Cuento policíaco: Partner in Crime, de Gustavo Forero (Colombia)

 

 

Nuestro editor de contenidos, Atzin Nieto, inicia una curaduría de cuento latinoamericano del género policíaco.

 

 

Partner in Crime

 

Gustavo Forero

 

“El amor es fuego y el fuego devora lo que quiere ocultarlo”.

Biófilo Panclasta.

 

A la salida del Violet, justo en el callejón de la calle 43, confluyen estafadores, guachos, vividores, desocupados, upelientos, alegronas y hasta algún padre de familia y polis. Un buen sitio para un performance, ¿verdad?

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En la noche, Vicente Lizcano, alias Panclasta, atiende la caja registradora del Violet. Recibe los pagos y con su acento extranjero ofrece “café de Colombia” de despedida, en realidad licor de contrabando, la sangre del lugar. A él le gustan el whisky y las flores, dice mientras brinda con el cliente del lugar. No renuncia al primero a pesar de la Ley Volsted y es un asiduo del servicio de las segundas, cuando el jefe se lo permite. El hombre bebe y disfruta de la juerga como puede. Además de cuidar de la caja registradora y hacer las cuentas, a veces lee el tabaco o echa el naipe de la suerte para ganar dollops extra. Sabe que este laburo es de paso, que todo es de paso, y que por una u otra razón pronto tendrá que marcharse. A México, a apoyar la revolución, a la Argentina, a ayudar en lo de las expropiaciones, o, si las cosas van peor, de regreso a su país. La vida tiene curiosas sendas. Desde la ventana tiene visión completa de lo que sucede en el callejón de la 43 y piensa en cosas como esta.

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Anoche Julia remendó su vestido rojo y lustró sus zapaticos de charol, unos tacones negros desvencijados. Conoce la zona del Violet pues algún tiempo trapicheó por ahí. Conserva sus sueños de niña pobre de Bogotá y a pesar de todo quiere tener una casa y una familia. Su histrionismo y encantos naturales pueden asegurarle ese futuro. Basta de miseria, se dice mientras acaricia la figura de un San Antonio. Polvorea sus arrugas incipientes con restos de maquillaje barato y, frente al espejo, se peina con un moño alto que le hace ganar estatura. Prepara el performance.

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El comisario Levi P. Morton es padre de tres niños. Sus enemigos de Sing Sing lo llaman El Padre: con una sevicia fraternal despedaza a sus enemigos, dicen. En la noche, Betzy, su mujer, lo espera en casa. Ella tiene una rara obsesión con la brutalidad de su marido y él lo sabe. A ella le gusta verlo acariciar a los niños y le gusta sentirlo en su cama, que la despierte de madrugada oliendo a pólvora reciente.

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Ha salido en el New York Post:

 

Ciertos delitos alteran el sistema mismo. No es lo mismo un rapto que una falsificación. Es peligroso para todos que un loco distribuya por ahí nuestros billetes con un sello de Fake sin que las autoridades tomen medidas efectivas. Tan vana empresa puede llevar a la anarquía. El sello no quita valor al dinero, claro, pero puede hacernos dudar de su legitimidad, es terrorismo: cárcel o la silla eléctrica para el culpable. Los ciudadanos necesitamos seguridad y exigimos sanciones.

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Sellar billetes verdes con la palabra Fake no es empresa fácil, ¿verdad? Sobre todo en el prostíbulo de la calle 42, en el Violet. No obstante, este es el proyecto con el que Panclasta pone su grano de arena en la revolución. ¡Abajo el capitalismo! ¡Contra el imperio del sucio metal! Uno a uno los billetes que circulan por la caja registradora son estampados. El objetivo es impedir la explotación del hombre por el hombre. Vicente recibe el pago por los servicios recibidos en el Violet y, mientras ofrece el último trago o lee la suerte al parroquiano, devuelve los billetes de menor cuantía con el bendito sello. Fake. Es pequeño pero efectivo el tampón que guarda celosamente en el bolsillo. Si el cliente está ad portas de verificar el dinero devuelto, Panclasta le habla de la Ley Volsted, de la dificultad de encontrar otro lugar como este y sobre todo del buen café colombiano que acaba de disfrutar. ¿Otra copita? ¿Quiere saber su suerte?, inquiere a menudo. El paisano guarda los billetes sellados en su cartera, se bebe de un trago el chupito prohibido y sale del lugar. Algunos aceptan lo de la suerte y el cajero solícito empieza su propio performance. Se hace una propina extra. Mirando a través de la ventana echa las cartas y vigila que no vengan los polis.

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Morton y sus sabuesos andan tras la pista de los anarquistas. “Creo firmemente en nuestro sistema y no permitiré que cualquier criminal de pacotilla lo altere. ¡Jamás! Ha de ser, seguro, un inmigrante de mierda”, afirma. El linóleo es “trabajo artesanal”. Sin duda, “daremos con los miserables”. La justicia vencerá.

