Blanca Nieves, de los Hermanos Grimm. Traducido por Luciano Pérez

 

La edición titulada Cuentos auténticos de los Hermanos Grimm que publica la editorial Edelvives consiste en una selección de dieciséis de esas viejas historias, tal y como fueron redactadas, sin los arreglos y edulcoraciones que les fueron hechos después para mitigar los posibles detalles crueles y violentos que se consideraron inapropiados para los niños

 

 

BLANCA NIEVES

 

Traducción de Luciano Pérez

 

Érase una vez a mitad del invierno, y los copos de nieve caían como plumas del cielo, y una reina estaba sentada afuera de una ventana, cuyo marco era negro por ser de ébano; y cuando se acercó a ver la nieve más de cerca, se picó el dedo con una aguja, pues estaba cociendo, y cayeron tres gotas de sangre en la nieve. Y como lo rojo en la nieve blanca se veía tan hermoso, ella pensó: “Quiero tener una niña blanca como la nieve, roja como la sangre, y negra como el ébano”. Pronto dio a luz una hija que era de piel blanca como nieve, de labios rojos como la sangre, y de cabellos negros como el ébano del marco de la ventana, y a la que se le puso por nombre Blanca Nieves. Cuando esta niña nació, la reina murió en el parto.

     Al pasar un año, el rey tenía ya otra esposa, una mujer muy hermosa pero demasiado orgullosa y altanera, que no podía tolerar que alguien fuese más bella que ella. Tenía un espejo mágico, y cuando se ponía frente a él le preguntaba: “Espejito, espejito en la pared, ¿quién es la más bella de todo este país?” Y el espejo respondía: “Señora reina, tú eres la más bella del país”. De lo cual ella se alegraba, pues sabía que el espejo siempre decía la verdad.

     Blanca Nieves fue creciendo y poniéndose cada vez más bonita, y cuando tuvo siete años era bella como un claro día y más bella que la reina misma. Una vez ésta le preguntó al espejo: “Espejito, espejito en la pared, ¿quién es la más bella de todo este país?”, y él respondió: “Señora reina, tú eres la más bella, pero Blanca Nieves es mil veces más bella que tú”. Eso enojó a la reina, que se puso verde y amarilla del coraje. En adelante, cuando veía a Blanca Nieves, ya no había más amor en su corazón para ésta, sino odio. Y los celos y la rabia crecieron como mala hierba dentro de ella, cada vez más, hasta que ya no pudo tener paz ni de noche ni de día. Entonces mandó llamar a un cazador y le dijo: “Llévate a la niña al bosque, pues ya no quiero verla nunca más. Debes matarla, y me traes su hígado y sus pulmones como muestra de que has cumplido mi orden”. Al escuchar eso, el cazador tuvo miedo y se fue; más tarde, quiso clavar su cuchillo en el inocente corazón de Blanca Nieves, pero ésta lloró y le suplicó: “Querido cazador, déjame vivir. Correré hacia lo más profundo del bosque, y nunca más regresaré”. Y como ella era tan preciosa, él se conmovió y le dijo: “Entonces corre, pobre niña”. Él pensó que los animales salvajes se la devorarían, pero de todos modos se le quitó un peso del corazón, porque no tuvo él que matarla. Se halló un jabalí joven, y lo cazó para arrancarle los pulmones y el hígado, y llevárselos a la reina como muestra a su ama de que Blanca Nieves había muerto. El cocinero real hizo cecina con todo eso, y la desalmada reina se la comió.

     Ahora estaba la pobre niña sola y asustada, y tan angustiada que hasta las hojas de los árboles la llenaban de terror. Se echó a correr, y se lastimó con las piedras y los espinos, y los animales salvajes saltaron al verla, aunque no le hicieron nada. Corrió, hasta que sus pies ya no pudieron más y llegó la noche; entonces vio una casita, y todo parecía en paz a su alrededor. Entró ahí, y todo era pequeño, pero cálido y confortable, así que no había por qué quejarse. Estaba una mesita, lista ya con siete platitos, cada uno con siete cucharitas, siete tenedorcitos y siete cuchillitos; había también siete vasitos. En la pared estaban siete camitas ya preparadas, con sábanas muy blancas. La niña estaba muy hambrienta y sedienta, así que comió de cada uno de los siete platitos un poco de verduras y de pan, y bebió de cada vasito un traguito de vino, pues no quería abusar mucho. Y, como estaba tan cansada, quiso acostarse en alguna de las camitas, pero una estaba muy grande, otra muy corta, y al final se decidió por la séptima; se acostó ahí, se encomendó a Dios y pronto se durmió.

