Cuento mexicano: El Juicio de este mundo, de Ángeles Montañez

 

 

 

 

El Juicio de este mundo

 

Ángeles Montañez

 

 

 

 

Jamás la noche volvería a ser mística, o por lo menos no en las ciudades.

Chloe Aridjis

 

 

 

Mi casa. Mi casa está triste, le falta gente, mi familia, le falta el techo, le crecen hierbas y hongos a las paredes. Solo vine por lo indispensable, un par de fotos, una de mi mamá besándome la mejilla, otra de mi papá y yo en un kayak, otra de mi hermana y yo en pijama, y la última, en blanco y negro, de mí abrazando a mi hermano por sorpresa; unos libros, los que no están húmedos, El libro de las nubes porque no lo he terminado, La segunda oportunidad de Coupland por ser la novela favorita de mi hermana, y Calibán y la bruja para recordarme quién soy; comida enlatada sin vencer, y unos audífonos en perfecto estado.

Al salir mi hermana toma mi mano. La ciudad tiene colores impresionantes, el verde de las banquetas que se enreda y traga los postes de luz, el gris de los edificios abandonados cuyas estructuras vibran un poquito cada amanecer, el cielo rojizo que se ha negado a cambiar en meses, anunciando lo que tanto predicaban aquellos que leyeron la biblia.

 - Es como un sueño que tuve hace tiempo...

- Mis papás ya están en el tren, ya dejaron la ciudad, que les avisemos cuando nosotras estemos en el nuestro.

- No encontré tu cargador, pero llegando a la universidad podemos ver quién te presta uno.

- Nah, todo mundo está asustado, no creo que a alguien se le haya ocurrido traer un cargador.

Tiembla. Toda la ciudad se agita un poco y miro los edificios a nuestro al rededor con temor a ser lo último que vea. Nada. Permanecen estables y mi hermana afloja su agarre.

- ¿Tus amigos ya están allá? - le digo para calmarla.

- No todos, yo creo que algunos no vendrán, prefieren quedarse en casa con sus padres a separarse de ellos aunque sea solo un rato de viaje.

- ¿Cómo sabes que es un rato?

- Pues yo creo ¿qué tan lejos nos pueden llevar?

Llegamos a la universidad, todos están reunidos con sus amigos o hermanos, los únicos adultos están entregando los boletos del tren. Me dan uno a mí y otro a mi hermana, tenemos el mismo cubículo. Mi hermana encuentra a sus amigos y se separa de mí. Le digo que no tardo para buscar a los míos. Me alejo un poco de la multitud. Si conozco a mis amigos estarán en la biblioteca o descansando bajo alguna sombra. La biblioteca luce siniestra, tiene un aroma a humedad más fuerte que ninguna otra área de la universidad, por los libros; la luz se filtra por el techo y sus deficiencias, el agua estancada formó moho en las paredes, las plantas quebraron las ventanas y los árboles sumergieron sus manos para alcanzar una buena lectura. Daniela interrumpe mi análisis del tiempo y la ausencia para gritarme que la ayude con algunos libros.

- No sabemos cuándo tengamos oportunidad de volver a ver tantos.

- Te estaba buscando, a ti y a los demás. Dani, creo que esto es un sueño.

- Pues, me encontraste ¿vamos arriba? No he buscado allá.

 - ¿Me escuchaste? No importa, esto es mi sueño.

- Sí, se parece a tus sueños.

- No, lo es, solo no puedo despertarme. Oye, ya no puedo con tantos, los guardaré en mi mochila.

- Está bien, de todas formas creo que ya con estos es suficiente. Sé que es difícil de asimilar, pero todos estamos en el mismo barco… o tren, negarlo no lo hará más fácil, leer sí.

 - Daniela, quieren subirnos a unos trenes que van a quién sabe dónde para "salvarnos del fin", no tiene sentido.

- Para ser justas, nadie dijo que va a salvarnos de nada, pero es la única opción que nos queda.

- ¿Opción?, ¿cuál opción?, ¿el tren nos va a llevar a otro mundo? porque es la única solución coherente.

- No lo averiguaremos a menos que subamos. ¿Me das los libros después? te veo allá.

- Dani ¿allá dónde?, ¿a dónde van todos?

- ¿De verdad te cuesta tanto creer que el mundo está acabando?, ¿no es algo que nos advierten todo el tiempo?

Daniela sale de la biblioteca con sus brazos cargados. Miro el boleto, la hora de partida está cerca, supongo que Daniela se reunirá con los otros, así que no me preocupa encontrarlos porque, dondequiera que estén, estarán juntos.

No he visto a Alejandro en todo el día. Alejandro vive fuera de la ciudad, es quien sabe qué edificio se cayó antes de que se sepa en las noticias por la vista desde las alturas, pero también es el que llega tarde por la distancia. Vuelvo al punto de reunión, las camionetas empiezan a llenarse con niños, se van antes para que los niños lleguen primero a la estación y poder ayudarlos a abordar. Mi hermana sube a una de las camionetas y me pide que suba con ella.

- Te veo en el tren, esperaré a Alejandro otro rato.

La veo despedirse de mí hasta el último segundo de visión mutua.

