Historia de la digitalización de los (poco) sentidos. II.- Tacto. Autor: El Extranjero

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia de la digitalización de los (poco) sentidos

 

El Extranjero

 

 

II - Tacto

 

“Con tanto tacto, tanto contacto”

 

Tokyashi Umawha se sorprendió con la vista clavada en la imagen del joven conversando. Debía tener unos 17 o 18 años, no mucho más que Filamea, su hermana. Su jefe continuaba hablando de la judicialización de la causa, de la inexistencia de derechos de contacto, de lo novedoso del asunto, en definitiva. “No hay nada de novedoso en los secuestros y asesinatos”, pensó Tokyashi con amargura. Miró hacia el hall de la Estación Central de Policía de Tokyo, donde el ajetreo era permanente. Decenas de personas se movían con celeridad, con propósito claro y bien definido, como en un hormiguero. Hacia afuera, la ventana daba al centro de la inmensa ciudad, y se sintió trasladado de la metáfora a la premonición. Desechó la angustia que produce mirar hacia la inmensidad volviendo a focalizarse en el joven.

En la imagen se lo veía sonriente, yendo y viniendo entre sus amigos, ocasionalmente mirando hacia la cámara. Hacía dos semanas que había desaparecido, y no había trazas que pudieran orientar hacia su paradero. No era la primera ocasión este invierno. Ya eran 10 las personas asesinadas de este modo, primero desaparecidas y luego apareciendo sin vida, y aún no tenían ni la más pálida idea de quién era el autor de los crímenes ni del motivo. Los cuerpos inertes no arrojaban pista alguna sobre la causa de muerte, excepto al decir del forense “Murieron con mucho dolor, eso es lo único que puedo concluir”.

Sospechaban de alguna secta absurda, cultos oscuros que se alimentan de la enfermedad moral de una humanidad en declive. Hacía tiempo que se daban situaciones así en los Estados Unidos, antes “el país de la libertad” y hoy “el país de la decadencia”. Primero empezaron con las matanzas arbitrarias en escuelas y liceos, luego con asesinatos más excéntricos y bizarros, con el objeto de alcanzar una fama efímera y pasajera que duraría lo que la cacería. No importa si la notoriedad se alcanza a través del odio generalizado de la sociedad, si para ellos todos somos animales, todos somos odio y podredumbre, y estos fanáticos sólo buscaban llevar al límite esta condición (in)humana. “Animales”, pensó Tokyashi, “nunca un animal realizaría estas acciones demenciales. Ni el tigre cebado, ni el jabalí enfurecido, ni la serpiente astuta serían capaces de semejantes atrocidades. Es todo lo opuesto, somos demasiado humanos en todo caso, y hemos perdido esa cuota animal que nos llevaba al balance con nuestro entorno.”

Dos semanas, 14 días, desde que el joven se había esfumado. Tokyashi agarró su campera y se dirigió a la salida “Vamos a dar una vuelta”, le dijo con autoridad a su compañero. “Si usted dice, compa”. Maromo Campañas era un buen agente, pero falto de iniciativa. Sin embargo, le hacía compañía y le cubría las espaldas, que es más de lo que se puede pedir generalmente. Además, poder hablar ayuda a pensar, y si bien a Maromo se le escapaba la tortuga ocasionalmente, era buen escucha y tenía una intuición muy aguda para detectar peligros, mentiras, ubicarse, o simplemente quedarse callado, todas virtudes en el rubro.

Entraron a la oficina de seguridad del aeropuerto de Haneda luego de intercambiar formalidades con los guardias. El Inspector General de Seguridad era un hombre rechoncho, con esas pintas que dan una impresión de desgana, de mínimo esfuerzo. Tokyashi lo puso al corriente de las personas desaparecidas. Ningún sensor había detectado rastro alguno, ni las cámaras, ni las firmas oloras de las personas, nada. Se fueron de allí con más dudas que respuestas, y lo mismo aconteció en el puerto. De hecho en todo el invierno no habían detectado ningún movimiento extraño, lo que hablaba o bien de la eficiencia de los nuevos sistemas de detección aromática, o bien de una ausencia de criminalidad que no parecía coincidir con lo que se percibía en la ciudad, o bien de un cambio de técnica de parte de los criminales. Sentados en el auto, mientras Maromo se armaba un tabaco con parsimonia, Tokyashi se impacientaba.

