El ingenioso hidalgo de la Mancha. Por David Huerta

 

 

 

 

El ingenioso hidalgo de la Mancha

 

 

David Huerta

 

 

Tenemos dos entidades: el Quijote y don Quijote de la Mancha. El primero es el libro y el segundo es el personaje del libro. ¿Cuál es el título del libro? ¡Hombre!, pues… Don Quijote, ¿no es así? ¿De veras es ése el título? Si lo pensamos un poco, no estamos tan seguros de cómo se llama el libro más famoso del “ingenio lego” de Alcalá de Henares —el libro más célebre de la lengua española y uno de los cuatro o cinco principalísimos de la literatura universal. (Siempre es bueno recordar este hecho: Miguel de Cervantes Saavedra nació el mismo año de la muerte del Conquistador, el esforzado capitán y luego marqués del Valle de Oaxaca, Hernán Cortés: 1547. El dato es significativo de la época y de sus ámbitos culturales y literarios. Los conquistadores habían leído o conocían los hechos narrados y descritos en los libros de caballerías: de ese conocimiento provienen los nombres de lugares como Patagonia y California).

Ante el libro cervantino, cuando conversamos, hacemos la distinción entre título y personaje como buenamente podemos. En cambio, cuando escribimos, las letras cursi vas o las redondas nos ayudan: Don Quijote, en cursivas, y don Quijote, en re don das (y el “don” escrito con minúscula inicial). Aun así, persiste la falta de una absoluta certeza en torno de este punto de historia literaria, o de bibliografía, si se quiere; o de onomástica, de bibliotecología… de polionomasia, como aprendimos a decir con Leo Spitzer. (Polionomasia: muchos nombres).

Hay maneras incorrectas de escribir ese título: por ejemplo, El Quijote. Nadie en la novela misma llama así al personaje: siempre es “don Quijote” o “don Quijote de la Mancha”. Estoy de acuerdo, pues me pare ce correcto, en escribir “el Quijote”: es la manera más sintética de referirse al libro; la más eficaz, la más expresiva, y nos permite decir —me comenta un querido amigo—, “como buenos bachilleres”, y con el libro mismo bajo el brazo, “mi Quijote”. Escribir Don Quijote, como lo he hecho líneas arriba, tampoco es correcto: esas dos palabras se refieren notoriamente —aun cuando lo hacen en cursivas, como si se tratara de un libro—, más bien, al personaje central de la historia: lo explica Margit Frenk en sus clases. Decir “correcto”, “incorrecto” en estos menesteres es como caminar sobre arenas movedizas; pero siquiera busquemos una manera de ponernos de acuerdo en este pequeño asunto, tan importante para la “casta de los leyentes”, como nos llama el gran Piscator Salmantino, el ultraquevedesco Diego de Torres Villarroel.

La duda ante ese título de libro y las preguntas en torno a él —expresivas de un cierto grado de incertidumbre— provienen de una explicable inseguridad: el asunto no está claro del todo, en absoluto, y debe uno ser paciente y tratar de allanar la discusión con la mayor sensatez posible. El Quijote es —así lo oímos; así lo podemos comprobar por nuestra cuenta— la mayor obra de nuestro idioma. Nuestro idioma: es decir, “la lengua de Cervantes” —el español o castellano, como leemos en el título del Tesoro de Sebastián de Covarrubias, primer diccionario moderno de nuestra cultura.

No está muy lejos en el futuro —apenas tres años: en 2015— la conmemoración del cuarto centenario de la Segunda parte del Quijote. En 2005 se celebraron los cuatrocientos años de la publicación de la Primera parte. En cuanto al título, las dos partes, de 1605 y de 1615, presentan una diferencia grande: la Primera parte se titula “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”; la Segunda, “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”. Dos títulos, uno para cada parte, con la sustitución de la palabra “hidalgo” por la palabra “caballero”: ¿y el título del libro en su conjunto? ¡Ah!, los modernos, tan listillos como somos, no perdemos el sueño por una cosa así: decimos “pues se llama Don Quijote o Quijote o El Quijote o El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, tal y como aparece en la Primera parte, la de 1605”. ¿Y el título de la Segunda parte? No hay problema: nos olvidamos de él. Por desgracia, el asunto no es tan fácil como quisiéramos verlo. Pues el cambio de título de una parte a otra, en el curso de esos diez años, tiene una historia significativa. Y, sobre todo, un libro no puede llamarse de tantas maneras diferentes.

