El cuento de la Cenicienta de los hermanos Grimm

 

La edición titulada Cuentos auténticos de los Hermanos Grimm que publica la editorial Edelvives consiste en una selección de dieciséis de esas viejas historias, tal y como fueron redactadas, sin los arreglos y edulcoraciones que les fueron hechos después para mitigar los posibles detalles crueles y violentos que se consideraron inapropiados para los niños

 

 

CENICIENTA

 

Traducción: Luciano Pérez García

 

Un hombre rico tenía a su esposa enferma, y como ésta sentía que su fin estaba cerca, llamó desde la cama a su única hija, y le dijo: “Niña querida, permanece piadosa y buena, y el buen Dios te socorrerá siempre, y yo desde el cielo te protegeré”. La mamá cerró los ojos y murió. En adelante, la niña fue todos los días a la tumba de su madre a llorarle, y permaneció piadosa y buena. Al llegar el invierno, la tumba fue cubierta con un blanco manto de la nieve, y cuando vino el sol con la primavera para quitar dicho manto, el esposo de la muerta ya tenía otra mujer.

Ella trajo a sus dos hijas de un anterior matrimonio a la casa, y ambas eran bonitas y blancas, pero malas y negras de corazón. Le hicieron pasar muy malos ratos a la pobre huérfana. Dijeron de ella: “Esta tonta debe dormir junto a la estufa, y para que pueda comer su pan, debe servirnos; será nuestra cocinera”. Le quitaron sus bonitos vestidos y le pusieron una vieja blusa gris, y la obligaron a usar zuecos. “¡Vean a la alguna vez orgullosa princesa, cómo anda ahora arreglada!”, le gritaron, riéndose y metiéndola en la cocina. Aquí tuvo que trabajar duramente desde la mañana hasta la noche; apenas el día daba comienzo, acarreaba agua, encendía el fuego, cocinaba y lavaba. Las hermanastras hacían todo lo posible por hacerle difícil la existencia, lo que ella tenía ya limpio, aquéllas lo ensuciaban de nuevo, así que la chica tenía que asear todo otra vez. Al anochecer, muy cansada de tanto trabajar, no tenía ninguna cama, sino que debía acostarse cerca de la lumbre encendida, sobre las cenizas. Y como siempre andaba sucia y harapienta, se le conoció desde entonces como Cenicienta.

Y sucedió que una vez el padre tuvo que hacer un viaje, y les preguntó a sus dos hijastras qué querían que les trajese. “¡Hermosos vestidos para mí!”, pidió una. “¡Perlas y joyas!”, quiso la otra. “¿Y tú, Cenicienta?”, le preguntó su padre, “¿qué quieres tener?”, y ella le respondió: “Padre, el primer brote de planta que encuentres en tu camino de regreso, me lo traes”. Así se hizo: le compró él a sus hijastras hermosos vestidos, perlas y joyas, y en el camino encontró un brote de planta de avellano y se lo trajo a casa para dárselo a su hija. Las hijastras recibieron sus ricos regalos, y Cenicienta, muy agradecida con su padre, tomó el brote de avellano y lo fue a plantar en la tumba de su madre, y lloró tanto aquí, que las lágrimas inundaron la tierra y le dieron vida al brote de avellano, de donde creció después un precioso árbol. Cenicienta iba a la tumba tres veces diarias, para orar y llorar, y con la oración se aparecía un pajarillo que se posaba en el árbol, al que si se le pedía un deseo, de inmediato lo traía.

Y entonces llegó un día en que el rey del país organizó una fiesta que duraría tres días, y a la cual se invitó a todas las muchachas hermosas para que de entre éstas su hijo el príncipe eligiese una novia. Las hermanastras, cuando se enteraron, quisieron ir y decidieron arreglarse muy bien, para lo cual llamaron a Cenicienta: “Ven y arréglanos el cabello, cepilla nuestros zapatos y tráenos bonitos prendedores, porque vamos a la fiesta al palacio del rey”. Cenicienta obedeció, pero lloró porque a ella le agradaría ir al baile, y le pidió a su madrastra que la dejase ir. Ella le respondió: “¿Tú, Cenicienta, toda llena de polvo y suciedad, quieres ir a la fiesta? ¡No tienes vestido ni zapatos y quieres bailar!” La muchacha le suplicó, y la madrastra finalmente dijo: “Derramaré un plato lleno de lentejas sobre las cenizas. Si en dos horas logras sacar las lentejas de las cenizas, irás al baile”. La chica fue a la puerta de atrás que daba al jardín y gritó: “¡Vengan a mí, palomas y tórtolas, todos los pajarillos del cielo, vengan y ayúdenme a poner las lentejas de un lado y las cenizas del otro!” Se aparecieron en la ventana de la cocina dos palomas blancas y dos tórtolas, y también otros pajarillos, y todos se pusieron a trabajar entre las cenizas. Con sus picos iban recogiendo las lentejas y poniéndolas en el plato. Apenas había pasado una hora y ya estaba todo listo. La muchacha le llevó el plato a su madrastra, alegre y confiada de que podría ir al baile. Pero la señora le dijo: “No, Cenicienta, no tienes vestido y así no puedes bailar, no puedes ir”. La chica se echó a llorar, pero la madrastra le dijo: “Ahora echaré en las cenizas dos platos de lentejas, si logras sacar éstas en una hora, podrás ir”, pero pensaba que esto jamás podría ser, mientras arrojaba los dos platos llenos de lentejas a las cenizas; la muchacha fue de nuevo a la puerta trasera del jardín y llamó a los pajarillos para que la ayudasen.