—No sabemos nada. No tenemos idea de quienes pueden estar atrás de esto. No parece el clásico caso de ajuste de cuentas. O al menos, no lleva la firma de ninguna de las familias. Tampoco están pidiendo rescates, al menos si le creemos a las familias de las víctimas.

—Eso tampoco lo sabemos, apuntó impasible Maromo. Bien podrían haberse sumado nuevos jugadores, sin firma ni consideración por las tradiciones del mundo criminal nipón.

—Si bien eso es cierto, los detectores de fragancia del mundo entero están conectados centralmente. Si las víctimas fueron trasladadas en zonas urbanas, los detectores nos indicarían su presencia.

—A menos que estén guardados en un contenedor de zoquetes sucios, volvió a la carga Maromo. No se convencía fácil, y era cierto que algunos sensores podían fallar en entornos muy perfumados.

—En ese caso no tenemos que descartar que aún se encuentren en Tokyo, o en alguna ciudad nipona.

 

El silencio reinante sólo se veía interrumpido por las suaves bocanadas de humo que desprendía Campañas al fumar, o por el paso ocasional de algún automóvil a combustión que todavía quedaba, como contrariando el paso del tiempo.

—Si se trata de un culto, eventualmente deberían realizar una demostración pública de su existencia, invitar adeptos, o mostrarse en algún tugurio oscuro. Si se trata de un negocio, eventualmente deberían difundir sus servicios en al menos algún círculo. Necesitamos saber de qué se trata, y para eso no veo alternativa que trabajar con nuestros deudores.

—Esos tipos no son de fiar - repuso Maromo, que a todo tenía una respuesta, aunque en este caso era más una queja que un pero.

 

Se dirigieron hasta el Bar Konami, donde sabían que se cruzarían con Ojos Rojos Mordick. Ojos Rojos había sido uno de los últimos ladrones de autos de Tokyo, y era un poco una leyenda por esa época. Ya no valía la pena robar autos, con el tiempo y esfuerzo por anular sensores, destrabar cerraduras y escapar de la vigilancia uno podía comprarse un auto nuevo en perfectas condiciones. Como buen rufián de notoriedad, Ojos Rojos había cumplido su pena. Pocos sabían sin embargo que este maleante despreciaba a los demás criminales. La “expropiación de autos”, como la llamaba Mordick, era inofensiva: cuando mejor funcionaba era cuando el auto estaba asegurado y ningún ser humano resultaba directamente perjudicado. No tenía apego alguno por el mundo del crimen, excepto cuando de endrogarse y apostar se trataba. Por eso sabían que estaría en el Bar Konami, en que ese día se apostaba para las carreras de caballos. Quedaban pocas carreras de animales, y un malhechor old school como Ojos Rojos no faltaría a la cita.

Entraron y se sentaron en una mesa separada, contra una esquina, con vistas a la barra y a las dos entradas. Maromo se sentía a sus anchas, siendo un gran aficionado a las carreras, pero Tokyashi no paraba de retorcerse los dedos y morderse los labios.

—¡Ahí lo ví!, dijo Maromo como si se tratase de una competencia.

—Ese viejo borracho no falla…

—¿Vamo’ a apretarlo?

—Pará, achicá un poco a que apueste y se embriague. Con alcohol en sangre la lengua se suelta, y el borracho siempre dice la verdad.

—Siempre es demasiado, apuntó con su habitual aplomo Maromo.

Al cabo de un par de horas de discreta observación, se acercaron por ambos lados a Ojos Rojos, que cuando quiso acordarse se hallaba acorralado contra una esquina de la barra.

—Bueno “Ojitos”, qué andamo?

—Buenas Señor Campañas, ¿cómo dice que le va? - Mordick no aparentaba nervios, pero se le veía incómodo con el encuentro en su lugar de confianza.