     Cuando ya estaba todo completamente oscuro, llegaron los señores de la casita, ellos eran los siete enanos, que trabajaban como mineros en la montaña. Cada uno traía su lamparita, y cuando estuvo todo iluminado dentro de la casita, se dieron cuenta de que algo había ocurrido, pues las cosas no estaban en el orden en el que las dejaron. El primer enano dijo: “¿Quién se ha sentado en mi sillita?” Y el segundo: “¿Quién ha comido de mi platito?” Y el tercero: “¿Quién ha comido de mi pancito?” Y el cuarto: “¿Quién ha comido de mis verduritas?” Y el quinto: “¿Y quién usó mi tenedorcito?” Y el sexto: “¿Y quién cortó con mi cuchillito?” Y el séptimo: “Y quién bebió de mi vasito?” Y entonces el primer enano se percató de que su cama estaba desarreglada, y dijo: “¿Quién ha estado en mi cama?” Los otros enanos corrieron a ver sus camas, y cinco de ellos gritaron: “¡En mi cama estuvo alguien!” Y el séptimo, al ver la suya, se dio cuenta de que estaba ahí dormida una niña. Llamó a los otros, que llegaron corriendo y se quedaron sorprendidos al alzar sus lamparitas e iluminar a la muchacha. Dijeron: “Ah, Dios mío, ¡qué niña tan más hermosa!”, y les dio mucha alegría pero no la despertaron, sino que la dejaron en la camita. El séptimo enano durmió una hora con cada uno de sus compañeros y así pasó la noche.

     Cuando llegó la mañana, Blanca Nieves, al despertar y ver a los enanos, se asustó. Pero ellos fueron muy amigables y le preguntaron: “¿Cómo te llamas?” Y ella respondió: “Me llamo Blanca Nieves”. A continuación le preguntaron: “¿Cómo llegaste a nuestra casita?” Y entonces les contó todo lo ocurrido, cómo su madrastra quiso deshacerse de ella, y cómo el cazador le perdonó la vida, y cómo corrió a través del bosque un día entero, hasta llegar a la casita. Los enanos le dijeron: “¿Te gustaría cuidar la casa, cocinar, tender camas, lavar, coser y tejer? Tendrías todo ordenado y arreglado, así que te puedes quedar con nosotros y nada te faltará”. “Sí”, dijo Blanca Nieves, “me gustaría de corazón”, y se quedó con ellos. Ella tuvo en adelante todo en orden. Cada mañana los enanos se iban a la montaña a buscar oro y otros metales, más tarde regresaban y ya tenían lista su comida. Todo el día estaba sola Blanca Nieves, así que los enanos le advirtieron: “Cuídate de tu madrastra, puede enterarse de que estás aquí; no dejes entrar a nadie”.

     Y la reina, creyendo que se había comido los pulmones y el hígado de la niña, no pensaba en nada que no fuese su primacía y belleza, así que fue al espejo y le preguntó: “Espejito,  espejito en la pared, ¿quién es la más bella en todo el país?” Y el espejo respondió: “Señora reina, tú eres la más bella aquí, pero Blanca Nieves, que está en la montaña con los siete enanos, es mil veces más bella que tú”. Eso la enojó, pues bien sabía que el espejo nunca decía mentiras, y se percató de que el cazador dejó ir  viva a la chica. Ahora de nuevo tenía que buscar la manera de acabar con ella, y pensar en eso no la dejaba en paz. Y finalmente se le ocurrió disfrazarse como una anciana vendedora ambulante, de manera que no fuese reconocida. Así vestida se dirigió hacia la montaña donde vivían los siete enanos, tocó la puerta de la casita y gritó: “¡Vendo bonitas cosas!” Blanca Nieves se asomó por la ventana y dijo: “Buenos días, querida señora, ¿qué vende usted?” Y la supuesta vieja respondió: “Buenas cosas, bonitas cosas, tengo listones para el cabello de todos los colores”, y le mostró un precioso listón de seda. Blanca Nieves pensó: “Dejaré entrar a esta honrada señora”, y le abrió la puerta para comprarle el listón. “Niña”, le dijo la señora, “te verás bien con esto. Ven, déjame ponértelo yo misma”. Blanca Nieves no tuvo desconfianza, y se dejó colocar en el pelo el listón, pero le faltó la respiración apenas terminó la mujer de ponerle eso, y cayó al suelo muerta. “Ahora eres una que fue la más bella”, dijo la reina y salió.

