El agua de la vida. Cuento de los hermanos Grimm. Traducido por Luciano Pérez García

 

EL AGUA DE LA VIDA

 

Traducción: Luciano Pérez García

 

Había una vez un rey que estaba muy enfermo, y que creía que sería mejor para él morirse, pues con nada se curaba. Tenía él tres hijos, los príncipes, que estaban muy tristes, y salieron al jardín del palacio y lloraron. Por ahí pasó un anciano, que les preguntó cuál era su pena. Le dijeron que su padre estaba muy mal de salud, y que deseaba morirse pues con nada se aliviaba. El anciano les dijo: “Yo conozco una manera de que se cure, y es con el agua de la vida. Cuando él beba de ella, de inmediato sanará; pero es muy difícil hallarla”. El hermano mayor dijo: “Yo quiero hallarla ya”, y fue con el rey enfermo, le contó lo dicho por el anciano, y le pidió permiso para partir en búsqueda del agua de la vida, y traer ésta para que se curase. El rey le dijo: “No, el peligro es muy grande. Prefiero morir”. Pero el hijo mayor insistió, hasta que su padre finalmente lo autorizó a salir. El príncipe pensó en su corazón: “Traeré el agua, así que yo seré el más querido por mi padre y heredaré el reino”.

Se preparó, y al poco tiempo ya estaba en camino montado en su caballo, y se encontró entonces a un enano, quien le preguntó que adónde iba tan de prisa, y el príncipe le respondió altanero: “¡Hombrecillo tonto, tú no tienes por qué saberlo!”, y continuó su viaje. Pero el enano se enojó, y pensó un mal deseo, el cual vino a cumplirse cuando el príncipe se encontró encerrado en un desfiladero de montaña, tan de difícil paso, que por más que se esforzase jamás lograría salir de ahí.

El rey enfermo esperó durante largo tiempo el regreso de su hijo mayor, pero como éste no llegó, el segundo hijo le dijo a su padre: “Dame permiso de ir a buscar el agua”, y pensó para sí: “Mi hermano ha de estar ya muerto, así que el reino es para mí”. El rey al principio no quería dejarlo ir, pero finalmente aceptó. El segundo príncipe pasó a caballo por el mismo camino por el que su hermano anduvo, y se encontró también con el enano, el cual le preguntó adónde iba. Igual que el primer príncipe, contestó de mala manera: “¡Pequeño hombrecillo, no tengo por qué decírtelo!”, y se fue con semblante orgulloso, sin verlo más. El enano deseó que también este insolente joven, del mismo modo que el otro, se encontrase atrapado en un desfiladero de montaña y no pudiese salir de ahí.

Una vez que no volvió el segundo hermano, el tercero y más joven quiso hallar ahora él el agua, y el rey lo dejó ir. Cuando vio al enano y éste le hizo la misma pregunta que a los otros dos. El joven príncipe se detuvo y le respondió así: “Busco el agua de la vida, pues mi padre está muy enfermo, ya para morirse”. El enano le preguntó: “¿Sabes tú dónde hallarla?”, y aquél le respondió que no. El enano le dijo: “Puesto que tú te has conducido bien como debe ser, no como tus orgullosos hermanos, entonces yo quiero darte la información que requieres, y decirte dónde puedes hallar el agua de la vida. Ésta corre debajo de un puente que está dentro de un castillo encantado; pero tú no lograrías entrar en éste, si no es porque te doy esta vara de hierro y estos dos pedazos de pan. Con la vara pegas tres veces en la pesada puerta del castillo, y se abrirá; adentro hay dos leones que estarán furiosos, pero tú les darás un pan a cada uno, y ellos se quedarán quietos. Corres hacia donde está el puente, y sacas el agua de la vida, antes de que den las doce de la noche, y tocas la puerta otra vez como te dije, o de otra manera te quedarás ahí encerrado”.

El joven príncipe le dio las gracias, tomó la vara y los panes y se puso en camino hacia el castillo. Y no tardó mucho en hallarlo. Hizo como el enano le había dicho, y la puerta se abrió a los tres toques de la vara, y los leones se aquietaron con el pan, y al estar dentro del castillo se encontró ante una grande y hermosa sala, donde estaban sentados príncipes encantados, a los cuales les sacó los anillos de los dedos; luego tomó de algún lado una espada y un pan, y siguió caminando.

