Cuentos de los hermanos Grimm: El rey rana. Traducción de Luciano Pérez García

 

 

 

 

EL REY RANA

 

Traducción de Luciano Pérez García

 

 

En los viejos tiempos, cuando los deseos aún se cumplían, había un rey, cuyas hijas eran todas hermosas, pero la más chica era la mejor de ellas, pues parecía un sol, y toda la gente que la veía se maravillaba, pues mucho era el resplandor de su rostro. Cerca del palacio real se situaba un gran bosque, y aquí, bajo unos altos tilos, había una fresca fuente; y cada día iba la hija menor del rey a sentarse a la orilla de esa fuente, y llevaba con ella su pelota de oro, con la cual jugaba lanzándola hacia lo alto una y otra vez, y eso era el juego que más le gustaba.

Hubo una ocasión en que la princesita lanzó la pelota demasiado fuerte, y no cayó en las manos de ella como siempre, sino que fue a dar al interior de la fuente. Vio con gran pesar lo que había ocurrido, porque además no podía sacar la pelota de ahí pues el agua era muy profunda. Se puso a llorar mucho y no había nada que la consolara. Y como se quejaba tanto, alguien gritó: “¿Qué tienes, princesita? Lloras tanto que hasta pones tristes a las piedras”. Ella volteó hacia todos lados, pero no pudo percatarse de donde procedía la voz, hasta que vio a una rana, cuya cabeza gorda y fea salía del agua de la fuente. “Ah, eres tú, viejo chapoteador”, dijo ella. “Lloro porque mi pelota de oro se fue al fondo de la fuente”. La rana respondió: “Tranquilízate y ya no llores. Sólo quiero saber algo, ¿qué me das si rescato tu juguete?” La niña exclamó: “¡Lo que tú quieras tener, querida rana! Mis vestidos,  mis perlas y joyas, aun la corona de oro que traigo puesta”. La rana respondió: “Yo no deseo nada de todo eso que mencionas. Pero si tú me quieres, entonces seré tu amigo y compañero de juegos, me sentarás junto a ti en la mesa, para comer contigo en tu platito dorado, para beber en tu vasito plateado, y dormir en tu camita. Si tú me permites todo eso, entonces me echo al fondo del agua y saco tu pelota”. Dijo ella: “¡Sí, sí! ¡Te prometo todo lo que quieras! Pero saca ya mi pelota”. Pero ella pensó para sí misma: “¡Qué fastidiosa es esta rana que habla tanto y que cree que puede hacerle compañía a los humanos!”

La rana, al recibir tal promesa de la niña, sumergió su cabeza y se metió a lo más hondo del agua, y en un instante salió a la superficie; traía la pelota en la boca, y la colocó en la hierba. La princesita se llenó de alegría, al ver de nuevo su hermoso juguete. Tomó la pelota y se echó a correr. “¡Espera, espera!”, gritó la rana, “¡Llévame contigo, no puedo correr como tú!”. Pero fue inútil, pues ella de todos modos no quería escuchar nada, pues tenía prisa por llegar al palacio. Una vez aquí, se olvidó ella por completo de la rana, la cual de nuevo se sumergió en la fuente.

Al día siguiente, mientras la niña junto con su padre el rey y todos los cortesanos estaban en la mesa comiendo, se oyó un fuerte chapotear sobre las escaleras de mármol de afuera, y luego alguien tocó a la puerta y gritó: “¡Princesita, la hija más chica del rey, ábreme!” Ella corrió para ver quién era, y al asomarse y darse cuenta de que se trataba de la rana, rápido se quitó de la puerta para regresar, llena de angustia, a la mesa. El rey se percató de que el corazón de su hijita latía con fuerza, y le preguntó: “Niña mía, ¿qué te asustó? ¿Hay algún gigante en la puerta que te quiere atrapar?” Ella respondió: “Oh, no hay ningún gigante, sólo una repugnante rana”. El rey siguió con sus preguntas: “¿Qué es lo que quiere la rana de ti?” Y la niña contestó: “Ah, querido padre, ayer estuve jugando en el bosque junto a la fuente, y mi pelota de oro se cayó al agua. Y como lloré mucho, la rana salió de ahí, y al saber lo que me pasaba me ayudó a sacarla. Pero me hizo prometerle hacerlo mi amigo y compañero de juegos; pero ya con mi pelota de nuevo en mi mano, no pensé más en nada y la rana regresó a su agua. Ahora está afuera de aquí y desea entrar”. Entonces la rana tocó por segunda vez y gritó así: “¡Princesita, la más chica, ábreme! ¿No te acuerdas ya de lo que ayer me dijiste en la fuente?” Entonces el rey le dijo a su hija: “Lo que has prometido, debes cumplirlo. Ve ahora mismo y ábrele”. Ella obedeció y fue a la puerta para abrirla. La rana saltó adentro y de inmediato se subió a una silla.

