El donador de almas (Fragmentos), de Amado Nervo. Selección de Eduardo Serdio

 

Publicamos tres apartados de El donador de almas, editado en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, el 22 de octubre de 2018. Selección de nuestro editor de contenidos, Eduardo Serdio.

 

 

 

El donador de almas

(Fragmentos)

Amado Nervo

 

 

 

 

EL FIN DEL MUNDO

 

Diario del doctor:

 

Lunes 15 de julio.

 

Esteves ha venido ayer a ofrecerme un alma. Me inspira gran inquietud ese muchacho.

Tiene delirios lúcidos de un carácter raro. Hace cuatro años que pretende poseer una fuerza psíquica, especial para encadenar voluntades. Afirma que dentro de poco tiempo hará un maniquí sin más cogitaciones y voliciones que las que él tenga a bien comunicarle, de todo hombre a quien mire durante cinco minutos. ¡Es asombrosa la persistencia de su mirada! Sus hermosos ojos grises se clavan como dos alfileres en la médula de nuestro cerebro. Tiene actitudes de hierofante, se torna a las veces sacerdotal. O está loco o es un capullo de maravilla futura ese poeta.

 

Abierta la ventana del consultorio, había entrado a la pieza un pedazo de día: de un día canicular, caldeado por el sol.

         Doña Corpus asomó por la puerta del fondo sus gafas y su nariz: una nariz que, como la de Cyrano, estaba en perpetua conversación con sus cejas, dos cejas grises bajo el calvario de una frente de marfil viejo.

—Han traído esta carta para usted —dijo. Y añadió:

—¿Qué hacemos ahora de comer?

—Lo que usted quiera: estoy resuelto a todo.

—Como cada día le veo a usted más desganado.

—Precisamente por eso… Lo que usted quiera: inclusive sesos.

—No sé por qué odia usted los sesos…

—Se me figura que me como el pensamiento de las vacas.

—¡Qué cosas dice usted, señor! Bien se conoce que se va volviendo usted masón. Valía más que se acabara el mundo.

         Doña Corpus estaba empeñada en que se acabara el mundo cuanto antes. Era su ideal, el ideal que iba y venía a través de su vida de quintañona sin objeto. Noche a noche, después del rosario, rezaba tres padrenuestros y tres avemarías porque llegara cuanto antes

el juicio final. Y cuando le decían: “Muérase usted y le dará lo mismo”, respondía invariablemente:

—No, sería mejor que muriésemos todos “de una vez”.

         Suplicamos al lector que no censure a doña Corpus en nombre de la libertad de ideas que constituye la presea más valiosa de nuestro moderno orden social.

         El ama de llaves no conculcaba con su ideal ninguno de los artículos de la Constitución del 57; no vulneraba los derechos de tercero; su proyecto de ley —draconiana sin duda—, a ser legisladora, habríase reducido a esta cláusula:

“Acábese el mundo en el perentorio plazo de 48 horas”.

Pero el mundo, maguer doña Corpus, continuaba rondando al Sol y el Sol continuaba rasgando el éter en pos de la Zeta de Hércules, sin mayor novedad. Por lo que nadie puso coto jamás al ideal de doña Corpus.

         El doctor rompió el sobre de la carta.

         La carta era de mujer: una ardua red de patas de mosca un poco menos difícil de descifrarse que las primordiales escrituras cuneiformes. Decía:

Señor: Mi amo y dueño ha tenido a bien donarme a usted, y a mí sólo me toca obedecerle. Soy suya, y aquí me tiene, disponga de mí a su guisa. Y como es preciso que me dé un nombre, llámeme “Alda”. Es mi nombre espiritual: el nombre que unas voces de ultra-mundo me dan en sueños y por el cual he olvidado el mío.

Sin firma.

 

 

 

YO Y YO

 

Desde el conde Xavier de Maistre hasta Lindau, y antes y después de ellos, muchos filósofos han hablado de ese álter ego que forma con nuestro yo una dualidad extraña, que pugna con él a las vegadas y a las vegadas a él se une en maridaje íntimo; que ama con más frecuencia el debate que la armonía y que parece usufructuar alternativamente con la individualidad primitiva, las células del cerebro.

         Todos sentimos en nuestra conciencia a esos dos “personajes” que se llaman “yo” y “el otro”.

         Todos escuchamos sus diálogos, sus controversias, sus querellas. Suelen besarse con efusión y suelen también, como los matrimonios mal avenidos y mal educados, “tirarse con los platos”.

         Pero de fijo ningún hombre ha sentido jamás con tanta precisión y de un modo tan abrumador la presencia de esos dos “principios pensantes” como el doctor al levantarse.

