Cuento mexicano: T I A, de Nemoria Mondragón.

 

 

 

T I A

 

Nemoria Mondragón

 

¿Quién es la mujer que está detrás de ti, papi? Jacinto detuvo las manos con las que arropaba a su hijo y volteó a mirarlo a la cara. ¿Qué? ¿La mujer que está detrás de ti, papi? El pequeño de cuatro años liberó un brazo de las cobijas y señaló con su dedito índice la esquina del cuarto detrás de su padre. Jacinto giró lentamente la cabeza... Detrás de mí no hay nadie, René. El nene entrecerró los ojos y sonrió. Se quedó así dormido. Jacinto sonrió también. Le metió el bracito de nuevo bajo las cobijas y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Al levantarse de la cama quedó hacia la esquina del cuarto. No vio nada. Apagó la luz y salió.

La mujer en la habitación se acercó a la cama del niño.

En el otro cuarto, Helena hojeó una vez más los resultados médicos. Suspiró. Tomó el control remoto y cambió unos tras otros los canales. Jacinto se metió a la cama junto a ella. Le besó el cuello y le acarició el vientre por encima del camisón. ¿Qué vamos a hacer, Jacinto? El doctor dijo que todo está bien, linda, que la falta de apetito en los niños es común. Le quitó los papeles y los puso en su buró. Replegó el camisón hasta la ingle y paseó la mano extendida a lo largo del suave y carnoso muslo. Ella se deslizó en las cobijas y se volteó hacia él, enredó los dedos en su barba y suspiró de nuevo. Ambos se miraron a los ojos. Él se acercó a sus labios para entrelazarlos con los suyos. Ella cerró los ojos y soltó el control remoto.

Días después, René contempló, con las manos entre sus piernas, las donitas de cereal flotar sobre la leche del plato. Una donita llegó al limite de absorción y se hundió hasta el fondo. Helena le frotó un hombro. Sólo comete otra cucharada más, papito. René replegó la frente y negó con la cabeza. Ambos saltaron en sus sillas y sintieron que el corazón les estallaba por dentro. La segunda vez que sonó el timbre, René saltó de nuevo en su asiento, encogió las piernas y las abrazó con fuerza. Tranquilo, mi amor. Ha de ser tu abuela. La madre volvió a frotarle el hombro a su hijito.

Helena le abrió la puerta a Rosaura. Al verse, ambas se abrazaron de inmediato y permanecieron así durante algunos segundos. Helena contuvo las lágrimas. Rosaura le tomó la cabeza entre las manos y le acarició las mejillas con los pulgares. Todo estará bien, hija. Ya verás. Helena contuvo aún más las lágrimas. Sí, señora. Aspiró hondo y asintió un par de veces con la cabeza. Trató de sonreír.

Al ver a su abuela, René extendió los brazos y abrió y cerró las manitas. ¡Abu! Rosaura dejó su bolso sobre la mesa, abrazó a su nieto y se sentó con él sobre las piernas. Los huesos del niño la lastimaron, pero le besó la coronilla y lo peino con los dedos. Helena le sirvió café. ¿Qué dijo el doctor Rodríguez, querida? La nuera le acercó leche y azúcar e hizo una mueca. Nada, lo mismo que el otro doctor. Helena llenó su taza de café. René se soltó de los brazos de su abuela para coger su bolso. Helena lo vio. ¡Deja ahí, René! Respeta las cosas de tu abuela. Rosaura negó con la mano extendida. Oh, déjalo, hija. Tal vez se encuentre con una sorpresa. El niño abrió el bolso, apartó una barra de chocolate y tomó la billetera de la abuela. Sacó uno a uno, tarjetas, billetes y fotografías. Rosaura sorbió de su café, mientras Helena se sentó por fin a la mesa. Es ésta, mami! ¡Ésta es la mujer que me persigna en las noches! Las dos mujeres voltearon a ver al niño. Rosaura se llevó una mano a la boca y se le llenaron los ojos de lágrimas al ver el dedito índice de René sobre una de sus fotografías. ¿La has visto, mi amor? ¡Es tu tía abuela! Rosaura de nuevo abrazó y sentó a su nieto sobre sus piernas. Sí, Abu, a veces llora porque no le gusta estar muerta. René se acercó la fotografía a la cara y la miró fijamente. Helena abrió aún más los ojos y posó una mano sobre una de las manita del niño. ¿Has visto a esta mujer, mi amor? Sí, mami, en las noches. Rosaura se acercó aún más a su nieto. Es tu tía abuela, mi amor. Pídele que te cuide. Pero no se parece a ti, Abu. No, mi amor. Tu tía era más alta y de rasgos finos. ¡No! ¡No se parece a ti, Abu! Rosaura miró a los ojos a Helena. Mi hermana murió hace mucho, pero si está aquí, seguro es para cuidar al niño. Ella lo ayudará a sanar. La abuela besó a René. Pídele que te cuide, mi niño. Sí, Abu. El nene se safó de la mano de su madre girando la muñeca y continuó viendo la fotografía. Helena quiso decir algo, se llevó una mano a la boca y se mordió a penas las uñas.

En la noche, Jacinto escuchó a su esposa acariciándose la barbilla y sin interrumpirla. Sonrió. Había olvidado que mi tía siempre me persignaba cuando me acostaba. Helena le observó la expresión.¿Crees que el niño ve a tu tía? Tal vez, ¿cómo supo que era ella? Nunca antes la había visto. Ni si quiera le habíamos hablado de ella. La joven esposa se mordió de nuevo las uñas. No lo sé. Él le quitó la mano de la boca e hizo que lo rodeará con sus brazos. Mi tía me quería mucho, amor. Era mi segunda madre. Pienso, como mi mamá, que si está aquí es para ayudarnos. Verás que pronto empezará a comer mejor. Confiémosle al niño. Helena recargó su frente en el pecho de su esposo, agitó levemente la cabeza y cerró los ojos. Ok.

La mujer en la habitación de René sonrió.

Al otro día, cuando Helena despertó, los pajarillos ya trinaban entre las jacarandas de afuera. Se levantó y, al tiempo que se dirigió al cuarto de René, se ató el cabello. Se sentó sobre la cama, bostezó, y le acarició la espalda por encima de la cobija para despertarlo. Lo sintió aún más flaco y enseguida lo destapó. Encontró a su hijo con la boca semiabierta y los ojos impasiblemente abiertos.

René, de mano de la mujer, se encaminó a la puerta, volteó la cara hacia su madre, pero la mujer lo giró suavemente de la barbilla. Juntos abandonaron la habitación.

Nemoria Mondragón es docente de Humanidades a nivel medio superior y superior. Hasta el momento ha publicado un libro de filosofía para niños y adolescentes, llamado Filosofando (2016). Actualmente, trabaja en una antología de cuentos que versa sobre la infancia y lo sobrenatural.

 

 

 

 

 

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