El rastro de la mariposa, un cuento de Eunice Odio

 

 

El rastro de la mariposa

 

Eunice Odio

 

-Teóricamente es posible – dijo Hans y cruzó el aposento agitándose de una manera indemostrable. Sonó un fuerte gloouuuu. Rafael miró el tubo de vidrio en forma de paraguas invertido, conectado a otros cuerpos vítreos, burbujeantes.

Hans se ajustó el cinturón sobre la túnica inmaculada; se acercó al laboratorio, reguló la válvula de vapor que escapaba en cantidades mínimas; fue hacia un rincón iluminado con luz que parecía no tener origen; abrió la puertecilla de la alacena empotrada en el muro; sacó un frasco de cristal y sirvió dos vasos de un líquido violeta.

-Tu elixir negro -musitó Hans con tono de creyente en oración, y alargó el vaso al pintor.

En vez de tomarlo, Rafael se puso en pie y miró con intensidad el líquido que Hans le ofrecía y que, al quedar expuesto a la luz, cambiaba adquiriendo un tono negro aceituna. Acercó los ojos a la superficie del vaso lleno, envuelta en llamas ondulantes de plata mercurial que volaban, de algún modo impalpables y, sin embargo, visibles en dimensiones mayores que su extraña esfera de acción. Su mirada pasó, involuntariamente, de las ondas de mercurio flamígero a la mano que sostenía el vaso. Sintió vértigo, al ver que la mano estaba interiormente alentada por la misma llama de mercurio, gaseoso y ondulante… ¿O todo era una ilusión? ¿No ardía el mercurio en las células de aquella mano? A su pesar alzó los ojos y encontró los de Hans.

Había en ellos una febrilidad mucho más intensa que la habitual. Y también… ¿O era otra ilusión?… El deseo de dar una respuesta. Pero Rafael nunca preguntaba nada. Ávidamente tomó el vaso, mientras la hoguera fría de la superficie crecía, y las llamas se fugaban, tomaban la forma de espiral, y se disolvían al contacto con el espacio de afuera.

Aunque tantas veces había sido testigo de esto que llamaba paisaje humano, nunca ante él dejaba de sentirse en un estado que no podía nombrar. Y pese a que innumerables veces había recibido aquella dádiva única, nunca antes había notado que, en la proximidad de la onda mercurial, la mano del sabio rebasara los límites corporales. ¿En presencia de quién, de qué estaba? ¿Cuántas veces se había hecho la misma pregunta?

En el fondo del vaso persistía una chispa de plata. Después de algunos instantes se apagó. Entonces apuró el primer sorbo. Conoció de nuevo aquel sabor que parecía deleitar a todas sus células, como si se convirtieran en cuerpos con órganos gustativos, encadenados en una misma atracción sensorial. Paladeaba poco a poco y se embriagaba, con una embriaguez que nada tenía en común con la del vino, y sí con la que podía llamarse suprema energía de la conciencia. Pero no estaba solo ni con Hans. Junto con él, sentidas por él, sintiéndolo como contenido y no como continente, se embriagaban sus células, en ese gran delirio lúcido de la conciencia. Y de pronto cesó, tan súbitamente como se sale de un trance hipnótico sin dejar ni el menor rastro. ¿Cuánto duraba? Nunca supo la duración de ese estado indescifrable, por más que le hubiera sido fácil medirla (¿lo había sido, en verdad?), con sólo mirar su reloj en la muñeca. Pero no quería saber nada… Me repugnaba saber. Se me retrasarían los sentidos si pensara en la duración de una flor en lugar de mirarla.

-Teóricamente es posible -repitió Hans.

Es una idea fija -se dijo Rafael, irritado y fascinado a la vez. Levantó los ojos del gran topacio que reverberaba en el meñique izquierdo de Hans. Hans lo estaba mirando fijamente con aquellos ojos atigrados de lo que acecha sin saberlo.

-Lo mismo han querido otros, antes que tú -dijo Rafael. Crear un organismo viviente en toda si prodigiosa complejidad, desde la célula más simple hasta la de mayor complicación estructural, ha sido el sueño de una legión. Pero hasta ahora, lo único que han hecho es romperse las alas…

-Hasta ahora -interrumpió Hans levantando la voz- no lo han conseguido porque trabajan con instrumentos tan complicados como groseros… Y porque su saber es fragmentario. Para averiguar el secreto de la danza ritual a que se entregan las cromatinas, antes de la división celular, no basta un microscopio supe electrónico; no son suficientes sus bases teóricas y sus burdos colorantes. Para todo eso y otras cosas, hacen falta colorantes que hayan pasado por un proceso de ultra refinamiento continuo.

