Cuento de los hermanos Grimm: La estufa de hierro. Traducción de Luciano Pérez García

 

 

 

LA ESTUFA DE HIERRO

 

Traducción de Luciano Pérez García

 

 

Hace tiempo, cuando los deseos aún se cumplían, un príncipe fue encantado por una vieja bruja, y se encontró en lo más profundo de un bosque, transformado en una gran estufa de hierro. Así estuvo cuatro años y no había nadie que lo liberase de tal condición. Hasta que un día una princesa que andaba perdida fue a dar a ese lugar, y no podía encontrar la manera de regresar al reino de su padre. Nueve días había vagado, y de repente se vio ante la estufa de hierro. De ésta salió una voz que le preguntó a la princesa: “¿De dónde vienes y adónde quieres ir?” Ella respondió: “He perdido el camino para volver al reino de mi padre, no lo puedo hallar”. Entonces la estufa, es decir, el príncipe, le dijo: “Yo te puedo ayudar a que regreses a tu casa, y en muy breve tiempo, si tú aceptas, y cumples, lo que te voy a pedir. Yo soy en realidad un príncipe, como tú una princesa, y quiero que nos casemos”. Al escuchar eso, ella se asustó y pensó: “¡Santo Dios! ¿Cómo que me case con una estufa de hierro? Pero dice que me ayudará a volver a casa, si hago lo que me pide”. No tuvo más remedio que aceptar, y la estufa dijo: “Cuando estés de nuevo en casa, buscas un cuchillo fuerte y regresas al bosque para que le hagas con él un agujero al hierro de esta estufa”. Entonces hizo el príncipe aparecer una persona que le serviría como acompañante a la princesa, el cual, sin hablar nada, la llevó en dos horas de vuelta al palacio de su padre.

Hubo una gran alegría por el regreso de la princesa, y el viejo rey la tomó del cuello y la besó. Pero ella estaba muy afligida y le dijo: “Querido padre, ¡lo que me ha ocurrido! No habría vuelto aquí del profundo bosque, si no me hubiera encontrado con una estufa de hierro, que dice ser un príncipe, y que me ha hecho prometerle volver allá para liberarlo y casarme con él”. Eso asustó mucho al rey, que cayó desmayado, pues sólo tenía esta única hija. Se deliberó el asunto en la corte, y se llegó a la conclusión de que la hija del molinero tomase el lugar de la princesa y fuese con el cuchillo al bosque y perforase la estufa de hierro. Y esta chica anduvo caminando durante veinticuatro horas por todo el bosque, sin encontrar absolutamente nada. Hasta que la estufa de hierro, impaciente, le gritó: “¡Encuéntrame ya, que se ha terminado el día!” Y ella le respondió: “Aparécete pues, que ya escucho a mi padre darle vuelta al molino”. La estufa le dijo: “Así que eres la hija de un molinero. Regrésate al lugar de donde vienes, y dile a la princesa que venga”. Ella se regresó y le dijo al viejo rey que aquella cosa no quería a nadie que no fuese la princesa. Eso llenó de miedo al rey, y la princesa lloró.

Se consiguió ahora a la hija del cuidador de puercos, que era más hermosa que la hija del molinero, a la que le fue dada una moneda de oro, y se dirigió ella a buscar la estufa en lugar de la princesa. También anduvo ella vagando veinticuatro horas por el bosque sin hallar nada. La estufa gritó: “¡Encuéntrame ya, que el día se ha terminado!” Y la muchacha contestó: “Apresúrate a aparecer, que ya escucho a mi padre llamar a los cerdos”. La estufa dijo: “¡Así que eres la hija del que cuida a los puercos! Regrésate y que venga la princesa. Dile que ella es la que debe venir aquí, recuérdale lo que me prometió, y hazle ver que si no viene, todo en su reino se derrumbará, se caerá en ruinas, y no quedará piedra sobre piedra”. Cuando la princesa supo de labios de la chica esto, se echó a llorar. Pero ya no le quedó otra opción que cumplir con su promesa.

Le dijo adiós a su padre, montó un caballo, y se dirigió al bosque a encontrarse con la estufa de hierro. La halló rápidamente y se puso cuanto antes a perforar el hierro con el cuchillo fuerte, y dos horas después ya había hecho un hoyo muy grande. Se asomó ella adentro de la estufa y vio a un hermoso joven, que brillaba como oro y joyas, y que le llegó al alma. Se esforzó entonces por hacer más grande el agujero, para que el príncipe pudiese salir. Y una vez fuera, éste le dijo: “Eres mía y yo soy tuyo. Eres mi novia y me has liberado”. Él quiso que lo llevara al reino de ella, pero ésta le pidió que esperase un poco, que le permitiese hablar primero con su padre tres palabras, y luego regresaría por el príncipe. Éste estuvo de acuerdo, y ella se fue, pero habló con su padre más de tres palabras, es decir, que se tardó mucho.

