La musulmana. Por Ernesto Saúl Gutiérrez López (México)

 

 

 

 

La musulmana

 

Ernesto Saúl Gutiérrez López

 

 

Mientras bebo Heineken observo cómo la mujer con la que llegué coquetea con el hombre que nos invitó los tragos. La veo sonriendo, apretando los labios y riendo después de cada cosa que él dice. Miro sus ojos indecisos y sus piernas inquietas. También lo veo a él. Contemplo la cicatriz pálida y abierta que tiene debajo del entrecejo y que, como un tercer ojo, parece haber nacido ciega y encallecida en su carne. Entiendo su atractivo: sus orejas aceitadas con los lóbulos expandidos por discos de obsidiana, su olor a loción fresca de alcanfor con menta, su gran nariz recta, inmóvil e imponente y su hermoso color de ébano que brilla bajo la luz aparatosa. Imagino sus labios escondidos y secretos como una cicatriz cachonda, dispuesta a abrirse solo en completa intimidad, resguardando el secreto del pudor. Mientras examino a los dos, me la imagino a ella, con su tersa piel de turca buscando el calor de esa piel de indio.

Estamos sentados en el centro de un bar amplio con elementos del viejo oeste americano: pilares que simulan ser polines viejos, paisajes de amplias llanuras pintados en las paredes y un cielo azul celeste con nubes blancas en el techo. Hay una barra al final del salón, justo en una esquina, y al final de la pista, situada al extremo contrario de la única puerta, toca una banda de pospunk. Es un lugar vulgar que no dudo que antes fuera un putero y que ahora, con nosotros en el centro, rodeados de una horda de carne borracha, se reúsa como una fosa que recoge escombros de punks, metaleros, rockabillys, thrashers, urbanos y hardcores de los baldíos del norte de la ciudad de México. Aquí convergen los hijos de los hijos de los chavos banda que sobrevivieron a la catástrofe. Hasta aquí llegaron los últimos vestigios del naufragio que sufrió la escena del rock en México. Hasta aquí empujaron las olas del tiempo los últimos pedazos de ese barco que se hundió hace más de una década. Pero las cosas han cambiado, el espíritu ha muerto y con ello los punketos catafixiaron el chemo de lata, la mona de estopa y el flexo de bolsa por Acapulco Golden en bong, aceite de CBD en gotero y hachís en pipa. Es el recambio del humo vulgar de los Faros por el soplo azul de los mentolados. Los punketos ya no hacen slam en el Chopo, ni beben Tonayán hasta el amanecer, ni caminan monosos media ciudad para llegar a los guetos de Neza o de Tacubaya; ahora los punketos piden Uber para llegar sanos y salvos a sus apartamentos en Coyoacán o la Condesa. Es la transmutación de un movimiento contracultural que se caracterizaba por el identitario pobre, inadaptado y proletario de las zonas marginales del viejo De Efe a una moda nostálgica que idealiza un pasado desconocido y distante para un puñado de generaciones obtusas. Es la estética que ha desempolvado los estoperoles, sí, pero sin chispa, como un cascaron sin sustancia.

La gente se aglomera en el centro para fumar, beber y moverse convulsivamente mientras alguna banda toca. Son las últimas filas de generaciones que continuaron una tradición escuálida que sigue vigente solo para relamerse el peladaje con chaqueta de cuero y botas Dr. Martens al ritmo de There is a light that never goes out. Viajamos cerca de dos horas para que la musulmana viera al joven indio vestido de Johnny Cash. Aunque quedamos a las 19:00 en la alameda central, frente al mural de Diego Rivera, yo llegué diez minutos antes y la musulmana llegó 40 minutos tarde, sin prisa ni disculpas. Gran parte del camino hacia Rio de los Remedios pensé en ella mientras el vagón del metro zumbaba sobre las avenidas. Entre el tumulto del gentío buscaba su nuca y su cabello rizado. No podía evitar imaginarla desnuda, con sus caderas y nalgas como precipicios afilados en los que se despunta el placer. Pensé en la necesidad de una sábana para cubrirnos y buscar a tientas su rostro, como si para amar esa piel pálida fuera necesaria la oscuridad. Salí con ella para sentir el frío del desierto que se esconde en sus ojos de ocaso. Se llama Sarah, como el desierto, como un nombre impronunciable en la frescura de los humedales de esta ciudad que atravesamos.