-Te refieres al método de refinamiento alquímico.

-¿Y a qué otra cosa podría referirme? ¡Claro que sí, hombre! La diferencia que hay entre los otros y yo, es que ellos trabajan con substancias, y yo con la substancia. ¡Microscopio ultra electrónico! ¡Y pensar que la existencia de ese chisme bastante inútil los asfixia de orgullo! ¡Pobre Dr. Nirenberg! ¡Créeme que casi me duelen las “hazañas” del pobrecito Dr. Pelo! No. No mi querido amigo. Para contemplar la sutileza intrínseca y, lo que es más importante, la fuerza secreta de la molécula de DNA, se requiere un aparato que funcione con fuerzas inmensas sutilizadas. ¿Me entiendes? Busquemos las cosas con los instrumentos adecuados. ¿Verdad que para examinar la diminuta marca de una cucharita de plata, utilizas una lupa potente y no el anteojo de un astígmata? Pero resulta que ellos buscan el ser, y aun su causa, con anteojos de larga vista.

-De acuerdo. O con palillos de dientes, convino Rafael y añadió: Pero, ¿qué es lo que te propones ahora? Preguntó porque parece que estas empeñado en decírmelo. Quiera o no quiera.

-¿No quieres oírme?

-Prefiero no oírte.

-Tienes que oírme… Y vas a oírme porque estás menos incomunicado que yo… porque tienes algún vínculo con algo… Porque hoy, precisamente hoy, necesito vincularme a todo trance… Porque necesito mostrar mi soberbia, no como un acto de contrición sino de humildad…

Hans hablaba con voz afónica, como siempre que lo subyugaba la emoción. Rafael, sacudido, se enderezó para escucharlo.

-¿Qué es lo que me propongo ahora?… Ahora… jm… ahora. Decir ahora es ignorarlo todo de mí… Pero no tienes la culpa. Yo mismo he vivido tantos siglos… que he olvidado mucho… ¡Ignoro ya tanto de mí!… Sí, no sabes. Nunca sabrás cuánto, porque hasta para mí eso tiene ya la categoría del misterio más profundo… Pero esto a nadie le interesa, ni siquiera a mí. Lo importante es que no sabría lo que sé si… Se necesita tiempo… Sí, sí, tiempo, querido, mucho tiempo…

Rafael miró aquella tez pálida pero fresca de Hans; su pelo renegrido y vivo; sus ojos de un joven de 40 años, atigrados y cambiantes como los de un iluminado. Por primera vez se sorprendió tomando en serio aquel frecuente decir de Hans: “¡He vivido tantos siglos!” Se preguntó una vez más a qué hora había acumulado este hombre tantos y tan complicados conocimientos. Aquello parecía milagroso. ¿Cómo se puede ser tan sabio a los cuarenta años? ¿Tenía Hans 40 años, 400 años, 1000 años? Sintió una necesidad de preguntar, rara en él; pero se contuvo. Tuvo conciencia de que Hans seguía su movimiento interior con los ojos que penetraban.

-¿Sabes otra razón para que tengas el honor y la obligación de oírme? Que no preguntas… Que puedes vivir en silencio y con deleite… Por eso eres uno de los pocos seres vivientes a quienes casi amo… Y admiro.

Hans sonrió. Rafael no pudo evitar, ante aquella sonrisa vista por primera vez (ahora se daba cuenta de que nunca había visto sonreír, ni menos reír al Dr. Hans Arnim) que lo invadiera algo indefinible. Porque Hans Arnim se transfiguró. Aquella sonrisa lo transformó en ángel caído, profundamente seductor y perseguidor, con algo o mucho de los ángeles que perseveraron. Era una revelación anonadante porque escondía otra: Este hombre debe haber amado alguna vez…

-Sí, escúchame bien – estaba diciendo Hans. Desde hace muchos, muchísimos años, busco el secreto de la mariposa… Quiero construir una, desde sus cimientos, hasta el punto límite de sus alas ¿Te causa estupefacción señor pintor, que no ambicione construir un hombre, célula por célula? ¿Te extraña que centre mi potencia y mi acto, en un ser aparentemente inferior al “gran rey de la creación”?

-No hay criaturas inferiores ni superiores. Sólo las hay distintas. La diferencia entre ellas reside sólo en grados de belleza.

-Exacto. Dicho precisamente: en la belleza de su esencia.

-Quieres ser igual a Dios.

