Cuento joven: La suerte del tío F, de Casandra Gómez (México)

 

 

La suerte del tío F

 

Casandra Gómez

 

 

J da vueltas de un lado al otro por su habitación. Toma el celular. Lee el correo electrónico. Estimado J, es un placer para nosotros informarle que usted es el ganador del Avión Presidencial. Le pedimos que se presente en el Complejo Cultural Los Pinos, el día de mañana, a las 9.00 hrs. Los gastos de trasporte los cubriremos nosotros. Adjuntamos los datos de facturación en este correo. Enhorabuena. Gobierno de la República.

            Como si fuera Gregorio Samsa, la vida de J cambia esa mañana. ¿Vendrán a tocar a su cuarto? ¿Se habrán ya enterado sus padres y su hermana? J piensa. Medita. ¿Es una broma? Prende el televisor y sintoniza Hechos AM. Su cara está en el noticiero. Sí, es su nombre. ¿De dónde sacaron esa foto? Debieron robarla de su cuenta de Facebook. ¿Por qué nunca la puso privada?, se cuestiona.

            La foto se la sacó M, su único amigo de la licenciatura. M tomó un curso de fotografía en la Buñuel y desde entonces, sube retratos de sus amigos con un efecto en blanco y negro, a su cuenta de Instagram. En la foto que circula en el noticiero, se puede ver a J leyendo un libro de Imre Kertész y fumando un cigarrillo, aunque él no sabe fumar y nunca pasó de las primeras veinte páginas. M presume que el retrato de J es una obra de arte. A J nunca le gustó, y duda que a alguien sí.

            Pero hoy la foto no importa. J está feliz. Se deja caer sobre la cama. Hace planes. Se imagina viajando. Lo mejor: ya no tendrá que trabajar para ese tremebundo jefe, que le escribe hasta en fines de semana.

            Cuando estudió Letras, J se imaginaba laborando para grandes editoriales. Su sueño siempre fue vivir en la ahora CDMX, y lo intentó. Sus padres lo mantuvieron durante esos días, pero las editoriales le cerraron las puertas en la cara.

            J es un provinciano de la Estridentópolis, de la Atenas Veracruzana. Sí, de Xalapa. Lo máximo que había hecho de edición era corregir los textos de sus compañeros en talleres literarios, armados por ellos mismos. Después de intentar obtener un puesto incluso en las revistas emergentes, y quedarse sin nada en los bolsillos, no tuvo más remedio que regresar a casa de sus padres.

            Pasaron varios meses y J no lograba conseguir ningún trabajo, hasta que encontró uno como asistente de investigador. Al principio, le prometieron que iba a editar y corregir los artículos de su jefe. Nada de eso sucedió. Terminó sacando copias, trayendo el café y ordenando libreros. Con el escueto pago, J ayudaba con algunos gastos de su casa y guardaba una parte del dinero para probar suerte en la CDMX, de nuevo.

            El día que se enteró de la rifa del avión presidencial, J tuvo una corazonada. Sacó quinientos pesos de un calcetín y corrió a comprar el boleto. En realidad, eso del boleto era simbólico. Para evitar el fraude, los concursantes compraban un boleto virtual, que quedaba registrado en la plataforma de la Lotería Nacional, y la información la mandaban por correo electrónico. Los boletos también se podían comprar en línea, pero J quiso evitar pedirle la tarjeta de crédito a su padre y explicarle para qué la necesitaba. Así que hizo una larga fila y compró su boleto en una sucursal cercana a su trabajo.

            Esa mañana, J olvidó por completo que la rifa sería en el informe matutino del presidente. De no ser por el correo, no se habría enterado que su rostro andaba circulando en televisión nacional. Quizá, de haberlo recordado, habría elegido una mejor foto para el noticiero, pero ya tendrá tiempo de corregir eso. Por lo pronto, buscará su mejor traje, en realidad el único que tiene, y después de recibir el avión por parte del presidente, nadie prestará atención a ese intento de retrato bohemio.