Pienso en todo esto mientras estoy rodeado de los nuevos chavos banda, inmerso en un ambiente enturbiado por el humo de los Delicados y en un paisaje sonoro denso que se engrosa por bajos desafinados, baterías descuadradas y voces guturales. Mientras cavilo mirando la punta de mi cigarrillo, el joven indio se levanta y camina hacia el centro del bar. Nos ha dejado solos en la mesa. Solo estamos la musulmana y yo. La musulmana me mira a través de las botellas vacías y entrecierra sus ojos de luna mientras da una calada a su cigarrillo. Yo me escurro entre los bancos contiguos y me acerco. Ella sonríe y me sopla el humo azul. Nos miramos fijamente sin decirnos nada. Pienso que todo ésto es sólo un juego para ella y de cierta forma también lo es para mí. Me decido a hacer algo y mis manos se dirigen hacia ella, a su piel radiante, a su boca sangrienta; pero un golpe estrepitoso me detiene y nuestros oídos se agudizan por una ola de silbidos. Los dos volteamos hacia el centro del bar y vemos al joven indio sumir su puño derecho en el estómago de un punketo. Mientras ambos miramos, siento lo electrizante del ambiente y la posible historia se desenvuelve dentro de mí.

Me quitaré el reloj Casio y lo meteré en el bolsillo de la chaqueta de la musulmana. Mientras dejo mi lugar, veré cómo un sujeto corpulento arremete contra el joven indio, inaugurando el viejo vals de los puños. Al entrar al baile trataré de llegar hasta ese muchacho hermoso que me pagó la bebida. Me introduciré en el ojo del huracán y veré a un metalero pateando al joven indio que yacerá tumbado en el suelo. En ese momento, con el delirio perpetuo de la embriaguez, más como un pensamiento que se vuelve vívido que como un hecho, la inercia de mi voluntad y la fuerza centrífuga de mi brazo romperán una botella en la cabeza tatuada del metalero. Entonces lo veré caer y retorcerse mientras una luz se enciende en mi interior: el clímax de una fuerza excitante. Y mientras saboreo esa sensación vibrante, sentiré el áspero y frío beso del metal en mi mejilla, como el impacto glorioso de un bate golpeando una sandía. Caeré al piso y la luz se distorsionará en un hilo retorcido mientras los focos se apagan. En medio de las tinieblas emergerán los verdaderos crudos, los viejos urbanos que aún pican vientres con desarmadores y fracturan cráneos con tubos. En el piso recobraré la consciencia, veré los pies danzar aquella dulce tonada y me escabulliré hasta un rincón. Después me levantaré y saldré del bar.

La musulmana saldría gritando detrás de mí, yo me detendría a esperarla, la tomaría del brazo y buscaría mi reloj en su bolsillo. Después caminaría sin voltear atrás, decidido a dejar este lugar, contemplando el horizonte y siguiendo la franja luminosa que separa al oscuro cielo erótico de esta ciudad gris y estéril.

Estas imágenes se proyectan en mí como un cortometraje mientras veo al joven indio usar como saco de boxeo al baterista de la banda ChikitaViolenta. Me doy cuenta, acaba de comenzar la verdadera fiesta.

 

 

 

 

 

Ernesto Saúl Gutiérrez López (CDMX, 1996), Biólogo egresado de la Facultad de Ciencias, UNAM (2019), y estudiante de la Maestría en Ciencias Bioquímicas, IFC, UNAM (2020). Ex-anfitrión de la sala de Evolución, Vida y Tiempo de UNIVERSUM, el Museo de las Ciencias, UNAM (2018). Becario por la Ciencia, UNIVERSUM, UNAM (2018). Excelencia en la Divulgación, UNIVERSUM, DGDC, UNAM (2018).  Mención honorífica como tutor en el proyecto de investigación Extracción e identifiación de balsas lipídicas como una herramienta para el studio de la membrana celular en neuronas del cerebro de ratas, Jóvenes por la Ciencia, UNAM (2018). Co-autor en el trabajo Glutamatergic deregulation in a metabolic syndrome murine model: implications on NMDA receptors in lipid rafts and cognitive performance, Society for Neuroscience 38th Annual Meeting 2018 San Diego, CAL. (2018). Autor principal y presentador del trabajo Increasing dopaminergic activity improves synaptic plasticity and memory performance in cognitively impaired animals due to chronic exposure to a high-sugar diet, Society for Neuroscience 39th Annual Meeting 2019 Chicago, ILL. (2019). Beca Asistente de Investigador, CONACyT (2019-2020). Premio a mejor presentación oral en Data Blitz, Posgrado en Neurociencias, UNAM (2019). Beca CONACyT para estudios de Maestría (2020-2022).

Publicaciones: Cuento Baby, Hispanidades, Narrativa Latinoamericana, Revista Taller Ígitur (2021).