Narrativa

Ciclo de letras inglesas. Lo mío: Robert Elms (Londres). Traducción de Jade Calderón

 

 

 

 

Terminamos el ciclo de traducción de letras inglesas, coordinado por Juan Manuel Esquivel. Las traducciones son realizadas por distintos autores que actualmente están cursando el Diplomado en Formación de Traductores Literarios en la ENALLT.

 

 

 

“Lo mío” (“My Thing”) de Robert Elms forma parte de la antología The Time Out Book of London Short Stories. Volume 2, publicado en noviembre del 2000; el primer volumen fue comisionado por la revista Time Out para celebrar su aniversario 25. Ambos volúmenes incluyen cuentos de autores como Nick Hornby (High Fidelity, About a Boy) y Neil Gaiman (Coraline). “Lo mío” es un cuento en el que la ciudad de Londres es el escenario a partir del cual se desarrolla la historia y en el que el transporte público y el arte se convierten en personajes principales.

 

 

 

 

Lo mío

Robert Elms

 

Traducción de Jade Calderón

 

 

 

Otros niños necesitaban ganchos y Red Rovers, pero yo no. Escabullirse al Odeon (¿o era el Gaumont?, fue hace tanto) en una tarde de lunes o jueves, era una habilidad muy valiosa, valía mucho más que los pocos peniques que ahorrabas al abrir las puertas de salida con un gancho de alambre sacado del torcido armario de aglomerado de tu madre. Significaba, entre nosotros, el mismo prestigio que una playera Fred Perry, unos buenos Levis y un par de Adidas o Gola, más que las chamarras de dos chelines del Tesco que algunos pobres tenían que usar. Casi tanto como un disco de reggae importado, sin centro, de los que el hermano mayor de Lee Davies siempre llevaba en fundas lisas de cartón blanco y en una gran caja negra.

El talento para manipular un pedazo de alambre doblado para que se enganchara en la barra y se liberaran las puertas –lo que permitía a un montón de mocosos rapados en ropa informal, entrar corriendo, vociferando y esquivándose en su camino a ver los avances­– era algo así como servicio a la comunidad y una insignia de rango. Los niños que tenían los recursos, las habilidades manipulativas necesarias y el coraje eran pequeños héroes. Yo nunca pude hacerlo, muy complicado. Además, ese era un trabajo para los líderes y yo siempre fui del tipo tranquilo, el niño en el que no te fijas. Si de verdad quería ver una película, en vez de sólo irrumpir en una con mi bandita, iba solo, normalmente en las tardes, por lo que nunca necesité abrir a escondidas ninguna puerta. Simplemente entraba caminando.

Igual en el transporte. Si queríamos un día de vaguear, probablemente iríamos detrás de King’s Cross para jugar en las máquinas que estaban bajo la arcada junto al Kentucky, o molestar a los desgarbados hombres que invariablemente merodeaban buscando pollos, no fritos sino frescos. Provocar pobres pedófilos siempre fue un deporte en equipo particularmente popular cuando nuestro grupo andaba “redrovereando”. O tal vez saltaríamos en un 19 hacia el Soho, para absorber lo cool y pretender que lo éramos comprando discos en Groove en Frith Street,  donde la propietaria de la tienda, una vieja corpulenta, tejía como toda una experta y mostraba una sorprendente sabiduría acerca de las últimas rolas de jazz funk. Seguramente terminaríamos jugando a las escondidillas en el British Museum, siendo perseguidos por jadeantes tipos gordos con gorras de guardia y asustándonos unos a otros con historias sobre maldiciones de momias y cosas así, mientras regresábamos en la parte superior del autobús 52. Aquí era donde los Red Rovers se volvían importantes, eran pasaportes a días de verano sin límites subiendo y bajando de los estribos en movimiento y a delincuencia colectiva muy poco relevante. También los compraba, pero sólo para ser parte del grupo porque realmente nunca los necesité.

