Los florilegios de la lengua: breve aproximación a las antologías poéticas de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco español. Por Luis Gabutti Alarcón

 

 

 

 

 

 

 

Los florilegios de la lengua: breve aproximación a las antologías poéticas

de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco español

 

 

 

Luis Gabutti Alarcón

 

 

 

Existen varios pasos del latín vulgar a la formación de las lenguas romances y, de ahí, a la fijación del español, tal como nos lo narra Antonio Alatorre en esa novela suya que se llama Los 1001 años de la lengua española. Mucho tiempo tuvo que pasar para que se lograran percibir los cambios entre el latín vulgar, las lenguas romances y el español, aún más transcurrió para que los hablantes de esas nacientes lenguas fijaran su habla en documentos, objetos de devoción de los arqueólogos del lenguaje.[1] El más antiguo vestigio de esas lenguas romances, en textos literarios de la península ibérica, se encuentra en las jarchas, las cuales fueron descubiertas por Samuel M. Stern en 1948, estas composiciones breves de carácter popular con una voz lírica femenina aparecían después de una moaxaja, un poema culto en árabe o hebreo. A partir de entonces, estas breves producciones del mundo mozárabe aparecen en antologías sobre la poesía medieval como la clásica de Dámaso Alonso, Cancionero y romancero español (1969), hasta la museística antología de Vicenç Beltrán, Poesía española. 2. Edad Media: lírica y cancioneros; sin embargo, estos dos florilegios sólo plasman en sus páginas la producción romance, dejando de lado la moaxaja que acompañaba a la jarcha. No es lo mismo sólo leer:

 

Vayse meu corazón de mib,

ya Rab, ¿si se me tornarád?

¡Tan mal mi doled li-l-habib!

Enfermo yed, ¿cuándo sanará?[2]

 

Poema del cual percibimos, desde su unidad textual, una voz lírica femenina que se pregunta si su amado recuperara la salud para que vuelva con ella y ya no sufra de amor; pero, si le añadimos la moaxaja, escrita por Judá Leví, en la que aparece esta jarcha, el significado cobra nuevos valores:

 

Mi corazón se desgarra por una cervatilla que tiene sed de verle. Hacia el cielo levanta (la cervatilla) su puro rostro lleno de lágrimas. El día en que le dijeron: “Está enfermo tu amigo” exclamó con amargura:

 

Mi corazón se va de mí

Oh Dios ¿acaso se me tornará?

¡Tan fuerte mi dolor por el amado!

Enfermo está, ¿Cuándo sanará?[3]

 

La moaxaja le confiere a la jarcha otros elementos semánticos que potencian el sentimiento lírico. En este caso la confluencia del yo lírico masculino que sufre la ausencia de la amada con la voz lírica femenina de la jarcha nos indica que ambos protagonistas, de esta unidad poética, adolecen desde el corazón la soledad de no estar el uno con el otro. El despojar a las jarchas de sus moaxajas en las antologías poéticas impide al lector entender el entorno literario y cultural mozárabe en donde se insertaban estas producciones, así como imposibilita la lectura de la jarcha y la moaxaja como unidad literaria. Por lo anterior, el uso de esas antologías modernas –para acercarnos al pasado poético de la península– conlleva un riesgo porque esos compendios poéticos, aunque se caractericen a sí mismos como objetivos, se encuentran mediados por los antólogos, ya que ellos imponen una manera de leer el material literario a partir de unos criterios de selección y de la disposición del material antologado; por tal motivo, generan visiones parcializadas y mediadas sobre ese material literario y así crean posturas canónicas de lo que es representativo, ejemplar y memorable de esa poesía de antaño.

