José de la Torre (San Luis Potosí, México): Dos cuentos breves

 

 

 

 

Jose de la Torre Alcocer

Al encuentro del Covid

 

Salí de la casa con mi maleta, algunos libros y la computadora.  Mi mujer gesticuló, gritó y cerró de un portazo.

Prefiere refugiarse en su paranoia-pandémica y rechazar cualquier argumento diferente. Pues bien, luego de discusiones interminables, cansado de insistir, decidí terminar la cuarentena. Así de simple y complicado.

 Me voy a infectar - me dije-, a contagiar, aceptar el reto y partirle su estructura con mis anticuerpos naturales. Asumo el riesgo. Confío en mi vitalidad, a pesar de los 70 cumplidos. Me siento apto para enfermar, sanar y volver a vivir sin miedos y precauciones.

Adriana - mi amiga enfermera-, está convaleciente del coronavirus 19. Me enteré, se lo propuse y aceptó, para mi sorpresa y regocijo.

Siempre me había gustado su forma de mirar entre divertida e interesada, una sonrisa confusa y decidida al mismo tiempo. Así que un café llevó a la copa y a la cama y a sueños y afanes compartidos.

Hasta que llegó la pandemia y nos dejamos de ver. No pudimos despedirnos cuando sus labores en el hospital nos separaron, hace ya casi dos meses. Ella se infectó la semana pasada en terapia, donde es intensivista y la mandaron a casa.

Sus 28 años la tienen en obligado encierro, pero hermosa y sana.

—Contágiame  mi niña… Antes de que seas inmune-, le pedí por teléfono.

— ¿Estás seguro?-  Del otro lado de la bocina se ahoga un suspiro, y a continuación, sin más, me dice:

—¿A qué hora llegas?

—Voy para allá …

—Tráete tus cigarros… y unas botellas de Ron…!

Y aquí estoy, enfermo de amor y del coronavirus 19.

Adriana es insaciable y pronto me infecté, afortunadamente, sin mayores consecuencias. Como ella, un poco de fiebre, malestar y la tos, que pasaron pronto.

Ahora, cuando salimos a la calle y nos atrevemos —inmunes— a disfrutar el universo, no puedo sino agradecer al virus la recuperación de mi existencia.

 

 

 

 

 

Diálogo con Velázquez

 

                                                      La vida es apenas un instante: luz de ida y vuelta al universo

 

 

No sé como llegué ahí, producto de un despertar alucinado o la duermevela senil del encierro. El libro de Las Palabras y Las Cosas permanecía abierto, cuando de pronto estaba junto a los reyes, como en penumbra, posando para el retrato.

Me acerqué intrigado al perro, pretendiendo tocar su pelambre y sacudir así el ensueño, cuando una Menina me distrajo por su enigmática sonrisa. Mi brazo empujó un florero, cayó al suelo y el ruido del cristal hecho pedazos atrajo todas las miradas hacia mí.

Las cortesanas se acercaron y con prestancia levantaron el tiradero. La Infanta apenas volteó a verme y regresó a su postura distinguida y de serena complacencia. Velázquez - visiblemente contrariado-, torció un poco el bigote, se acomodó el sombrero y sin más espetó:

— ¿Estás ciego, o vienes de Marte?

— Ja, ja, ja, ja, ja, ja-, estalló el salón en carcajadas burlonas. Los enanos hicieron una escena grotesca y  arremedaron mi torpeza.  El ambiente festivo terminó por contagiarme y diluir mis extrañezas. Luego de segundos como siglos, todos volvieron a sus poses iniciales y olvidaron mi presencia.  Excepto el Maestro.

— ¿De qué siglo vienes?-, preguntó frunciendo el ceñ

— Del siglo veintiuno-, contesté titubeante.

— Mmmmm… - Murmuró entre dientes y me hizo a un lado para regresar al cuadro con pincel y paleta en mano.

— Dígame Maestro-, me animé a preguntar mientras el olor de la pintura se hizo más intenso:

— ¿Qué hago aquí? ¿Cómo es que…?

Su mirada fue del cuadro a los reyes, al grupo de personajes, dio un par de pincelazos y mirándome fijamente preguntó:

— ¿Existe aún mi cuadro en tu mundo?

— Las Meninas. Se conserva íntegro y muy bien resguardado, admirado y comentado por filósofos y generaciones de artistas e historiadores. De hecho estaba leyendo extensas reflexiones sobre su magnifica obra, cuando desperté aquí- recordé de pronto avivando mi sorpresa.

— Eso significa que logré mi propósito-, exclamó no sin un dejo de orgullo.

— Trascender a través de los siglos con un cuadro nacido de sus manos-, intenté

— No me refiero a eso, sino al hecho de que estés aquí. El efecto de las miradas en los ángulos perfectos. Geometría de las líneas y profundidad metafísica.

— No entiendo-, exclamé mientras observaba el bosquejo del cuadro, con especial atención a la puerta de atrás que, de pronto, se abrió y aparecieron unos guardias.

— Hora de irse, vienen por ti-, adelantó el Maestro con sonrisa enigmá

En efecto, los guardias armados con lanza y pesadas armaduras se acercaron con paso firme.

— No es necesario obligarlo. Se irá por su propio pié-, ordenó de pronto el rey. Su voz me pareció profunda y sonora, como salida de un abismo. Los guardias se retiraron sin dar la espalda, haciendo reverencias, mientras el Maestro me tomó del brazo y me acompañó hasta la puerta de atrá Antes de regresar a su lienzo sentenció:

— Estás aquí por las coordenadas y sombras del camino sin final. Eres apenas un destello en el universo, coincidiendo en la luminosidad del cuadro. Así como viajaste aquí, podrás estar en los rincones más oscuros y alejados de tu existencia. Por eso estás aquí. Sólo para eso.

Luego abrió la puerta del fondo y en el umbral, me despidió con una palmada al hombro y las palabras que aún resuenan en mi cabeza:

— Regresa cuando quieras. Y no cierres la puerta. Déjala entreabierta para dar luz al fondo y develar el espejo. Y para iluminar el camino secreto.

 

 

 

Dr. José de la Torre Alcocer. Nació en 1950 en San Luis Potosí. Médico y Catedrático e investigador UAA. Jefe del depto. de Cirugía Hospital Universitario UAA. Miembro de talleres literarios en Aguascalientes: ICA, UAA, La Cofradía. Editor Fundador de la Revista Lux Médica de la UAA. Autor de los libros Ajuste de cuentos y Reajuste de cuentos, colección Contemporáneos ICA.