-¿Y tú? -contestó Hans con otra pregunta, según su costumbre.

-En un tiempo busqué la iluminación -murmuró Rafael.

-¿Cuál es la diferencia?

-Tú apeteces el poder. Yo quise la integración de mi ser, infinitamente pequeño, en el Todo, infinitamente grande. Perseguí lo que tú, un día en la alquimia. Pero tú, por tu vía, no conseguirás lo que persigues. Yo por la mía, ya lo he conseguido.

-No me escuchas. Por eso desafías a un artista que no quiere y no puede aceptar el desafío.

-Permíteme ser pueril… ¿Quién que es no es pueril alguna vez?

-Eso no es puerilidad sino enajenación. Algo te ocurre, no raro sino extraordinario, para que monologues hasta el extremo de no ver que estoy empleando el verbo en pasado.

-¿No resolviste tu koan?

-No -dijo Rafael.

-¿Crees que lo harás?

-Creo que jamás lo resolveré. No soy ni nunca podré ser pintor zen. Siempre seré pintor a secas, inevitablemente pintor ante todo. Haga lo que haga, no logro desasirme del goce estético. Mi mente y mi espíritu no consiguen prenderse a la exaltación del koan, llamados por las apariciones de la belleza.

-¿Has renunciado?

-Sí -dijo Rafael sin amargura.

-¿Te duele?

-No, tengo la pintura. Por ese camino iré a alguna parte. Al fin se me abrirá una puerta, o varias; o ninguna; pero ese es mi camino y el que debo seguir… Mi error consistió en ir por el que no me pertenecía. Pero tal vez no fue un error, sino un movimiento necesario y previsto.

-¿Qué quieres decir?

-Durante dos años noté que cuanto más me internaba en la senda del koan, tanto más me ligaba al goce estético en sí, en vez de desligarme de él… hasta que me fundí con él en forma tal, que hemos llegado a ser una y la misma cosa… Yo… Un estado del alma, mientras sobre la tela hago nacer la animación que nunca cesa. Nada más quiero ni puedo ambicionar. El misterio del koan no me dijo el Nirvana, pero sí el centro de mi equilibrio en la tierra… Y presiento que algo más que tal vez nunca llegue a saber… Los designios del Altísimo son inescrutables.

-De modo que ahora eres solamente pintor -observó Hans recalcando los adverbios.

-Solamente pintor -dijo Rafael sonriendo con toda su cara fuerte y virginal, de un modo que a Hans le pareció burlón.

-¿Y no deseas más? -insistió Hans, sin querer darle importancia a la sonrisa burlona.

-No. Me conformo con goces más modestos. Creo que me he vuelto sumamente sabio. Quiero ser el prójimo de una libélula… O su par, cuando más. Pero nunca su padre material y espiritual. Estoy a salvo.

-¿A salvo de qué?

-No corro el riesgo de integrar la legión de los desesperados, que se quemaron las alas…

-Hans se arrojó. Su inmensa mano larga apresó la muñeca del pintor. Se miraron. Eran dos fuerzas poderosas que se repelían y atraían simultáneamente. La mano de Hans seguía apretando la muñeca del más que nunca enemigo.

-Escucha -dijo Hans-. ¿No sabes que todavía existe una multitud de moléculas desconocidas, y que yo conozco algunas de esas desconocidas moléculas? Y eso no es todo… Desde hace años las mentes científicas se preguntan, cómo se duplican los genes, miles de millones de veces, para poblar miles de millones de nuestras células… Y yo tengo la respuesta a esa extraordinaria pregunta… Sí, sí, querido mío… Yo la tengo… a ésa y a muchas otras… Por ejemplo, a una fundamental para la hechura de la mariposa.

Rafael se desasió del puño que rodeaba su muñeca como un torniquete; Hans se desabotonó el cuello de la túnica, mientras el sudor le escurría por la frente.

-Lo que sigue te lo diré en pocas palabras -dijo Hans, de pie frente al pintor, con los brazos cruzados sobre el pecho; los ojos ligeramente entrecerrados, como si quisiera concentrar su fuerza sobre Rafael.