Determinar el origen de las antologías resulta complicado porque cada tradición literaria se ha encargado de seleccionar en compendios lo que debe de ser resguardado para la posterioridad, así lo demuestran las ocho antologías de las comunidades drávidas de la India meridional del siglo I d.C. al III d.C., el Many ōshu del siglo VIII japonés, o el Luláb al-albab de Muhammad ‘Aufi en la Persia del siglo XIII. En la tradición occidental, tenemos el registro de que la primera antología fue la Guirnalda de Meleagro de Gádara en el siglo I a.C., junto con las antologías de Filipo de Tesalónica (I d.C.), Diógenes Laercio (III d.C.) y la Sylloge o Ciclo de Agatías en el VI d.C. Las últimas tres antologías mencionadas sirvieron para la compilación de diversos epigramas reunidos en la Antología palatina del siglo X y, también, para la Antología planudea elaborada hacia 1300 por el monje Planudes.[4]

En la tradición literaria romance de la península hispánica, las primeras antologías recopilan la lírica galaicoportuguesa como, por ejemplo, el Cancionero de Ajuda (siglo XIII) y el Canzoniere Portoghese Colocci-Brancuti (siglo XIV). En lengua castellana, durante el siglo XV aparecen, entre muchos más, el Cancionero de Baena (hacia 1436), el Cancionero de Stúñiga (segunda mitad del XV) y el Cancionero general de Hernando del Castillo que se imprimió en 1511. Estas recopilaciones que van del siglo XV al XVII las conocían sus autores o editores como cancioneros, florilegios, romanceros, florestas, etc., pero no las llamaban antologías.[5] Estuardo Núñez marca que estos libros se caracterizan por recopilar el material poético de la época y no tanto por seleccionar los textos;[6] de igual manera lo señala González Aktories al indicar que estas colecciones no reflejan todavía la estructura rigurosa de las antologías porque descuidan el orden de los propios textos, pero, indica que es posible vincularlas como antecedentes de las antologías modernas.[7] Tengamos en cuenta que los libros a finales del siglo XV e inicios del XVI se relacionaron con la imprenta, lo que resulta, a visión de Ruíz Casanova, en que:

 

Las antologías, o las florestas y los cancioneros antiguos, se vinculan desde la aparición de la imprenta, con los usos públicos y extensivos de la lectura. Este fenómeno, la producción impresa, está íntimamente relacionado con el discurso crítico que se desarrolla para glosar o enjuiciar tales libros; y si esto es así en la época moderna, no deberíamos pensar que tal circunstancia se da sólo en el momento que las antologías se perciben como marcos para las propuestas estéticas –dejemos ahorita el término canon– ni pensar, en absoluto, que dicha percepción es privativa a la modernidad.[8]

 

Unos ejemplos interesantes de contrastar resultan los florilegios del siglo XVI y XVII titulados, el primero, Flores de baria poesía y, el segundo, Flores de poetas ilustres de España de Pedro Espinosa. Ambos se asemejan, en el título, al hacer referencia a la etimología de la palabra antología, que tal como refiere Estébanez Calderón es un “Término de origen griego (de anthos, flor, y lego, escoger; de ahí, florilegio) con el que se designa a una colección de textos o fragmentos vinculados por alguna característica común (pertenecer a un mismo autor, género, tema, estilo, movimiento literario, etc.) y que han sido escogidos de acuerdo con determinados criterios: perfección artística, utilidad didáctica, función ideológica, testimonio de una escuela o corriente literaria, etc.”;[9] sin embargo, se diferencian por lo siguiente: el libro del siglo XVI sólo se concibió como un manuscrito; mientras que el del siglo XVII pasó a la imprenta. En ambos compendios se selecciona la poesía del círculo cercano de los autores, Flores de baria poesía –atribuido a Gutierre de Cetina– privilegia la selección de textos italianizantes, así como textos de Cetina, Juan de la Cueva y Diego Hurtado de Mendoza (junto con varios poemas de autores anónimos), además que da cuenta de los círculos intelectuales de Sevilla y de la Nueva España; mientras que las Flores de poetas ilustres de España presenta una selección de 62 autores conocidos –de los cuales el más representado es Luis de Góngora, le sigue Luis Martín de la Plaza, Francisco de Quevedo, Lupercio Leonardo de Argensola y Pedro Espinosa– y 9 incierto, además de escoger sonetos, romances y traducciones de Horacio. El autor anónimo del primer florilegio crea un canon, una visión sobre la poesía, al seleccionar exclusivamente literatura italianizante, mientras que Espinosa escoge a autores más cercanos a él, aunque mantenga una mirada ecléctica en torno a la poesía; lo anterior indica como esos florilegios se van imponiendo como norma o panorama de un momento histórico literario.