        ¡En su cerebro había algo inverosímil! Había dos “entendimientos” y dos “voluntades” al propio tiempo…

         Recordando la escena de la noche anterior e inquieto por su desenlace, el “hemisferio derecho” de Rafael pensó:

—¿Y Alda?, ¿qué ha sido de Alda?

Y el “hemisferio izquierdo” respondió:

—Aquí estoy.

El “hemisferio derecho” se sobrecogió entonces de espanto, comprendiendo lo que había pasado… ¡Estaba perdido, perdido para siempre!

—¡Qué va a ser de mí! —dijo.

—Lo que Dios quiera —replicó el hemisferio izquierdo—. Por lo pronto, yo me siento feliz,

“bien hallada”.

—Bien “hallado”, debieras decir —afirmó con retintín el hemisferio derecho.

—¡Y por qué!

—¡Porque pertenezco al género masculino!

—¡No, por cierto, pertenecerás a medias!

—¡Soy hombre!

—¡Soy mujer!

—Pero entonces —dijo con infinita desolación el hemisferio derecho—, ¡qué va a ser de nosotros! ¡Éste es un caso de hermafrodismo intelectual!

          —Mejor que mejor… Mira, todos los dioses antiguos —y esto lo acabo de saber merced a los conocimientos que “nuestro cerebro” posee sobre el particular— han comprendido el principio masculino y el femenino. Por su parte los poetas, que son los seres más semejantes a los dioses, tienen en sí ambos principios. La virilidad y la delicadeza se alternan y se hermanan en su espíritu. ¿Por qué aman las mujeres a los poetas? Porque reconocen en los poetas “algo de ellas”… ¿De qué te lamentas, pues? Eras sabio, eras joven, eras bello, eras célebre y rico; hoy eres algo más: eres casi un dios…

         El doctor —o mejor dicho, su hemisferio derecho— se sintió halagado y no replicó.

Hubo una pausa en el departimiento.

—Pero —insinuó después Rafael—, yo te amo y…

—¡Y qué!

—Al amarte va a ser inevitable que yo me ame a mí mismo.

—Cierto; mas ¿te disgusta, por ventura, esta forma del amor?

—Me parece rara simplemente.

           —No lo creas… El hombre en realidad al amar a una mujer no ama en ella más que lo que él le da de ilusión, de belleza… Los iris de que la colora, la túnica de jacinto de que la viste, el segmento de luna de que la corona… Se ama, pues, a sí mismo amándola a ella, y deja de amarla cuando la ha desnudado de aquel atavío con que la embelleció primero… En cuanto a la mujer, ésa “se enamora del amor que inspira”, esto es: de sí misma también. Conque ¿dónde está la extrañeza?…

          —¡Bien discurres, Alda!

—Discurro con tu cerebro, Rafael. Ahora ya no sé más que lo que tú sabes… puesto que ya no floto en el infinito…

—¿Y me amas?

—Te adoro…

—¡Dame un beso!

—Tómalo.

         Y el doctor “se dio” un beso… mental. (¿Cómo besarse de otra manera? ¡Sólo las mujeres saben besarse a sí mismas en los labios, a través del mar tranquilo del espejo!).

 

 

 

DESCENSUS AVERNO 

 

Hasta la hora y punto en que el lector ha contemplado —tal vez con ojeriza y con envidia— el maravilloso idilio de Rafael, éste podía decir respecto de Alda lo que en el libro de la Sabiduría se dice: “Venerunt autem mihi omnia bona pariter cum illa”. “Todos los bienes me vinieron con ella” (7:11).

         Riquezas, esto ya era algo.

         Fama, esto era algo más.

        Amor, esto ya era mucho.

         Fe…, ¡esto era todo! En efecto, el doctor se volvía creyente. En un tiempo —¡qué médico no es un poco materialista!— se había complacido en decir y escribir como Ingersoll, el asendereado ateo yanqui,21 y en un estilo lleno de énfasis e indigesto de dogmatismo: “El hombre es una máquina en la cual ponemos lo que llamamos alimento y que produce lo que llamamos ideas. ¡Pensad en aquella maravillosa reacción química en virtud de la cual el pan fue trocado en la divina tragedia de Hamlet!”.

         Mas ahora Rafael creía en el alma individual, consciente, espiritual e inmortal —¿cómo no creer en ella?— y sólo pedía a Dios que aquel milagro que se había dignado operar en su cerebro no cesase hasta la muerte y que el amor que glorificaba su vida, como lámpara de Pritaneo, nunca jamás hubiese de extinguirse.