En media hora las aves del cielo terminaron la tarea. Cenicienta le llevó los platos a su madrastra, otra vez alegre y confiada de poder ir al baile, pero la mujer le dijo: “De nada te sirvió, no irás porque no tienes vestido y así no puedes bailar, nos avergonzarías”. Se dio la vuelta y se fue junto con sus dos orgullosas hijas a la fiesta. Completamente desconsolada, la  joven fue a la tumba de su madre bajo el avellano y dijo así: “Arbolito, muévete y sacúdete y arroja oro y plata sobre mí”. El pajarillo del árbol le trajo un vestido hecho de oro y plata, y unas zapatillas de seda y plata. A toda prisa se vistió y se fue a la fiesta. Al llegar ahí, su madrastra y sus hermanastras no la reconocieron, y pensaron que era alguna princesa extranjera, tan hermosa se veía con su vestido dorado. Creyeron que Cenicienta seguía entre la suciedad, buscando lentejas entre las cenizas. El príncipe la vio, la tomó de la mano, y bailó con ella. No quiso bailar con nadie más, no la soltaba, y cuando alguna otra joven quería bailar con él, le decía: “Ya tengo mi bailarina”.

Bailaron, hasta que llegó la noche y Cenicienta tenía que volver a casa. Pero el príncipe le dijo: “Voy contigo, no me separaré de ti”, pues quería ver dónde vivía la bella muchacha. Ella escapó y se metió hacia el palomar. El príncipe esperó a que llegase su padre el rey, y le indicó dónde había saltado la chica extranjera. El rey pensó: “¿Acaso será Cenicienta?” y fueron hacia el palomar para buscar ahí, pero no hallaron a nadie. Entraron entonces a la casa de Cenicienta, y la vieron con un vestido sucio sentada entre las cenizas, y una triste lámpara de aceite en la chimenea. Lo que ocurrió fue que cuando ella saltó hacia el palomar corrió rápido hacia el avellano, se quitó la ropa bonita y se volvió a poner la fea para volver a las cenizas.

Al día siguiente, segundo de la fiesta, otra vez madrastra y hermanastras fueron ahí. Cenicienta se dirigió al avellano y le hizo la petición como la vez anterior: “Arbolito, muévete y sacúdete y arroja oro y plata sobre mí”. Y el pajarillo le trajo un vestido aún más bonito que el otro, se lo puso y se presentó en el baile, asombrando a  todos con su belleza. El príncipe de inmediato la tomó de la mano y sólo bailó con ella. Cuando otra chica quería bailar con ella le decía: “Ya tengo a mi bailarina”. Al llegar la noche y Cenicienta se tenía que ir, el príncipe la siguió para ver en qué casa se metía; ella saltó hacia el jardín que daba hacia su cocina. El príncipe llegó a ese jardín, y se encontró ante un árbol de peras. Esperó a que su padre llegase, y le dijo: “Creo que la extranjera se subió al peral”. El rey pensó que tal vez podría tratarse de Cenicienta. Mandó traer a un siervo con un hacha para que derribase el árbol, pero en éste no había nadie. Entraron a la cocina de la casa, y ahí estaba Cenicienta entre las cenizas, como siempre. Lo que pasó fue que saltó al otro lado del peral y llegó al avellano, donde se cambió las ropas bonitas por las feas.

Llegó el tercero y último día de la fiesta, y cuando Cenicienta vio partir a madrastra y hermanastras, fue de nuevo a la tumba de su madre y le dijo al avellano: “Arbolito, muévete y sacúdete y arroja oro y plata sobre mí”. El pajarillo le trajo un vestido aún más esplendoroso que los dos anteriores, y ahora las zapatillas eran por completo de oro. Así vestida acudió al baile, y maravilló a todos los presentes. El príncipe de nuevo no bailó con nadie más que con ella, y si alguien quería bailar con él, le decía: “Tengo a mi bailarina”. Al caer la noche Cenicienta se fue, y el príncipe la siguió, pero ella saltó rápido y no pudo alcanzarla. Sin embargo, esta vez tomó él la precaución de llenar la alfombra de la salida con pegamento, de manera que al saltar Cenicienta, la zapatilla del pie izquierdo se quedó pegada ahí.