Emili Bayo considera que la única antología de ese periodo entre la Edad Media y el Renacimiento que marca las pautas actuales de las antologías modernas es Flores de poetas ilustres; sin embargo, señala que debemos esperar hasta el siglo XVIII para contar con antologías que traspasen el gusto popular.[10] Alfonso García Morales indica que las épocas en que las antologías tuvieron mayor relevancia fueron en el Renacimiento (siglos XV y XVI) y en la llegada de la Modernidad (siglos XVIII y XIX), pero fue sobre todo en esta última etapa donde el uso de la palabra “antología” se consolidó.[11] Durante el siglo XVIII, las antologías sirvieron para difundir textos de difícil acceso (Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV de Tomás Antonio Sánchez), además de ofrecer textos que sirvieran como modelos de imitación y de formación del buen gusto (Colección de poetas castellanos de Pedro Estala).[12] Estuardo Núñez demuestra que, en el siglo XIX, a partir del pensamiento democrático, se impulsó la difusión de la cultura a través de la publicación de historias literarias, traducciones y antologías.[13]

A partir del siglo XX, proliferan las antologías de diversos tipos: por un lado las que seleccionan la tradición literaria de una nación en específico, y, por el otro, las que promueven a los jóvenes poetas; tal como lo establece Marta Palenque en sus dos trabajos relacionados con las antologías de la primera mitad del siglo.[14] Además, tal como lo demuestra Emili Bayo en su libro La poesía española en sus antologías (1939-1980),[15] resulta de gran importancia estos libros en la segunda mitad del XX español para el establecimiento de los valores del estado franquista (Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera de 1939), para la creación y plasmación de grupos poéticos (Leopoldo de Luis Poesía social española contemporánea. Antología de 1965), o para la polémica en el ámbito literario (José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles 1970). En ese mismo siglo XX, y también en el XXI, aparecen varias y diversas antologías que dan cuenta de la producción poética de las épocas de antaño como las de Alonso y Beltrán, mencionadas al inicio.

Si pensamos en las antologías de los ahora llamados Siglos de Oro español (siglos XVI y XVII) observamos que se distancian de los florilegios de esa época, además de las razones históricas, porque ya no obedecen éstos a los criterios de selección de los antólogos de Flores de baria poesía y Flores de poetas ilustres de España, sino que parten de los criterios establecidos por las historias de la literatura española; ya que, si tomamos una de esas antologías modernas sobre los Siglos de Oro, observamos como ordenan el material por autores y fechas, a diferencia de los compendios del XVI y del XVII que ordenaban aleatoriamente los textos y sólo establecían divisiones de carácter temático entre poesía sacra y poesía profana; debido a lo anterior, el interés de los nuevos antólogos del siglo XX y XXI se centra en presentar una visión histórica sobre la producción de una época, por ello estas antologías difieren de sus antecesoras y las mediaciones que se ejercen en ellas se supeditan a otras instancias.

Si revisamos la Poesía lírica del Siglo de Oro de Elías L. Rivers (1979) vemos que su libro se divide en dos partes: por un lado, la poesía renacentista, la cual representa a partir de trece autores; por el otro lado, la poesía barroca, donde escoge a catorce escritores. Su libro se conforma de un breve prólogo donde refiere: primero, la manera en que se transmitían estos textos; segundo, la evolución histórica del Renacimiento; tercero, la evolución de la poesía del Barroco y su valoración. Cada sección de poeta se estructura con una entrada biobibliográfica y la selección poética. Si bien la antología de Rivers centra su atención en las figuras autorales de esa época, junto a una selección de carácter ejemplar, es decir, seleccionar a los mejores poetas y poemas característicos del Renacimiento y Barroco español, los dos tomos de Poesía de la edad de oro (Renacimiento y Barroco) de José Manuel Blecua (1984) prestan mayor atención a la representatividad de los distintos tipos de poesía en su antología, esto lo vemos en que no sólo selecciona poesía italianizante ejemplar de la época, sino, también, escoge romances y coplas anónimas y, además, le da importancia a los poemas extensos, aunque sólo seleccione fragmentos de estos. Los poemas son los que cobran importancia en sus libros, Blecua selecciona un total de 365 poemas de 92 autores en su primer tomo y en el segundo escoge 357 poemas de 111 autores. Esta sucinta comparación nos hace observar que, si bien en ambos antólogos pesa una percepción histórico-estética de esa época, al dividirla en Renacimiento y Barroco, difieren en que el primero opta por una visión de seleccionar autores que ejemplifiquen la producción de esa época, mientras que el segundo se decanta por presentar una visión representativa de la poesía de la época.[16]