A solas, cuando podía aprovechar al máximo mis habilidades, hacía recorridos extraordinarios. Aunque mi negocito ha significado que siempre he estado solo. Un secreto que no puede compartirse nunca y así. Créeme, he querido decirle a la gente, especialmente cuando era más joven y aprendí a hacerlo. Supongo que más bien quería mostrarles, porque nadie me creería si sólo les dijera. Pero sé que no puedo, así que vivo con ello. Y vivo bien, muy bien.

El metro era incluso más fácil, requería mucho menos concentración que los autobuses, en los que había un inspector que subía y bajaba las escaleras todo el tiempo, revisando los pasajes. La mayoría del tiempo ni siquiera me preocupaba por hacer algún esfuerzo al iniciar un viaje en el metro; nadie te detenía, camino abajo, por no comprar un boleto. Sólo pasaba caminando libremente la caseta, a cuyo empleado –si acaso había uno– le valía madres. Estos eran tiempos en los que todo valía madres, lo que significaba que todos se tomaban libertades. En ese entonces casi todo el mundo se saltaba el pasaje del metro, porque podían, por sus huevos. Quiero decir, ¿qué tan seguido se ve un inspector en los vagones? Era una clara invitación a viajar en los trenes subterráneos gratis. Pero además, todos mis conocidos se saltaban el pasaje porque esa lanita extra siempre venía bien. Creo que es importante señalar que menos sólo es más si tienes montones para empezar. Para los demás más es más.

Al otro extremo de la línea, cuando llegaba a mi parada, sólo necesitaba hacerlo por un minuto o algo así y pasaba, todo despreocupado y sonriéndome a mí mismo. Bueno, después de haber terminado, claro. Mientras lo hacía, lo mío, por decirlo así, no podía permitirme una sonrisa, eso me hubiera delatado inmediatamente. Pero una vez que estaba afuera, a la luz del día, abriéndome camino hacia Jermyn Street en busca de un atuendo con estilo o tal vez esquivando las multitudes que se dirigían al Arsenal, entonces sí sonreía. Ese túnel que se tiene que cruzar en Finsbury Park siempre era un excelente lugar para festejar y dar un grito de satisfacción en reconocimiento a un trabajo bien hecho. Sobre todo si se iba en camino a animar a los Sheens. A veces también silbaba, sólo para disfrutar el eco. Créeme, tú también sonreirías y silbarías una melodía si supieras cómo hacer lo que yo puedo hacer.

Mi viaje gratis favorito era bajarme en Green Park (si no hubieran cerrado la estación Down Street, hubiera sido aún mejor) y recorrer todas esas silenciosas y bonitas galerías. Desde luego fui a la Tate y a la National y a todas esas, pero para mí las grandes instituciones con sus separadores de terciopelo, sus fiestas de recaudación y las viejas engreídas provenientes de los Home Counties no pueden compararse con los discretos lugarcitos de Mayfair. Lo que me gustaba tanto de las galerías es el hecho mismo de que es posible simplemente sacar una chequera y comprar esas maravillosas obras. Siempre era increíblemente emocionante. No quiero sonar como un pervertido, pero para mí era casi una descarga sexual la extravagante sensualidad de ver esta preciosa cosa en un lugar tan íntimo, un Miró por ejemplo o mejor aún, un Barbara Hepworth, y podría quizás, si lo has hecho bien, ser todo tuyo. Ya te he dicho que me va bien, pero casi nunca conservo y no compro, vendo.

Aunque en esos días no hacía nada de eso. Tomaba el metro hacía allí sólo para ver. Por muchos años fui un admirador pasivo de las bellas artes. Todavía puedo recordar claramente la primera vez que me paré frente a un lienzo, tan cerca que se puede oler la pintura y los precios, tan cerca que casi puedes meterte en la mente –o lo que sea que el artista pone en su obra– bueno, pues créeme, me impactó. La única forma en que puedo describirlo es decir que fue mejor que escuchar por primera vez a Lonnie Liston Smith sonando sublimemente sobre el ruido de un club, viajado con speed. O tal vez incluso ver a Charlie George hacerle un túnel a un torpe desdichado frente a la grada norte y después hacerlo otra vez, sólo porque es ese tipo de hombre. Yo estaba tan lleno de cultura.