-Lo que sigue es esto -prosiguió: como no ignoras, es la molécula maestra de DNA la que sabe cómo se hacen las uñas, el corazón, la piel y, en fin, todas las partes del organismo vivo; y es otra molécula proteínica, la de RNA, la que transmite a los ribosomas la información que le da la de DNA, para que fabriquen las proteínas de que se componen los organismos vivientes. También sabes que, hasta ahora, se ha ignorado el mecanismo molecular de informes, del DNA al RNA, y de éste a los ribosomas. Pues bien, ¿Te asombraría saber que lo he descubierto? ¿Te das cuenta de que quien sabe esto puede mucho?… Con esa clave en la mano, todo es un juego de niños… Sí, es puro juego de niños leer la cifra de aminoácidos, de una mariposa cuya especie se extinguió hace cinco mil años… ¡Criatura deliciosa! La encontré en un glaciar, hundida a poca profundidad… Buscaba otra cosa y la encontré a ella. Iba sólo y la encontré… y no lo que buscaba. Las alas transparentes, blancas, alargadas… De eso se trata… De… No, no imagines que quiero simplemente resucitarla… Se trata de hacer una copia de aquel animal que vivió hace miles de años… Hacer una de las que aún viven no tendría sentido… Por lo menos para mí… Esto no es todo lo que sé, pero que te baste… Por ahora. Sólo añadiré una última lección… ya sabes que lo que produce la luz de las luciérnagas es una enzima especial…. También sabes que, durante siglos, el hombre se ha preguntado por qué y cómo vuelan ciertos animales… He logrado descubrir que este fenómeno, como el de la luz fría de los insectos, también se debe a una enzima especial… Y que la diferencia entre las alas de un pájaro y las de una mariposa, por ejemplo, tiene su causa en variaciones de las disposiciones geométricas de substancias ultra puras… Si las ordenas en cierta forma, el resultado es un animal con alas de determinada especie. Es más… No sólo es ésa la clave de las alas, sino de la totalidad de criaturas vivientes. Cada parte de ellas también debe su función y su forma a determinadas disposiciones geométricas de la materia. La llamada “Cifra genética”, por medio de la cual se comunican y obran el DNA, el RNA y los ribosomas, sólo es número y geometría pura… Dejé la alquimia cuando había llegado al penúltimo escalón, porque no me interesaba su fin último sino sus medios… Y porque llegó a fascinarme el movimiento de todo ser vivo… la multiplicidad de movimientos que ocurren en cada ser viviente… el juego atómico, la agitación molecular… la célula capaz de realizar dos mil actos diferentes por minuto y en la cual, por lo tanto, el tiempo queda desintegrado por la velocidad y simultaneidad de la moción que ocurre dentro de nosotros, y que ni siquiera sospechamos… Ésta es mi obsesión… El movimiento elevado a regiones matemáticas con las que sólo es posible soñar, porque los números que las rigen son una ecuación suprema. ¿Comprendes ahora por qué fui a la bioquímica, a la fisicoquímica, a la biología molecular y a otras cosas igualmente seductoras…? Lo demás era natural y llegó solo. No me importan los años de sufrimiento porque ahora sé…

Hans se inclinó súbitamente y dijo en voz baja, más afónica ahora, acercando los labios al oído de Rafael, como si alguien más pudiera oírlo:

-Voy a mostrarte algo. Nada importaría que hablaras de lo que vas a ver, porque no te creerían. Ven.

Llegaron ante una inmensa puerta de hierro. En la gran habitación abovedada, revestida de un metal que Rafael no pudo identificar, sólo había, en el centro, un aparato de grandes dimensiones que parecía… ¿A qué se parecía? ¿Tal vez a una enorme cámara fotográfica?

Rafael no pudo averiguar a qué se asemejaba el objeto, porque Hans presionó un botón y todo quedó a la vista. Lo que absorbió la atención de Rafael no fue la materia de aspecto vítreo, en la que sumergidos, se balanceaban como mecidos por la brisa, sobre estructuras semejantes a torres de alta tensión, unos discos de consistencia nebulosa. Algo aun más notable le hizo clavar los ojos en un punto: el espejo redondo, vertical, con apariencia líquida, sostenido por dos esferas; y un rayo de luz reflejado dentro del espejo. Hans presionó otro botón y la escena cambió… Iluminada por el rayo, surgió una forma geométrica que se movía simétricamente, con un ritmo quántico, brotando descargas de luz blanca azulada.

-El átomo de carbono -explicó Hans-. La vida brotando de los electrones que forman su valencia… Estás mirando el átomo más poderoso de la tierra… La forma de donde nace la chispa vital… Verlo es contemplar el primer día de la creación. Detrás del espejo hay un laboratorio, donde realmente actúan varios átomos de carbono…

Rafael sintió vértigo al notar, súbitamente, que todo lo que miraba se había agrandado, hasta alcanzar proporciones enormes y llenar un espacio muchas veces mayor que el aposento donde se hallaban… Y que todas las formas contempladas se iluminaban con luz propia, dentro de una atmósfera negra y palpitante. Estremecido, volvió a fijar los ojos en el átomo centelleante que se movía dentro del espejo.

