Alex Darío Rivera (Honduras): Cuentos de Hendiduras

 

 

 

 

 

 

Alex Darío Rivera M. Santa Bárbara (Honduras, 1975)

 

Hendiduras

 

 

 

Entre el sueño y la pesadilla

 

Se retiraba apenas un tantito, un pasito fuera nada más, tomaba distancia, y no era necesario que fuese demasiado, giraba el cuello y daba una espiadita. Entonces la realidad se le develaba.  Un paraíso natural en planes de exterminio. Hendiduras profundizándose, buscando sus entrañas. Y una mancha de mugre y sangre esparciéndose por todas partes. Intentaba despertarse. Regresaba, y con los ojos bien abiertos, en el sueño, intentaba no tropezar. Sacaba un metro para medir sus palabras, esperaba el eco difuso de las mismas, y leía el manual instintivo para saber cuándo guardar silencio sin que su vida perdiera el hilo que la sostenía. Con cierta agitación, escondía todo objeto cortopunzante: las tijeras, los cuchillos, las agujas, su lengua y sus palabras. Debía ser discreto, aseguraba el instructivo, si pretendía ver caer más hojas de los calendarios, escuchar más el tic tac de los relojes, o ver crecer a sus hijos.

Hacía otro intento por despertar, y era imposible. Intentaba otro grito que no escapaba de la garganta. Caminaba en puntillas para no despertar a los gendarmes que salvaguardaban la riqueza de los que habían decidido torcer los sueños.

En ese sueño, salía al trabajo cada mañana y colocaba candados en cada parte de su cuerpo, sin ofrecer copia de las llaves a nadie. Tenía que desconfiar de su sombra, en eso se les educaba. Regresaba por la noche, y ponía a nixtamalizar los sueños para que mudaran de piel. Les contaba ficciones a sus hijos. Les aseguraba que todo era bonanza, que en la calle los geranios se multiplicaban y se acababan de extinguir las hierbas malas. Escondía la mentira, y les hablaba de la justicia divina que todo lo veía y castigaba, y siempre, rutinariamente reforzaba todo, encendiéndoles la televisión. Y solo así, se iba a la cama creyendo que las pesadillas eran premoniciones de dulces sueños, como ésta, de la que se le dificultaba despertar; pues al final, los sueños (dormidos y despiertos) eran apenas masturbaciones del subconsciente. Durmió en el sueño creyendo en la certeza del despertador, en la seguridad que le ofrecía el sistema por extraviar el camino, amañar las brújulas, falsear los astrolabios, y que el siguiente día llegaría esperanzador.

Despertó. Lavó su rostro y continúo con su rutinario vivir, sin aceptar que habitaba en otro sueño.

 

 

 

 

Temporal

 

Renegaba de estos tiempos. Agradecía al destino nacer una o varias generaciones atrás. Él soñó ser marino, y aunque nunca lo cumplió, se levantó cada día a sentarse a la popa y esperar el viento que lo empujara a su propio mar. Revisaba el astrolabio, corregía la brújula, tendía la vela, levantaba el ancla, manipulaba el timón, y salía a la calle a navegar donde se le antojaba dirigir la proa. Pipa en ristre, esparcía olor a tabaco negro a lo largo y ancho de la plaza. Acomodaba su boina de lado, siempre en la dirección hacia donde dirigía su mirada inquisitoria, y se apropiaba de la banca, donde él nunca supo que, con los años, su imagen sería sustituida, paradójicamente, por una escultura suya en bronce.

Desde la otra orilla de la calle sus vecinos reafirmaban su locura. Sin que ello los llevase a desistir de su enfermizo anhelo, de verlo naufragar.

 

 

 

 

Arrinconado

 

“…hoy en día, en el mundo entero,

la gente prefiere juzgar a comprender…”

Milan Kundera

 

 

Guarden el gesto, escondan la opinión. Ruégoles no halagarme ni despotricar en mi contra; juro que no encontrarán ni agravio ni gratitud en respuesta, ningún asomo de reciprocidad; les solicitaba a sus vecinos, en tono de súplica, mientras recogía el periódico, e ingresaba nuevamente a su casa. Estaba convencido de que todo lo que hicieran u opinaran con relación a él, sería siempre un engaño, o si acaso, una mentira y una verdad a la vez, un asunto solo de perspectivas y prejuicios. A veces, actuaba diferente en situaciones similares. En ocasiones, igual y rutinario en circunstancias distintas. Casi al azar, dictado por ciertas convicciones o estados de ánimo. Con frecuencia, dejándose llevar por los juegos de la incertidumbre.

Hace años había perdido el temor a equivocarse, y si acertaba o no, aseguraba que no siempre era planificado. Odiaba que lo señalaran, que intentaran localizarlo, ubicarlo. Él se conocía mejor que nadie, aunque, paradójicamente, con frecuencia desconocía el lugar dónde se encontraba. Con regularidad, también por qué se movía o buscaba con empeño la cortesía de la quietud. Rogaba que lo valorasen con abundante indulgencia, o que hicieran de él una ficción, un silencio, o lo tratasen como desconocido. Créanme, les confiaba a sus gatos, pienso que mis únicas certezas son: ni yo mismo me pertenezco, ni yo sé, a ciencia cierta, aunque me lo pregunte con frecuencia, quién soy.

El único pecado cometido por él en aquel invasivo poblado, fue insistentemente deambular en su interior y el de su casa. Y acompañado de esas incertidumbres, creerse, a ratos, infinitamente feliz.