El príncipe tomó la pequeña zapatilla de oro. A la mañana siguiente fue con su padre y le dijo: “Indagaremos cuál de mis invitadas tiene pies como para que les quede esta zapatilla”. Cuando las hermanastras se enteraron de lo que haría el príncipe, se animaron porque ellas tenían pies bonitos; la mayor de las dos quiso de inmediato probársela, y su madre estaba con ella. Sólo que sus dedos eran demasiado grandes para la zapatilla, y el pie no entró; la mamá trajo un cuchillo, y le dijo a la hija: “Córtate los dedos; cuando seas reina, ya no necesitarás caminar”. La joven hizo eso, se aguantó el dolor, y fue con el príncipe. Éste la consideró ya su novia, y subió junto con ella al caballo para irse al palacio y casarse. Pero cuando pasaron frente a la tumba de la mamá de Cenicienta, dos palomas estaban en el avellano y gritaron esto: “¡No sigan más adelante, porque hay sangre en el zapato! El zapato es pequeño, la novia verdadera está en otro lado”. Entonces el príncipe quiso ver el pie de la hermanastra mayor y vio que estaba lleno de sangre. Le indicó al caballo que volviese a la casa de la falsa novia, y le dijo a ésta que puesto que ella no podía ser la verdadera novia, entonces su hermana tal vez lo fuese.

La hermanastra menor se probó la zapatilla, y los dedos entraron bien, pero no el talón, que era demasiado grueso. La mamá le dio un cuchillo, diciéndole: “¡Córtate el talón! Cuando seas la reina, no vas a necesitar caminar”. Así lo hizo la muchacha, se aguantó el dolor y se fue con el príncipe, el cual la aceptó como novia y la subió al caballo para irse juntos al palacio y casarse. Y cuando pasaron frente al avellano, las palomas estaban ahí, las cuales gritaron: “¡No sigan más adelante, porque hay sangre en el zapato! El zapato es pequeño, la novia verdadera está en otro lado”. El príncipe vio el pie de la chica, empapado en sangre, de modo que la blanca media estaba ya toda roja.

El caballo se dio la vuelta para regresar a la hermanastra menor a su casa. Dijo aquí el príncipe: “Ella tampoco es la novia verdadera. ¿Hay alguna otra hija?” El padrastro respondió: “No, sólo de mi anterior mujer que murió, está la pequeña Cenicienta, y no es posible que ella pueda ser la novia”. El príncipe dijo que quería entrar a la cocina para verla, pero la madrastra se interpuso: “¡Ah, no! Está muy sucio ahí”. Pero él entró de todas maneras, y vio a Cenicienta, tan pura de rostro y de manos. Le dio la zapatilla y la invitó a probársela; entonces ella se sentó en un banquito, se quitó el zueco, y se puso la zapatilla, que entró en el pie perfectamente. Al verse así más alta, el príncipe le vio la cara y reconoció a la chica hermosa con la que había bailado, y exclamó: “¡Ésta es la novia verdadera!” Madrastra y hermanastras se horrorizaron y se pusieron pálidas de coraje. El príncipe subió con la chica al caballo y se fueron. Al pasar donde estaba el avellano, las palomas gritaron: “¡No hay vuelta atrás! Ninguna sangre hay en el zapato, y éste ya no es pequeño, porque es de la novia verdadera”. Y al terminar de decir esto, las palomas volaron del avellano y se fueron a posar en los hombros de Cenicienta, una en el izquierdo y otra en el derecho, donde se quedaron.

Cuando se efectuó la boda del príncipe con Cenicienta, llegaron a la ceremonia las hermanastras, que querían participar de la buena suerte de aquélla. Cuando los novios salieron de la iglesia,  se colocaron ellas al lado de Cenicienta, la hermanastra mayor a la derecha y la menor a la izquierda. Las palomas en los hombros de la novia picaron cada una por su lado el ojo de la hermanastra que tenían junto y lo reventaron; luego la hermanastra mayor se pasó a la izquierda y la menor a la derecha, y las palomas hicieron lo mismo, de modo que las dos hermanas se quedaron sin los dos ojos. Por su maldad y fealdad de corazón, permanecieron en la ceguera para siempre.

Luciano Pérez. Es originario de la Ciudad de México, nacido en 1956. Egresó de los talleres literarios del INBA, donde fue discípulo de los escritores Agustín Monsreal y Sergio Mondragón. De 1986 a 2006 laboró en la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE, primero como promotor de talleres literarios, y de 1989 a 1998 en la revista cultural del instituto, memoranda, donde fue secretario y luego jefe de redacción.  De 2007 a 2012  estuvo en Ediciones Eón, como redactor y corrector, y después como editor en jefe. Desde 2013 se ha dedicado a traducir del alemán al español, tanto para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, como para  Editorial San Pablo. Narrador, ensayista y poeta, ha publicado los siguientes libros: Cacería de hadas (1990), Cuentos fantásticos de la Ciudad de México (2002), y Antología de poetas de lengua alemana (2006).  Actualmente es editor de la revista cultural en línea Ave Lamia, y aquí publica sus ensayos literarios, históricos y de cultura popular, además de cuentos de corte fantástico, así como también traducciones de autores alemanes.

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