Cuento insular: Geovannys Manso (Vueltas, Villa Clara, Cuba, 1974). Punto neutro

 

 

 

 

 

 

Geovannys Manso (Vueltas, Villa Clara, Cuba, 1974)

Punto neutro

 

 

Han llegado desde la playita, por donde se escucharon los tiros. Apenas descargaba los últimos pargos. Ya me marchaba. Aparecieron con sus AKM y me emboscaron. Fue cuestión de segundos. Uno era alto, robusto, de pelo castaño. El otro: sencillamente abominable. Una cicatriz surcaba su cara y su mirada era la de un hombre que lo ha perdido todo, sobre todo su alma. No sé explicarlo. Un hombre malo, supongo, para resumirlo con pocas palabras. ¿Para qué coger el machete?, pensé entonces. Alcé los brazos y me mantuve en silencio. Ambos fusiles me apuntaban y supuse que me matarían, pero querían huir: «al norte», dijeron. «Queremos ir al NORTE. Ya no podemos quedarnos aquí. Hemos matado a dos guardias. Si nos cogen nos fusilan. Así que arranca este barquito de mierda y no pares hasta Miami, ¿entiendes?» Dijeron esto mientras subían al barco, revisándolo, hurgando aquí y allá; mirando, algo despavoridos, la línea de mangles y el camino a la playita, por donde habían llegado. «Quizás más adelante encuentren otro barco. Yo no puedo llevarlos», dije. «Nos vas a llevar, quieras o no». Escuché el rastrillo de la AKM del de la cicatriz y vi el cañón sobre mi estómago. «Si no, te metemos cuatro tiros y se acabó todo para ti. Ya matamos a dos. Otro más no importa». Rieron a carcajadas, sentándose sobre un toldo mugriento, donde antes estuvo el pescado. «Queremos beber y comer», dijo el alto. «Y que nos lleves al Norte. Nada más. Cuando nos dejes en la costa, puedes regresar a este mierdero país. No queremos saber nada de él», agregó el de la cicatriz y escupieron por la borda. Les traje aguardiente y bebieron. Les traje algo parecido a una paella y comieron. Luego siguieron con el aguardiente: riendo, recordando la cara de confusión y el llanto de los guardias que asesinaron. Hubo un momento en que me hubiese gustado explicarles la verdad, por inverosímil que pareciera, por extraña, por abominable. Me hubiese gustado decirles que no puedo alejarme de la orilla más de veinte kilómetros, que hay un límite para mí: una condena, un túnel que se abre, una tormenta que surge; pero ellos seguían riendo, narrando entrecortadamente cómo, después de asesinar a los guardias, cogieron sus cuchillos y los desmembraron, lanzando pedazos a los mangles, enterrando otros en la arena, mientras bebían el aguardiente debajo de aquel sol que crecía y crecía, agregando calor y ruina sobre nuestras cabezas. Y entonces ya no. Ya no tuve deseos de advertirles. La costa se convertía, poco a poco, en un punto borroso, en una sombra impalpable y solo se advertía el ruido del motor: acezante, surcando con sus aspas aquel estrecho que nos separaba de una isla a un continente. Veinte minutos después, la costa había desaparecido. Todo era mar a nuestro alrededor. Un mar cada vez más obscuro, más cárdeno, más océano surcado por algunos delfines. Intento recordar la «primera vez». Siempre hay una primera vez. Intento hallar una causa, un resplandor. Algo que me permita comprender, hilar, enumerar sucesos, pero solo hay borrasca en mi memoria. Solo nubes grises y temblor y silencio. Mucho silencio cuando llega la noche. «No importa», pienso. «Estos merecen cualquier cosa, menos llegar triunfantes a ese Norte que anhelan. Cualquier cosa, menos la feliz conclusión de sus actos horrendos». No soy juez, ni Dios. Pero, suceda lo que suceda, no habrá lamentos, no habrá lágrimas. El de la cicatriz se ha quedado dormido. El otro, el alto, el robusto quiere saber cuándo llegaremos. «En unas cuatro horas estaremos en la Florida, si nada sucede», le respondo. «¿Qué puede suceder?», pregunta, poniéndose de pie, acercándose con su AKM lista para el disparo. «No sé. Pueden suceder muchas cosas. Puede averiarse el motor. Nos puede atrapar una tormenta. El mundo puede acabarse en un segundo… En fin… puede suceder cualquier cosa…» «Déjate de pendejadas y llévanos allá. Ye te hemos dicho que no nos interesan ni tú ni tu mierdero barco. En cuanto pongamos un pie en la orilla, seremos héroes. Solo eso nos importa», y se aleja, siempre atento a mis movimientos, siempre la AKM, cargada, al acecho, dispuesta al disparo. Una brisa salitrosa, tenue, llega desde el sur. El sol cada vez es más sol, más torvo, más insumiso. «Es casi mediodía», pienso. Estamos justo a la mitad de ese punto donde comenzará la pesadilla. Sus ojos y sus cuerpos no podrán comprender cómo «eso», puede estar allí, a pocos metros de sus AKM que dispararán en vano. Habrá remolinos y velocidad inusitada y sangre que, poco a poco, irá anegando la cubierta. Gritos cada vez más espaciados, apenas susurros, lamentos, frases entrecortadas, miembros rotos, pupilas vidriosas. Quizás alguno logre lanzarse por la borda, en un intento inútil por huir ¿adónde? Bebo agua y acelero el motor. Solo deseo llegar a ese sitio donde mi respiración se agitará y ese aliento ácido brotará de mi garganta, para anunciar que comienza lo inevitable, que la sed está allí y debes saciarla. Aún no sé quién morirá primero: si el robusto, de pelo castaño o el de la cicatriz. Preferiría que el de la cicatriz lograra atisbar su fin, que exista conciencia y pavor en sus retinas, pero es algo que no puedo elegir. Jamás ha sido así. A babor reaparecen un grupo de delfines: hermosos, robustos. Siento los disparos y veo al de pelo castaño. Según puedo ver, al menos, ha matado a dos. Ríe. Despierta al de la cicatriz para que se sume. Ambos ríen y disparan. El mar se tiñe de rojo y de lamentos. «Pronto. Muy pronto, será su sangre» susurro y acelero aún más el motor para arribar cuanto antes a ese punto donde todo será…