—Acompañanos para afuera que tenemos unas dudas. No te hagas el loco que te tenemos bien fichado, dijo Takyashi señalando su anillo. En el anillo se hallaba un microprocesador conectado al Archivo Centralizado de Ubicación y Detección. Todos los ex reos portaban un chip que transmitía su ubicación permanentemente.

—Ya sé, tranquila Umawha. Vamos sí mejor, que acá me dejan pegado.

Salieron, y sutiles forcejeos mediante, lo subieron al auto. Maromo arrancó en una ruta imaginaria que se había trazado, conversar mientras manejaba le aclaraba las ideas. A Takyashi eso no le importaba, y además sabía que el interrogado se pondría más nervioso en un paseo de incertidumbres.

—¿Te acordás de esa reducción de pena que canjeaste?, preguntó ella con severidad.

—Sí, claro que me acuerdo. Igual y para que no se me alteren, los sensores con los que me quisieron amedrentar no funcionan.

—¿Cómo?

—Hecha la ley, y hecha la trampa. No se imaginarán que es un desafío truchar esos mecanismos tan básicos. Igual, quédense tranquilos, no somos muchos los que podemos hacerlo, y aún menos los que pueden pagarlo. - los trataba con mayor confianza, tuteándolos como si fueran viejos conocidos. Esto molestó a Maromo, que frenando al auto en seco se bajó, abrió la puerta trasera y le encajó una piña en la cara. Ojos Rojos no chilló, pero se lo veía golpeado por fuera y por dentro. Takyashi no se sentía muy cómoda con esas prácticas, pero estaban recomendadas por la ley de procedimiento policial y no puso objeciones.

—Nos están faltando personas. Desaparecen y luego aparecen sin vida, sin solicitudes de rescate ni aparentes motivos de ajustes de cuenta. Ahora mismo hay una persona en esa situación. ¿Qué nos podés decir viejo? Vos no los querés a estos tránsfugas, hacé algo bien una vez en tu vida y danos algún dato. Están completamente fuera de nuestros radares…

—Han perdido práctica con esto de los sensores. Antes un buen inspector no contaba más que con su instinto y su pistola. Ahora si no es usando un par de algoritmos no valen un peso.

—Viejo, me estás haciendo chupar. Ahorrate tus comentarios o vuelvo a visitarte, amenazó Maromo.

—Pará un poco Campañas, no seas así. Mirá que me callo y no me sacan nada, yo ya cumplí mis deudas.

—Las deudas son para siempre, o qué, sos bueno por un rato ahora?

Las deudas eran compromisos de por vida de colaboración forzosa con la policía. Quienes se rehusaban a cumplir aunque fuera en la más mínima solicitud eran reenviados a la cárcel, y esta vez con cadena perpetua. Podía parecer exagerado, pero ayudaba mucho tener una pata deudora en el submundo de las fechorías.

 

—A ver Mordick, dejemos de jugar. Aquí están matando personas, y estoy seguro que vos desprecias tanto o más a los responsables que cualquier institución estatal. ¿Qué sabés? ¿Cómo se los están llevando? ¿A dónde?

—Uhm… No sé demasiado, pero me han llegado rumores. Hay quienes dicen que los Yumiza han movido plata en cantidades inauditas últimamente. Se corrió la bola de que estaban juntando inversores para un gran proyecto, algo que revolucionaría la forma en que concebimos las relaciones sexuales. Yo no sé mucho más que eso. Pero ojo, tengo entendido que el resto de las familias estaba muy preocupada al respecto.

Era bien sabido que la “familia” Yumiza eran unos de los dueños de la industria pornográfica del Pacífico. En esos tiempos, la pornografía generaba más ingresos que las más grandes farmacéuticas, y que el tráfico ilícito de estupefacientes o de armas. Se estimaba que el 83% de los adultos estaban suscritos a por lo menos un canal de venta de servicios sexuales, a pesar, o como causa, de una notoria baja de la fecundidad y una paulatina pero notoria disminución poblacional. “Vamos a terminar siendo todos tremendos pajeros, lo cual está bueno para ir preparando al último que quede vivo”, solía bromear Maromo. Ese era su tipo de humor, el que no tenía gracia y pintaba un paisaje sombrío sobre la humanidad.