     Más tarde llegaron los siete enanos a casa, y se asustaron al ver a Blanca Nieves en el suelo, pues no se movía. Buscaron qué podía tener, y como vieron muy apretado el listón que traía en el cabello, lo desataron, y en ese momento ella comenzó a respirar, y a vivir otra vez. Cuando los enanos escucharon de ella lo que había pasado, le dijeron: “La vieja vendedora no era otra que tu madrastra. Ten más cuidado y no dejes que nadie entre a casa cuando no estemos”.

     La mala mujer volvió a su palacio, fue ante el espejo y le preguntó: “Espejito, espejito en la pared, ¿quién es la más bella del país?” Y el espejo contestó: “Señora reina, tú eres aquí la más bella, pero Blanca Nieves, que está en la montaña con los siete enanos, es mil veces más bella que tú”. Al escuchar eso, ella se asustó tanto que sintió cómo toda la sangre le corría rápido hacia el corazón, pues ella vio con sus propios ojos cómo su hijastra cayó muerta. “Pero ahora”, dijo, “intentaré algo que no puede fallar”, y con sus artes de brujería, que conocía muy bien, fabricó un peine envenenado. Se disfrazó de otra mujer vieja, y se fue a la montaña. Tocó la puerta de la casa de los enanos y gritó: “¡Vendo buena mercancía!” Blanca Nieves le dijo desde la ventana: “Váyase, porque no puedo dejar entrar a nadie”. La vieja le dijo: “Es que no has visto lo que te traigo”, y le lanzó el peine por debajo de la puerta, y a la niña le pareció bonito el peine, y entonces abrió la puerta. Al entrar la vieja le dijo: “Ahora quiero de una vez peinarte”. Blanca Nieves pensó que no tenía nada que temer, pero apenas la señora le puso el peine en los cabellos, el veneno hizo rápido efecto, y la niña cayó al suelo sin sentido. La mala mujer, al verla así, se burló: “Tú, ejemplo perfecto de belleza, ya eres tiempo pasado”, y se fue.

     Por suerte ya era muy tarde, y llegaron los enanos. Al ver a Blanca Nieves en el suelo, pensaron de inmediato en que había venido de nuevo la madrastra. Buscaron en ella qué podía ser ahora, y vieron el peine en el pelo; se lo quitaron y ella volvió a vivir. Les contó lo sucedido, y entonces le advirtieron que eso ya no debía pasar, y que a nadie le abriese la puerta.

     La reina llegó a su palacio, se dirigió al espejo y le preguntó: “Espejito, espejito en la pared, ¿quién es la  más bella del país?”, y él respondió igual como antes: “Señora reina, tú aquí eres la más bella, pero Blanca Nieves, que está en la montaña con los siete enanos, es más bella que tú”. Cuando escuchó lo dicho por el espejo, tembló y se estremeció de furia. “Blanca Nieves debe morir”, dijo, “así me cueste la vida”. Se metió en un cuarto secreto, donde nadie más solía entrar, y elaboró una manzana envenenada, que se veía tan hermosa, que todo el que la mirase se sentiría tentado a comérsela; pero quien le diese una pequeña mordida, de inmediato se moriría. Llevando la manzana, la reina se disfrazó de campesina, y se fue a la montaña de los siete enanos.

     Tocó la puerta de la casita, Blanca Nieves se asomó por la ventana y le dijo: “No puedo abrirle a nadie, los enanos me lo han prohibido”. La falsa campesina respondió: “Me parece muy bien. Yo lo único que quiero es terminar de vender mis manzanas. Te regalaré una”. “No”, dijo Blanca Nieves, “yo no puedo tomar nada”. La otra insistió: “¿Acaso temes que esté envenenada? Mira, cortaré la manzana en dos mitades, tú te comes una mitad y yo la otra”. La manzana estaba tan bien hecha, que sólo una mitad tenía veneno, y fue la que la mujer le dio a Blanca Nieves, y la otra mitad no, que fue la que se comió la madrastra ante los ojos de la chica. Y a ésta le pareció hermosísima la fruta, y cuando vio comer a la señora no dudo en probar su propia mitad. Pero apenas mordió la manzana, cayó muerta al suelo. La reina vio eso con terrible mirada, se rió fuerte, y dijo: “¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! Esta vez los enanos no lograrán despertarla”. Se fue, y cuando llegó al palacio, le preguntó al espejo: “Espejito, espejito en la pared, ¿quién es la más bella del país?”, y él le respondió: “Señora reina, tú eres la más bella”. Lo cual llenó de tranquilidad el corazón de la mujer.

