Ausencia: Un cuento de Héctor Justino Hernández (México, 1993)

 

 

Ausencia

 

Héctor Justino Hernández

 

El sol caía en el horizonte como un edificio demolido. Eric se sentía inquieto porque volvía a casa después de años ausente. El autobús comenzaba a entrar en la ciudad, atrás quedaban los cañales. Un motel a un lado de la carretera, luego un restaurante para tráileres. Recordaba con desgano y un poco de miedo la última vez que había estado en casa: La pelea con mamá fue terrible. ¿Habría al fin cambiado algo?, ¿podría ahora sentirse tranquilo? Sabía que no, que de cualquier forma después de lo que había pasado no podría siquiera pasar por un Hijo Pródigo.

El autobús se detuvo un momento para subir pasajeros. Eric pensó de nuevo en aquella tarde moribunda en la que su padre lo descubrió besándose con su mejor amigo en el patio trasero de la casa, y el caos que vino después cuando Marcos tuvo que salir huyendo, y de cómo Eric debió ir solo a un hospital porque la nariz no le dejaba de sangrar y había tenido que inventar una historia compleja y absurda sobre una caída en bicicleta. Ese día en la sala de espera se preguntaba cómo vería ahora a sus padres después de la pelea. Y cuando estuvo de vuelta, tuvo miedo de que no le abrieran, lo dejaran botado en la calle y él tuviera que buscar refugio en cualquier rincón para descansar sin que la policía lo corriera. Mas sus padres le abrieron la puerta y sin hablarle lo dejaron pasar. Esa noche habría de dormir sin escuchar ruidos en la casa, ni siquiera el escándalo común de sus dos hermanos menores. Había llorado un poco en la cama, más por la incertidumbre del futuro que por culpa o dolor.

Habían construido casas nuevas, pensó mientras comenzaba a reconocer los lugares, a recordar que más adelante estaba una gran bodega de granos y junto un campo militar.

Con Marcos hubo un acuerdo tácito, dejar de frecuentarse, apartar sus caminos, al final de cuentas no tenían nada serio. A la distancia, Eric lo recordaba con cariño y se preguntaba qué habría pasado con él. Ahora tenía Facebook y lo había intentado encontrar una ocasión, pero sin resultados. Era tan fácil que las personas desaparecieran. Sus hermanos, por ejemplo: sabía cómo eran, pero nunca se había atrevido a agregarlos.

El autobús llegó a la central, y mientras Eric recogía sus maletas revivió el día en que al fin lo dejó todo. Mamá y él discutieron como discuten los perros, a mordidas y espumando. Estaban solos y no hubo nadie que los detuviera: papá en el trabajo y sus hermanos en la escuela. Eric, sin entrar a clases, había vuelto a casa para encerrarse y fumar un poco de mariguana. Mamá lo increpó en cuanto lo vio entrar, crees que soy tu pendeja y no sé qué andas todavía haciendo esas cosas, mejor no tener un hijo. Y él, harto un poco, enojado tal vez, respondió de la forma más educada posible: con una silla sobre la colección de cristalería que tantos años le costó a ella reunir, y una huida que no terminaría sino hasta la estación de autobuses donde compraría un boleto al lugar que le alcanzaba con el dinero que traía en el bolsillo.

Se sorprendió al descubrir que aún recordaba su dirección cuando tomó el taxi a la salida de la central, estaba clara en su cabeza como su número de teléfono. Pensó, a la par que el taxi tomaba la avenida, en el rostro de su padre, a quien, de no haber visto antes, una tarde, de casualidad, en el estacionamiento de una tienda, nunca hubiera vuelto a hablar. Lo encontró, sí, y hablaron como si fueran amigos de años, intercambiaron números y le dijo que esperaba algún día encontrarlo de nuevo. Quién iba a decir que ese número sería el mismo que apenas ayer le marcaría para avisarle que mamá había muerto.

Realmente no fue una noticia que le doliera. Sabía que nada lo obligaba ir al funeral, pero de todos modos tomó un autobús y se dirigió a la ciudad de sus padres, con una maleta pequeña, porque sabía que no se iba a quedar mucho tiempo.

El taxi lo dejó frente a su casa, Eric caminó hasta la puerta: estaba abierta. Entró. Gente en los pasillos, vestidas de negro. Su camisa rosa desentonaba con el resto. Llegó hasta la sala donde estaba el ataúd. Había unas velas alrededor y flores blancas. Se repetía para sentirse tranquilo que no planeaba quedarse, pensó en dar la vuelta e irse. Al cabo de una breve duda resolvió hacerlo. Caminaba hacia la salida cuando una mano lo detuvo. Padre lo miró con fuerza y, al cabo de un instante, lo dejó ir. Eric comprendió que no lo obligaría a permanecer. Así que no se detuvo, salió a la calle y notó que era ya casi de noche. La casa de su infancia quedó atrás poco a poco. Abandonó la colonia y continuó hasta llegar a donde vivía Marcos. Ni siquiera se preguntó por qué había tomado ese rumbo. Pensó que había una gran probabilidad de que su amigo aún viviera en el mismo lugar. Imaginó que si se encontraban de nuevo podrían hablar de otros tiempos, quizá mejores. Tocó el timbre. Sintió que toda la tristeza del mundo se hacía una en su interior. Entonces abrieron la puerta.

 

Héctor Justino Hernández (Córdoba, Ver., 1993): Narrador y ensayista. Egresado de Psicología y estudiante de Lengua y literatura hispánicas por la UV. Ha publicado en revistas como La Palabra y el Hombre, Criticismo, Punto de partida, Ágora del ColMex, entre otras; así como en las antologías Trapiche (2017) y Vívela Muerte (2018). Es autor de las plaquetas Dimorfismo (2019) y Drenaje a cielo abierto (2020). Es coordinador general de la revista literaria Tintero Blanco.

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