—¿Pero qué querés decir con eso?, Takyashi no conectaba los puntos. No terminaba de entender qué carajo podrían estar haciendo con los chicos.

—Solo les digo lo que sé, de lo que no sé no puedo decirles nada. Pero si me tocara a mí salvar a esos nenes, buscaría por ahí.

Lo bajaron del auto y rumbearon para la estación central.

 

Luego de una jornada agotadora, Takyashi llegó a su hogar. Vivía sola, y no es una mera expresión, sino que vivía en soledad. La heladera, con una botella de agua por la mitad y un par de barras de cereales por único contenido, daba testimonio de dejadez.

Comiendo una sopa y mirando el noticiero sin demasiada atención, Takyashi fue cayendo en un sopor extraño. Soñó con peligros, con serpientes y con agua, un océano bajo sus pies, en el que se hundía, y solamente podía asirse de una cosa: la cola de la serpiente. Pero cuando tomó la cola de la serpiente, esta se dió vuelta y la quiso morder. Soltarse, largar presa, y hundirse en el abismo. Se despertó sobresaltada de madrugada, un sudor frío pegando las sábanas contra su cuerpo tembloroso.

Se dirigió a la pantalla buscando la compañía del sonido y la imagen. Al cabo de un rato, decidió masturbarse. “Por qué no?”, era la pregunta inevitable que todo lo justifica. Eligió abrir 3 o 4 servicios a la vez de entre las opciones disponibles, y comenzó a buscarse el placer. Pero su mente no estaba en el juego. “¿Cuándo fue la última vez que te masturbaste con tu imaginación?” sentía la pregunta. No lo recordaba. “¿Cuando era casi una niña? ¿Al principio?” pensó con amargura. Ese pensamiento alcanzó para deprimirla al punto de no querer seguir. Bastó de este ritual insípido: las ganas de compañía no se engañarían esa noche.

Volvió a dormirse, esta vez soñando con que dos personas ingresaban a su cuarto y mantenían relaciones sexuales. Al principio con alegría, siendo que era producto de su imaginación, y era bueno que funcionara la imaginación, ese bien tan escaso, pero pronto con terror, dado que ahora estaban las tres paradas sobre el océano, y ya no había serpientes, sólo se hundían.

 

Estuvieron 3 días siguiendo los rastros de la familia Yumiza. Los siguieron, observaron, escucharon, y aún sin pistas sobre la desaparición, ni sobre los asesinatos previos. Pero sí, sin dudas algo grande se traían entre manos, puesto que los vieron recorrer la ciudad entera en reuniones con los cabecillas de las demás familias.

Ahora estaban en el auto, esperando a que el joven Juhiro Yumiza, uno de los más prominentes líderes de la familia, saliera de una casa a la que había entrado hacía un par de horas. Juhiro parecía haber asumido un rol más importante en este último tiempo, tal vez le tocaría ser el futuro cabeza de familia, siendo que su tío Badivata Yumiza ya estaba viejo.

Juhiro salió con paso apurado, acompañado de sus matones, a quienes instruyó durante unos minutos. Luego se desbandaron, tres para un lado, dos para el otro. “¿A quién seguimos?” pregunta Maromo. Él estaba acostumbrado a que este tipo de decisiones las tomara Takyashi. “Sigamos a los peleles”, dijo Takyashi, “capturamos a alguno y lo interrogamos, no podemos seguir esperando”.

Siguieron al Honda gris recorriendo la ciudad, los vieron comprar cigarros y cerveza, visitando casas de servicios sexuales y distintos antros, hasta que desembocaron en los Laboratorios de Percepción Alterada de Atari. Los ven entrar con total confianza a la zona restringida de Tecnologías Experimentales. “La cosa se empieza a poner interesante“, dijo Takyashi, “vamos a entrar a ver qué se traen entre manos estos pánfilos”.