¿Hubo alguna razón para el cambio de título entre la parte de 1605 y la de 1615? Desde luego: esa modificación se explica por la aparición, en 1614, de un libro titulado Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El autor: Alonso Fernández de Avellaneda. La identidad de este personaje constituye uno de los mayores enigmas en la historia de la literatura.

¿Quién era este individuo y cuál fue la razón de componer un libro casi con el mismo título y con el mismo personaje del libro de Cervantes de 1605? ¿Es posible conocer los propósitos de semejante empresa? No sabemos quién era Avellaneda y la razón de ser de su libro se explica por un propósito cifrado en alguna de estas palabras: boicot, sabotaje. El éxito del Quijote —inesperado, sorprendente— desconcertó a muchos; en primer lugar, a Lope de Vega, cuya primacía en las letras españolas nadie discutía en esos años: ¿el tartamudo y menospreciado Cervantes se atrevía a disputarle la gloria? Algo debía hacerse.

Cada tantos años, un investigador propone el nombre de algún oscuro escritor para dilucidar la identidad de este “autor tordesillesco”, como lo llama Cervantes (Avellaneda declara su lugar de procedencia: Tordesillas, quizás un dato deliberadamente desencaminador). ¿Sabía Cervantes quién era su enemigo literario? Es posible. Lo casi seguro es esto: Avellaneda —deberíamos escribir este nombre entre comillas, pues se trata de un pseudónimo: “Avellaneda”— era una persona allegada a Lope de Vega o perteneciente a su círculo íntimo de admiradores y contertulios, auténticos cómplices del Fénix de los Ingenios en las guerras literarias de la época, desencadenadas muchas veces en torno de las “academias” madrileñas.

He aquí el octosílabo del incipit más célebre de la literatura escrita en español: “En un lugar de la Mancha…”. Divierte leer la anotación de Martín de Riquer acerca de esas seis palabras y el comentario, un poco impaciente, de su discípulo Francisco Rico ante las exageraciones desatadas por la historia del sintagma celebérrimo. Martín de Riquer sigue en este punto a Francisco Rodríguez Marín:

 

En un lugar de la Mancha, palabras que coinciden con un octosílabo que constituye el quinto verso del romance con que se abre una Ensaladilla anónima.

 

Esa Ensaladilla se publicó en una antología de 1596 y luego, en 1600, fue recogida en un toledano Romancero general. Los versos son poco vistosos, ciertamente:

 

Un lencero portugués, recién venido a Castilla, más valiente que Roldán y más galán que Macías, en un lugar de la Mancha, que no le saldrá en su vida, se enamoró muy de espacio de una bella casadilla…

 

La coincidencia puntual del quinto ver so con el íncipit quijotesco ha llevado a más de uno a decir lo siguiente: estamos ante una auto-cita. ¿Cómo se llega a esa curiosa conclusión? Pues muy fácilmente: la En saladilla de 1596 es anónima; Cervantes pudo leerla y apropiársela; más todavía: nada impide conjeturar la autoría cervantina de esos versos popularistas y acaso olvidables. Cervantes, autor probable de esos versos (anónimos) sobre el enamoradizo lencero portugués, recogió el octosílabo del quinto verso para comenzar su historia de don Quijote de la Mancha y se lo legó a las edades futuras con la intención secreta de jugar a las escondidas con los lectores y los investigadores literarios. En sus iluminadores Estudios de literatura, Francisco Rico les sale al paso a esas conjeturas con mucho brío:

 

Ni siquiera por “caso de cerebración in consciente” se comprende que a Cervantes se le vinieran a la cabeza unas palabras mondas (aún) de cualquier singularidad, producto imperceptible de la combinatoria más trivial del idioma. De ningún modo podía contar tampoco con que nadie las identificara con una cita, porque la tal ensalada no tuvo mayor popularidad, y el verso era demasiado anodino para que el común de los lectores, incluidos los más entusiastas del Romancero general, captara la presunta alusión. Obraremos cuerdamente si archivamos la propuesta.

 

Tiene cuatrocientos años de historia el adverbio puesto entre paréntesis por Francisco Rico: aún. Olvidemos, pues, las emocionantes conjeturas acerca de las primeras palabras del Quijote. Obremos, como dice Rico, “cuerdamente”… para no perder de vista a un loco y su historia de aventuras copiosas, tristes, cómicas, infinitas.