El príncipe estaba al fin liberado, y se sentó sobre la estufa a esperar a su novia, pero como ésta no llegaba, la estufa trasladó fuera del bosque al príncipe, de regreso al reino de éste, y atravesaron una montaña de cristal y un campo de espadas filosas. Cuando la princesa le dijo adiós a su padre, tomó un poco de oro, no mucho, y volvió otra vez al bosque, para verse con el príncipe, pero no lo encontró. Nueve días estuvo buscándolo, sin hallarlo, y ya tenía mucha hambre, y no había quién la ayudara. Cuando la noche llegaba, se metía dentro de un árbol a dormir, por miedo a los animales salvajes. La novena noche de búsqueda, vio a lo lejos una pequeña luz y pensó: “Tal vez si me acerco a esa luz, esté alguien ahí que me diga qué pasó con el príncipe”. Caminó hacia donde salía la luz, y llegó a una casita vieja, en cuyo alrededor había crecido mucho la hierba; se asomó por la ventana y vio dentro a dos ranas, una vieja y gorda, y la otra pequeña y joven. También alcanzó a ver una mesa, ya lista con el vino y el asado, así como platos y vasos hechos de plata. Tomó ánimo y tocó la puerta. De inmediato la rana grande le dijo a la rana chica: “Doncella verde y pequeña, ve rápido a ver quién toca”. La rana chica abrió, y cuando la princesa entró, se le dio una gran bienvenida y fue invitada a sentarse a la mesa. Las dos ranas le preguntaron: “¿De dónde vienes? ¿Adónde quieres ir?” Ella les contó todo, y cómo fue que por ir a decirle tan sólo tres palabras a su padre, el príncipe tal vez se impacientó y se fue; ahora ella quería ir por montañas y valles para buscarlo, hasta encontrarlo. Entonces le dijo la rana grande a la chica: “Doncella verde y pequeña, tráeme acá la caja grande”.

La rana pequeña trajo una gran caja. Mientras, a la princesa se le dio de comer y de beber, y luego se le asignó una bonita y cómoda cama, que era como de seda, y entonces ella se acostó y se durmió. Al día siguiente, ya levantada, vino ante ella la rana grande y sacó de la caja que había mandado traer, tres grandes agujas, las cuales le entregó a la princesa, diciéndole que con ellas lograría escalar altas montañas de cristal. También le dio, además, una rueda de arar, para pasar sobre espadas filosas, luego de lo cual llegaría a un lugar lleno de agua, que tendría que atravesar; asimismo, le regaló tres nueces. Todo lo cual lo metió en bolsas, que debía llevar con cuidado. Con eso viajaría en búsqueda del príncipe. Se despidió de las ranas y se fue. Cuando llegó ante la montaña de cristal, que era muy resbaladiza, fue colocando las tres agujas, sobre las cuales iba poniendo los pies, y logró pasar al otro lado de la montaña. Luego se encontró en un campo lleno de espadas filosas que impedían el paso, muy peligroso, y entonces se subió a la rueda de arado y pudo cruzar, sin sufrir daño. Finalmente llegó ante el agua, que sin más problemas atravesó, y al llegar al otro lado se vio ante un hermoso palacio.

Ella entró ahí y pidió trabajo, pues dijo ser una pobre sirvienta, y que laboraría con mucho gusto. La aceptarían como cocinera, con poco salario. Ella quiso confirmar si se trataba del palacio del príncipe que había sido liberado de la estufa de hierro, y le dijeron que sí. Entonces, se dispuso a servir. Se enteró de que el príncipe tenía ya una novia, con la que se iba a casar, pues pensaba que la que lo rescató de la estufa ya estaba muerta.

En la tarde, cuando había terminado sus tareas y se hallaba desocupada, la chica se metió la mano en su bolsillo y se encontró las tres nueces que le había dado la vieja rana. Mordió una de ellas, y al quitarle así la cáscara, he aquí que apareció ante ella un soberbio vestido de reina. La que hoy era novia del príncipe supo de eso, vino a ver el vestido y quiso comprarlo; dijo además que no era apropiado para que una sirvienta lo usase. Pero la supuesta sirvienta se negó a vendérselo, pues dijo que cuando ella estaba en posesión de algo se lo quedaba; por otro lado, dijo que le serviría a la hora de dormir con el príncipe (en aquel tiempo era costumbre que las sirvientas pudiesen dormir con los príncipes). La novia se fue, muy disgustada, pues cómo era posible que ella no tuviese un vestido tan hermoso como ése.