     Los enanos, al caer la tarde, llegaron a casa, encontraron a Blanca Nieves otra vez en el suelo, y se dieron cuenta de que ya no respiraba, de que había muerto. Buscaron dónde podía estar el veneno, vieron en los cabellos, le echaron en la cara agua y vino, pero fue inútil: la querida niña ya no estaba con vida. La colocaron en una caja, y se sentaron a  su alrededor para llorarla durante tres días. La iban a enterrar ya, pero se veía ella tan fresca como si estuviera viva, incluso tenía rojas las mejillas, que dijeron: “No podemos hundirla en la negra tierra”, así que la metieron en un ataúd de cristal, donde se la podía ver desde todos lados, y le pusieron una letras de oro con el nombre de ella y especificando su rango de princesa. Luego se llevaron el ataúd hacia la montaña, y cada uno de ellos permaneció por turnos junto al mismo para vigilarlo.  Y los animales venían, y lloraban por Blanca Nieves, primero un búho, luego un cuervo, y finalmente una paloma.

     Durante todo el largo tiempo transcurrido en el ataúd, la niña se veía como si estuviera nada más dormida, y seguía con la piel blanca como la nieve, los labios rojos como la sangre, y los cabellos negros como ébano. Y ocurrió una vez que un príncipe entró al bosque y llegó a la casa de los enanos y quiso quedarse ahí, pues había ya caído la noche. Al día siguiente fue con ellos a la montaña y vio el ataúd de cristal con la bella Blanca Nieves dentro, y leyó su nombre y rango. Le dijo a los enanos: “Denme el ataúd, les doy lo que quieran por él”, pero ellos se negaron: “No lo damos ni por todo el oro del mundo”. Él dijo entonces: “Regálenmelo pues, porque ya no puedo vivir sin ver a Blanca Nieves, a la cual quiero honrar y casarme con ella”. Al oírle decir eso, los enanos sintieron gran compasión por él, y le dieron el ataúd. El príncipe se lo echó a los hombros y se lo llevó.

      Y sucedió que al ir bajando la montaña, el príncipe tropezó con un arbusto, y el impacto violento provocó que de la garganta del cadáver se saliese el trozo de la manzana envenenada que la niña mordió. Y de inmediato ella abrió los ojos, se movió dentro del ataúd,  levantó la tapa de éste y asomó la cabeza gritando: “¡Dios! ¿Dónde estoy?” El príncipe la vio y lleno de alegría le dijo: “Eres mía”, y le contó por qué era que la venía trayendo, y concluyó: “Te amo más que a nadie en el mundo. Vamos al palacio de mi padre, para que te conviertas en mi esposa”. Ella aceptó y se fue con él, y la boda se efectuó  con gran pompa y señorío.

     A esa boda fue invitada la madrastra, quien no sabía quién era la novia. Cuando ésta se puso un hermoso vestido, con el que se veía muy bien, le preguntó al espejo: “Espejito, espejito en la pared, ¿quién es la más bella en todo el país?”, y él le respondió: “Señora reina, tú eres aquí la más bella, pero la joven reina es mil veces más bella”. Eso enojó tanto a la mala mujer que con nada se podía controlar. Pero se presentó en la boda, y cuando vio cara a cara a la joven reina, supo que se trataba de Blanca Nieves, y su espanto fue enorme. Fue apresada y se le colocaron unos zapatos de hierro calentados al rojo vivo, con los cuales bailó de dolor hasta que cayó muerta.

Luciano Pérez. Es originario de la Ciudad de México, nacido en 1956. Egresó de los talleres literarios del INBA, donde fue discípulo de los escritores Agustín Monsreal y Sergio Mondragón. De 1986 a 2006 laboró en la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE, primero como promotor de talleres literarios, y de 1989 a 1998 en la revista cultural del instituto, memoranda, donde fue secretario y luego jefe de redacción.  De 2007 a 2012  estuvo en Ediciones Eón, como redactor y corrector, y después como editor en jefe. Desde 2013 se ha dedicado a traducir del alemán al español, tanto para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, como para  Editorial San Pablo. Narrador, ensayista y poeta, ha publicado los siguientes libros: Cacería de hadas (1990), Cuentos fantásticos de la Ciudad de México (2002), y Antología de poetas de lengua alemana (2006).  Actualmente es editor de la revista cultural en línea Ave Lamia, y aquí publica sus ensayos literarios, históricos y de cultura popular, además de cuentos de corte fantástico, así como también traducciones de autores alemanes.

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