Una vez en la mesa, la rana le dijo a la niña: “Siéntame junto a ti”. Ella titubeó, y el rey le tuvo que señalar que así lo hiciera. Ya acomodado con ella, le dijo: “Ahora acércame tu platito de oro y comamos juntos en él”. La niña dudó en hacerlo, pero se dio cuenta de que no tenía más remedio que obedecer. La rana comió sabrosamente, pero a la niña todo se le atoraba en la garganta. Finalmente la rana dijo: “He comido hasta saciarme, y estoy cansado; llévame a tu recámara y acuéstame en tu camita, ahí tú y yo descansaremos”. La princesita comenzó a llorar, pues tenía miedo de la rana fría, así que no se atrevió a tocarla siquiera, y ahora la rana quería estar en la hermosa y cómoda camita. El rey se enojó mucho y la regañó: “¡Lo que has prometido, hay necesidad de cumplirlo!” Entonces la niña, agarrando a la rana con sólo dos dedos, la llevó a la recámara y la puso en un rincón y ella se acostó en la cama. Pero la rana no estuvo de acuerdo: “Estoy cansado, quiero dormir igual como tú de bien. ¡Llévame ahí contigo, o me quejo con tu papá!” Ella se puso furiosa, tomó a la rana y la aventó con toda su fuerza contra la pared, gritándole: “¡Ahora tendrás el descanso que quieres, fastidiosa rana!”

Pero cuando cayó al suelo, la rana ya no era tal, sino un joven rey con ojos hermosos y amistosos. El padre de la niña quiso cuanto antes que se convirtiese en compañero y esposo de ella. El que fue rana les platicó de cómo había sido que una bruja mala lo había maldecido, transformándolo así, y cómo es que nadie había podido rescatarlo de la fuente, hasta que se dio la oportunidad cuando a la princesita se le cayó ahí la pelota. Ahora podrían irse juntos él y ella al reino que les pertenecía. Durmieron, y al día siguiente muy temprano, llegó un carruaje con ocho caballos blancos para transportarlos. Los caballos traían puestas blancas plumas de avestruz en la cabeza, y llevaban cadenas doradas. Conducía el sirviente del joven rey, el fiel Enrique, quien se había quedado muy triste desde que su señor se convirtió en rana, y se había puesto tres varillas de hierro en el pecho para que el corazón no le estallara de tristeza y dolor. Pero al ver de nuevo a su amo, se llenó de alegría, y lo ayudó a subir al carruaje, y también a la princesita ahora reina, y partieron.

Iban ya un buen tramo del camino, cuando el joven rey oyó algo que crujía como si se hubiera roto, y le exclamó a su sirviente: “¡Enrique, creo que el carruaje se rompió!” Y el siervo fiel contestó: “No, señor, no fue así. Lo que se rompió fue una varilla que puse en mi pecho, pues por el gran dolor de verlo a usted convertido en rana, mi corazón se pudo salir de dolor”. Siguieron en marcha, y poco después algo volvió a crujir de nuevo, y más tarde otra vez, pero el rey sabía ya que se trataba de las otras dos varillas de hierro que se colocó Enrique en el pecho y que faltaban por romperse, dada la felicidad que sintió él de ver por fin liberado a su señor.

 

 

 

 

 

Luciano Pérez. Es originario de la Ciudad de México, nacido en 1956. Egresó de los talleres literarios del INBA, donde fue discípulo de los escritores Agustín Monsreal y Sergio Mondragón. De 1986 a 2006 laboró en la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE, primero como promotor de talleres literarios, y de 1989 a 1998 en la revista cultural del instituto, memoranda, donde fue secretario y luego jefe de redacción.  De 2007 a 2012  estuvo en Ediciones Eón, como redactor y corrector, y después como editor en jefe. Desde 2013 se ha dedicado a traducir del alemán al español, tanto para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, como para  Editorial San Pablo. Narrador, ensayista y poeta, ha publicado los siguientes libros: Cacería de hadas (1990), Cuentos fantásticos de la Ciudad de México (2002), y Antología de poetas de lengua alemana (2006).  Actualmente es editor de la revista cultural en línea Ave Lamia, y aquí publica sus ensayos literarios, históricos y de cultura popular, además de cuentos de corte fantástico, así como también traducciones de autores alemanes.