vladivostok y Buenos Aires. A escala mundial los lectores de Kafka habían alcanzado números impresionantes, nadie debía temer que algún día fuera olvidado. Existían ahora más publicaciones literarias dedicadas a él que a ningún otro autor en idioma alemán, con excepción quizá de Goethe y de Thomas Mann.

La señora Lanska prometió que el programa del día sería de primer nivel y provocaría profunda reflexión. A la mitad, habría una pausa de una hora para comer, y, al final del día, después de todas las pláticas, el panel se abriría a discusión. El público murmuró su aprobación.

Antes de introducir al primer conferencista, daría lectura a la lista de los participantes. Justo cuando comenzó, notó una pequeña conmoción en la entrada. Pe ro todas las miradas convergían en ella, así es que continuó:

Doctor Juno Howett: In vestigaciones de un perro: Simbolismo animal en los cuentos de Kafka.

 

Señorita Letty Brears: La neurosis de Kafka como tropo literario.

Señor James Cusk: Le verdad real detrás de La Muralla China.

Doctor Mortimer Booth: Nabokov como lector de Kafka.

Doctora Christina Frei-Londig: Kafka y el Talmud.

Señora Ana Truarte: Incursiones Psicoanalíticas en Kafka.

Doctor Je a n - Philippe Grèze: Ubicando lo inubicable en El castillo.

Señor Marco Palatti: Kafka enamorado: Cartas a Milena.

Doctora Vanessa Thomson: Luz y sombra en las tres novelas de Kafka.

Doctor Sacha Novotski: Digresiones fragmentarias:

Cuadernos en octava.

 

La señora Lanska acababa de leer el último título de la lista cuando una voz aguda la llamó desde el otro e x t remo de la sala. No era una voz familiar. Aguzó la vista en esa dirección. Lo único que podía ve r, si sus ojos no la engañaban, era una pequeña figura color verde forcejeando entre las garras de dos hombres altos. La señorita Horn corrió por el pasillo y se trepó al escenario.

—¡Hay un enano en la entrada que dice que usted lo invitó, gratis, a la conferencia! —le susurró histéricamente al oído.

—¿De qué estás hablando? —preguntó la señora Lanska, su cuerpo tensándose.

—Venga a ver, —imploró la señorita Horn.

La señora Lanska introdujo al doctor Juno Howett tan aprisa que lo llamó “Howells” y bajó rápidamente tras su asistente. Cruzaron la sala a pasos apresurados, dos pares de zapatos taconeando por el pasillo.

Al llegar adonde estaba la conmoción fueron confirmadas sus sospechas: parado allí, o más bien retorciéndose, estaba un hombre pequeñito vestido de traje color verde pino. Traía puestos un tupé y una corbata amarilla brillante con platillos voladores. Su cara no carecía de atractivo, aunque en ese momento se torcía en una mueca. Su cabeza llegaba a la altura de los senos de la señora Lanska.

El enano dijo el nombre de ella. La voz altisonante era la suya.

— ¿Maurice? —preguntó la señora Lanska.

—Por supuesto, —contestó—. Usted me dijo que podía asistir a la conferencia gratuitamente. ¿Se le ha olvidado su promesa?

Ella les hizo señas a los dos hombres para que lo soltaran. Una vez libre de sus manos, Maurice arregló su traje.

— No esperaba una bienvenida tan calurosa, —dijo.

—Y yo no esperaba a un hombre tan joven y robusto, —respondió la señora Lanska.

—Bueno, pues, ¿qué esperaba?, ¿un niño prodigio? —Me engañó.

—Usted se engañó a sí misma... Yo adoro a Kafka, ¿acaso no es eso suficiente?

Los dos amigos por correspondencia se miraron fijamente. La señorita Horn observaba de cerca, dudando si debía intervenir o no.

— Siéntese entonces, —suspiró la señora Lanska y se apresuró al podio para presentar al siguiente invitado.

Dentro de lo que cabe, la conferencia fluyó sin contratiempos. Gracias a una fuerza preternatural, la señora Lanska logró bloquear el incómodo incidente con el que había empezado el día. Aunque echó una ojeada por el pasillo unas cuantas veces, trató de enfocarse más bien en las brillantes comparecencias de los conferencistas, recordándose a sí misma su amor por Kafka y cómo ese amor rebasaba cualquier otra cosa en su vida.

La presentación de la doctora Christina Frei-Londig fue especialmente buena y la señora Lanska se sentía satisfecha por haber insistido en invitar a la erudita de ochenta y dos años de edad. Habían surgido todo tipo de complicaciones con el boleto desde Buenos Aire s y al final la Sociedad tuvo que pagar extra para que la señora Frei-Londig volara en business class, pero había merecido la pena.

Durante la hora de la comida, la señora Lanska no se acercó al público y le pidió a la señorita Horn que le trajera sándwiches y café. La señorita Horn siguió sus órdenes pero estaba algo confundida ya que en ocasiones pasadas a la presidenta de la Sociedad le encantaba mezclarse con la gente.

Fue hacia el final del día que comenzaron a sudarle las manos a la señora Lanska. Sus ojos peinaron el cuarto y creyó ver una pequeña figura de verde sentada al fondo a la izquierda. De hecho, estaba convencida de que había una figura de verde al fondo y que esta figura no le había quitado la mirada de encima desde la mañana.