Muchas, muchísimas ediciones del Quijote prescinden alegre e irresponsablemente de los documentos preliminares: la Tasa, el Testimonio de las Erratas, el Privilegio Real. La Tasa está firmada por Juan Gallo de Andrada; el Testimonio, por el licenciado Francisco Murcia de la Llana; el Privilegio, por un secretario y consejero del rey burócrata, Felipe II, funcionario llamado Juan de Amézqueta. Tanto en la Tasa cuanto en el Privilegio Real aparece, sorprendentemente, otro título del libro: El ingenioso hidalgo de la Mancha. ¿De dónde salió ese título, quizás el menos conocido, aun cuan do aparezca en lugares tan notorios como esos documentos? Salió de la cabeza misma de Miguel de Cervantes Saavedra y es un endecasílabo perfecto, con todo y su acento canónico en la sexta sílaba. En el título con el cual Miguel de Cervantes pidió licencia oficial para su historia está presente, como en una nuez, la tradición poética del “itálico modo”, fórmula acuñada por el Marqués de Santillana en el siglo XV.

Es hermoso pensar en la dedicación poética de Cervantes: nunca le ha sido re- conocida como lo merece; ¡y todo por un mal leído terceto del Viaje del Parnaso, en el cual, según los críticos atarantados, Cervantes confiesa no tener la gracia celestial para la poesía! Bien leído, ese pasaje no es sino un recurso oratorio clásico: la falsa modestia encerrada en la captatio benevolentiae —pero la crítica, infinitamente perezosa, no lo quiso ver. Les disgusta en la poesía de Cervantes la imperfección tan contrariada mente celebrada, en nombre de la “naturalidad”, o tan pasada por alto, en su prosa.

No es posible dudar del garcilasismo de Cervantes; tampoco de la afición garcilasiana del propio don Quijote. En ese título semiolvidado, El ingenioso hidalgo de la Mancha, hay un homenaje a los grandes poetas del siglo XVI y al puñado de poetas del barroco siglo XVII a quienes admiraba Cervantes, el “ingenio lego” cuyo Viaje del Parnaso es un homenaje extraordinario a la poesía. En el octosílabo del incipit de la primera novela del mundo leo, en cambio, un homenaje —no sé si inconsciente; pero no importa— a la poesía de cancionero y a la riquísima tradición de los romanceros, incluido el formidable romancero nuevo dado al mundo por los poetas jóvenes alrededor del año 1580. Esos poetas, entonces noveles, se llamaban Lope de Vega y Luis de Góngora.

 

 

 

 

David Huerta (Ciudad de México, 1949-2022). Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la ffyl de la UNAM. [...] Redactor y editor de la Enciclopedia de México; [fue] director de la colección de libros Biblioteca del Estudiante Universitario; coordinador de talleres literarios en la Casa del Lago de la unam, del inba y del issste; [impartió] cursos en la Fundación Octavio Paz y en la Fundación para las Letras Mexicanas; secretario de redacción de La Gaceta del fce; miembro del consejo editorial de Letras Libres; director de Periódico de Poesía (nueva época); integrante de la Comisión de Artes y Letras del fonca. Colaborador de Diorama de la CulturaEl DíaEl UniversalLa Gaceta del fceLa TalachaLetras LibresNexosNovedades y Proceso. Becario del Centro Mexicano de Escritores (1970-1971); de la Fundación Guggenheim, (1978-1979), y del fonca, 1989. Miembro del snca desde 1993. Premio Diana Moreno Toscano 1971. Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para obra publicada 1990 por Historia. En 1998 los estudiantes de la Preparatoria Popular le otorgaron la medalla “Mártires de Tlatelolco”. Premio Xavier Villaurrutia 2006 por Versión. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2015, en el área de Lingüística y Literatura. En noviembre de 2017 le fue otorgado el Premio Universidad Nacional. Premio Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco 2018, otorgado por la uady, uc Mexicanistas y la filey, entregado en Mérida, Yucatán. Premio de Literatura en Lenguas Romances 2019. En 2013 el Fondo de Cultura Económica publicó su obra poética reunida, en dos volúmenes que suman más de 1,000 páginas, con el título La mancha en el espejo.  En 2021 la editorial española Galaxia Gutenberg dio a conocer con su sello la extensa antología El desprendimiento, que presenta selecciones de la poesía de Huerta a lo largo de casi medio siglo. Sus publicaciones más recientes son el volumen de ensayos titulado Las hojas (2020) y El viento en el andén (2022).