El seguridad los miraba con desconfianza hasta que los sensores señalaron su estatus. “Buen día oficiales, cómo los ayudo?” gruñó el guardia, entre sorprendido y nervioso. Los dejó pasar a regañadientes luego de intercambiar credenciales, y mientras ingresaban al edificio Maromo lo observó realizar una llamada. “Esto no me gusta nada”, le advirtió a su compañera. “¿Tenés miedo de un par de científicos?” espetó Takyashi. No había dormido bien, y su humor se correspondía con su sueño.

 

Pasillos y oficinas, hormigas para acá y para allá, los Laboratorios de Atari se encontraban movidos ese día. Alcanzaron a ver que los bribones doblaban en aquella esquina, y tomaban por ese otro pasillo. Los vieron entrar con total confianza en una oficina grande, y al acercarse leyeron “Futuro Omaji, Director del Departamento de Tecnologías Sensoriales Experimentales”.

Entraron sin golpear, y antes de que los presentes se dieran cuenta se hallaban contra la pared apuntados por las armas de nuestros protagonistas. Había tres personas, los dos matones y quien suponían era Futuro Omaji. De aspecto señorial, Omaji parecía sacado de un cuento de samurais con su larga barba y su kimono ceremonial usado al estilo del siglo XVII. No se había inmutado, aunque se lo veía fruncir el ceño ante el atropello.

“No tienen autoridad para ingresar de esta manera”, dijo convencido. “Sacános,” repuso con parsimonia Maromo, “pero de mientras tenemos alguna cosita que conversar con tus amigos”. Si de una competencia de aplomo se trataba, Maromo era mandado a hacer.

Maniataron a los esbirros mientras vigilaban al veterano, que permanecía en su escritorio como distraído. Ninguno de los maleantes contestaba preguntas, claro, para eso les pagaban y de eso vivían. Cualquier amenaza, incluso una condena perpetua en la cárcel, parecía palidecer frente al terror que se leía en sus ojos con la mera mención de una posible traición.

“Estos tipos no nos van a decir nada” repuso Maromo. Ya estaba comenzando a desesperarse, él que era tan tranquilo generalmente.

—Doctor Omaji, tal vez usted pueda ayudarnos. - Umawha acompañó la pregunta de una mirada inquisidora.

—Oficiales, no sé de qué me están hablando.

—Dele, Profesor, no se haga el difícil - insistió Maromo con gesto amenazador, mientras le encajaba otro puñetazo a uno de los capturados.

—Les repito oficiales, no sé de qué me están hablando, y sin antecedentes no pueden darme el amable trato que le están propinando a mis invitados.

—La ley nos da carta libre en esta. Podemos hacer lo que querramos. Ahora, podemos hacerlo por las buenas, o podemos llevarlos a los tres al cuarto de interrogaciones.

—Esas amenazas triviales y volátiles. La ley no debería darle tanto poder a humanos corruptos como ustedes. Andan con sus armas y sus identificaciones, pensando que pueden prepotear a cualquiera.

—Estamos investigando una secuencia de 10, tal vez 11 asesinatos. Creéme que la ley no nos estaría importando tanto. Sabés que a estos dos los van a tratar lindo allá abajo, en el subsuelo de la estación, y tarde o temprano, van a hablar.

Silencio. Luego, un rápido y casi impercebtile “Sí, supongo que lo sé.” y apagón de luces. Cuando Takyashi las volvió a prender, vieron al Director atravesando a las corridas el cuarto de al lado. Rápidos como flechas, se tiraron a su paso, buscando alcanzarlo antes de que desapareciera por algún intrincado corredor. Pero de pronto, el piso comenzó a transformarse en agua, y un dolor punzante los invadió. Paralizados, con los nervios a flor de piel, retorciéndose en el piso, no se escuchaba en la habitación más que el jadeo agitado de los dos agentes y los amortiguados sonidos de sus contorsiones sobre la alfombra.

—No les convenía venir a visitarnos, agentes. La situación estaba controlada, ya no iba a haber más muertes. Pero necesitábamos algunas personas para afinar el lápiz. Ahora ven que el mecanismo funciona a la perfección… Estoy controlando absolutamente todo lo que sienten. Cada uno de sus receptores nerviosos está recibiendo la presión de ondas según mi diseño. Ahora, ¡se hundirán en el abismo! Espero que disfruten de esta experiencia, son los primeros en el mundo en vivir la realidad virtual a este nivel.