Llegó a una habitación donde estaba de pie una doncella, lo cual lo alegró, y cuando ella lo vio lo besó y le dijo que él la había liberado, por lo que su reino de ella ahora sería también de él. Entonces, cuando él volviese un año después, se casarían. Le señaló también dónde se encontraba el puente bajo el cual corría el agua de la vida, pero lo apresuró a correr y sacarla antes de que dieran las doce. El príncipe se fue y entró a un cuarto donde había una bonita y fresca cama, y como su cansancio era mucho, decidió descansar un poco. Así que se acostó y se quedó dormido, y cuando al fin despertó era ya cuarto para las doce. Saltó como un resorte y caminó hacia el puente, llevando en la mano un envase donde echaría el agua, y así fue que llenó aquél con ésta. Caminó hacia la puerta de salida, y en ese momento sonaron las doce, así que apenas tuvo tiempo de poder salir del castillo, y cuando la puerta se cerró  fuertemente tras de él, por poco le arranca el pie.

Y el joven príncipe estaba feliz, pues por fin tenía el agua de la vida, y partió hacia el reinote su padre. En el camino se encontró de nuevo al enano. Cuando éste le vio la espada y el pan, le dijo: “Con eso que traes eres dueño de un gran poder, pues esa espada vence a ejércitos enteros, y el pan alimenta a muchísima gente”. El príncipe no quería volver a casa sin sus hermanos, y le preguntó al enano: “Querido amigo: ¿puedes decirme dónde están mis hermanos? Ellos salieron antes que yo por el agua, y no se ha sabido más sobre qué les pasó” El enano le respondió: “Están atrapados en las montañas, ahí los tengo porque se portaron mal conmigo”. El príncipe le suplicó mucho que los soltara, hasta que éste aceptó, pero le advirtió lo siguiente: “Cuídate de ello, pues tienen un mal corazón”.

Cuando el joven vio por fin a sus hermanos mayores, se alegró y les platicó todo lo que le había sucedido, de cómo encontró el agua de la vida, y les mostró el envase donde la traía; les dijo también de la bella princesa que logró liberar, la cual lo esperaría durante un año para que luego se casasen y él tomase posesión de un gran reino. Luego cabalgaron juntos, y llegaron a un país donde había guerra y hambre, y el rey de ahí ya se creía derrotado por ser tan grande la miseria de los habitantes. El príncipe joven fue hacia él y le dio el pan, del cual su reino antero se alimentó hasta saciarse; y le dio también la espada, y con ella el rey venció al ejército enemigo, y su reino recuperó al fin la paz. Le fueron devueltos al príncipe el pan y la espada, y los tres hermanos se fueron.

Y llegaron a otro país, donde también había hambre y guerra, y el príncipe le dio al rey del lugar pan y espada, y, como en el caso anterior, quedó en paz el reino. Después, abordaron un barco y navegaron por el mar para volver con su padre. En el transcurso de este viaje los dos hermanos mayores hablaron así entre sí: “El más joven de nosotros encontró el agua de la vida, y tú y yo no, y entonces a él le dará nuestro padre el reino, que nos pertenece, así que nuestra fortuna ha cambiado para mal”. Entonces llegaron a la conclusión de que algo debían hacer contra su hermano menor. Esperaron a que éste se quedase profundamente dormido para vaciar el agua de la vida en otro envase, que guardaron ellos, y  el envase del joven lo llenaron con agua de mar.

Cuando volvieron a casa, el rey enfermo bebió el agua del envase que le dio su hijo menor, para así sanar. Pero apenas el anciano había bebido un poco de la amarga agua de mar, se puso más enfermo que nunca antes. Y como se quejaba mucho, acudieron sus dos hijos mayores para ver qué le pasaba, y el rey culpó al príncipe más joven de querer envenenarlo. Entonces aquéllos aprovecharon para darle a su padre la verdadera agua de la vida, y al beberla sintió que su enfermedad había desaparecido, y ahora estaba fuerte y sano como en sus mejores días. Luego los dos hermanos fueron con el joven y se burlaron de él y le dijeron: “Es cierto que tú hallaste el agua de la vida, pero mientras que para ti sólo hubo el esfuerzo, para nosotros ha sido la recompensa; hubieras sido más listo y mantener los ojos bien abiertos; nosotros te quitamos el agua mientras dormías cuando navegábamos. Cuando pase el año, uno de nosotros dos tendrá a la princesa. Pero cuídate de intentar algo contra nosotros, pues nuestro padre no te creerá, y si tú dices alguna palabra, perderás de inmediato la vida, así que calla y no te pasará nada”.

