Cuento de los Hermanos Grimm: El clavel. Traducción de Luciano Pérez García

 

 

 

EL CLAVEL

Hermanos Grimm

 

Traducción: Luciano Pérez García

 

 

Hubo una vez una reina que le rogó intensamente a Dios que le diese un hijo. Todas las mañanas oraba en el jardín para que pudiese concebirlo. Bajó un ángel del cielo y le dijo: “Se te ha concedido que tengas un hijo, el cual tendrá el don de cumplir sus deseos”. Ella fue con el rey y le platicó la feliz noticia, y cuando pasó un tiempo dio a luz a ese hijo, y el rey se llenó de gran alegría.

Todas las mañanas iban rey y reina con su hijo al zoológico, y lo lavaban con el agua clara de la fuente. Y ocurrió una vez que el niño, cuando ya era un poco grande, salió a pasear y se quedó dormido. Pasó el viejo cocinero, que sabía que el niño se concedía deseos, lo vio y se lo robó. Trajo una gallina, la degolló y con la sangre derramada manchó la camisa del niño, la cual dejó tirada para que la viesen y pensasen que se lo habían comido las fieras. Se lo llevó a un lugar desconocido, y rey y reina estaban muy preocupados porque su hijo no aparecía. Y cuando el rey halló la camisa manchada de sangre, no le quedó duda de que lo habían devorado los animales salvajes, y muy enojado dio la orden de que se encerrase a la reina en una torre oscura, donde no se veían ni el sol ni la luna, y donde no se le daba ni de comer ni de beber. Pero Dios envió dos ángeles del cielo en forma de palomas blancas, que dos veces al día le traían comida a la reina, y así a lo largo de siete años.

 

El cocinero, mientras tanto, pensó para sí que, puesto que el muchacho se cumplía los deseos que quisiera, ¿qué tal si se le ocurriese hacerle daño? Era mejor tenerlo contento, así que le dijo: “¿Por qué no te deseas un bonito palacio con un jardín, donde estés a gusto?” Y apenas salieron las palabras con el deseo de la boca del chico, ahí estaba ya, ante su vista, lo que había deseado. Pasado un tiempo, el cocinero volvió a hablar con él. “No es bueno que estés solo, deséate una hermosa muchacha como compañía”. Eso deseó el príncipe, y al instante se le apareció ella, tan hermosa como ningún pintor lograría crearla. Los dos jugaron y se quisieron de corazón, y el viejo cocinero se iba de cacería, como siempre. Pero le vino la sospecha de que alguna vez el príncipe pudiera desear volver con su padre, el rey, y ponerlo así en graves aprietos. Entonces llamó a la muchacha que el joven había deseado traer, y le ordenó esto: “Esta noche, cuando se duerma tu amigo, vas a su cama y con un cuchillo le arrancas el corazón y la lengua; si no lo haces así, perderás la vida”. Se fue, y al día siguiente regresó, y vio que la chica no había hecho nada. Ella se justificó: “¿Por qué debo derramar su sangre inocente, puesto que no me ha hecho ningún daño?” Pero el cocinero la amenazó: “¡Donde no hagas lo que te digo, lo pagarás con tu vida!”

Una vez ido el cocinero, la chica decidió matar un venado, sacarle corazón y lengua, y presentárselos al viejo como pertenecientes al muchacho. Ella le dijo a éste: “Escóndete bajo la cama, y escucha lo que dice sobre ti el malvado”. Éste llegó y preguntó: “¿Dónde están el corazón y la lengua de tu amigo?” La muchacha le dio el plato, y mientras lo examinaba, de sorpresa salió el príncipe de su escondite, gritándole: “¡Tú, viejo pecador! ¿Por qué quieres matarme? Ahora te maldeciré, te convertirás en un perro negro que lleva en el cuello una gruesa cadena de oro, y para aliviar el peso de ésta devorarás carbones ardientes”. Al terminar de decir estas palabras, el viejo ya era un perro negro, con la cadena de oro y se fue a la cocina a devorar carbones ardientes.

Después de un rato, el príncipe se acordó de su madre, y quiso saber si aún vivía. Llamó a la muchacha y le dijo: “Voy hacia mi tierra. ¿Quieres venir conmigo, para que te pueda tener muy cerca?” Ella respondió: “Oh, el camino es muy largo, y no quisiera ir a país extraño donde nadie me conoce”. Entonces el muchacho deseo que ella se convirtiese en hermoso clavel. Así fue, y se colocó la flor en la camisa, para no separarse de su amada amiga.

Y se fue lejos, y con él iba también el perro negro, en dirección hacia su patria. Llegó a la torre donde estaba su madre, y como estaba muy alta para subir, deseó una escalera; así se hizo, y subía por ella para entrar. Llegó arriba y llamó: “¡Queridísima madre! ¡Señora reina! ¿Aún vives o ya estás muerta?” Ella respondió: “He comido todo cuanto me han traído ustedes, y me siento muy bien”, creyendo que eran los ángeles los que le estaban preguntando. Él dijo: “Soy tu querido hijo, a quien creíste devorado por las fieras. Pero estoy vivo y vine a rescatarte”. Entonces decidió presentarse con su padre, disfrazado de cazador extranjero que venía a ponerse a su servicio.

Cuando el rey escuchó del muchacho esa propuesta, dijo: “Me parece bien, pero ojalá hubiera algo que hallan dejado los cazadores ladrones, pues no me dejan nada, y entonces serías muy bienvenido”. El supuesto cazador expresó que él tenía manera de acabar con esos bandidos, para que después hubiese todos los animales necesarios para la cacería real. Entonces reunió a varios tiradores, todos los cuales se fueron con él al bosque, y los colocó alrededor de un gran círculo, que sólo permaneció abierto de un lado, donde él se colocó. Comenzó a desear que se apareciesen los ladrones que se robaban la caza del rey, y llegaron como doscientos adentro del círculo de tiradores, y éstos les dispararon. Se necesitaron sesenta carretas para cargar con todos los muertos, y en adelante el rey tendría sus campos libres para su propia cacería, sin temor a los bandidos.

El rey experimentó una gran alegría con todo eso, y organizó un gran banquete que se efectuaría al siguiente día con toda su corte presente. Cuando todos estaban ya reunidos ahí, el rey le dijo al supuesto cazador: “Por ser tan eficiente, debes quedarte conmigo a vivir”. Pero aquél respondió: Su majestad, en realidad no soy un buen cazador”. El rey insistió, y finalmente el muchacho aceptó. Entonces pensó éste en su querida señora madre, y deseó que uno de los principales servidores reales preguntase cómo se encontraba la reina en la torre, y si todavía estaba con vida. Apenas terminó de desear, cuando entró el mariscal y se dirigió al rey: “Majestad real, estamos llenos de alegría, pero ¿cómo le irá a la señora reina en la torre? ¿Estará viva?” Pero el rey respondió: “Permitió que los animales salvajes se comiesen a mi hijo, así que no quiero oír nada de ella”. En ese momento pidió la palabra el muchacho y dijo esto: “Querido señor padre, yo soy hijo de usted, y mi madre aún está viva. Las fieras no me comieron, sino que un viejo cocinero, fue quien me robó, aprovechando que estaba yo dormido. Con la sangre de una gallina manchó mi camisa y la dejo tirada al paso”.

 

A continuación, ante el asombro general, trajo al perro con el collar de oro, y lo presentó: “Este que ven ustedes es el malvado”, y mandó traer ardientes carbones, y el perro se los devoró todos al verlos. El rey preguntó si era posible devolverle su forma anterior. El príncipe le dijo que sí, y con sólo desearlo, ahí estaba ya ante la vista de todos el viejo, con su mandil y su cuchillo de cocina. El rey, al verlo, se encolerizó y dio la orden de que se le encerrase en el más profundo calabozo.

El muchacho volvió a hablar: “Señor padre, quiero que veas también a una muchacha, que ha estado muy cerca de mí en todo esto que acabamos de pasar, aunque no se le ha visto. Ella ha sido muy amorosa conmigo y me salvó la vida”. El rey dijo que quería verla. Entonces su hijo siguió hablando: “Ella ha estado aquí en forma de hermosa flor”. Desprendió de su camisa el clavel y se lo mostró al rey, y era el más precioso clavel que hubiera visto nunca. El príncipe dijo: “Y ahora la volveré a su verdadera forma”, y al desearlo, ahí estaba ella, tan preciosa como ningún artista sería capaz de pintarla.

 

El rey envió dos amas de llaves y dos sirvientes hacia la torre, con la orden de buscar a la reina y traerla de vuelta al palacio. Y cuando ella volvió aquí, ya no quiso comer, y dijo: “Dios clemente y misericordioso, que ha cuidado de mí en la torre, me liberará al fin”. Vivió sólo tres días y murió bienaventurada; y cuando la sepultaron, la escoltaban las dos palomas que le habían llevado de comer a la torre, y estuvieron presentes todos los ángeles del cielo, que se quedaron junto a la tumba. El viejo rey mandó despedazar en cuatro trozos al cocinero, y fue tanta su pena por todo lo sucedido, que le afectó al corazón y murió también. El príncipe se casó con la hermosa muchacha, a la que llevado como clavel en su camisa, y si aún viven, Dios está con ellos.

 

 

 

 

Luciano Pérez. Es originario de la Ciudad de México, nacido en 1956. Egresó de los talleres literarios del INBA, donde fue discípulo de los escritores Agustín Monsreal y Sergio Mondragón. De 1986 a 2006 laboró en la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE, primero como promotor de talleres literarios, y de 1989 a 1998 en la revista cultural del instituto, memoranda, donde fue secretario y luego jefe de redacción.  De 2007 a 2012  estuvo en Ediciones Eón, como redactor y corrector, y después como editor en jefe. Desde 2013 se ha dedicado a traducir del alemán al español, tanto para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, como para  Editorial San Pablo. Narrador, ensayista y poeta, ha publicado los siguientes libros: Cacería de hadas (1990), Cuentos fantásticos de la Ciudad de México (2002), y Antología de poetas de lengua alemana (2006).  Actualmente es editor de la revista cultural en línea Ave Lamia, y aquí publica sus ensayos literarios, históricos y de cultura popular, además de cuentos de corte fantástico, así como también traducciones de autores alemanes.

 

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