 

 

 

 

Arcano 

 

Sentía que la lluvia se le parecía, o tal vez, por respeto a la vejez, a la inversa. Sagrada deidad de siempre. Le fascinaban las tormentas vespertinas. Viéndolas, sintiendo las briznas adherirse a su rostro, una y otra vez, volvía a ser niño, a rejuvenecerse como la hierba. Eso no significaba que fuese un disfrute, o al menos, no siempre lo era de manera plena. Una impotencia siempre le embargaba luego de las tormentas tarderas, si bien es cierto no era una tortura que le quitaba el sueño, no dejaba, nunca, de inquietarle el vacío existencial que horadaba en su necio empeño por preguntarse y no encontrar respuestas ante algunas interrogantes planteadas por la lluvia: ¿algo renacía en él o algo moría? ¿sus tristezas se lavaban o evocaban viejos amores? ¿el presente se enjuagaba en las aguas que se descolgaban del tejado? ¿la lluvia por qué le heredaba esta incomprensible alegría de vivir, de amar, de reír, de caminar, de volar lejos con el canto de los gallos? ¿la brisa por qué después de la lluvia le insinuaba los caminos? ¿la tormenta de dónde traía esos nuevos colores que mostraban las flores, las hojas terracotas de abril y las aguas rojizas de la cuneta? ¿el trinar de los pájaros dónde se guardaba después de las tormentas? ¿la intermitente afonía por qué le acercaba inútilmente a la palabra que solo tenía significado en su pecho, pero no en el alfabeto que lápiz en mano intentaba descansar sobre el papel? ¿qué hacía con esas introspecciones que le removía la lluvia y que no podía convertirlas en palabras?

Dudaba si la necesidad de preguntarse eso sin encontrar respuestas, sería el verdadero milagro eterno de la lluvia, y ese viejo contubernio que ella había construido con la vida y con la muerte.

 

 

 

 

Temporal

 

Renegaba de estos tiempos. Agradecía al destino nacer una o varias generaciones atrás. Él soñó ser marino, y aunque nunca lo cumplió, se levantó cada día a sentarse a la popa y esperar el viento que lo empujara a su propio mar. Revisaba el astrolabio, corregía la brújula, tendía la vela, levantaba el ancla, manipulaba el timón, y salía a la calle a navegar donde se le antojaba dirigir la proa. Pipa en ristre, esparcía olor a tabaco negro a lo largo y ancho de la plaza. Acomodaba su boina de lado, siempre en la dirección hacia donde dirigía su mirada inquisitoria, y se apropiaba de la banca, donde él nunca supo que, con los años, su imagen sería sustituida, paradójicamente, por una escultura suya en bronce.

Desde la otra orilla de la calle sus vecinos reafirmaban su locura. Sin que ello los llevase a desistir de su enfermizo anhelo, de verlo naufragar.

 

 

 

 

Meditaciones en la acera

 

Observó que la calle se volvía angosta a lo lejos. Sus abuelos sembraron semillas en tierra, que algunos llamarían ajenas. Ellos supieron que los cercos podían dividir el suelo, pero no evitar que algunas semillas nacieran en suelo no cercado, y que otros, con los años, probarían la dulzura de sus frutos. En ellos, siempre la fe había sido una de las características humanas más nobles. Cruzaban los machetes para silenciar los truenos. Trazaban una cruz de ceniza en el patio para espantar la lluvia. Cubrían los espejos para desviar los rayos. Colocaban el santo al revés procurando que el amor no abandonara el rito de tocarles la puerta.

Él, estaba convencido de que las calles volvían a recordar la memoria de antiguos pasos. Pero seguramente, olvidaban más fácilmente los pasos de quien viajaba solo. Estaba convencido que el que viaja acompañado, deja en otro, constancia de su transitar. Miró hacia arriba, y se preguntó si la lluvia, al desprenderse de la nube, traía consigo cierta melancolía, y si también la lluvia, si la lluvia era consciente de que su caída era esperada por el campesino que con un puñado de semillas soñaba llevar la tortilla a la mesa donde le esperaban sus hijos.

Pensaba en sus abuelos, y fortalecía la convicción que personas nacían con una luz debajo del brazo, y tiraban de ella para iluminar los caminos oscuros. Personas que nacían para ofrendarse a otros, y al hacerlo, un hálito de esperanza les retoñaba siempre donde pendía la única certeza de que el mundo no se extinguiría nunca.

Se acomodó en la pared, y supo, una vez más, que las calles recordaban la memoria de antiguos pasos, y olvidaban más fácilmente los pasos de quien viaja solo. El que anda acompañado siempre deja en otro, constancia de su transitar, se repitió.  Y a la calle, la miró ahora como una antigua metáfora, y sonrió lejano, a pesar de los cientos de transeúntes con los que efímeramente compartía aquel trecho de acera.

 

 

 

 

Alex Darío Rivera M. Santa Bárbara, Honduras, 30 de julio 1975. Ha publicado en poesía: "Introspecciones extintas", "Desde los balcones", "Mortem" y “La lluvia no llega”. Libro de microhistoria “SITRAMEDHYS, medio siglo de lucha" (2015). En cuento: "De fugas y acechanzas" (2012), "Recuentos a media luz" (2013) y "Hendiduras" (2020). Antologado en "Honduras, sendero en resistencia"; "Poetas en los confines"; "Kaya Awiska, Antología del cuento hondureño"; "Antología del cuento hondureño Siglo 21"; "Tratado mesoamericano de libre poética: ecos náhuatl Honduras-México"; "Letras sin fronteras II"; "El baile del dinosaurio", antología de minificción hondureña" y "Despierta humanidad" Antología Poética Internacional Homenaje a Berta Cáceres" y en la Revista Olteroceano (Honduras Tierra de Sueños y Utopías, en El Bicentenario de la Independencia) de la Universidad de Udine, Italia.