La señora Lanska le pidió al señor Howells que diera el discurso de clausura, lo cual hizo con gran placer. Notó que se deleitaba con sus nuevas responsabilidades.

Y eso fue todo. Encantados con el resultado, la señorita Horn y el señor Howells vinieron a abrazar a la señora Lanska. Los eruditos menos tímidos se acercaron también, agradeciéndole que los hubiera invitado a un evento tan distinguido. Todo esto sucedió mientras la señora Lanska aún estaba en el podio.

Después de dar unos cuantos apretones de mano e impartir un par de sonrisas, empezó a bajar y casi tumbó a su amigo por correspondencia, quien la estaba esperando abajo.

—¿Me permite decirle algo? —le preguntó, apoyándose en una silla cercana.

—Por supuesto.

La señora Lanska se disculpó con sus colegas y siguió a Maurice por el pasillo. No pudo contener un suspiro cuando llegaron a la entrada.

— ¿Por qué suspira? ¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo terrible que jamás se pueda rectificar? —preguntó Maurice, burlón.

La señora Lanska se le quedó mirando antes de responder.

— Usted debe haber tenido una infancia lamentable. —Peso mi pasado contra mi futuro —replicó—. Aunque encuentro excelentes ambos, no puedo otorgar primacía a ninguno.

— ¿Exactamente qué está tratando de decir? ¿Se está burlando de mí?

— ¡Sí, por supuesto que he representado una comedia! ¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al anciano viudo?

La señora Lanska se retiró un par de pasos antes de gritar: “¡Puede dejar de citar a Kafka, carajo!”.

Algunos de los miembros de la Sociedad que se encontraban cerca voltearon a ver a la presidenta, ¡cómo era posible que después de una conferencia tan exitosa le reprochara a alguien que citara a Kafka!

Maurice se quedó muy quieto.

—...Y así, al final resulta ser que ambos tenemos razón, pero tratando de no caer irremediablemente en la triste verdad, preferimos, ¿no es cierto?, seguir nuestro propio camino y marcharnos cada quien a su casa...

—No puedo pensar en una mejor idea, —le respondió la señora Lanska y comenzó a dirigirse hacia la salida. Maurice se adelantó. Ella se hizo a un lado, pero el infló el pecho y le bloqueó el paso.

—¡Quítese de mi camino! —le gruñó.

Maurice dejó de fruncir el ceño y por un momento se veía triste. Movida por la lástima, la señora Lanska se acercó a su amigo por correspondencia en un gesto conciliatorio. Maurice dio un paso hacia ella también. De pronto lanzó la cara hacia adelante y le mordió el seno a través del vestido.

La señora Lanska pegó un aullido.

El enano soltó las quijadas y se alejó. Ella lo miró incrédula mientras que una sensación extraña empezó a vibrar por su cuerpo. Después de todo, nadie le había tocado los senos en años. Pero antes de que tuviera tiempo siquiera de decirle algo, Maurice aplaudió y salió corriendo como un relámpago por la puerta. Desconcertada, la señora Lanska se detuvo unos instantes, masajeándose el pecho. Todo lo que quedó fue un círculo oscuro de saliva. La señorita Horn llegó corriendo.

—¿Está todo bien, señora Lanska? Vi al hombrecillo salir volando como si los pantalones se le estuvieran quemando.

—Todo está bien, —refunfuñó.

— Bueno pues, nos preguntábamos si quiere venir con n o s o t ros a cenar. Algunos de los eruditos tienen hambre.

— Pues yo no. Y tampoco vendré a la oficina el lunes. Dígale al señor Howells que puede tomar la batuta. Sé que desde hace años se muere de ganas por ocupar mi lugar. Me voy.

Los ojos de la señorita Horn crecieron de tamaño.

—¿Adónde señora Lanska?

—Me voy a investigar si hay alguna plaza en la Sociedad Robert Walser.

—¿Robert Walser? ¿Ese excéntrico?

—¡Sí, ese excéntrico! —exclamó la señora Lanska mientras bajaba corriendo los escalones de la alcaldía, las mangas bombachas de su vestido abollándose bajo el viento.

Chloe Aridjis creció en los Países Bajos y en México. Es autora de tres novelas, El libro de las nubes, que ganó en Francia el premio a la mejor primera novela extranjera, Asunder/Desgarrado, ambientada en la Galería Nacional de Londres, y Monstruos marinos, ganadora del premio PEN/Faulkner de ficción este año. Hizo su licenciatura en Harvard y se doctoró por la Universidad de Oxford en poesía francesa decimonónica y la magia. Fue co-curadora de la exposición de Leonora Carrington en la galería Tate Liverpool. Recibió una beca Guggenheim en 2014 y el premio para escritores del Eccles Centre y el Hay Festival en 2020. Ha formado parte del jurado de diversos premios en Reino Unido. Su traducción al inglés de El poeta niño, obra de su padre, se publicó en 2016. Tras residir en Berlín, se ha establecido en Londres, donde escribe para revistas de arte y está acabando una nueva novela. En otoño de 2020 se publicará una reunión de sus ensayos y cuentos. Chloe es miembro de XR Writers Rebel, un grupo de escritores que se centran en abordar la emergencia climática.

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