Cuando ya fue de noche, la novia le dijo al príncipe: “La loca sirvienta de la cocina quiere dormir contigo en tu recámara”. Él nada más contestó: “Si tú te sientes bien conmigo, así yo contigo”. La novia, inconforme, le dio a él un vaso de vino, donde ella echó un somnífero. La sirvienta llegó a dormir con el príncipe, pero éste se durmió de tal modo que ya no pudo ser despertado. Ante lo cual, la chica lloró la noche entera, quejándose: “Yo te liberé del bosque salvaje y de la estufa de hierro, te he buscado y atravesé la montaña de cristal, pasé por las espadas filosas, y crucé el agua, y por fin te encuentro y tú no me escuchas”. Los sirvientes se pararon ante la puerta de la habitación del príncipe, y escucharon a la criada llorar toda la noche, y se lo dijeron a la mañana siguiente a él mismo.

Cuando llegó la noche, y la muchacha terminó su tarea de lavar, mordió la segunda nuez, y apareció un vestido aún más bonito. Cuando la novia lo vio quiso comprarlo. La sirvienta no quiso, pues vestida con él pasaría otra noche en la recámara del príncipe. Pero la novia le dio a éste otro somnífero, y se durmió profundamente de nuevo. La cocinera lloró otra vez la noche entera y gritó casi lo mismo: “Te liberé en el bosque, te saqué de la estufa de hierro, te he buscado y subí por la montaña de cristal, atravesé filosas espadas y luego crucé el agua, y ahora que te encuentro no me quieres oír”. Los sirvientes estaban otra vez afuera de la puerta, y oyeron cómo ella se quejó la noche entera, y a la mañana siguiente se lo informaron al príncipe.

Y cuando a la tercera noche ella terminó de lavar, mordió la tercera nuez, y he aquí que apareció un vestido más hermoso que los dos anteriores, y resplandecía de puro oro. Cuando la novia lo vio, quiso tenerlo, pero la muchacha le dijo que lo iba a usar para por tercera vez dormir con el príncipe. Sólo que éste, cuando su novia le dio la pócima, no la bebió, pero se hizo el dormido junto a la sirvienta; y cuando ésta lloró y se comenzó a quejar: “Amado tesoro, te liberé del horrible bosque y te saqué de la estufa de hierro…”, en ese momento, sorpresivamente, abrió los ojos el príncipe y le dijo a la muchacha: “Tú eres la verdadera, eres mía y yo soy tuyo”. Entonces, él y ella subieron a un carruaje y se fueron. La novia se robó los tres hermosos vestidos y huyó, pues era evidente que ya no podía quedarse.

El príncipe y su auténtica novia llegaron al agua, la cruzaron, y ante las filosas espadas pasaron subidos en la rueda de arado, y luego con ayuda de las tres agujas atravesaron la montaña de cristal. Arribaron finalmente al bosque y fueron a la casa vieja de las ranas. Éstas fueron desencantadas, pues eran en realidad hijos del rey, hermanos de la princesa que liberó al príncipe. Llenos todos de alegría, fueron al palacio de ese rey y organizaron un gran banquete. Pero los príncipes no se quedaron con el viejo rey, pues se quejaba de todo, y lo dejaron vivir solo; siguieron su camino y luego juntaron sus dos reinos y vivieron un buen matrimonio. Y como vino un ratón a comerse todo, mejor aquí se acabó el cuento.

 

 

 

 

 

 

Luciano Pérez. Es originario de la Ciudad de México, nacido en 1956. Egresó de los talleres literarios del INBA, donde fue discípulo de los escritores Agustín Monsreal y Sergio Mondragón. De 1986 a 2006 laboró en la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE, primero como promotor de talleres literarios, y de 1989 a 1998 en la revista cultural del instituto, memoranda, donde fue secretario y luego jefe de redacción.  De 2007 a 2012  estuvo en Ediciones Eón, como redactor y corrector, y después como editor en jefe. Desde 2013 se ha dedicado a traducir del alemán al español, tanto para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, como para  Editorial San Pablo. Narrador, ensayista y poeta, ha publicado los siguientes libros: Cacería de hadas (1990), Cuentos fantásticos de la Ciudad de México (2002), y Antología de poetas de lengua alemana (2006).  Actualmente es editor de la revista cultural en línea Ave Lamia, y aquí publica sus ensayos literarios, históricos y de cultura popular, además de cuentos de corte fantástico, así como también traducciones de autores alemanes.