Regresaron al laboratorio mientras Rafael sentía que trastrabillaba por dentro, invadido por una sensación de náusea.

Se despidió sin palabras. Salió al aire fresco de la caída de la noche, como si por primera vez penetrara en el mundo aparente en que se mueven los hombres. Sintió extrañeza de cuanto lo rodeaba. Casi no reconoció el almendro que siempre había estado a la derecha de la casa de Hans… Lo identificó momentos después, pero no supo su significado. Le costó trabajo persuadirse de que el farol del alumbrado no era una alucinación; que tampoco lo era el perro colilargo y orejón, echado en medio de la acera, con las patas delanteras colocadas paralelamente, igual que una esfinge.
Los objetos y seres se habían sumergido en la irrealidad del más acá. Decidió ir a pie hasta su casa. Tal vez así hallaría algo a que asirse… Algo que lo devolviera al mundo bello y simple a que pertenecía; aquel mundo con un velo echado, que no deja ver el misterio. Era necesario que lo hallara antes de dar vuelta a la llave en la puerta de su casa. Sentía que si se dormía en ese estado de conocimiento de la irrealidad profunda de la realidad, no despertaría siendo el mismo. Torció en dirección contraria a su casa. Se detuvo frente a una vitrina de un anticuario. Desde el centro de la vitrina lo miraba un personaje de Bizancio enmarcado en oro; un rey de copas que, con su palma derecha, sostenía un orbe en el centro del cual había un triángulo, dentro del cual miraba un ojo, y que, con su izquierda sostenía otro orbe transparente, dentro del cual fulgía un cetro. Rematando la esfera resplandecía una corona. El rey de copas extendió ambas manos, mientras los dos orbes giraban vertiginosamente. El rey de copas bajó uno de sus párpados; después, bajó el otro párpado. Los dos párpados llegaron al suelo. Rafael miró al interior de la tienda. El anticuario lo estaba espiando con ojos amables y un poco turbios. Rafael huyó caminando despacio; después echó a correr sin parar.

Exhausto, se detuvo bajo un árbol de la gran avenida, bastante solitaria a esas horas. Se apoyó en el enorme tronco y lanzó una mirada en torno; temía que lo vieran en ese estado; pero pronto se tranquilizó; el árbol daba mucha sombra y el transeúnte más cercano era un vendedor de periódicos que no parecía interesado en venderlos. El Correo de la Tarde con las últimas noticias de la expedición al…

Rafael vio que el niño sujetaba una hebra de hilo con la cual arrastraba… ¿Qué era aquello que serpeaba por el suelo sujeto al extremo del hilo? Un montoncito de hilo. El niño interrumpió intempestivamente su pregón casi inaudible y murmuró dirigiéndose al montoncito de hilo: “Ya verás, mi caballo, ya verás cuando lleguemos a la isla mágica, con el árbol que canta, el pájaro que habla como nosotros y las frutas de perlas riquísimas que…”

Rafael miraba fascinado al niño que se alejaba con su caballo -montoncito de hilo. Se sintió devuelto a la tierra; a la alegría de no participar abiertamente en lo desconocido. Casi abrumado de gozo, se encaminó al parque. Allí, varios hombres discutían sobre las próximas elecciones. Se sorprendió al darse cuenta de que escuchaba con atención, el debate político que nunca le había interesado. Por primera vez, ese día, sintió que era un hombre como todos. Estaba casi asfixiado de alegría súbita. Quería abrazar y besar a todos aquellos hombres del ágora.

-Cómpreme los peces de colores -dijo la vocecita dejó un aro en el suelo y levantó la redoma.

-Dígame si no brillan -inquirió el niño levantando la redomilla de vidrio, para que brillara la luz del parque.

-Brillan mucho, y son hermosísimos. ¿De dónde vienen?

-De varios ríos y de un lugar llamado la India… que no existe -replicó el muchachito con la cara iluminada, ante la evolución de un lugar que no existe.

-No existe y por eso es maravilloso… y da peces de brillo y flores descomunales.

-¿Como de qué tamaño?

-Como del tamaño de la sombrilla de tu mamá.

-Mi mamá no tiene sombrilla, la única que si tiene es la señora de la floristería.

-Pues como del tamaño de la sombrilla de la señora de la floristería. -Rafael sacó un billete grande y nuevecito.

-Dame los peces de colores.

