Cuento policíaco latinoamericano: El puñal de Caravaggio, de Kike Ferrari (Buenos Aires)

 

 

Nuestro editor de contenidos, Atzin Nieto, inicia una curaduría de cuento latinoamericano del género policíaco.

 

 

 

El puñal de Caravaggio

Kike Ferrari

 

 

“A única coisa que aprendi nesses anos todos é que em crime de morte só há duas motivações. Sexo e poder. Só se mata por dinheiro ou por boceta ou as duas coisas juntas. Assim é o mundo”

Rubem Fonseca

 

Se sienta en la cocina.

—Hola —dice y abre el diario en el suplemento deportivo.

Locomotora Castro por KO en el tercero.

Independiente recibe a River por el partido de vuelta de los octavos de final de la Supercopa.

Traverso hizo el mejor tiempo en el Gálvez.

Después policiales, claro.

Rita le acerca un café y vuelve a la mesada de la cocina. La mira irse. El pelo atado sobre la nuca, ese culo precioso y acogedor que por meses fue deseo, después por años solaz y ahora bronca y traición.

Cómo no me di cuenta antes, piensa.

Cómo.

— ¿Los chicos? —pregunta por inercia. Sabe que ya se fueron a la escuela y están solos.

—Es miércoles, tienen inglés. Esta tarde los busca el micro.

Los chicos te están salvando la vida, piensa Rubén. No los puedo dejar sin mamá, te necesitan viva. Y yo no puedo vivir sin ellos, así que no podemos separarnos. Sólo queda una salida.

Y el diario no me da nada.

— ¿Querés unas tostadas? —pregunta Rita aún de espalda, el culo precioso mantenido a fuerza de pilates.

—Bueno —ni siquiera baja el diario.

Lee.

Un crimen pasional en González Catán.

Dos pibes baleados en el Gran Rosario. Ajuste de cuentas y zona liberada policial.

Tráfico y  peleas por el territorio. Tres muertos en la Uno Once Catorce.

Nada. Hace días que busca y no encuentra nada. Y cada día que pasa…

Las manos de Rita se cruzan dejando un tarrito entre el diario y Rubén.

—Ahí tenés mermelada, si querés —dice.

Rubén se queda con la mirada en las manos y las sigue. Recuerda la primera vez que vio a Vicki, su carita redonda entre los dedos delgados de Rita. Recuerda esos dedos entrelazados con los suyos, gordos y ásperos, en el Parque Lezama una tarde de domingo. Piensa en las maravillas que le hicieron esas manos.

Pero ahora. Con esas mismas manos…

Puta, piensa. Puta de mierda.

Cómo no me di cuenta antes. Cómo. Estaban ahí las señales. Justo a él se le escaparon. Cómo puede ser. Justo a él que labura de detectar la traición. Y eliminarla.

En todos los matrimonios pasa, le dijeron los muchachos. No te preocupes.

Manga de forros. Cornudos. ¿Los cuernos son lo que pasa en todos los matrimonios? A todos los matrimonios en los que la mujer es una puta de mierda, les pasa.

Cómo no lo vi, piensa.

Ahora no, que estoy transpirada. Ahora no, que me acabo de bañar. Ahora no, que los chicos están despiertos. Ahora no, que se acaban de dormir. Ahora no, que tengo sueño. Ahora no, que no me lavé los dientes. Ahora no, que los chicos se están por despertar.

Ahora no.

No.

Puta.

Puta de mierda.

Vuelve a la lectura.

Conductor borracho atropella a un niño de siete años y huye.

Presunto suicidio en la estación Flores del Sarmiento.

Dos muertos en un asalto en Boulogne.

Nada. Ya tiene la idea, pero le falta el factor externo. Y, sin eso, no puede laburar.

— ¿Qué leés: Policiales o Deportes? —ríe Rita del viejo chiste que está entre ellos desde que se conocieron —Tené —agrega y le alcanza el cuchillo para la mermelada.

Rubén lo mira y sonríe, también, detrás del diario.

Piensa: cuchillo.