En este brevísimo repaso por la historia de las antologías poéticas españolas y la comparación de algunos florilegios y antologías,[17] dilucidamos una característica diferencial entre las antologías modernas y las antiguas como proponía Núñez y que reafirma González Aktories al aclarar el fin enciclopédico de las antologías antiguas y el criterio selectivo de las modernas.[18] De igual manera, si consideramos los planteamientos de Mujica, la antología en su sentido moderno combina la noción de evolución (una sucesión de movimientos literarios) y una jerarquía (el reconocimiento de piezas maestras) para establecer y reformar el canon literario, para instaurar reputaciones literarias y ayudar a la institucionalización de la cultura nacional que buscan reflejar.[19] Considero que, a partir de lo que reflexiona Mujica, González y Núñez, la división entre las antologías antiguas y modernas radica en que éstas últimas conciben su selección en aras de establecer una identidad nacional desde lo histórico o grupal, mientras que las primeras son productos que siguen insertados en un ámbito restringido (los cancioneros en el entorno cortesano) y en la recopilación de una poesía de producción inmediata que no pasaba por un proceso de sistematización; aunque cabría analizar detalladamente cada una de estas producciones. Con lo anterior cabe recalcar que debemos seguir con los estudios que pongan en relación la tradición de las antologías españolas, desde los cancioneros y florestas hasta los libros que hemos designado como antologías ya que el tema sigue abierto a discusión y precisión, tal como refiere Ruíz Casanova:

 

La historia de la poesía no podría concebirse sin la presencia constante de las antologías. Llevando más allá este razonamiento, cabría decir que el nacimiento de la poesía escrita está ligado a esa necesidad de coleccionar, compendiar y ordenar el tiempo (autores, obras) que todo lector siente a lo largo de su biografía como lector. Anónimos copistas, impresores y poetas se han dedicado de forma agónica, a recoger en cancioneros, romanceros, flores, florilegios, silvas o antologías aquellos textos que, a su juicio y a juicio de su época, merecían ocupar un lugar en la historia, detenerse en el tiempo y fijarse en un libro. Y es el libro el que los acoge y los transmite, fundándose una tradición –la de las antologías– totalmente indisoluble de la historia o la tradición literaria de una comunidad o de una lengua. Las antologías, en cierto sentido, poseen una función enciclopédica, sobre todo aquellas que dan cuenta por extenso, de un momento literario. Por otra parte, cuando la antología trasciende su propio momento adquiere una función que, sin ser exactamente museística, nos permite explicar y explicarnos las ideas estéticas de una época: la sincronía del texto antológico se alía, pues, en estos casos, a la visión diacrónica que toda literatura reclama como parte de la historia que es, y que alcanza hasta nuestro presente y alcanzará, con seguridad, hasta futuros presentes.[20]

 

Las antologías que dan cuenta de la poesía de la Edad Media, del Renacimiento o del Barroco permiten que nosotros como lectores hagamos una lectura en espejo, tanto nos es permitido acercarnos a esta producción literaria desde compendios actuales como los que he mencionado en este trabajo o acercarse a partir de la edición de los florilegios y cancioneros de esa época de antaño y experimentar los criterios de selección de esos antiguos antólogos que no concebían esa obsesión por dar cuenta de una tradición histórica y nacional de la literatura. La mediación que se ejerce en cualquiera de ambos compendios resulta de sumo interés para entender qué se ha concebido como poesía a lo largo del tiempo, cuáles son los intereses de los antólogos y cómo esa mediación busca proyectarse en su presente y vislumbrar un futuro.

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

 

 

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BAYO, Emili. La poesía española en sus antologías (1939-1980). 2. Vol. Lleida: Universitat de Lleida, Pagès editors, 1994.