La sensación de vacío. Nada, no hay contacto con ningún objeto, ni con viento, ni con aire, ni con sus propios cuerpos. Movían las manos y bailaban sobre la alfombra, buscando una vieja sensación conocida, la sensación de tocar, de sentir algo, si no es redundante. Takyashi sabía que estaba apoyada sobre el piso, y sabía que movía sus manos, que estaba apoyándose en su compañero, y que este también pisaba suelo firme, pero nada, no sentía nada. “Qué carajo?” se preguntó, y rápida, se contestó “estos hijos de puta los estaban usando de cobayos, y ahora nos toca a nosotros”. La inmovilidad, que no era real pero así parecía, puesto que ningún movimiento implicaba cambio sensorial alguno, le brindó cierta tranquilidad a la mente de la agente. Maromo seguía sin poner pie en el estribo, y miraba a sus manos moverse como si fueran objetos extraños. Y de nuevo ese dolor punzante, y ahora a retorcerse en el piso, a sentir partes del cuerpo que nunca habían sentido, calor y quemarse, frío y quemarse, un apretón aquí y un desgarro allá. Se miraban las manos y los pies, los veían sanos, se sentían engañados por alguna ilusión óptica: no había forma de que ese dolor fuera falso.

—Se preguntarán qué estamos haciendo…- el veterano hablaba con tranquilidad, con perfecto control de la situación. - Hace años que venimos buscando la forma de estimular el aparato sensorial de forma tal de recrear el tacto en todas sus formas. Desde el placer hasta el dolor, desde la sensación de agarre hasta la de libertad, desde sólidos hasta líquidos, desde los granos de arena en una playa hasta el pasto que pisa alguien en otro lugar del mundo. Pero la Academia, esa presuntuosa institución llena de burócratas, seguía limitando la utilización de las técnicas que brindaban mejores resultados, con los típicos argumentos conservadores: “hay que mantener la ética, la liberación de esta tecnología podría generar daños inimaginables si no se limita”. Pero no se puede frenar al avance de la ciencia, que es implacable. Si queremos reproducir el tacto con libertad, entonces será para usarlo, y sus usos serán libres. Ya sea para generar placer o dolor. En todo caso, para generar ganancias para nosotros. Esos juegos en línea con asesinatos en tiempo real serán la bomba. La venta de servicios sexuales con contacto incluido será otra pequeña fortuna. Y las miles de pequeñas aplicaciones que la gente encontrará, pero para lo que nos pagarán tributo.

Takyashi casi no podía escucharlo. Toda su concentración se redujo al mínimo, y un instinto de supervivencia iba ganando terreno, anulando terminaciones nerviosas. “Se estarán destrozando mis nervios, o mi cerebro logró apagar los sensores?” alcanzaba a saber que la pregunta se formulaba lentamente en su cabeza. De a poco, empezaba a retomar cierto control. Observó hacia el costado con el rabillo del ojo, no pudiendo moverse mucho, y vió un brillo conocido en los ojos de Maromo Campañas. Ese tipo estaba mandado a hacer para resistir dolor, aunque los momentos de salto al vacío lo perturbaban más que a ella. El Profesor subestimaba la capacidad de soportar dolor intenso del ser humano, y esa arrogancia le costaría caro. Veloz como una serpiente, Maromo sacó su pistola y disparó. El rayo tubular salió luminoso contra la puerta en que estaba Futuro Omaji, ocasionando una pequeña explosión. Si bien dió al costado contra la pared, de alguna forma logró romper el sistema de control de ondas que utilizaba el Profesor, que escapaba raudo por el corredor.

Al fin libres, cayeron agotados sobre el piso. El firme, sólido, anhelado piso. Durante unos instantes nadie habló. Luego, despacio, fueron parándose y acomodando sus cuerpos al lugar, a las sensaciones extrañadas. A medida que iba recuperando el sentido del tacto, el propio al menos, Takyashi se preguntaba si no se le habrían roto partes del sistema nervioso. Todavía temblaba, pero no sentía el temblor.