El punto de reunión se queda cada vez más vacío, hasta que solo resta por llenarse una camioneta, me miran: "¿vas a subir?", niego con la cabeza y puedo ver cierta desilusión en sus ojos. Quiero subir. Tiembla de nuevo, la camioneta toma eso como advertencia y arranca sin mí. El cielo comienza a reflejarse en mi piel, me vuelvo roja, el viento es más agresivo con cada minuto, yo sé que la ciudad me está dando tiempo extra, procura no quebrarse demasiado.

Veo un coche estacionarse en la avenida, Alejandro se baja con su mochila amarilla y se despide de sus padres, quienes arrancan para ellos alcanzar su tren. Se acerca conmigo jadeando, sabe que llegó tarde. Toma mi mano y mientras caminamos hacia la estación me cuenta cómo luce todo desde su colina.

- Casi no queda ninguno, sabes que ningún edificio de acá fue diseñado para tanto, pero duraron bastante aun así.

- ¿Desde allá se ve la estación?

- Sí, lejos, en medio de la nada, por eso sé hacia dónde vamos. Quizá alcancemos el último tren.

- ¿Y las vías?, ¿se ven las vías del tren?

- Sí, lejos... Como infinitas.

- ¿Infinitas?, ¿no te parece raro que no nos digan a dónde vamos?

- Hay que tratar de llegar y nos preocupamos por eso allá, que nada importa si no alcanzamos.

- ¿Y tus hermanos?

- Oye, perdón, pero ¿podemos no hablar de esto? yo sé que tienes muchas preguntas, pero te juro que yo sé lo mismo que tú – claro, estamos en el mismo barco… o tren. Respiro profundo, qué rico es el silencio. Él me imita -. Hasta el aroma cambia cuando está sola.

Alejandro trae en su cuello su cámara, lo que me recuerda que la mía se quedó en casa, junto a mis libros y mis flores secas, junto a mis cactus, y la fauna silvestre que nadie invitó a mi habitación. Escuchamos a unas cinco cuadras un edificio colapsar, escuchamos los árboles quejarse, la tierra que se eriza, el viento gimotea de miedo. No quiere acabar, también le teme a la incertidumbre. Salimos de la ciudad y el murmullo se vuelve fresco, ya no se siente la soledad a pesar de la escasez de cemento. Parece que hemos caminado por aquí antes, reconozco las hierbas que se atoran en mi ropa, el sonido de nuestros pasos marcando un camino entre el pastizal,  cómo cae la luz, cómo ilumina el rostro de Alejandro y perfila los árboles.

- ¿Qué traes en tu mochila?

- Libros, pinceles, compré hace tiempo unas acuarelas que nunca aprendí a usar, creo que es el momento.

Pero ¿por qué todo mundo habla como si tuviéramos otras eternidades? Tiembla. Es como si me escuchara pensar.

- ¿A dónde va el mundo después de la muerte? – miro nuestras manos, siempre han sabido cuidarse entre ellas.

- Supongo que depende de cada religión... O ciencia.

- No, me refiero a El Mundo, el planeta, la Tierra, que está compuesta de seres vivos, ¿qué pasa con ella después de la muerte? - Alejandro vacila unos segundos, presiona mi mano, puedo escuchar un suspiro que parece sollozo.

- Creo que lo averiguaremos juntos...

Alejandro me señala la estación, la estación vacía. No llegamos a tiempo.

Hay cierto abandono en la estación, más allá de la ausencia de trenes o personas, siento como si todo hubiera pasado hace años. La Tierra vuelve a temblar. Alejandro no suelta mi mano. Por alguna razón no dejamos de caminar, aunque ya no tenemos a dónde ir. Todo este tiempo me aferré al boleto con mi otra mano, cuando la relajo el viento me lo quita de encima.

Seguimos las vías del tren, más tranquilos, jugando a mantener el equilibrio, como hacemos siempre. Después de un rato sin que las horas pasen y de creer que alcanzaremos el tren le pido a Alejandro su cámara, porque el atardecer luce surreal, y me gustaría recordarlo mañana.

 

Ángeles Montañez. Licenciada en Letras Hispánicas. Participé en el XXIV Encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes en 2016; en el Primer Encuentro Fronterizo: La border Meiks Mi Japi en 2017 de la Universidad Autónoma de Baja California; en la revista electrónica Suplemento Chirimbolo en 2018 y en la revista estudiantil Pirocromo. Participé en el decimocuarto Foro de Estudiantes de Lingüística y Literatura de la Universidad de Sonora 2018 y en el III Congreso interuniversitario de estudios literarios y lingüísticos “violencia, género y lengua: ausencias y denuncias discursivas” en 2018 de la Universidad de Yucatán. De igual manera, fui seleccionada para participar en el Cuarto Coloquio Nacional Palafoxiano de estudiantes de lingüística y literatura hispánica y en el Congreso Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura en la Universidad de Guadalajara en 2019, a su vez fui seleccionada para ser Delegada de la Rednell sede Aguascalientes. En 2019 participé en el CIELL 4ta edición. Recientemente presenté en el Congreso de Literatura Mexicana Contemporánea en la Universidad de El Paso, Texas, en 2020.

 

 

Un comentario en "Cuento mexicano: El Juicio de este mundo, de Ángeles Montañez"

  • el septiembre 28, 2020 a las 1:27 pm
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    Excelente relato. Muy audaz. me llevaba con la angustia y la rapidez del momento dentro del cuento.

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