 

El sol está por desaparecer en el oeste. Algunas nubes grises anuncian una tormenta. «Lloverá. Es inevitable», pienso, mientras anudo el barco al muelle. Desde la orilla se acercan varios uniformados, quieren saber si he visto, más temprano, a dos hombres. «Posiblemente armados, dos AKM. Uno era robusto, de pelo castaño. El otro, surcado por una enorme cicatriz en su rostro. ¿Los has visto?» «No. He estado pescando todo el día. Recién regreso. No he visto a nadie». Se alejan. Logro escuchar que los perros han hallado algo enterrado y los veo, yendo hacia la playita. Una luna menguante comienza a aparecer en el cielo. «Sí. Esta noche lloverá», pienso, y me alejo hacia la casa, sin vértigo ya en mis pupilas; sin esa sed que a veces, solo a veces, me atenaza.

 

 

Geovannys Manso Sendán

Santa Clara / agosto-septiembre / 2020

 

 

 

 

 

Geovannys Manso (Vueltas, Villa Clara, Cuba, 1974). Narrador, poeta, ensayista y editor. Ha publicado La soledad y otras mentiras (cuento, Ediciones Sed de Belleza, 2001); Las palabras ausentes (cuento, Editorial Capiro, 2006); Cifras de la muerte (poesía, Ediciones Ávila, 2006); Insomnios de la palabra (ensayo, Casa Editora Abril, 2007); La isla inmersa (novela, Editorial Capiro, 2007- Editorial Letras Cubanas, Colección La puerta de papel, 2008); Violante (novela, Ediciones Sed de Belleza, 2008-Editorial Gente Nueva, Colección XXI, 2013); Un lugar en el mundo (novela, Editorial Oriente, 2009);Ven y mira (novela, Editorial Oriente, 2012);Cuidado: niña en el jardín (novela, La pereza Ediciones, Miami, 2013); Maximiliano (El loquito de María Virginia) (cuento, Editorial Cauce, 2014); Los leves sobresaltos (poesía, Editorial Premium, España, 2015); 20 kg de tristeza (cuento, Editorial Capiro 2017); Los hijos soñolientos del abismo (novela, Editorial Letras Cubanas, 2017); Un lugar en el mundo (narrativa, Ediciones Cauce, 2017); Los leves sobresaltos (poesía, Editorial Capiro, 2018); El lector de James Joyce (novela, Ediciones Matanzas, 2020). Su obra ha merecido numerosos premios nacionales e internacionales: Mención en el Premio Casa de las Américas de novela en 2011 y XXXV Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2015. Ensayos, poemas, cuentos y artículos críticos suyos han aparecido en numerosas revistas culturales cubanas y del ámbito hispano. Actualmente radica en Santa Clara, donde dirige la revista cultura Signos.

 

 

 

 

 

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