El viejo rey estaba muy enojado con su hijo menor porque creía que había atentado contra su vida. Hizo reunir a la corte, y un juicio fue hecho para condenar al muchacho, que fue sentenciado a muerte. El joven príncipe solicitó se le permitiera salir de cacería, y como no se sospechó nada malo en ello, se le dio permiso, pero fue con él un cazador del rey. Mientras iban solos los dos por el bosque en busca de alguna pieza para cazarla, el cazador del rey iba triste y cabizbajo, y el joven príncipe le preguntó: “Amigo, ¿qué te ocurre?” Y aquél le respondió: “No puedo decirlo y no debo”. El príncipe le dijo: “Dilo, lo que sea, y yo te disculpo”. El cazador dijo: “Ah, tengo que matarlo a usted, el rey me lo ordenó”. El joven se asustó y dijo esto: “Estimado cazador, déjame vivir. Te doy mi vestuario real y tú dame el tuyo, que está tan estropeado, y déjame aquí en el bosque”. El cazador dijo: “Eso quiero con gusto hacer, además de que no puedo matarlo a usted”. Cambiaron vestuarios, y el cazador se fue, y el príncipe se internó dentro del bosque.

Pasado el tiempo, llegaron ante el viejo rey tres carros llenos de oro y joyas enviados a su joven hijo; eran un regalo de los reyes a los que con su espada y su pan el príncipe ayudó a lograr la paz en sus naciones, y esos reyes querían mostrar así su agradecimiento. Entonces pensó el monarca: “¿Quizá mi hijo era inocente?” Y le comentó a la gente que estaba cercana a él: “Ojalá estuviera vivo mi hijo, tengo tanto dolor por haber permitido que lo mataran”. El cazador del rey, al oír eso, se le acercó para decirle: “Él vive aún. No tuve el corazón para cumplir con la orden de ejecutarlo”, y le contó al rey cómo es que lo había dejado ir. Sintió el rey pesadez como de piedra en el corazón, y mandó proclamar por todo el reino que su hijo quedaba perdonado y que podía regresar.

Entre tanto, la princesa había hecho adornar con oro las calles aledañas a su palacio, e instruyó a sus vasallos para que cuando alguien llegase a las puertas del mismo, confirmasen que fuese el que debía entrar, y si no lo era, por ningún motivo lo dejarían pasar. Cuando llegó el momento, el hermano mayor del joven príncipe quiso presentarse ante la princesa como su libertador, convertirse así en su marido y tomar posesión del reino. Entonces cabalgó hacia el palacio de ella, y vio las calles que brillaban por el oro que las adornaba y se dijo: “Sería una lástima si no entro al palacio”. Cuando llegó a la puerta de éste, le preguntaron si era el verdadero, y como se dieron cuenta de que no lo era, no le permitieron entrar. Después vino el segundo hermano, y cuando vio los adornos de oro pensó también: “Sería una lástima no poder entrar ahí”. Al llegar él ante la puerta, la gente se percató de que tampoco era el indicado, y no se le dejó entrar.

Cuando el año entero fue cumplido, el hermano más joven quiso ir al bosque y estar donde su amada y olvidar su dolor. Mientras cabalgaba hacia allá iba pensando siempre en la princesa, y finalmente llegó a las afueras del castillo, con todo lleno de oro como ya dijimos. Bajó del caballo, tocó la puerta, la cual se abrió y nadie lo detuvo; la princesa con alegría salió a recibirlo, y le dijo que él había sido su salvador, y ahora era el señor del reino, y se casarían en medio de gran felicidad. Así se hizo, y una vez transcurrido todo eso, ella le contó que su padre de él lo había buscado y que ya lo había perdonado. El joven decidió ir con su padre, explicarle cómo fue todo, cómo sus hermanos le habían robado el agua y lo obligaron a callar. Cuando el rey supo de esto, quiso castigar a sus hijos mayores, pero ellos habían logrado huir, estaban en un barco en el mar, muy lejos, y ya no se supo más de ellos.

Luciano Pérez. Es originario de la Ciudad de México, nacido en 1956. Egresó de los talleres literarios del INBA, donde fue discípulo de los escritores Agustín Monsreal y Sergio Mondragón. De 1986 a 2006 laboró en la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE, primero como promotor de talleres literarios, y de 1989 a 1998 en la revista cultural del instituto, memoranda, donde fue secretario y luego jefe de redacción.  De 2007 a 2012  estuvo en Ediciones Eón, como redactor y corrector, y después como editor en jefe. Desde 2013 se ha dedicado a traducir del alemán al español, tanto para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, como para  Editorial San Pablo. Narrador, ensayista y poeta, ha publicado los siguientes libros: Cacería de hadas (1990), Cuentos fantásticos de la Ciudad de México (2002), y Antología de poetas de lengua alemana (2006).  Actualmente es editor de la revista cultural en línea Ave Lamia, y aquí publica sus ensayos literarios, históricos y de cultura popular, además de cuentos de corte fantástico, así como también traducciones de autores alemanes.

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