Rafael lo miró alejarse saltando y haciendo girar el aro. Soñó que había soñado que Hans lo transportaba a una atmósfera negra y palpitante. Despertó sobresaltado; volvió a sentirse enfermo, sin saber… pero no… Allí, sobre la mesa de dibujo, se agitaban los pececillos en la redoma. No había soñado.

Notó algo en su corazón… Como si hubiera aumentado de tamaño y le pesara. Estiró el brazo para tomar la bata. Sintió los huesos de ese modo! ¿De cuál modo? Rafael trató de analizar aquella sensación. ¿Le dolían los huesos? No. No le dolían. ¿Le complacían? No, tampoco. Simplemente estaban ahí… Y no eran el dolor o el placer los que le daban conciencia de ellos. ¿Qué era  entonces? Recordó que… Según creo era miércoles… No como desde el lunes… Tengo hiperestesia por ayuno… Eso es todo… ¡Que soy un necio!…
En el restaurante del parque, bastante solitario a esa hora, estaba la pareja de ancianos en la mesa de siempre. Ella muy dulce, con el gran lunar pintado en la mejilla y el sombrero alado para protegerse del sol. ¿O para qué era?

Tenía frío. Pidió vino tinto caliente. Notó que ya no sentía los huesos. Al saborear ese vino de la tierra, inocente y alegre, que nada decía a sus células, le pareció que era el mejor del mundo. Doctor Hans Arnim… Nunca volveré a tomar tu vino… Jamás desearé ese beneficio de duración efímera reservado a muy pocos… Te lo beberás con los demonios que te rondan, menos yo. Alzó el vaso, brindó con nadie o con el aire y dijo: ¡Salud! Notó que la ancianita lo miraba maliciosa a hurtadillas… Debe pensar que estoy loco… ¿Y qué? Yo también pienso que ella está loca.

El camarero esperaba. La verdad era que no tenía hambre.

-Tráigame cualquier cosa y el periódico.

Una mariposa azul pasó por el parque. Rafael apartó la mirada… ¡Otra vez Hans! -Se dijo irritado; pero un instante después la buscó a su pesar y la siguió absorto. De pronto le pareció que los pájaros y las flores… Que los árboles no eran árboles, sino metáforas de árboles que vivían muy lejos. El parque… El parque no estaba irreal en la forma acostumbrada. Los surtidores de la fuente cercana, ¿por qué sonaban distinta y separadamente, lo mismo que notas sincopadas?

Clavó los ojos en el periódico. La palabra le hizo el efecto de un rayo. Allí, en grandes letras, Hans. Desdobló el diario. Leyó: EXTRAÑA DESAPARICIÓN. La nota era breve. Decía:”Hoy, a eso de las tres de la madrugada, los vecinos del Dr. Hans Arnim fueron despertados por el ruido de una explosión. Más de 50 personas que salieron de sus casas a indagar, fueron sorprendidas por otra explosión, que parecía haber ocurrido en la casa del misterioso doctor.

Mientras uno de los curiosos fue a llamar a la policía, los demás se acercaron cautamente a la casa. Oyeron entonces, el crepitar de un incendio y observaron que las dos habitaciones que daban a la calle, se iluminaban intensamente.

Rafael transpiraba atornillado a la silla, sin casi poder comprender lo que leía. Prosiguió trabajosamente: “Los bomberos no perdieron tiempo y derribaron la puerta de entrada provistos de mangueras. No obstante, al entrar en las habitaciones ‘incendiadas’ completamente desiertas, comprobaron que no había tal incendio, aunque la temperatura que ahí reinaba era excesivamente alta.

Seguros de que el Dr. Arnim había sido víctima de algún accidente, lo buscaron por toda la casa y en el pequeño jardín del fondo, sin hallar ni rastros de él.

Por otra parte, con excepción de algunos vidrios rotos, no se apreciaron más daños.

Es posible que el Dr. Arnim haya estado ausente en el momento de la rara explosión, y del más aún raro ‘incendio’; pero si fue así, ¿por qué no se halló ni el menor indicio del sabio?

El doctor vivía completamente solo. No se le conocen parientes ni entre sus papeles se ha podido encontrar ninguna pista en este sentido. Los vecinos han declarado que sólo de vez en cuando recibía visitas.

¿Que hay en el fondo de esta misteriosa desaparición? La policía trabaja activamente en el caso”.

El parque se había alejado. Era un parque visto a través de binoculares. ¿O era que los ojos se le habían hundido hasta el fondo del cerebro? ¿Quiénes, aparte de él mismo, eran los amigos de Hans Arnim? ¿Quién era Hans Arnim? ¿Dónde estaba? Rafael creyó saberlo.