         Empero no fue así.

          Las lunas de miel, por más que sean tan excepcionales como la de “nuestro héroe” (cliché que todos los novelistas usan para designar al personaje principal de sus novelas), tienen su cuarto menguante y su conjunción.

         La del doctor los tuvo, por tanto, y muy en breve.

          Las diferencias entre Alda y él surgieron a propósito de una nadería, como surgen todas las diferencias en el seno del matrimonio, que, al decir de Byron, procede del amor, como el vinagre del vino.

         Alda, según Rafael, no le dejaba “meter baza”.

          Cuando reclamaba la boca, la única boca que ambos poseían, solía dar tan buena cuenta de ella que tres horas después aún hacía uso de la palabra. Como tenía tanto que contar, el trabajo era que empezara…

          Cierto, sus conversaciones eran siempre cautivadoras, capaces de suspender de sus labios al auditorio más esquivo, pero a la larga, el propio Mirabeau y el propio Gambetta fatigan.

         Por otra parte, el doctor era filósofo y, como todos los filósofos, gustaba de ser oído, necesitaba “público” y Alda era un “público” impaciente, que no aguardaba sino la más ligera pausa para convertirse en orador. En un parlamento habría sido inapreciable.

          Al principio Rafael, por galantería, le cedió la palabra cuantas veces quiso; mas después fue preciso llegar a un convenio, dividiéndose por mitad las horas en que podían hablar. Empero Alda fue la primera en romper el convenio y la entente, cordialísima hasta entonces entre ambos, se agrió sobremanera.

         Por otra parte, Alda era absorbente y caprichosa en todo: ¡mujer al fin!

Cuando el hemisferio derecho quería dormir, el hemisferio izquierdo se empeñaba en leer. ¡Y qué lecturas! Novelas fantásticas, como las de Hoffmann, de Poe y de Villiers; ¡nunca libros científicos!

         No sé si he dicho que el doctor odiaba el piano. Pues bien, a Alda se le ocurrió estudiar el piano. Gustaba de envolverse en melodías como todas las almas femeninas verdaderamente superiores.

         Pronto intervino hasta en los vicios de Rafael. Odiaba el cigarrillo, que según lo que sabía —y esto lo sabía por el mismo cerebro en que “operaba”— traía consigo la amnesia.

        Ahora bien, Rafael amaba apasionadamente el cigarrillo.

        Las golosinas la seducían y el doctor odiaba las golosinas…

        En resumen, aquellos espirituales “gemelos de Siam” acabaron por hacerse la vida insoportable.

         Esto no impedía que a las veces recordasen sus primeras horas de amor y, como “en el fondo” tal amor ardía aún, se besasen con delirio.

        Mas tras el beso venía el mordisco, es decir, el doctor se mordía los labios…

        ¡Aquello no podía continuar de tal suerte!

         —Bien dije yo que un alma era el regalo del elefante —afirmaba el desdichado Rafael—. ¡Quién me puso vendas en el entendimiento para aceptar el obsequio, Dios mío! ¡Ah! ¡Andrés! ¡Andrés! ¡Qué inmenso mal me has hecho!… Yo vivía tranquilo con las sopas de sesos de doña Corpus y mis filosofías y mis visitas… ¿Por qué se te ocurrió ser agradecido? ¡Así te lleven todos los diablos, poeta desequilibrado…, romanista, esteta, simbolista, ocultista, neomístico o lo que seas!…

         Pero Andrés no podía oír aquellos reproches. Perdido en Padua, la ciudad más melancólica de Italia, entre viejos libros y almas amigas, el poeta pasaba sus días labrando rimas misteriosas que le inspiraban sus espíritus circunstantes.

          ¡Acaso ni se acordaba del amigo de la infancia, ni de la donación, origen primero de tantas embriagueces y a la postre de tantas desdichas!

         ¿Y doña Corpus?

¡Ah, la “apocalíptica” doña Corpus nunca como entonces deseando el juicio final!

          ¿Pues no se le había vuelto loco de remate ese lurio del doctor? ¡Cuando ni consultaba ya! Pasábase todo el día de Dios encerrado “bajo siete llaves” en el consultorio, hablando solo, gesticulando y midiendo la pieza a grandes zancadas. A veces su rostro parecía el de un ángel, según la expresión celeste que en él se advertía —doña Corpus advertía esta expresión celeste a través del agujero de la llave—. Pero a veces parecía rostro de demonio pisoteado por san Miguel…

          ¡Los masones de México tenían la culpa de todo! El doctor acabaría en San Hipólito.

          Valía más que se acabara el mundo…

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