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Esta noche algunas chicas se pasean por la 42 pero ninguna es como La Actriz. En medio del frío que corta sus huesos tropicales, ella representa a Sylvia Davis, con espejito, lentejuelas y rímel, en un espectáculo especial. La coreografía incluye unos minutos de presentación, la escena y tres o cuatro líneas de una película famosa y dos bailes modernos. Alrededor de un fuego improvisado en un bote de basura, el espectáculo discurre como debiera: los transeúntes se detienen, algunos quieren meterle mano, otros vitorean y pocos valoran su arte. Son estampas de Hollywood, dice ella. Todo de acuerdo con su incomparable talento. La representación culmina con una reverance y una emotiva despedida, contribuciones liberales de los concurrentes y flores plásticas de imaginarios admiradores.

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—… y uno de 10. ¡También tiene este puto sello!

—¿También?

—Te dije que no nos metiéramos a ese antro de mierda. Si no es una sífilis, son billetes falsos lo que uno pesca.

—Podemos volver y armar camorra, jefe.

—¿Y atraer a La Ley?

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Entre más y más billetes logre sellar, mayor será el embotellamiento económico, piensa Biófilo. Fake es una empresa filantrópica que triunfará sobre el capitalismo.

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Hago muchas películas para que mi vida se convierta en una.

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Observen: Julia ha terminado su performance de la noche. Dos hombres ebrios murmuran en torno a qué billete darle. El italiano de la cicatriz se ha quedado mirándola. Parece apasionado. El otro, el gigantón rubio, un poco idiota, insiste en lo de los billetes. Mientras espera la contribución, ella ve al conserje del Violet con su cigarro en el umbral del local. Ha salido a verla. Sylvia Davis lo mira y el anarquista le hace caritas. Son modos del país. De repente, el caracortada la agarra del brazo y la conduce violentamente al fondo del callejón. Los zapaticos de charol rechinan en el asfalto. El grandote es sorprendido con la acción de su colega. Estaba verificando muy de cerca un billete cuando el otro fue tras la chica. A lo suyo, hace el gesto, y continúa contando los billetes. Ya le llegará su turno. En la oscuridad, La Actriz grita. ¡Bestia! ¡Qué le pasa! ¡Bestia! Panclasta reacciona de inmediato. Golpea al violador. El gigantón reacciona entonces y se le viene encima. Reconoce al dependiente del Violet. He’s the Colombian!, vocifera. Los dos matones dejan a la chica y la emprenden contra el anarquista. La Actriz, semidesnuda en un rincón, vuelve a gritar. ¡Salvajes! Entonces, de un momento a otro, como salidos de la nada, aparecen Morton y sus gorilas. La mujer grita que lo van a matar, que son unos viles atracadores, que quieren apoderarse de lo que el pobre lleva en los bolsillos. Los de la poli defienden al agredido. Todos se tranzan en la riña. Cada uno con su víctima. Suena entonces una detonación. El grandote rubio ha disparado y El Padre cae herido. El responsable del proyectil se da a la huida empuñando el arma. Uno de los sabuesos lo sigue. El otro retiene al caracortada y empieza a golpearlo sin misericordia.

Julia jala a Panclasta y juntos abandonan el lugar.

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Anoche, en el callejón de la calle 42, el comisario Levi P. Morton y dos de sus agentes han logrado la captura in fraganti del peligroso Scarface. Luego de una concienzuda persecución los oficiales dieron con su paradero. El hombre salía de un local de lenocinio. Al principio opuso resistencia, pero los representantes de La Ley lograron someterlo. En la acción, el comisario salió herido pero ya se recupera en casa, con su familia. Scarface llevaba consigo varios billetes con el sello Fake. Además de gánster, resultó ser falsificador y anarquista. En el lugar fueron hallados, junto con el linóleo tallado con el que sellaba los billetes, una figura de San Antonio. Sing Sing tendrá un nuevo inquilino.

La justicia ha actuado. Podemos respirar en paz.

Gustavo Forero. Escritor, abogado y profesor. Premio a la Investigación de Mayor Impacto de la Alcaldía de Medellín (2016) y Premio a la Investigación de la Universidad de Antioquia (2014). Doctor Cum Laude por la Universidad de Salamanca y magíster de la Universidad de la Sorbona (París IV). Entre sus libros se cuentan: El mito del mestizaje en la novela histórica de Germán Espinosa (2006), la edición anotada de Xicotencatl (2012), La anomia en la novela de crímenes en Colombia (2012), La novela de crímenes en América Latina (2017) y las novelas Desaparición (2012) y Amantes y destructores. Una historia del Anarquismo (2019). Ha sido director del Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro. (https://www.medellinnegro.com/). http://gustavoforeroquintero.com

Un comentario en “Cuento policíaco: Partner in Crime, de Gustavo Forero (Colombia)

  • el abril 2, 2020 a las 8:28 pm
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    Me encantó el cuento, de principio a fin. La resolución me hizo acordar a Woody Allen. Buenísimo, más de Forero!!!

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