Llevaron a los agentes a la estación, aunque sabían que no servirían de mucho. Luego de poner al tanto a sus jefes, se organizó la cacería. Llamaron a científicos de todo el mundo para advertirles de la situación, y pedir consejo, dado que estaban tratando con tecnologías que aún no conocían y menos aún comprendían.

Al parecer, los sistemas de estimulación que utilizaba Futuro Omaji eran la sumatoria y combinación de vibraciones y ondas, cada una y todas en sintonía perfecta para lograr la reacción deseada en el nervio designado. Eso hasta ahora sólo se había testeado en pequeñas cajas en las que uno colocaba la mano, esperando el efecto de los propulsores de ondas colocados sobre las paredes. Omaji lo había llevado al siguiente nivel, debiendo asociarse con los negocios oscuros del submundo japonés de la pornografía para obtener los fondos (y posteriormente, las ganancias). Ese siguiente nivel era el disponer de un cuarto completamente recubierto de emisores, que pudiera ya sea ser controlado externamente, como combinado con otro cuarto de iguales características. Entre ambos espacios podrían convivir con perfecta sensación de compañía dos personas, viendo lo mismo, oliendo lo mismo, escuchando lo mismo, y sintiendo los mismos contactos. Ideal para la venta de servicios sexuales a distancia, eliminando el movimiento de personas, que cada vez resultaba más difícil y costosa.

No fue difícil desarmar el operativo una vez que supieron esto. El generador de ondas exigía mucha energía, y los veloces cambios de densidad de ondas eran fáciles de detectar. Capturaron al Profesor, a su personal de confianza y a los principales miembros de la familia Yumiza. El Profesor, profundamente herido en su orgullo pero todavía sin tener mucha idea de la vida, en lugar de negar lo actuado realizó una diatriba contra las limitaciones a la ciencia, reivindicando sus grandes logros. A los dos días apareció muerto en su celda. “Lo suicidaron”  comentó con sarcasmo Maromo Campañas, concluyendo el caso.

Takyashi llegó más aliviada a su casa. Estaba de humor potable, casi bien, y por primera vez en diez días se sentía bien físicamente. Se sentó frente a la pantalla a no mirar noticias, mientras que el tiempo pasaba y su comida se hacía en el horno y se condimentaba con la aplicación de aromatización automática. Había elegido pollo al curry con puré, y le había tirado un puñado de sal a la sustancia homogénea que pronto le haría de cena.

“El Comité Ético Científico ratificó el día de hoy su resolución nro. 215 173 del pasado Viernes, que habilita a la comercialización de avances cientifico-técnicos en el marco de la reproducción sensorial del tacto, atento al respeto de los permisos 657 y 658 de regulación de los derechos sensoriales. El Presidente de la Academia Internacional de Ciencias dijo que la legalización prevendrá la mala praxis y permitirá un control más estricto sobre las tecnologías disponibles por parte de la población civil.”

En la tanda continua, un reclame de pornografía promocionó la sensación de tacto en su servicio de sexo a distancia. Una propaganda de juegos bélicos ofrecía la sensación de dolor por un pequeño precio. “Podrán haber matado al hombre, pero no al negocio” pensó con amargura.

 

 

 

 

El Extranjero nació unos días antes de que cayera el muro de Berlín, en un lugar lejano del Norte. A los pocos años se mudó (o lo mudó su familia) al Sur, a un país chiquito pero grande como es Uruguay. Estudió ingeniería y da clases en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República. Por ser indeciso, sigue estudiando, ahora un posgrado, lo que unido a la docencia termina resultando en "hacer deberes" como forma de vida. Sin tener grandes pretensiones, escribe algunas de las locuras que lo asaltan en estos tiempos de distancia y soledad, ocasionalmente vinculadas a su área de estudio. Agradece los aportes anónimos realizados a altas horas de la noche en los bares de Montevideo, y entiende que su creación es entonces el pulido grupal de ideas (si acaso) individuales.

 

 

 

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