BELTRÁN, Vicenç. Poesía española. 2. Edad Media: lírica y cancioneros. Barcelona: Crítica, 2002.

BLECUA, José Manuel. Poesía de la edad de Oro. I. Renacimiento. Madrid: Castalia, 2003.

___________________ Poesía de la edad de Oro. II. Barroco. Madrid: Castalia, 2017.

ESPINOSA, Pedro. Primera parte de las flores de poetas ilustres de España (1605). Edición de Jesús M. Morata. Granada: Parnaso Áureo. 2013.

ESTÉBANEZ CALDERÓN, Demetrio. “Antología” en Diccionario de términos literarios. Madrid: Akal. 2007. pp. 66-68.

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GARCÍA MORALES, Alfonso. Los museos de la poesía. Antologías poéticas modernas en español, 1892-1941. Sevilla: Ediciones Alfar, 2007.

GONZÁLEZ AKTORIES, Susana. Antologías poéticas en México. México: Editorial Praxis, 1996.

GUILLÉN, Claudio. Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la literatura comparada. Barcelona: Crítica. 1987.

MUJICA, Barbara. “Teaching Literature: Canon, Controversy and the Literary Anthology” en Hispania vol. 80, Núm. 2, (Mayo 1997), p.p. 203-215.

NÚÑEZ, Estuardo. “Teorías y procesos de la antología” en Cuadernos Americanos. México, año XVIII (106), 5, 1959. p.p 257-267.

PALENQUE, Marta. “La poesía española del siglo XX en las antologías de época y de grupo (1902-1941)” en Alfonso García Morales (ed.) Los museos de la poesía. Antologías modernas en español. 1982-1941. Sevilla: Ediciones Alfar, 2007. pp. 405- 458.

________________ “Historia, antología, poesía: la poesía española del siglo XX en las antologías generales (1908-1941)” en L. Romero Tobar (ed.) Historia literaria/Historia de la literatura. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004. pp. 313-367.

PEÑA, Margarita (Ed. y Pról.). Flores de baria poesía Cancionero novohispano del siglo XVI. México: FCE, 2004.

POZUELO YVANCOS, José María y ARADRA SÁNCHEZ, Rosa María. Teoría del canon y literatura española. Madrid: Cátedra, 2000.

PRIETO, Carlos. Cinco mil años de palabras. Comentarios sobre el origen, evolución, muerte y resurrección de algunas lenguas. México: FCE, 2010.

RIVERS, Elías L. Poesía lírica del Siglo de Oro. Madrid: Cátedra, 2008.

RUÍZ CASANOVA, José Francisco. Anthologos: Poética de la antología poética. Madrid: Cátedra, 2007.

_____________________________ Antología Cátedra de la Poesía de las Letras Hispánicas. Madrid: Cátedra, 1998.

 

 

 

 

 

[1] Refiere Carlos Prieto que el descubrimiento de las Glosas emilianenses y las Glosas silenses se llevó a cabo en el siglo X (p. 84-85), mientras que las primeras muestras del protofrancés provienen de Los juramentos de Estrasburgo en el siglo IX (p. 148-150). Obsérvese que los primeros lugares en donde se haya vestigio de estas lenguas romances son documentos que poco tienen que ver con lo que denominamos hoy en día como literario, por lo que habrán de pasar algún tiempo para que éstas empiecen a aventurarse a la creación de obras mayores.

[2] Dámaso Alonso. Cancionero y romancero español. P. 23.

[3] Vid. Manuel Alvar. Antigua poesía española lírica y narrativa. pp. 22-23.

[4] Vid. Claudio Guillén Entre lo uno y lo diverso p.p. 413-414.

[5] Barbara Mujica señala que en los Siglos de Oro de la literatura española no se produjeron verdaderas antologías porque faltaron dos elementos esenciales del género: mayor diversidad de la literatura impresa y un público amplio capaz de adquirir libros y dedicarles tiempo. “Teaching Literature: Canon, Controversy, and the Literary Anthology”, p. 204. Sin embargo, confronto esa postura con el artículo de Margit Frenk, “El manuscrito poético, cómplice de la memoria” en Edad de Oro, No. XII, 1993, p.p. 109-117 que indica las prácticas lectoras de “antologías” que había en el siglo XVI y XVII, esto nos permitirá entender la complejidad que se presenta en la caracterización de estos libros en sus distintos momentos históricos.