Hoy J no irá a trabajar, sigue acostando. Ya después mandará al diablo a su jefe. Mientras, se imagina recibiendo el premio. Da entrevistas. Su foto sale en la portada de Forbes. Sueña despierto. Cuando está a punto de ser el jefe de la editorial de sus sueños, tocan la puerta. Como lo esperaba, es su familia. Todos lo abrazan. Comienzan a hacer planes. J promete muchas cosas. Su padre también decide faltar al trabajo. Su hermana tampoco irá a la Facultad. Para qué. Después de la noticia, puede poner su propio café-bar/casa cultural. Ah, qué xalapeños, siempre soñando despiertos.

            Esa mañana, bajan a desayunar como hace mucho no lo hacían, contentos, como una familia de película gringa. Su hermana le prepara su desayuno favorito: unos huevos motuleños con salsa de chileseco. Todos se sientan alrededor de la mesa y siguen soñando. Entonces, tocan la puerta. J imagina que son los periodistas. Se peina un poco. Su hermana corre a vestirse y ponerse un labial rojo. Cuando abre la puerta, todo se transforma en una película de Al Pacino. Frente a él están un hombre en silla de ruedas y tres tipos bastante corpulentos. Sin preguntar, entran a su casa. El hombre en la silla de ruedas se presenta. Es el tío F, ex gobernador del Estado.

            El tío F había sido muy pobre y un golpe de suerte transformó su vida. Los veracruzanos apostaron su voto a cambio de una despensa, que muy bien les vino en aquellos días. La mayoría soñó con mejores oportunidades. Muchos creyeron que aquel hombre de pueblo, muy parecido a ellos, cambiaría las cosas. Nada de eso sucedió. En cuanto tomó el poder, los grupos del crimen organizado se instalaron en el Estado. Ya nunca se fueron.

            Seré claro, tú no tienes en dónde meter ese chingado avión y yo quiero que te olvides del asunto, dice con voz firme el tío F. J comienza a temblar. Uno de los hombres deja asomar la pistola que lleva en el cinturón, los otros dos miran a su hermana. Su familia observa aterrada. J sabe que no tiene opción, en realidad, el tío F no vino a preguntarle, le avisa que no se presente en Los Pinos.

            Después de lo dicho, el tío F y sus hombres salen de la casa. J comienza a llorar. Su hermana recoge los huevos motuleños, los tira a la basura y se va a la Facultad. El padre de J toma su celular y avisa que llegará tarde al trabajo. Su madre se alista para ir al súper.

            J está sólo. Entra a su cuarto y se queda dormido después de llorar un buen rato. Cuando despierta, enciende el televisor. En las noticias se habla de un error: el merolico leyó mal el último número; J no es el ganador. A nombre de la Lotería Nacional, se disculpan y le ofrecen diez boletos para la rifa del premio mayor. Qué le dirá a su jefe. Seguro preguntará por qué no fue a trabajar. Pero ahora no tiene fuerzas para resolver eso. Se da un baño y vuelve a ponerse el pijama.

            Al día siguiente, J decide que tampoco irá al trabajo. Prende el televisor. El evento de premiación está a punto de iniciar. J vuelve a llorar. El presidente agradece la participación ciudadana y procede a entregar los papeles del avión al ganador. Se puede ver al tío F subir al estrado en su silla de ruedas. Toda su familia está ahí y aplaude orgullosa. Da un discurso en el que inspira a los mexicanos a luchar por sus sueños, que no pierdan la esperanza, Dios siempre sabe ayudar a los más pobres. Esta es la tercera vez que el tío F gana la lotería.

Casandra Gómez (Xalapa, Veracruz, 1996). Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Ganó el primer lugar del Premio Nacional al Estudiante Universitario, de la Universidad Veracruzana (2020), en la categoría de Ensayo; y el tercer lugar, en la categoría de Relato. Fue becaria durante el Décimo Curso de Creación Literaria para jóvenes, de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018), y ha participado en diversos congresos nacionales de literatura. En 2017, realizó una estancia en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Actualmente, escribe ensayo y narrativa.

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