Cuento mexicano: La verdad de uno, Eréndira del Carmen Corona Ortíz

 

 

LA VERDAD DE UNO

 

Eréndira del Carmen Corona Ortíz

 

Dedicado al Escritor y Amigo Álvaro Díaz

por todo lo que, sin proponérselo,

nos ha guiado a saber.

 

Atribuyo la especulación de lo que a continuación voy a contarles, a la tenue figura de un anodino sujeto que se encontraba de pie, frente a mí, aquel día.

La ocasión, no importa. Baste al lector saber que el personaje en cuestión, había pasado la mayor parte de su vida obsesionado con la búsqueda de una verdad, sino por demás poco trivial, ya para entonces olvidada. Era una certeza presentida, la que le acechaba en cada uno de los pasos que daba, y que apenas ahora, parecía comenzar a entender.

De su abuelo, había heredado la enorme biblioteca en la calle Savona (en Santa Lucía), una numerosa fortuna que le permitiera vivir cómodamente, así como la irrefrenable sed de conocimiento. Cuestión que lo mantenía absorto la mayor parte de sus horas limpiando, clasificando y reestudiando la infinidad de textos, que se encontraban a disposición, dentro de aquella Babel particular. Era asiduo lector de algunos como Hegel, de quien se sabía capaz de recordar uno de sus pasajes favoritos de memoria. Un texto escrito en su Ciencia de la Lógica (Wissenschaft der Logik, 1812-1816) que versaba lo siguiente: “En la claridad absoluta [In der absoluten Klarheit] no se ve ni más ni menos que en la absoluta oscuridad, esto es, que uno de los dos modos de ver, exactamente como el otro, es un ver puro, vale decir un ver nada”.

En los contados momentos durante los que su atención le brindaba tregua y osaba apartarse de las inacabables lecturas, solía enfilarse hacia otras sendas no menos concurridas del arte, como la pintura o la música. Encontraba en las magníficas y particulares composiciones pertenecientes a los precoces Mozart y Bach, una reminiscencia de algo cuya proximidad no evidenciada, le erizaba la piel sin razón aparente. No obstante, mostraba particular fascinación por las representaciones artísticas que implicaban cierta rama del teatro, especialmente los del tipo Kagaroz, Sbek Thom (Jémer) y el Wayand Kuli. Dicha predilección —sospechaba— debía ser parte consecuencia del esquivo subconsciente, quizás recordándole a su querida madre durante las largas vacaciones de fin de año; ocasión donde a plenas vísperas de navidad, ambos se divertían pretendiendo ser agentes de teatro en gira. Presentándose con sus famosas marionetas a través de todo el mundo danzando, bailando, insuflándoles vida con alegres movimientos; y el epinófeno de las cándidas sonrisas, destinado a borrar los límites entre el mundo fantástico y el real.

Había sido justamente aquel inocente pasatiempo infantil (a esa edad, juzgue usted estimado lector, cualquier cosa seria puede resultar un simple juego), el que perpetrara la canina incisión e invocara la manifestación de una incipiente inquietud; dejando caer así la semilla de la idea que florecería en obsesión con el suceder de los años. Todo para que finalmente, al compás de los silencios altos de una tarde que pasaba sin transcurrir, postrado sobre un amodorrado sillón; escuchara una sirénica eidola, susurrándole al oído el ansiado presentimiento que le hiciera volver la atención, hacia un espejo engarzado al fondo del corredor. Semejante premonición, recitó en su cabeza con una voz suave y sin nombre un pasaje perteneciente a la afamada República; escrita hace algunos cuantos ayeres por el viejo Platón.

 

“…Si quieres tomar un espejo y darle vueltas a todos lados: en un momento harás el sol y todo lo que hay en el cielo; en un momento, la tierra; en un momento, a ti mismo y a los otros seres vivientes y muebles y plantas y todo lo demás de que hablamos… Entre los artífices de esta clase está sin duda el pintor ¿no es así?... Y dirás, creo yo, que lo que él hace no son seres verdaderos…” (La República, 596e).

 

La revelación que intuía engarzada en aquellas reminiscencias, hizo que se atreviera a desafiar la inmovilidad aparente de la habitación para presentarse ante un suplicante espejo. Mientras en el aire, el viejo fonógrafo, comenzaba a desencadenar la melodía del canon cancrizans-es, en cuyas notas había sospechado siempre, nacía y moría un bello poema eterno. Se apersonó frente a su reflejo (si tal cosa es posible) con los ojos contemplando fijamente al extranjero que llegaba de lejanos lugares pacíficamente a saludarle. Ha debido al reencuentro con la melancólica phantasmata, el reparo fortuito en un viejo libro que no recordaba tener. Fue una visión revelada a través del espejo, la que por un instante, le hizo desviar la mirada antes puesta sobre el doble aparente, para postrarla enseguida ante el ejemplar real. Acunado en los brazos de una apacible solitud, se asomaba sobre uno de los estantes de la sección más próxima, el lomo de un antiguo libro que no logró identificar entre las galerías hexagonales de su privilegiada memoria. El descubrimiento, pronto lo apartó del leve trance en el que aún divagaba y lo sumió en la ávida lectura del misterioso volumen.

Sobre aquel escenario que parecía suspendido fuera del tiempo, los hilos de sol en recorrido transversal, abrieron camino con su luz al interior del apartado cuarto. Cuando entonces, levantóse la vista —que ya no buscaba más dentro de las letras— sino cuya atención, imploraba hacia una llana pared donde los ríos ambarinos desembocaron señalando el momento preciso. De pie frente a ella, con los lánguidos dedos deslizándose a modo de grácil pincel, comenzó a trazar a la altura de los hombros, el contorno de su sombra. Delineando la corona de su cabeza, el arco de sus brazos, las columnas de sus piernas… hasta llegar de nuevo al punto donde todo inicio, mientras sus labios pronunciaban ya por vez primera, ya por última vez... Umbra hominis lineis circumducta. Y entonces... supe.

Eréndira del Carmen Corona Ortíz nacida el 29 de Octubre de 1984 en la antigua y hermosa ciudad de Veracruz, México. Estudió Ingeniería en Telecomunicaciones, ejerce en el campo de la Automatización y es Escritora por afición. Le gusta apreciar las realidades del mundo desde sus distintas perspectivas como en un caleidoscopio y ha encontrado en la poesía y los cuentos las herramientas perfectas para hacerlo.

 

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