[6] Estuardo Núñez. “Teoría y proceso de la antología”, p. 257.

[7] Susana González Aktories. Antologías poéticas en México p. 116.

[8] José Francisco Ruíz Casanova. Anthologos: poética de la antología poética. p. 53.

[9] Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios. p. 66.

[10]Emili Bayo. La poesía española en sus antologías (1939-1980). p. 21. En la primera edición que estoy manejando debe mencionarse que existe una errata de edición ya que sitúa la publicación del libro de Pedro de Espinosa en 1695 y no en 1605.

[11]Cf. Alfonso García Morales. Los museos de la poesía. Antologías poéticas modernas en español, 1892-1941. p.p. 14-15.

[12] Respecto a las antologías del siglo XVIII español recomiendo el apartado escrito por Andrea Sánchez “El papel de las antologías en la formación del canon” p.p. 161-172 en Teoría del canon y literatura española de José María Pozuelo Yvancos y Rosa María Andrea Sánchez. Esta bibliografía nos hará entender la consolidación de la antología como una revisión al pasado literario y su conformación de pautas que marcan lo “clásico” de una literatura nacional. El revisar las antologías del XVIII nos permitiría dilucidar sobre la consolidación de unas incipientes antologías modernas como parte de un proyecto nacional.

[13]Estuardo Núñez. op. cit. p. 258.

[14] Su primer trabajo, “Historia, antología, poesía: la poesía española del siglo XX en las antologías generales (1908-1941)” en L. Romero Tobar (ed.) Historia literaria/Historia de la literatura. p.p 313-367, repasa la importancia de Las cien mejores poesías de la lengua castellana de Menéndez Pelayo y su influencia en antologías de ese mismo tipo; mientras que su otro texto, “La poesía española del siglo XX en las antologías de época y de grupo (1902-1941)” en Alfonso García Morales (ed.) Los museos de la poesía. Antologías modernas en español. 1982-1941. p.p. 405- 458, propone dividir la creación de antologías de época y de grupo en dos periodos: el primero de 1902 a 1927 donde se cierra el siglo XIX y surgen las antologías modernistas (un ejemplo es La Corte de los Poetas de Emilio Carrere 1906); el segundo periodo de 1932 a 1941 donde aparecen las antologías sobre los nuevos poetas como Poesía española. Antología (1915-1931) de Gerardo Diego (1932) y antologías que reunían poetas españoles e hispanoamericanos como la de Federico de Onís Antología de la poesía española e hispanoamericana (1882-1932) (1934).

[15]Emili Bayo. op. cit.

[16] Ambas antologías han sido reeditadas y reimpresas desde su publicación.

[17] Pozuelo Yvancos propone, en Teoría del canon y literatura española, la necesidad de realizar un trabajo sobre la historia de las antologías españolas por su importancia en la configuración del canon literario nacional Cf. p.p. 105-134; de igual manera lo señala Ruíz Casanova en Anthologos: poética de la antología poética Cf. p.p. 295-312.

[18]González Aktories. op. cit. p. 107.

[19] Bárbara Mujica. op. cit. p.p. 203-204.

[20] José Francisco Ruíz Casanova. Antología Cátedra de Poesía de las Letras Hispánicas, p. 54.

 

 

 

 

 

Luis Gabutti Alarcón. Egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con la tesis: La construcción del personaje Federico García Lorca en La muerte se va a Granada de Fernando del Paso. En estos momentos es estudiante de la Maestría en Letras (Letras Españolas) por la misma institución, con el proyecto de investigación titulado: Estudio interpretativo de tres antologías sobre la generación del 27: Ángel González, José Luis Cano y Víctor de Lama. Participó como becario en el proyecto “Nuevas perspectivas en los estudios medievales” a cargo de la Dra. María Teresa Miaja de la Peña (2014), fue ayudante de profesor “B” en la materia Literatura española 5 y 6 (Moderna y contemporánea) a cargo de la Dra. Blanca Estela Treviño García en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (2016-2017).

Correo electrónico: l.gabutti292@gmail.com

 

 

 

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