El parque se había alejado. Allá, en el centro de las lentes, localizó a todos sus habitantes. Los animales y los vegetales se hallaban en sus ojos simultáneamente, como si estuvieran reunidos en sus pupilas; o como si él se hallara en todo lugar del parque al mismo tiempo. Se quedó quiero mientras lo iba invadiendo la conciencia abrumadora de todos sus huesos. Buscó algo que lo situara en el centro material de este parque, convertido en el centro del universo. Vio, nebulosamente, un plato que contenía algo, Halló, con sorpresa, que podía tomar el tenedor. Lo dejó a un lado con repugnancia. Si puedo tomar el tenedor, entonces… No se atrevió a afirmar: “puedo irme”. Dijo simplemente: “Debo irme”.

Puso un pie en el suelo con todas sus fuerzas. Se levantó por completo. Echó a caminar por el sendero, mientras el parque se alejaba, junto con él, como si ambos estuvieran siendo mirados por un tercero a través de un telescopio. Vio su casa allá, alejándose con cada paso que daba. Se alejaba como el parque y él. ¿Cuánto tardaría en llegar? Sin embargo avanzaba, pisaba firmemente, mirando muy bien dónde ponía el pie. Vio una hormiga allá, en el lejano fondo del suelo, pero no su propio pie… ¿Dónde está mi pie izquierdo? Notó que tampoco veía sus propios contornos claramente. Se dio cuenta de que sus huesos se le estaban aligerando. Atravesó la calle de un salto.

¿Quién estaba poniendo la llave en la cerradura de su puerta? ¡Era él! ¡Era él! ¡Al fin!

Entró. El hueso ilíaco se le había aligerado tanto, que tenía la delgadez de una oblea. Poco después quedó disuelto junto con todo su esqueleto que se diseminó por el cuarto. Ahora se sintió ligero, como el día, acariciado dentro de la carne. Su traje, que ya no contenía nada, cayó vacío al suelo. Trató de verse por fuera… No se veía nada. Se miró por dentro. Vio un agujero luminoso que era él.

Allí estaba el papel en su soporte y el pincel elástico. Se levantó del suelo, con un dedo se apoyó en el aire. Con mano que no sentía el esfuerzo tomó el pincel, lo mojó y empezó a trazar “el resumen de los más hermosos recuerdos de la vida”. Se concentró en el punto máximo de una flor, y puso el amarillo cristalino que alegró a todos los animales. Pensó en los vientos que se llevaban los olores de todas las cosas, y las formas de todo lo que tocan, y los cantos de los peregrinos bajo el sol. Y fue creando el árbol infundido en el espíritu, resonante y perdido entre los animales que vuelan. Y aquel árbol estaba contenido en una flauta flamígera que asombraba a los viajeros.

Y de pronto se le aparecieron los cielos en cuerpo y alma. El pincel voló delante de la mano iluminada, la mano voló perseguida por un espíritu que brotaba del aire y del fuego y de la tierra y del agua, y tapizaba los muros de la mariposa y su gran desnudez suspendida. Blanca, móvil, extendida sobre el lecho del mundo, la mariposa despuntaba y variaba como el sol, relampagueando invisible entre los cánticos, en todo semejante a un palacio de burbujas. La seguía un escuadrón de seres espejeantes que reflejaban sus alas.

Estaba hecho. El pincel cayó de la mano.

Lo despertó la luz del sol que entraba por la ventana cerrada y el gozo profundo del día siguiente de la creación. Miró enajenado la hoja de papel… Se incorporó sobresaltado. Allí estaban el árbol y el amarillo que parecía que acabaría de pronto, lo mismo que la luz del día. La mariposa había desaparecido. Turbado, apartó los ojos de su obra. ¿Había soñado que pintaba una mariposa digna del sol? ¿Fue todo una ilusión del espíritu exacerbado?

Volvió a fijar los ojos en el cuadro y vio… Sí, no cabía duda… Sobre el amarillo semejante a una duración brevísima, había un vacío idéntico al cuerpo de la elegida. Ese era su contorno. En el lugar donde estuvieron sus alas, aún se veía una mancha luminosa. Se comprimió la cabeza con las manos. Estoy enfermo. ¡Desgraciado, desgraciado de ti, inferior a tus sueños! ¿Cómo pude pensar que era verdad esa materia en movimiento, ese paso, de la nada, a la movilidad perpetua del aire? ¡Dios, hazme, algún día idéntico a uno de mis sueños!