Cada uno tiene su método. A él le gusta trabajar solo y con lo que le ofrece la realidad, con lo que está sucediendo. Que sea la gran exposición lo que le sirva de camuflaje. Como un cazador que dispara al mismo tiempo que estalla un trueno, para que los dos ruidos se confundan en uno. Hay cosas que ya sabe, aunque le falten otras. Aunque le falte el componente principal. Es cuestión de esperar. Como un cazador.

—No creas, estuve leyendo otras cosas, ¿sabés? —dice.

— ¿En serio? —contesta ella —, ¿al final descubriste que hay algo más que crímenes y el resultado de Boca?

Rubén traga saliva. No, no hay nada más, piensa. Vos, los chicos. El laburo con Peralta. Los deportes que me distraen y el resto es parte del trabajo. No leo crímenes, miro mis negocios. ¿Cómo creés que te pago los gustos? ¿De dónde pensás que sale el filo para las exposiciones a las que te gusta ir, para los posgrados en Literatura Contemporánea en la Facultad de mi Garcha, para las putas clases de pilates que te dejan precioso ese culo acogedor aunque ya nunca para mí porque últimamente siempre es ahora no? ¿Cómo creés que gana la guita un tipo como yo, que sólo lee las páginas de crímenes y las de deportes? ¿Qué creés que hago en el Sindicato, a ver?

Pero qué sabrás vos, piensa. Qué sabrá de mí, esta hija de puta. Tantos años juntos para que no me conozca. Para que no sepa nada.

¿Y yo?, duda de pronto Rubén, ¿qué sé de ella?

Que se coge a otro, sé.

Sacude la cabeza.

Pero hice el esfuerzo, eh, piensa. Estuve ocupándome de otras cosas. Tus monografías sobre literatura, por ejemplo. Tu reciente interés por la pintura.

Rubén mira el cuchillo para untar la mermelada en su mano. Sonríe de nuevo.

Puta de mierda, piensa.

— ¿Te cuento una? —pregunta —Hay un pintor, Caravaggio se llamaba el fulano…

Hace una pausa para ver el efecto de sus palabras en la cara de ella. Ve asombro.

Y es que por primera vez en los últimos años el marido de Rita acaba de sorprenderla. Entonces piensa inmediatamente en la muestra de Caravaggio que fue a ver el mes pasado con Itsvan y el miedo se apodera de ella por un instante. Pero en seguida decide que no. Debe ser una casualidad. Él no puede saber. Si supiera, algo hubiera pasado. Claro que no, qué va a saber. Siempre preocupado con el trabajo y los deportes. Nunca le prestó atención ni a ella ni a sus cosas. Menos va a saber eso.

—Bueno, resulta que el tal Caravaggio llevaba siempre un puñal en la cintura y en la hoja tenía grabada la frase sin miedo y sin esperanza. ¿Qué te parece?

Rubén la mira fijo. Paladea el momento. Sabe que en este mismo instante ella está dudando.

—Ni miedo ni esperanza. Nada. Interesante, ¿no? —juega con el cuchillito entre los dedos —El puñal de Caravaggio...

Unta finalmente una tostada. Vuelve al diario por un momento.

Vecinos de Berazategui linchan a supuesto abusador de menores.

Grupo comando roba el Banco Nación de la Plata: 8 millones de pesos. 

El siguiente titular captura su atención.  Ahí está, piensa. Lo encontré.

—¿Te cuento otra cosa que leí por ahí? —dice repentinamente entusiasmado, mientras lee el artículo en diagonal .

A las seis treinta de esta mañana personal de la policía de Ramos Mejía… junto a su automóvil, reconocido comerciante de arte… hipótesis policiales van desde la droga hasta…  manos y pies atados con precintos y la boca tapada con cinta adhesiva… un disparo de grueso calibre, presumiblemente .45,  en la nuca.

—Sí, claro — la voz de Rita es un tango bailado por el temor y la curiosidad.

—Esta me dejó pensando. Escuchá. Según Ed McBain seudónimo del escritor italo–norteamericano Salvatore Lombino, uno de los mayores exponentes de lo que se dio en llamar la novela de procedimientos reales de investigación, hay sólo dos razones para matar; —dice citando textualmente y de memoria el trabajo titulado Razones y motivaciones: del jarrón veneciano al callejón, un recorrido por los móviles criminales desde la novela de intriga al genero negro que Rita publicó unos meses atrás y le dedicó a Itsvan, cuando empezaron a verse —como le hace decir al detective Hawes, uno de los personajes de su serie sobre el Distrito 87, en su novela Trampas: “amor o dinero: son los únicos móviles que existen”.

Ahora parecen no quedar dudas. Rita tiembla, navegando entre la sorpresa, el miedo, la confusión y el halago. Su marido sabe. Sabe y no hay gritos. Nunca hubiera pensado que fuera a reaccionar así. Quiere decir algo pero él sigue hablando.

—Y yo pensaba que si esto es así la mejor manera de ocultar un asesinato por amor, sería que parezca provocado por guita, ¿no?

—No sé —dice Rita, cada vez más confundida, y se levanta de la mesa —no lo había pensado…

Rubén ya puede ver los titulares del día siguiente.

Mafia de las Pinturas: otro galerista asesinado.

Imagina la nota mencionando los paralelos entre los dos crímenes, las hipótesis periodísticas acerca de tráfico de arte o falsificaciones, la mención de que ambos crímenes tuvieron un mismo modus operandi.

—Mirá vos —dice —, hubiera jurado que era un tema que te interesaba.

Decide que –además de los precintos en manos y pies, la cinta adhesiva en la boca y el tiro en la nuca– le va a dejar en algún bolsillo un papelito que diga sin miedo y sin esperanza, para que a ella no le queden dudas. Y de paso reforzar la idea del móvil artístico.

Quizá ahora empieces a entender a qué clase de hombre tenés al lado. Quizá te enteres de lo que soy capaz.

—Sí, —balbucea Rita —teóricamente me importa pero…

—Claro, los crímenes teóricos ¿no? Yo porque leo siempre el suplemento policial del diario… —hace una pausa en la que espera que ate cabos. —Capaz vos podrías empezar a hacerlo. Se aprenden cosas, también ahí.

Y tira sobre la mesa el diario abierto en el titular que le llamó la atención: Crimen mafioso en Olivos: asesinan a dueño de una galería de arte.

—Oíme, Oso… —intenta Rita.

Él siente la frase como una puñalada entre las costillas. Una muerte dulce. Cuánto hacía que no me llamaba así, piensa.

Sin esperanza, se repite, sin miedo.

—Oime… —vuelve a decir la mujer. Pero él ya se levantó de la mesa mirando ostensiblemente el reloj de la pared.

—Ahora no, hablamos a la noche. Hoy tengo algunas cosas que hacer.

Piensa que todavía tiene que pasar por la ferretería a comprar precintos y cinta adhesiva, piensa, e ir a buscar la .45, que quedó en la oficina.

Camino a la puerta la besa apenas sobre los labios.

Vuelvo tarde, eh —dice después.

 

Kike Ferrari nació en julio de 1972 en Buenos Aires, donde vive. Es papá de Juana, Severino y Matilda. Formó parte fanzine literario Juguetes Rabiosos y actualmente escribe para Acoplando, la revista de cultura del sindicato de los trabajadores del metro.

Publicó las novelas Operación Bukowski, Lo que no fue, Que de lejos parecen moscas, Todos nosotros; los volúmenes de relatos breves Entonces sólo la noche, Nadie es inocente, El oficio de narrar, la muerte sin brújula; y los de no ficción Postales rabiosos, Un mundo negro. También, bajo el heterónimo de Hank McPherrar, la novela Y es probable que no quede ninguno, junto a Juan Mattio, Punto ciego y, con dibujos de Cristian Navarro, la novela gráfica Uno de los murciélagos.

Su trabajo fue editado en Argentina, México, España, Francia, Grecia, Macedonia, Estados Unidos, Inglaterra e Italia y considerados en premios como el Prix SNCF du polar (Francia), los Dagger Awards de la  CWA (Inglaterra), Fondo Nacional de las Artes (Argentina), Semana Negra de Gijón (España) y Casa de las Américas (Cuba) entre otros.

 

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