En retrospectiva, no sé por qué me tomó tanto realmente hacer negocios en el mundo del arte, dado que tuve muchas oportunidades. Creo que probablemente era algún tipo de asunto residual de clase. Quiero decir, la gente como yo, la que su mamá trabajaba en el mostrador de cosméticos en el Woolworth de Holloway Road y pagaba sus muebles de mal gusto con cheques Provident, no se involucra en el arte. Bueno, excepto por Trechikov y sus mujeres étnicas; mi mamá tenía la africana. En verdad no debería estar avergonzado de eso, pero sí me apena un poco. Aun si hubiera llegado en ese entonces con una pintura de verdad para ella, no lo habría entendido, ¿o sí? ¿Realmente podrías ver a mi madre con un Francis Bacon colgado en la sala?

Pude haberlo hecho. Con mi talento desperdicié tantas oportunidades, tantas obras bellas que pude haber cuidado, por un rato. Al vivir en una ciudad como esta hay incontables oportunidades, tantos niveles en los que operar. Pero en ese entonces había algo así como una segregación cultural en el trabajo. Cada quien estaba atascado en su propia área de conocimiento. Ya no parece que sea así, me puedo sentar en una cena en algún loft en Clerkenwell con un montón de teatreros y literatos y discutir a Tàpies o Basquiat con mi acento, y nadie mueve ni una pestaña.

Y más aún, en estos días es recíproco. La gente de los lofts en Clerkenwell, que tiene maestrías en semiótica y va de vacaciones a Zanzibar, cree que sabe algo de futbol. Todo porque se han sentado un par de veces en la grada este con su agente, alabando la geometría innata de los piques de Emmanuel Petit y otras pendejadas así. Me hacen reír. No creo que alguna vez hayan tenido que, repentinamente, hacerse invisibles en una noche lluviosa al sudeste de Londres o enfrentar la ira de un furioso neandertal del Millwall con una navaja para alfombras en la mano. Pensar en todas las veces que pude haber tenido obras que los harían ponerse verdes de envidia y ni siquiera lo consideré. Aun así no puedes ser codicioso. Definitivamente he aprendido que no debes ser codicioso.

Bueno, entonces introdujeron esas barreras, esas máquinas que parecen pinzas y en las que se te atoran los pantalones si no tienes cuidado, y a ese juego en particular le llegó la hora. No me acuerdo qué año era cuando automatizaron el cobro de boletos en nuestra parada de la línea Northern, pero desde luego recuerdo la consternación que causó. Créeme, la gente estaba indignada. Su derecho inalienable a defraudar al London Transport les había sido arrebatado y estaban seriamente enojados. Un niño que conozco se rompió dos dientes frontales haciendo una especie de salto de tornillo sobre las barreras y estaba convencido de que podría demandar al LT por el daño que habían causado a su dentadura. Le dije que desde que Fosby había introducido su salto, ya nadie hacía el salto de tornillo o el de tijera si a esas vamos, pero él no se rio. No podía en realidad, no con la boca en ese estado.

Yo, bueno, supe que el chiste de eso se había terminado. No se le puede hacer lo que yo hago a una máquina. Se trata de meterte en la cabeza de los seres humanos, usando en ellos tu personalidad. Tengo que prender mi carisma, subirlo a todo volumen y entonces invertirlo. Sabes cómo instantáneamente notas a algunas personas cuando entran a una habitación; pues es, precisamente, lo contrario, y las máquinas definitivamente no responden a juegos mentales. Además, yo ya había pasado la etapa de necesitar ahorrar dinero en boletos del metro. Todavía no coleccionaba arte pero sí casi cualquier otra cosa que se pudiera adquirir y vender.

Las pinturas vinieron después. Siempre han sido pinturas. No sólo porque es más fácil trabajar con ellas, que por decir algo con esculturas, aunque admito que sería bastante duro mover una de Henry Moore, por mucho que me gustaría, me fascina su extraordinaria conciencia espacial. Hizo algunas pequeñas y hay maquetas y cosas así, por lo que no sería imposible, pero de alguna manera la pintura fue mi primer amor y mi primera diversión, y a eso me he apegado. Y además, es donde está el dinero, pequeñas obras de grandes nombres, esa es mi especialidad. Y modernistas solamente, no toco nada anterior a 1880, 1890 más o menos; no es mi área de conocimiento. Quiero decir, por más que ame a, digamos Goya, no me sentiría seguro. Y además, los grandes maestros están todos en museos y como ya te había dicho, no me gustan mucho los museos.

Con respecto a obras contemporáneas, bueno, tengo que admitir que tengo verdaderos problemas para emocionarme con videos amateur de una hora y excremento y objetos domésticos. Me doy cuenta que eso me hace sonar un poco vetusto y esa es la última impresión que quiero dejarte, pero sin duda tienes que aceptar que mucho de eso son sinsentidos. Supongo que si se mira hacia atrás a cualquier época, muchos de los artistas del momento eran bastante pobres, sólo duran los que son muy buenos. Quiero decir, mira las tonterías sentimentales que la escuela de Holland Park producía en ese entonces; el grupo actual de Hoxton es definitivamente mejor. Damien Hirst claramente es un gran talento. Me lo he encontrado algunas veces en Groucho’s y así, es un salvaje sin duda. Pero uno inteligente. Estoy seguro de que me pedirán que me involucre con una suya tarde o temprano, pero como dije tendría que ser una pintura de puntos, que son mis favoritas, o una de salpicaduras. No me veo escabullendo un tiburón en el metro, ¿tú sí?

De hecho, en estos días es muy raro que viaje en metro, y no me he subido a un autobús en, bueno, han de ser ocho o nueve años, tal vez incluso más. Creo que ya ni siquiera hacen los Red Rovers, ¿o sí? Aun así todavía me veo a mí mismo un poco como un amante del metro, todavía puedo recitar toda la línea Northern, desde Edgware hasta Morden, ambas ramas. Todavía me encantan las estaciones de Leslie Green, esas que tienen los mosaicos guinda, eso es Londres para mí. La estación del metro Russell Square en la llovizna, esa es mi ciudad. También me sigue gustando el cine, especialmente en las tardes, sólo que ahora pago para entrar. Puedo permitírmelo, gracias.

 

 

 

 

 

 

Robert Elms nació en Londres en 1959. Mientras estudiaba en la London School of Economics comenzó a escribir para The Face, una revista de música, moda y cultura. Se convirtió en el cronista del New Romantic, movimiento contracultural que se desarrolló en los clubes nocturnos de Londres y Brimingham a principios de los años 80, se enfocaba en la moda y muchos grupos musicales adoptaron su estilo. Desde 1990 tiene un programa en BBC Radio London en el que trata temas siempre relacionados con Londres, su historia, geografía, arquitectura, música, lengua, moda; en él entrevista a personajes reconocidos pero también da voz a cualquier habitante de la ciudad. Se ha dicho que The Robert Elms Show es una celebración a todos los aspectos de la tumultuosa ciudad.

Ha publicado 4 libros. Una novela: In Search of the Crack en 1989; un libro de no ficción sobre España: Spain. A Portrait after the General de 1992; The Way We Wore de 2006, memorias de la moda de su juventud en relación con la historia social y cultural del momento y finalmente London Made Us de 2019, en el que retrata los cambios que Londres ha sufrido desde su punto de vista, se trata de una carta de amor a la capital.

 

 

 

 

Jade Calderón (Ciudad de México, 1989). Estudió Historia e Historia del Arte en la UNAM. Actualmente es curadora y coordinadora de investigación en Ernst Saemisch A.C. y cursa el Diplomado en Formación de Traductores Literarios de la ENALLT. Le interesa el arte y los procesos mediante los que se inserta en los espacios expositivos, la música, la literatura y el ciclismo.