Se levantó abatido. Se acercó a la mesa para ver más de cerca. Sobre ella, en su soporte, lo miraba el árbol perdido entre los animales que vuelan. Se acercó aún más. Le pareció que la superficie de la mesa tenía un brillo insólito… Pero no indagó su causa, absorto en la contemplación de su obra… Sólo miraré el árbol y el espacio desierto… donde creí darle ánima… Ya nunca miraré nada más…

El brillo se concentró en un punto irisado y transparente. Fue entonces cuando se vio y se inclinó para mirar, con ojos de poseído. Allí estaba sólo eso: una crisálida irisada, transparente, rota hacía unos segundos, todavía húmeda.

Abrió la gran ventana y abatió los ojos, porque supo que no podría mirarla vivir.

En un instante, el pintor vio de nuevo su cuerpo. Él, como el rastro de la elegida, apareció en el mundo.

Eunice Odio. (San José de Costa Rica, 1922 - México, 1974) Poeta costarricense cuya obra se sitúa en la transición entre el realismo y el vanguardismo, especialmente dentro de la corriente surrealista. Fue una viajera incansable (Guatemala, El Salvador, México, etc.), en parte llevada de su espíritu inquieto y en parte huyendo de su patria natal por el mutuo desprecio que se prodigaron ella y sus compatriotas. Recreó en su obra poética la visión plástica de un mundo no siempre feliz, y transmitió en sus versos la misma intensa pasión con que ella vivió sus días. Su riqueza verbal y extremada sensibilidad pueden encontrarse en todos sus poemarios: Los elementos terrestres (1948, premio Centroamericano 15 de Septiembre), Territorio del alba (escrito entre 1946 y 1948 y publicado en 1953), Tránsito de fuego (1957, su mayor logro), Pasto de sueños (1953-1971) y Últimos poemas (1967-1972).

La voz lírica de Eunice Odio, siempre entregada a cada verso, presenta una evolución patente, en que Tránsito de fuego supone el cenit de toda su obra poética y la raya divisoria de dos etapas bien diferenciadas, desde aquella primera de composiciones más tradicionales. Los ocho poemas que componen Los elementos terrestres son de un erotismo explícito, un canto a la entrega física vivida entre "amado y amada", tema que recrea con ecos léxicos de San Juan de la Cruz, del Cantar de los cantares y otras influencias bíblicas. Su publicación tuvo lugar en Guatemala, ante la indiferencia que se le prodigó en Costa Rica, lo que decidió a Eunice Odio a nacionalizarse guatemalteca. Su siguiente poemario, publicado esta vez en Argentina, se caracteriza por contener mayores audacias léxicas e imágenes rompedoras y con su pincelada de surrealismo, como aporte de Eunice Odio a la Vanguardia. A partir de 1955 se afincó en México. Se hizo ciudadana mejicana y, salvo algo más de dos años que residió en Estados Unidos, ya no abandonó el país, en el que trabajó como traductora para diversas editoriales y periodista en El Diario de Hoy, además de escribir artículos para revistas literarias de toda parte. Evolucionó hacia una poesía más difícil si cabe a partir de Pasto de sueños, más metafísica y conceptual, y de poemas más extensos. En Tránsito de fuego practica una inteligencia creadora, capaz de convocar lo nombrado mediante la palabra escrita. Se trata de un largo poema dialogado, dividido en cuatro partes y de carácter alegórico-dramático, a versos indescifrable y hermético. Rasgos constantes a lo largo de su obra son la importancia que concedió al cuerpo humano -"poesía anatómica" si puede decirse así-, al que veía como un fruto más de la Naturaleza, como un pájaro o una montaña; y en plena Naturaleza mítica sitúa a los personajes, fusionados con el resto de elementos naturales, en un espacio abierto y terrestre, jamás en una habitación, en una casa, en una ciudad. En los últimos años de su vida alimentó su existencia con el alcohol y una cólera lacerante que la hizo aborrecible a los demás. Murió cuando preparaba las pruebas de corrección de la antología de sus mejores poesías, Territorio del alba y otros poemas, que tuvo edición póstuma el mismo año de su fallecimiento. Dicha edición se cerró con unas notas de pesar de quienes la conocieron, y todos ellos, amigos suyos, hablaban de una mujer de pasión quemante, llena de dolorosa angustia, agresiva, visceral y extraña. No en vano, su muerte acaeció en absoluta soledad, y su cadáver fue hallado en la bañera a los diez días del trance.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *